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El Cardenal Posadas: Lo que Salinas Ordenó Callar… y la Autopsia que Prohibió

 14 balas a menos de 1 m, pólvora en la mandíbula del cadáver, 200 impactos en el automóvil y un agujero gigante en el expediente. La autopsia que el presidente prohibió hacer, lo que vas a escuchar hoy no es la historia de un sacerdote que se cruzó con balas equivocadas. Es la reconstrucción documental de cómo un cardenal de la Iglesia Católica fue ejecutado a plena luz del día en un aeropuerto internacional.

 Como 18 días antes, ese mismo cardenal había sido cacheteado y expulsado violentamente de la oficina presidencial de Los Pinos por José María Córdoba Montoya. Como el portafolios que llevaba ese día con presuntas pruebas de los nexos narcogierno, desapareció esa misma tarde. Como los hermanos Arellano Félix, presuntos autores materiales según la versión oficial, abordaron tranquilamente un vuelo comercial de Aeroméxico minutos después del crimen, sin que nadie los detuviera.

 y como el gobierno mexicano, 33 años después sigue defendiendo la versión más insultante del expediente, que fue una confusión, una confusión. 14 tiros, ropa clerical, alzacuellos blanco y nos pidieron creer que fue una confusión, como si en 1993 en México un sacerdote vestido de negro y un narcotraficente vestido de civil fueran indistinguibles a un metro de distancia, como si la ropa clerical no fuera exactamente el detalle visual que cualquier sicario mínimamente entrenado descarta antes de jalar el gatillo.

 Y si esto ya te parece grave, prepárate, porque lo que vas a descubrir en este documental es como el mismo aparato de poder que 18 meses después mataría a Luis Donaldo Colosio ya estaba funcionando en mayo de 1993 con métodos casi idénticos, los mismos nombres, los mismos protocolos, la misma red, José María Córdoba Montoya, Manlio Fabio Beltrones, Jorge Carrillo Olea, la misma trinidad de operador que después aparecería en el expediente Colosio ya estaba en el expediente Posadas.

 Eso lo documentó la periodista Anabel Hernández hace años y nadie ha podido refutarlo en una sola línea. Yo soy investigador del espectáculo y de los archivos políticos del México contemporáneo. Llevo 26 años metido en los expedientes prohibidos, los que el poder quiso enterrar. Y esta historia, créeme, es de las más oscuras.

Suscríbete ahora mismo porque documentales como este, con los nombres reales, las fechas exactas y los papeles en la mano, no los vas a encontrar en ningún otro canal. Porque todos crecimos creyendo que al cardenal Posada Campo lo mataron por error sicarios drogados que pensaron que era el Chapo Guzmán.

 Pero si eso fue un error, alguien va a tener que explicar por qué el presidente prohibió la autopsia, por qué los asesinos abordaron un vuelo regular sin ser detenidos. ¿Por qué el portafolios desapareció? ¿Y por qué 18 días antes ese mismo cardenal había salido cacheteado de Los Pinos? Para entender lo que pasó esa tarde en el aeropuerto Miguel Hidalgo, hay que volver al hombre que estaban a punto de matar.

 Hay que entender quién era el cardenal y por qué tenía que morir exactamente en mayo del 93. Juan Jesús Posadas Ocampo había nacido el 10 de noviembre de 1926 en Salvatierra, Guanajuato. Hijo único de Juan Bautista Posadas y María Ocampo, una infancia de pueblo. Seminario Desde joven. Ordenación sacerdotal en Roma.

Obispo de Tijuana en 1970. Arzobispo de Guadalajara en 1987. cardenal en 1988, designado por Juan Pablo II. A los 66 años, en mayo del 93, era vicepresidente de la Conferencia Episcopal Mexicana y vicepresidente del Consejo Episcopal Latinoamericano. La segunda voz más poderosa de la Iglesia Mexicana después del cardenal Suárez Rivera de Monterrey.

Pero su poder no estaba en los cargos eclesiásticos, estaba en lo que sabía y en lo que se atrevía a decir. Posadas Ocampo había sido obispo de Tijuana durante 17 años. 17 años en la frontera, 17 años viendo crecer a los arellanos Félix, a los hermanos que después fundarían el cártel de Tijuana.

 17 años escuchando confesiones, recibiendo cartas anónimas, observando como el dinero del narcotráfico empezaba a infiltrar a la sociedad baja californiana. Cuando llegó a Guadalajara en 1987, ya conocía nombres, ya tenía datos, ya había visto la cara de la mafia. Para entender por qué un obispo de Tijuana acumulaba ese tipo de información, hay que entender lo que era Tijuana en los años 70 y 80, una ciudad de paso, la frontera más activa del continente, la puerta de entrada a Estados Unidos para todo lo que viajaba en bolsillos, en

vehículos, en aviones privados. Y en ese tránsito constante, la iglesia local recibía algo que ningún servicio de inteligencia podía recibir. Recibía la confesión de los traficantes que querían absolución antes de morir. Recibía las cartas anónimas de las esposas de los sicarios.

 Recibía las llamadas de las madres de las víctimas. La iglesia en Tijuana era el único confesionario al que un narcotraficante podía acercarse sin ser grabado por la DEA. Y por eso la iglesia sabía cosas que nadie más sabía. Posadas Ocampo durante esos 17 años había construido una red pastoral que llegaba a los rincones más oscuros del mundo del narcotráfico fronterizo.

Conocía a los Arellano desde que eran jóvenes que iban a misa con sus madres. Conocía las casas de seguridad. Conocía los vínculos de los traficantes con la policía local, con la federal, con los agentes aduanes y, a diferencia de otros obispos, no se quedaba con esa información en silencio. predicaba, la denunciaba desde el púlpito, la incluía en sus cartas pastorales y en Guadalajara esa información se siguió acumulando porque Guadalajara en los años 80 y 90 era la capital operativa del cártel del Golfo y posteriormente

del cártel de Sinaloa de Joaquín Guzmán lo era. La ciudad era una zona de cruce y el arzobispado por la naturaleza misma de la confesión católica, terminaba siendo un depósito sensible de información que ningún servicio de inteligencia oficial podía igualar. Y aquí es donde esta historia se pone realmente perturbadora.

 Según el abogado Fernando Guzmán Pérez, coautor del libro La verdad os hará libres, no tengan miedo sobre el caso. El cardenal Posadas predicó más de 40 sermones en los que denunció directamente la situación del narcotráfico y la protección que los carteles recibían desde el poder. 40 sermones, 40 domingos en los que desde el púlpito el cardenal acusó al sistema político mexicano de estar protegiendo a los traficantes 40 veces nombró públicamente la complicidad y aunque cuidaba sus palabras, la dirección era clarísima. La Iglesia, por boca del

cardenal, decía algo que ningún partido político mexicano se atrevía a decir en 1993, que el narcotráfico no era un fenómeno externo al Estado, que el narcotráfico operaba con la complicidad activa de funcionarios mexicanos. Hay que medir bien lo que significaba esa denuncia en el contexto. En mayo de 1993, México estaba a punto de firmar el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá.

 un tratado que iba a definir la economía nacional durante las siguientes tres décadas. Salinas y su gabinete habían trabajado 6 años para llegar a ese acuerdo y la gran preocupación estadounidense en las últimas etapas de la negociación era precisamente la corrupción mexicana y los vínculos del Estado con el narcotráfico.

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