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Hélène Pastor: La millonaria que traicionaron… y terminó asesinada

Era conocida por ser reservada, por moverse en los círculos de poder sin buscar los titulares, por controlar su mundo con mano firme pero invisible. Los que la conocían la describían como una mujer tímida, seria, que desconfiaba de los extraños y que amaba a su familia por encima de todo.

Esa noche del 6 de mayo, mientras los médicos luchaban por mantenerla con vida, Mónaco contuvo el aliento. Las primeras hipótesis apuntaban a la mafia. Circulaban rumores de que organizaciones criminales rusas o italianas intentaban penetrar el lucrativo mercado inmobiliario del principado y que la matriarca de los pastor era un obstáculo.

La teoría parecía coherente, cinematográfica incluso, pero la realidad, como suele suceder en los crímenes que duelen verdad, era mucho más cercana, mucho más doméstica y, por eso mismo oscura. Mohamed Darwich moriría 5co días después, el 11 de mayo, sin haber podido revelar nada de lo que vio en esos últimos segundos antes de los disparos.

Elen Pastor resistió 15 días más, 15 días en que Mónaco esperó, en que su familia esperó, en que la investigación avanzaba en silencio. Murió el 21 de mayo de 2014, llevándose consigo todo lo que pudo haber sospechado, pero que nunca tuvo tiempo de decir. Para entender por qué alguien quiso matar a Elén Pastor, hay que entender primero lo que ella representaba.

No basta con decir que era rica. Hay que ver de dónde venía esa riqueza, cómo se construyó ladrillo a ladrillo durante casi un siglo y por qué su fortuna personal se convirtió con el tiempo en el centro de una tragedia que ningún novelista hubiera podido imaginar mejor. Mónaco es un lugar peculiar en el mapa del mundo, un confeti de tierra entre Francia e Italia, sin recursos naturales, sin industria pesada, sin grandes extensiones de cultivo.

Lo que tiene Mónaco es sol, mar, privilegios fiscales y, sobre todo tierra, una tierra escasísima y por esa misma escasez de un valor astronómico. En ese contexto, quien controla el mercado inmobiliario controla en buena medida el pulso económico del principado. Y durante décadas ese alguien fue la familia pastor.

Todo comenzó con el abuelo de Helen que en 1926 fundó lo que con el tiempo se convertiría en el grupo Pastor, una empresa dedicada a la construcción y gestión de bienes raíces en el Principado. Era una época en que Mónaco aún estaba encontrando su identidad como destino de lujo europeo y los primeros inversores en aquella tierra diminuta se aseguraron posiciones que luego resultarían inestimables.

Fue el padre de Elén, Gildo Pastor, quien transformó aquella empresa familiar en un verdadero coloso. Durante los años 60 y 70, cuando Mónaco comenzó su transformación en uno de los lugares más exclusivos del planeta, Gildo Pastor supo leer el momento con precisión de relojero. Compró, construyó, negoció y expandió hasta que el apellido pastor se volvió inseparable del hormigón y el mármol que define la silueta del principado.

En esos años, la familia Pastor no solo hacía negocios, formaba parte del tejido social y político de Mónaco. Se relacionaban con la familia real, con diplomáticos, con empresarios de toda Europa. Childo Pastor Padre era un hombre de su tiempo, pragmático y visionario al mismo tiempo, alguien que entendía que en un lugar tan pequeño como Mónaco, las relaciones personales y el poder económico son en realidad la misma cosa.

Len creció en ese ambiente. No fue educada para ser simplemente una heredera pasiva, sino para conocer y eventualmente dirigir ese mundo de contratos, propiedades y decisiones que su padre había construido. Cuando llegó el momento de tomar las riendas, lo hizo con la misma discreción que caracterizaría toda su vida pública.

No daba entrevistas largas, no aparecía en las revistas del corazón, no organizaba fiestas que terminaran en los periódicos, gestionaba. La fortuna que Elena administraba al momento de su muerte era difícil de calcular con exactitud, precisamente porque su estructura era compleja y estaba distribuida entre múltiples sociedades.

Pero las estimaciones que circulaban en los medios europeos hablaban de un patrimonio de alrededor de 20,000 millones de euros. Otros análisis más conservadores lo situaban entre 12,000 y 15,000 millones. En cualquier caso, una cifra que la convertía no solo en la mujer más rica de Mónaco, sino en una de las personas más acaudaladas de toda Europa.

Tener esa cantidad de dinero en un principado del tamaño de un barrio grande crea una posición única. Elen Pastor no podía moverse por Mónaco sin que su presencia fuera reconocida, sin que sus decisiones tuvieran consecuencias para decenas, quizás centenas de personas. Era, en el sentido más literal, la columna vertebral económica de muchas existencias.

Y esa centralidad, que debería haber sido una coraza, acabó siendo la razón por la que alguien la quiso muerta. Tenía dos hijos. A ambos les transfería una asignación mensual de 500,000 € cifra, que para la mayoría de los seres humanos representaría más que una vida entera de trabajo, era para los pastor simplemente la manera en que la matriarca garantizaba que su familia viviera bien, que los negocios funcionaran y que el apellido siguiera brillando con la misma intensidad de siempre.

Pero esos 500,000 € mensuales también fueron a la larga el hilo que los investigadores siguieron hasta llegar al corazón de la conspiración. Porque en el mundo de Elén Pastor, como en casi todos los mundos donde hay demasiado dinero junto, había personas que vivían a la sombra de esa generosidad sin haberla ganado.

Personas que dependían de ella, que necesitaban de ella, pero que al mismo tiempo la resentían. Personas que sonreían en las reuniones familiares y planeaban en la oscuridad. Y una de esas personas llevaba muchos años sentada a su mesa. No todos los villanos de la historia tienen cara de villano.

Algunos visten bien, hablan varios idiomas, frecuentan cócteles de embajada y saben exactamente qué decir en cada momento para parecer respetables. Boichek Hanowski era uno de esos hombres y durante más de tres décadas logró convencer a todos de que era algo que no era. Hanowski había nacido en Polonia en agosto de 1949. Su vida hasta llegar a Mónaco no estaba exenta de ambición, pero tampoco de opacidad.

Con el tiempo presentaría ante el mundo una versión pulida de sí mismo. Empresario exitoso, hombre cultivado, cónsul honorario de Polonia ante el principado de Mónaco. Esa última distinción era significativa porque en un lugar tan pequeño y tan vigilado como Mónaco, los títulos diplomáticos otorgan un barniz de legitimidad y de contactos que vale más que cualquier tarjeta de presentación.

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