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20 años desaparecido — su ESPOSA lo encontró viviendo con un HOMBRE, tenían una vida completa

En el invierno de 2019, una mujer de 53 años bajó de un micro en la terminal de Bariloche, arrastrando una valija azul demasiado pequeña para los 10 días que pensaba quedarse. Había ahorrado durante casi 3 años para ese viaje. Nunca había salido de la provincia de Santa Fe, nunca había visto nieve, nunca había subido a un cerro.

Lo único que quería, según le había dicho a su hermana antes de subir al colectivo en Rosario, era caminar sin que nadie la mirara con esa mezcla de lástima y cansancio con que la gente la venía mirando desde hacía 20 años. Tres días después de llegar en la vereda de una panadería del barrio Belgrano, vio a un hombre salir con dos bolsas de pan en las manos y reírse de algo que le decía otro hombre parado junto a una camioneta blanca.

Ese hombre tenía el pelo canoso y una barba prolija, unos lentes que nunca había usado en su vida anterior y una cicatriz diminuta arriba de la ceja izquierda, que ella había besado miles de veces. era su marido, el mismo marido que había salido a comprar cigarrillos el jueves 18 de marzo de 1999 a las 7:30 de la tarde y que jamás había vuelto a entrar por la puerta de su casa.

Lo que ella descubriría en los días siguientes no solamente iba a destruir 20 años de duelo acumulado, iba a obligarla a preguntarse si alguna vez en toda su vida de casada había conocido de verdad al hombre con el que había dormido durante 18 años. Porque nada, absolutamente nada. En esa tarde de invierno, Bariloche era lo que parecía.

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Ahora vamos a descubrir cómo empezó todo. Para entender lo que pasó, hay que volver al rosario de los años 90, una ciudad que por esos años parecía flotar en dos épocas al mismo tiempo. Todavía tenía las veredas rotas de la década anterior, los comercios chicos con ventiladores de techo, los kioscos con vidriera de vidrio y cinta de papel, las calles empedradas del barrio Pichincha y el olor a grasa de los bares de la zona sur.

Pero también tenía las primeras computadoras personales en las oficinas del centro, los primeros celulares grandes como ladrillos que solo usaban los gerentes y los primeros cibercafés escondidos en galerías del centro. Era una ciudad que no terminaba de entrar al futuro, pero que ya no podía volver atrás. En ese rosario, en el barrio Echesortu, a pocas cuadras del parque Independencia, vivía el matrimonio Navarro Baldasarre desde el año 1987, cuando Rubén Navarro y Claudia Baldasarre se casaron en la parroquia

del barrio con una fiesta modesta en el salón de un club social. Echesortu era un barrio de casas bajas con patios largos al fondo, parrales que se cruzaban de una pared a la otra, veredas rotas por las raíces de los plátanos, negocios de barrio que cerraban al mediodía para abrir de nuevo a las 4 de la tarde. La gente se conocía.

La panadera de la esquina de Ovidio Lagos sabía los nombres de los chicos de los clientes. Del verdulero de la avenida Francia llamaba a los vecinos por el apellido. Los fines de semana, si no llovía, los hombres sacaban sillas plegables a la vereda, tomaban mate, miraban pasar a los perros callejeros, saludaban a todo el que caminaba.

Era un barrio de clase media baja trabajadora, lejos de las avenidas elegantes del centro, con una vida propia, previsible, construida alrededor de las misas de los domingos, los asados de los cumpleaños y las procesiones de mayo. Rubén tenía por entonces 34 años. Claudia tenía 21. Él trabajaba como mecánico en un taller de camiones sobre la avenida Pellegrini, un galpón grande con piso de tierra aceitosa, donde entraban y salían Ford F1 viejas, Mercedes de flete y colectivos urbanos que venían con el motor fundido desde las líneas del con

urbano. El dueño del taller era un italiano de segunda generación llamado Don Bartolo, un hombre pesado, de mano abierta que llevaba el pelo peinado para atrás con gomina. y que les pagaba en efectivo los viernes a la tarde dentro de sobres blancos. En el taller trabajaban seis mecánicos más, todos hombres, todos de entre 30 y 50 años, todos con manos grandes y uñas manchadas.

Se escuchaba Radio Ribadavia todo el día pegada al fondo del galpón con el dial torcido. Se hablaba poco, se trabajaba de lunes a sábado al mediodía. Era un trabajo físico, sucio, con las uñas siempre marcadas de negro y la ropa con olor a gasoil que ninguna lavandina terminaba de sacar. Pero pagaba bien, o al menos pagaba lo suficiente para que la pareja pudiera alquilar primero y después comprar con muchos años de cuotas, ni una casa de dos habitaciones sobre una calle tranquila de Echesortu.

Claudia trabajaba en un consultorio odontológico como asistente, atendiendo el teléfono, ordenando las fichas, acompañando a la dentista en las extracciones más difíciles. Era una mujer callada, de risa corta, con el pelo castaño atado siempre en una cola baja y una costumbre de morderse el labio inferior cuando estaba pensando algo que no quería decir.

El matrimonio nunca tuvo hijos. Ese fue durante muchos años el único tema que parecía pesar entre ellos. Habían intentado durante los primeros 6 años. Claudia había ido a varios médicos. Rubén había ido a uno solo, casi obligado, y había vuelto del estudio con una carpeta amarilla que dejó sobre la mesa de la cocina sin abrir.

Unos días después, Claudia abrió la carpeta y leyó lo que decía. Le habló a Rubén con mucho cuidado, con esa voz con que se habla a los heridos. Él escuchó todo sin mirarla, con los codos apoyados en la mesa y los ojos fijos en un pedazo de mantel de ule con dibujos de frutas. Después se levantó, fue al patio, prendió un cigarrillo y estuvo una hora y media afuera sin decir nada.

Cuando volvió, dijo una sola frase que Claudia recordaría durante toda su vida. Dijo, “Entonces vamos a aprender a vivir solos los dos.” Y nunca más volvieron a hablar del tema. Con los años sin hijos, el matrimonio desarrolló una intimidad rara de dos personas que habían decidido hacerse compañía sin esperar mucho más.

Rubén llegaba del taller a las 7:30, se bañaba, cenaba en silencio, miraba noticias hasta las 11, dormía profundo. Los domingos se levantaba temprano y arreglaba cosas de la casa, una persiana y una canilla, una cerradura. Casi no tenía amigos. Tenía un compañero del taller, un hombre al que llamaban el turco, con el que de vez en cuando iba a comer pizza un viernes.

Tenía a un primo en Casilda al que veía una vez por año y tenía a Claudia y en apariencia con eso le bastaba. Claudia, en cambio, tenía a su hermana menor Nora, que vivía a tres cuadras. Tenía a las compañeras del consultorio, tenía a dos amigas de la escuela secundaria con las que tomaba café los sábados por la tarde en un bar cerca del monumento a la bandera.

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