sentido legal de la palabra, dinero que había entrado limpio a través de sus proyectos, pero que tenía un origen que no soportaba demasiado escrutinio y que cuando Amado murió alguien dentro de la reorganización del cártel exigió cuentas que Paco no podía o no quería pagar con la misma facilidad con que las había pagado cuando el Señor de los cielos estaba vivo para garantizar los acuerdos.
Eso explicaría lo que ocurrió a finales de 1998, un episodio que el abogado Eric Rauda reveló en el podcast Relatos forenses. Un sujeto armado se acercó a Paco Stanley en la calle en algún punto de la Ciudad de México. Lo encaró y le dijo algo que no es el lenguaje de un ladrón común ni de alguien que pretende secuestrarlo para pedir rescate.
Le dijo, “Me mandaron a matarte, pero no puedo.” Y se fue. Solo se llevó el reloj. El reloj de un hombre que en ese momento debió entender perfectamente que no se trataba de un robo, sino de un aviso. Un aviso de que la orden existía, que estaba activa, que en algún momento llegaría alguien que sí pudiera.
Paco Stanley entendió el mensaje, por eso duplicó sus escoltas, por eso cambió su actitud, por eso vivió los últimos seis meses de su vida con esa tensión visible que sus colaboradores describían sin poder explicar del todo de dónde venía. Porque Paco no se los explicaba. Pero también hay que preguntarse por qué ese sicario no pudo o no quiso.
Porque en el mundo del crimen organizado no existen los asesinos sentimentales. No existe el hombre que tiene una orden, que enfrenta a su objetivo y que de repente decide no cumplirla porque le da lástima. Lo que existe son órdenes que se suspenden, negociaciones que dan tiempo, plazos que se extienden una vez más porque el deudor prometió pagar o porque alguien intermedió.
El hecho de que ese sicario haya tenido la capacidad de decirle a Paco Stanley que lo iban a matar, pero que aún no era el momento, sugiere que el hombre que lo mandó estaba dispuesto a esperar un poco más, a darle a Paco una última oportunidad de arreglar lo que debía arreglar y que Paco en los se meses que siguieron a ese encuentro no lo arregló o no pudo.
llegó diciembre de 1998 y enero y febrero y marzo y abril y mayo de 1999 y la deuda seguía ahí y la paciencia del otro lado se acabó. Pero hay un elemento en toda esta historia que la investigación oficial nunca tomó en serio, aunque la información estaba disponible desde el momento en que César Gutiérrez Priego filtró 11 cassetes en abril de 2025.
11 grabaciones que su padre, el general Jesús Gutiérrez Rebollo, exjefe del Instituto Nacional para el Combate a las Drogas, que posteriormente fue capturado y procesado por proteger al cártel de Juárez, había realizado entre 1995 y 1996, mientras investigaba al cártel de Colima de los hermanos Amezcua Contreras. Esos casetes llegaron a la opinión pública 26 años después del asesinato y lo que contienen es una de las piezas más perturbadoras de este rompecabezas.
En esos cassetes se escuchan conversaciones entre integrantes del crimen organizado. Conversaciones grabadas en 1996, cuando Paco Stanley era todavía el conductor más querido de la televisión mexicana, cuando nadie imaginaba que en 3 años estaría muerto en un estacionamiento. En uno de esos fragmentos, con una claridad que no deja espacio para la ambigüedad, un hombre menciona a su compadre Paco.
dice que se ha portado muy gacho, que anda portándose muy que pide dinero, pero no entrega lo recaudado. En otro fragmento hay quejas similares, hay una sensación de traición, hay la incomodidad específica de alguien que siente que alguien de su círculo no está cumpliendo con los compromisos que adquirió.
En México, en el mundo del crimen organizado de los años 90, ser mencionado de esa manera en esas conversaciones no era una situación neutral. Cuando alguien de peso en una organización decía que otro se había portado muy y no estaba entregando lo recaudado, eso era el inicio de un proceso que en muchos casos terminaba de una manera muy específica.
Esos cassetes están fechados en 1996, 3 años antes del asesinato. Y sin embargo, ninguna autoridad con poder de investigación los autenticó ni los incorporó a ninguna indagatoria activa, no porque no existieran, sino porque existir no era suficiente cuando la voluntad política de usarlos no estaba presente.
