Lenia Batres no se presentó y con esa sola decisión derrumbó el castillo de cartas construido por Norma Piña y Javier Leines. No fue una casualidad, no fue olvido, fue estrategia precisa, quirúrgica, calculada. La ministra del pueblo, como muchos la llaman, decidió no legitimar una farsa. Rompió con la costumbre del silencio. Renunció a la complicidad institucional.
y con solo un acto de ausencia dejó expuesto el nervio más sensible del poder judicial, su dependencia de la impunidad estructurada. La sesión se desmoronó. Sin el quórum mínimo no podía haber votación, no podía haber resolución, no podía haber perdón fiscal. El expediente quedó congelado, el proyecto de sentencia archivado y los rostros en la sala cambiaron de seguridad a incomodidad, de certidumbre, a furia contenida, porque lo que Batres hizo no fue menor, fue una afrenta directa al sistema, un puñetazo sobre la mesa de
los intocables. Se negó a ser parte del espectáculo, no asistió sabiendo que su ausencia bloquearía el avance del plan y lo hizo a plena conciencia de las consecuencias. Norma Piña no lo podía creer. Javier Leines, menos habían preparado el terreno, habían contado los votos, habían redactado el proyecto con todo el respaldo técnico, pero olvidaron un detalle.
No todos los ministros están dispuestos a mirar hacia otro lado. No todos están a la venta. Y lo peor para ellos, Batres no lo hizo en secreto. Lo dijo, lo explicó, declaró públicamente que no iba a ser cómplice de un atraco institucional, que no podía validar un fraude fiscal disfrazado de sentencia, que su conciencia no se lo permitía.
Fue una bofetada al corporativismo judicial. Las reacciones fueron inmediatas. Desde dentro, algunos intentaron minimizar la ausencia. Hablaron de agendas saturadas, de imprevistos logísticos, de malentendidos, pero nadie lo creyó porque todos sabían lo que estaba en juego y porque la decisión de Batres llegó justo cuando más se necesitaba su voto.
Desde fuera el efecto fue explosivo. Activistas, analistas, ciudadanos comunes comenzaron a preguntar qué se pretendía aprobar en esa sesión. ¿Por qué perdonar miles de millones a una empresa extranjera? ¿Quién estaba detrás del proyecto? ¿Y quién más sabía? El poder, ese que se cree eterno, tembló por un instante, porque lo que parecía seguro ya no lo era, porque la jugada maestra se desarmó por una simple, pero poderosa decisión personal.
Lenia Batres dejó en claro que la corte no es un bloque monolítico, que hay fisuras, que hay resistencia y sobre todo que hay alguien mirando, que hay ojos atentos, que no todo se cocina en la oscuridad, que a veces basta una silla vacía para que se revele el tamaño del engaño. Mientras los ministros aliados digerían el golpe, en los pasillos se multiplicaban los susurros.
¿Qué vendría ahora? Reintentar la sesión en otra fecha, ¿Mificar el proyecto? presionar a Batres, silenciarla. El sistema no perdona a los que rompen el código, pero ella lo hizo, ya encendió la alarma y el país lo vio y el país entendió. Una mujer, una ausencia, una decisión y todo el engranaje de corrupción se detuvo.
Aunque solo por ahora la mentira tenía forma de pérdida. una pérdida millonaria, artificial, calculada, fabricada en oficinas con aire acondicionado, diagramas fiscales y abogados especializados en convertir deudas en humo. Así operó Movistar, así justificó no pagar, así intentó burlar al Estado mexicano con una maniobra contable disfrazada de legalidad.
La estrategia era sencilla en apariencia, pero sofisticada en su ejecución. La empresa formalmente conocida como Pegaso Peces fusionó con otra compañía del mismo grupo empresarial. El resultado contable, un supuesto quebranto, números rojos, pérdidas acumuladas, pasivos heredados. Pero detrás de esos balances había una coreografía perfectamente sincronizada para producir un efecto, desaparecer más de 4,400 millones de pesos en obligaciones fiscales.
¿Cómo? con una de las técnicas más comunes entre grandes corporaciones, comprar pérdidas, adquirir una firma en ruina, absorber sus estados financieros negativos y luego presentar esos saldos como base para deducir impuestos reales. Es un juego, un juego sucio, pero tolerado en muchos sistemas donde el capital tiene más poder que la ley.
En los papeles, Movistar parecía haber sufrido una catástrofe financiera, pero en la realidad seguía ganando, seguía facturando, seguía captando millones de usuarios. Lo que hizo fue cargar con una empresa enferma, no para curarla, sino para contagiarse de su debilidad y así evadir impuestos con una excusa técnica.