Pero aquí es donde la historia da el giro que más incomoda, porque los cetes de Gutiérrez Priego no solo contienen conversaciones sobre Paco Stanley y sus deudas con el crimen organizado, contienen también, según el propio Gutiérrez Priego y según los fragmentos que fueron difundidos, conversaciones entre integrantes del cártel de Colima y una mujer que él identificó como Nilda Patricia Velasco, esposa del entonces presidente Ernesto Cedillo.
una presunta conversación entre la primera dama de México y el rey de las metanfetaminas de ese momento, en la que se habla de negocios y de pagos y de dinero. Si esos audios son auténticos y hasta la fecha ninguna autoridad judicial los ha sometido a análisis forenses para desmentirlos oficialmente, solo han sido recibidos con el silencio institucional que en México equivale a una negación que no quiere comprometerse demasiado.
Entonces, el nombre de Paco Stanley en conversaciones del cártel de Colima no era un secreto para él comprometerse. Gobierno que estaba en el poder cuando lo asesinaron. Era información que ya existía en cassets grabados 3 años antes, que alguien tenía, que alguien guardó y que nadie en los circuitos del poder mexicano de 1999 tenía ningún incentivo para usar como herramienta de investigación criminal, porque usar esa información significaba abrir una puerta que llevaba a habitaciones donde había personas que podían hacer mucho daño.
Mediodía de ese lunes, después de los disparos, después de que la camioneta Lincoln Navigator quedó acribillada en el estacionamiento del charco de las ranas con más de 20 impactos, y el cuerpo de Paco fue trasladado al Hospital Ángeles del Pedregal, donde lo declararon muerto pasadas. Las 2 de la tarde, Mario Bezares por fin salió del baño del restaurante.
No había salido durante los disparos. No había salido cuando llegaron los primeros paramédicos. No había salido cuando comenzaron a congregarse los curiosos en el periférico que quedó cerrado por las autoridades. Salió cuando llegaron los policías. portaba una férula en el pie izquierdo que esa mañana en el programa había servido de material cómico para Paco, pero que los médicos que lo revisaron después señalaron como desproporcionada para la lesión que realmente tenía en ese momento.
Una férula innecesaria limita el movimiento. Hace que alguien que está en el lugar equivocado en el momento equivocado tenga una razón médica visible para no haberse movido con rapidez, para no haber salido. Jorge Gill, el periodista que estaba sentado en el copiloto de esa camioneta y que recibió dos disparos en la pierna mientras los sicarios descargaban sus armas sobre Paco, pasó horas en el hospital esa tarde esperando.
Nadie del entorno inmediato de Bezares le llamó ese día. Mario Bezares no llamó, nunca llamó, ni ese día, ni los que siguieron inmediatamente después. Y durante los más de 26 años que han pasado desde entonces, esa falta de llamada ha sido uno de los elementos más difíciles de explicar para quienes defienden la inocencia de Bezares. Cuando tu compañero de 20 años es asesinado y el hombre que estaba en la misma camioneta recibe dos balazos, lo mínimo que hace cualquier persona es marcar el teléfono del hospital para saber cómo está. Bezares no lo hizo.
Jorge Hill lo guardó durante 26 años. En julio de 2025 apareció en el aeropuerto internacional de la Ciudad de México en el área de llegadas internacionales y habló con la prensa por primera vez en décadas en una entrevista que el periodista Edén Dorantes difundió en su cuenta de YouTube y que recorrió los medios mexicanos en pocas horas.
dijo que nunca antes había hablado porque no le encontraba sentido, que si hubiera muerto él, otro contaría lo que pasó, pero que sobrevivió y que era su responsabilidad contarlo sin remordimientos. Y lo que contó es lo que nadie en el entorno de Mario Bezares ha podido rebatir con una explicación que tenga sentido real.
Más allá de la irritación visible con la que Bezares respondió ante las cámaras de Ventaneando al enterarse de las declaraciones de Hill, Mario nunca salió del baño. Jamás lo vieron afuera. Estaban todos juntos y alguien dijo que iba al baño. Paco fue, hizo lo que tenía que hacer y regresó. Mario, no. Y si escuchas disparos y estás ahí, lo lógico es que salgas a ver qué pasó.