Los expertos lo llaman planeación fiscal agresiva, pero en la práctica es una estafa, una maniobra que permite a los gigantes corporativos pagar menos, mientras los pequeños contribuyentes cargan con todo el peso del sistema tributario. Una transferencia silenciosa de responsabilidad de abajo hacia arriba.
El expediente presentado ante la Corte incluía todos los documentos, declaraciones fiscales, actas de fusión, balances financieros, proyecciones, pero era una obra de teatro, un montaje, una simulación de crisis para obtener beneficios fiscales gigantescos y el proyecto de sentencia elaborado por el ministro Leines y respaldado por Piña, le daba validez con el sello de la corte, con la firma de la justicia, pero no era justicia.
era ingeniería tributaria al servicio del privilegio, porque si se aceptaba ese argumento, se abría la puerta para que cualquier empresa hiciera lo mismo. Bastaría con adquirir una compañía en quiebra, inflar cifras y exigir un perdón fiscal proporcional, un precedente devastador, una bomba legal. Movistar lo sabía y contaba con ello.
Contaba con el silencio del SAT, con la pasividad del poder ejecutivo, con la complicidad de la corte. Todo estaba calculado, todo iba según el plan hasta que alguien miró más de cerca, hasta que alguien se preguntó, ¿cómo puede una empresa que sigue operando como líder del sector argumentar que está en pérdida? ¿Cómo puede tener una deuda de miles de millones y aún así invertir, crecer, expandirse? La respuesta era obvia, no está en pérdida.
Solo sabe manipular la contabilidad mejor que nadie y encontró quien le ayudara a validar esa mentira. El escándalo creció porque la evidencia era descarada. Los balances revelaban cifras diseñadas. El quebranto no era resultado de malas decisiones, sino de una fusión interna entre partes de una misma familia empresarial, un reciclaje fiscal, una trampa sofisticada, pero trampa al fin.
Y lo más grave, la Corte no solo lo sabía, estaba a punto de legitimarlo, de ponerle moño judicial a una maniobra que atenta contra el principio más básico de justicia fiscal, que todos deben contribuir según su capacidad. Pero esta vez la cortina no cayó a tiempo, el telón se quedó abierto y todos pudieron ver los hilos que movían la obra.
Una fusión no es un accidente, es una decisión. Y cuando se hace para robarle al Estado, debería ser juzgada como tal. El artículo 31 de la Constitución es claro, no necesita interpretación creativa, no admite atajos. Todos los mexicanos deben contribuir al gasto público de manera proporcional y equitativa. No dice casi todos, no dice salvo las multinacionales, no dice excepto si inventan pérdidas.
Pero en la Suprema Corte hubo quien intentó reescribirlo. El proyecto presentado por el ministro Javier Leines no solo buscaba perdonar una deuda, buscaba algo mucho más peligroso, sentar un precedente que permitiera a la Corte lavarse las manos cuando se tratara de millonarios privilegios fiscales. El texto propuesto sugería que el tribunal no tenía por qué revisar el fondo constitucional del caso, que no era su competencia decidir si la deducción de más de 4000 millones era válida o no, que bastaba con respetar los procesos
formales, un tecnicismo, una excusa envuelta en latinajos jurídicos. Pero el objetivo era uno solo, evitar que el artículo 31 entrara en escena, sacarlo del debate, borrarlo del análisis, hacer como si no existiera, porque si se discutía su aplicación, la respuesta era obvia, lo que se pretendía hacer era inconstitucional, la maniobra jurídica era tan burda como efectiva.
Si la Corte se declaraba incompetente para juzgar el fondo, entonces cualquier empresa con un buen abogado podría replicar el esquema. No se trataría ya de un caso aislado, sino de una invitación abierta a la evasión fiscal legalizada, un crimen maquillado de procedimiento. Movistar necesitaba ese blindaje, no solo para ganar el caso, sino para evitar que se hablara de justicia, porque hablar de justicia implica mirar el contexto, implica ver como una multinacional obtiene ganancias gigantescas en un país empobrecido y aún así exige perdones
fiscales. Implica recordar que millones de mexicanos pagan impuestos sobre ingresos mínimos, mientras los gigantes financieros montan estructuras complejas para no pagar un solo peso. Y Leines lo sabía. Por eso redactó su proyecto con precisión quirúrgica para que la Corte no tuviera que entrar al fondo, para que pudiera resolver sin resolver, declarar procedente la deducción sin analizar si era justa, evitar el debate constitucional, evitar el artículo 31.
Pero el país no es tonto y el pueblo, aunque lo crean ausente, está mirando. El proyecto no pasó desapercibido. Analistas, constitucionalistas, ciudadanos informados comenzaron a denunciar lo evidente. Se quería utilizar la neutralidad técnica para consagrar una injusticia histórica. Se quería convertir la corte en cómplice pasiva del desfalco.
Norma Piña respaldaba el proyecto no solo porque compartía la visión de Leines, sino porque tenía el mismo objetivo, cerrar el caso sin dejar huellas, dar el carpetazo, firmar el perdón y abrir la puerta literalmente a su futuro profesional en Europa. La Constitución no les importaba. Era un obstáculo, un papel incómodo, un texto que recordaba lo que ya no querían cumplir.
La ley se volvió un adorno y el proyecto, una operación quirúrgica para sacarla del camino. Pero algo falló. La estrategia fue expuesta. La ausencia de Lenia Batres impidió la votación y con ello impidió que el fraude se convirtiera en jurisprudencia. por ahora, porque el peligro sigue, el proyecto está archivado, no enterrado, la intención permanece viva y los que intentaron ignorar la Constitución siguen en sus cargos, siguen planeando, siguen ajustando estrategias.
¿Hasta cuándo podrá resistir la legalidad? ¿Cuánto tiempo más podrán los ministros proteger privilegios sin que el sistema colapse? La Constitución está en juego, no como texto, sino como principio. Y lo que está en disputa es simple. La ley es igual para todos o solo para los pobres. La sala estaba lista, los expedientes abiertos, las cámaras apagadas.
Nadie lo dijo en voz alta, pero todos sabían. Ese día debía sellarse el acuerdo. Ese día se enterraban más de 4,000 millones de pesos bajo el manto de la legalidad. Pero algo falló. Faltaba una voz, faltaba un voto, faltaba un cuerpo. Lenia Batres no apareció y con su ausencia todo el montaje se vino abajo. La sesión fue cancelada.
No se alcanzó el quóum. Sin tres ministros presentes no podía haber decisión, no podía haber sentencia, no podía haber perdón. Lo que debía ser un día de victoria para los intereses corporativos terminó siendo una vergüenza institucional. El acto solemne se transformó en bochorno, en derrota táctica, en evidencia de un poder fracturado.
La prensa lo supo de inmediato y el silencio en el edificio de la corte se volvió ensordecedor. No hubo comunicados, no hubo explicaciones, solo rostros tensos, solo ministros evitando preguntas, solo rumores filtrados a cuentagotas, que Piña estaba furiosa, que Leines había estallado, que alguien iba a pagar por la rebelión, pero la rebelión ya había ocurrido y no fue una manifestación en las calles, fue un gesto institucional, un boicotes de adentro, una jugada milimétrica que desactivó la maquinaria por primera vez en mucho tiempo.
El sistema de protección entre ministros falló. La tradición de cubrirse entre colegas se rompió. Y eso en los pasillos del poder es una traición imperdonable. El mensaje fue claro. No todos están dispuestos a encubrir privilegios. No todos están dispuestos a legitimar fraudes fiscales con lenguaje técnico.
No todos se doblegan la presión de los intereses internacionales y sobre todo, no todos piensan en su retiro dorado. Algunos todavía creen que la justicia significa algo. Con la sesión suspendida comenzó otra batalla, la del relato, la de la narrativa. Desde los medios afines se intentó minimizar lo ocurrido.
Hablaron de ajustes de agenda, de ausencias justificadas, de trámites pendientes, pero nadie creyó esas versiones porque la verdad era más fuerte, lo que se quiso aprobar era indefendible y lo que se evitó fue un robo histórico al pueblo mexicano. Los ministros ahora tienen un problema. El reloj corre, sus periodos están por terminar y con cada día que pasa su margen de maniobra se reduce.
saben que el clima político ha cambiado, que hay ojos vigilantes, que ya no pueden firmar sentencias sin consecuencias. La era de los blindajes automáticos comienza a extinguirse y lo saben, lo sienten. Por eso la desesperación, por eso el enojo, por eso los rumores de represalias internas.
La corte está herida, no por fuera, sino por dentro. Las fisuras se multiplican, las lealtades se resquebrajan. Lo que antes era un bloque compacto de élite, hoy parece un campo minado de sospechas, tensiones y agendas cruzadas. El episodio de Movistar no fue un caso aislado, fue un síntoma, una muestra de cómo operan los mecanismos de impunidad en las alturas del poder.

Y también fue una advertencia. Hay quienes están dispuestos a interrumpir ese ciclo con decisiones, con ausencias, con valentía. ¿Será suficiente? Nadie lo sabe. Pero una cosa quedó clara. La corte ya no puede fingir neutralidad. La sociedad ya vio detrás del telón. Ya entendió cómo se construyen los privilegios y ya identificó a quienes están dispuestos a defenderlos o a desmantelarlos.
Este no fue solo el fin de una sesión, fue el inicio de una tormenta, una que si sigue creciendo puede arrastrar consigo a toda una generación de ministros acostumbrados a decidir desde el confort del anonimato. Porque cuando la justicia se vuelve negocio, hasta el silencio deja de ser seguro.