Él nunca salió. Hasta hoy sigo sin entender por qué. Esas son las palabras de Jorge Gill, precisas, sin adornos, de alguien que tiene dos cicatrices en la pierna, que prueban que estuvo ahí ese día y que durante 26 años eligió no decir nada porque entendía que en México, sobre este caso específico, con las personas específicas que rodean esta historia, decir algo tenía consecuencias que preferían no comprobar en carne propia.
Pero hay más, porque antes de que comenzaran los disparos, según el registro documental del caso que incluye las propias notas de la Procuraduría, Mario Bezares había recibido una llamada telefónica dentro del restaurante. Una llamada que lo llevó a alejarse físicamente de la mesa donde estaban Paco, Hill, el chóer y los escoltas.
se apartó del grupo para contestar en privado y de esa llamada nunca dio una explicación completamente coherente sobre quién era, qué decía y por qué le hizo alejarse del grupo de esa manera. Después de esa llamada fue al baño. Paco lo siguió, hizo sus necesidades y volvió a la mesa.
Y cuando Paco y Hill salieron al estacionamiento a subirse a la camioneta, el comando armado ya estaba en posición cruzando el puente peatonal sobre el periférico con armas de diferentes calibres, listo para ejecutar a un hombre específico, en un vehículo específico, en ese restaurante específico, en ese momento exacto del mediodía.
El timing es demasiado preciso para ser casual. Un comando profesional no improvisa una ejecución de esa magnitud en minutos. Identificar la camioneta exacta entre el tráfico del periférico sur. Cruzar el puente peatonal en el momento justo. Disparar más de 20 veces con la precisión de cuatro tiros de gracia en la cabeza de una víctima específica y escapar antes de que lleguen las autoridades requiere información previa, coordinación previa y alguien en el lugar que confirme que el objetivo está presente y que ha llegado el momento. Un alguien que
supiese que Paco iba a estar ahí a esa hora, un alguien que también supiese que él mismo no iba a estar en la camioneta cuando llegaran los tiros. La Procuraduría de Samuel del Villar llegó a exactamente esa conclusión sobre el profesionalismo del crimen. El problema es lo que hizo con ella después de llegar.
El procurador descartó desde el primer día la posibilidad de robo o secuestro. declaró públicamente que había sido una operación destinada a quitarle la vida al señr Stanley y que la naturaleza del ataque mostraba el profesionalismo de los asesinos. Hasta ahí, correcto. Todo lo que dijo ese día era cierto, pero entonces la investigación tomó un giro que nadie que la ha estudiado con cuidado ha podido explicar satisfactoriamente como resultado de la evidencia disponible.
Del Villar y su equipo se alejaron de la pista del crimen organizado, que era la más sólida, la que tenía más evidencia circunstancial, la que más sentido hacía dado el contexto de la vida de Paco y se concentraron en Mario Bezares y Paola Durante, la Edecan joven y ambiciosa que quería salir en televisión y que por su cercanía con el programa quedó atrapada en la red de sospechosos.
construyeron un caso basado en el testimonio de Luis Gabriel Valencia, un preso en el reclusorio sur de la Ciudad de México que afirmó haber sido cocinero del cártel de Colima. Valencia aseguró que los hermanos Amescua Contreras habían ordenado el asesinato de Paco por deudas de droga y que Paola Durante había servido de intermediaria para que Besares avisara cuándo y dónde ejecutarlo.
La acusación tenía un problema fatal desde el principio. Los hermanos Amescua estaban presos en ese momento y en el día que Valencia aseguró que Paola Duranté fue al reclusorio a reunirse con los narcotraficantes para planear el crimen, Paola Duranté había estado trabajando todo el día en el programa de Paco Stanley.
Sus compañeros lo podían atestiguar. El foro de TV Azteca tenía registro de su presencia. La cuartada existía, pero Del Villar siguió adelante. Mario Bezares fue arrestado el 22 de julio de 1999, más de un mes después del crimen. Paola Durante también. Jorge García Escandón, el chóer. Erasmo Pérez Garnica, el cholo, que se parecía al retrato hablado del asesino material, aunque nunca se probó nada contra él y varios más.
y Jorge García Escandón, el chóer de Paco Stanley, que resultó ileso durante la balacera, lo cual en sí mismo levantaba preguntas que la Procuraduría decidió no examinar con demasiado cuidado, reveló décadas después lo que nadie de la Procuraduría quiso poner en el expediente oficial que cuando lo detuvieron lo encerraron en una oficina de las instalaciones de la Procuraduría y le dijeron textualmente, “Necesitamos que culpes a Mario.
” que cuando se negó lo mandaron directamente al reclusorio, sin cargos formales, sin proceso, con la sola voluntad de un sistema que necesitaba un culpable y estaba dispuesto a fabricarlo. sin juicio, sin pruebas, con la sola voluntad de un procurador que necesitaba cerrar un caso que le estaba quemando las manos políticamente en un año de elecciones con Cuautemoc Cárdenas dejando el gobierno del DF para ser candidato presidencial y con Rosario Robles asumiendo una administración que tampoco quería heredar un escándalo sin resolver. El gobierno de la Ciudad de
México en el segundo semestre de 1999 tenía prisa. Y cuando los gobiernos tienen prisa, la justicia sufre. Pero había algo más que la prisa electoral en juego. El asesinato de Paco Stanley había ocurrido en el contexto de una Ciudad de México que el gobierno del PRD de Cuautemoc Cárdenas llevaba solo 2 años administrando después de décadas de gobierno priista.
y Ricardo Salinas Pliego, presidente de TV Azteca, cuya empresa era la que más perdía con la muerte del conductor de su programa estrella, había salido esa misma noche a criticar públicamente a las autoridades y a la inseguridad de la capital. Esa crítica era también una declaración de guerra mediática en un momento en que Azteca y el PRD no se llevaban bien.
El gobierno capitalino necesitaba cerrar el caso rápido, no solo porque la sociedad exigía resultados, sino porque los resultados eran también un instrumento político. Resolver el crimen con culpables identificados y encarcelados, aunque fueran culpables fabricados, significaba demostrar que el nuevo gobierno de la ciudad sabía gobernar.
Y esa necesidad política fue más fuerte que la necesidad de encontrar la verdad. El chóer Jorge García Escandón lo vivió en carne propia. Lo encerraron en una oficina. Le dijeron, “Necesitamos que culpes a Mario.” Se negó. Lo mandaron al reclusorio. Meses después, desde la cárcel, García Escandón explicó a quien quisiera escucharlo, que él no podía culpar a Mario Besares porque no tenía ninguna evidencia de que Besares hubiera participado en el crimen.
Eso no le importó a la Procuraduría. Lo que importaba era construir un relato y un relato necesita personajes. Los personajes que Del Villar eligió fueron los más convenientes, el compañero de pantalla que había estado en el restaurante y no había salido del baño, y la Edecan joven que no tenía ni los recursos ni las conexiones para defenderse con la fuerza que merecía la situación.
En enero de 2001, 18 meses después del asesinato, el juez penal encargado del caso declaró que las pruebas presentadas no le permitían acreditar la participación de los implicados en el asesinato de Francisco Stanley y ordenó su inmediata liberación. Luis Gabriel Valencia, el testigo estrella de Del Villar, ya se había retractado meses antes en una entrevista televisiva que vio todo México.
Dijo que la Procuraduría lo había sometido a torturas para que declarara contra los detenidos. No que lo hubieran convencido o sobornado o presionado con amenazas verbales, que lo habían torturado. El cuerpo de un testigo torturado en México en 1999 no era una rareza en las noticias, pero en este caso, con esta magnitud, con todo el país mirando, el colapso del caso fue total y humillante para la procuraduría.
Samuel del Villar murió el 20 de marzo de 2005 a los 60 años en su domicilio en la colonia Lomas de Chapultepec de la Ciudad de México. Víctima de un cáncer cerebral que lo había mantenido hospitalizado varias semanas. Murió llevándose consigo lo que sabía y lo que eligió no investigar. Si en algún momento entendió la magnitud de lo que había hecho construir un caso sobre testigos torturados para desviar una investigación que tocaba al crimen organizado en sus vínculos con el poder político, eso también se fue con él.
El asesino material de Paco Stanley, identificado en algunos expedientes como El Bolas, nunca fue capturado, el autor intelectual nunca fue identificado oficialmente. El caso permanece abierto, técnicamente en los archivos de la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México. Nadie que haya pedido acceso a esos documentos los ha obtenido sin obstáculos en 26 años.
El abogado Eric Rauda, que participó en el caso desde los primeros días y que reconstruyó su experiencia en el podcast Relatos Forenses en 2025, dijo algo que merece repetirse con la claridad con que él lo dijo. La investigación no falló, fue desviada. que la pista del crimen organizado, que era la más sólida desde el primer día, fue abandonada en favor de una narrativa que convenía políticamente al gobierno del Distrito Federal en ese momento específico, que nadie quiso tocar los vínculos de Paco con el cártel de Juárez, ni con los
Amescua, ni con lo que los cassetes de 1996 sugerían sobre la conexión entre ese cártel y personas de la más alta esfera del gobierno federal, porque tocarlo significaba tocar cosas que llegaban a lugares donde ningún procurador del Distrito Federal tenía jurisdicción ni voluntad de llegar. Y ahí está la pregunta que este documental deja sin respuesta, porque nadie que pueda responderla lo ha hecho.
¿Qué contienen los otros 10 cassetes? César Gutiérrez Priego dijo que tiene 11 en total, solo difundió uno. Los otros 10 existen. Están guardados. contienen conversaciones del cártel de Colima del año 1996. Y en ese año, en esas conversaciones, el nombre de Paco Stanley aparecía ya como el de alguien que tenía problemas con quienes le habían financiado.
Lo que contienen los otros 10 cassetts sobre ese tema y sobre los nombres que rodean ese tema es algo que en 27 años ninguna autoridad mexicana ha exigido formalmente conocer. Y mientras esos cassetts permanezcan sin abrir para la investigación oficial, el caso Paco Stanley seguirá siendo exactamente lo que ha sido desde el 7 de junio de 1999, el crimen más visto de la historia de la televisión mexicana y el que menos se ha querido resolver, 27 años sin castigados, sin respuestas, sin que la familia de Paco Stanley haya recibido
nunca una explicación oficial que se sostenga de pie. Paul Stanley tenía 14 años el 7 de junio de 1999. Ese día alguien le dijo que su padre había muerto en el estacionamiento de un restaurante de tacos sobre el periférico de la Ciudad de México con cuatro tiros en la cabeza. Y en los 27 años que han pasado desde ese día, ningún gobierno de ningún color político en ningún nivel de la administración mexicana ha hecho del caso Paco Stanley una prioridad de investigación real. Eso no es olvido.
El caso Paco Stanley no se olvida. Es discutido cada año en el aniversario del crimen. Cada vez que un testigo habla, cada vez que una serie de televisión lo reclama para el entretenimiento. Lo que no ocurre es la investigación. Y la diferencia entre el recuerdo y la investigación es exactamente la diferencia entre un país que llora a sus muertos y un país que hace justicia por ellos.
Lo que sí se sostiene de pie es lo que Jorge Hill dijo en julio de 2025. de pie en el aeropuerto de la Ciudad de México, con la voz tranquila y grave de alguien que ha esperado mucho tiempo para decirlo. Mario nunca salió del baño, jamás puso un pie afuera, nunca llamó al hospital, nunca preguntó cómo estaba y que él no lo va a juzgar porque ya fue juzgado, ya tuvo su condena y él solo le desea paz y armonía.
26 años de silencio, 26 años cargando con lo que vio, 26 años esperando que alguien más dijera lo que él no se atrevía a decir. Y cuando finalmente habló, lo hizo con la precisión de quien ha ensayado esas palabras en la cabeza miles de veces y ha aprendido exactamente hasta dónde puede llegar sin cruzar el límite que lo pone en peligro. Ya tuvo su condena.
No, ya fue absuelto. Ya tuvo su condena. Eso no es el lenguaje de alguien que cree en la inocencia del otro. Eso es el lenguaje cuidadoso de alguien que ha llegado a su propia conclusión, que la lleva consigo desde ese mediodía de junio de 1999, en que se bañó con la sangre de su amigo en el asiento del copiloto de una camioneta en el periférico y que sabe que decirla con más claridad en México.
Sobre este caso específico, sobre estas personas específicas, todavía tiene un costo, porque ese es el legado real del caso Paco Stanley, no la impunidad, aunque la impunidad sea parte de él y sea en sí misma una tragedia que debería avergonzar a cualquier sistema que se llame de justicia.
El legado real es el miedo que aún existe alrededor de esta historia. El hecho de que el único testigo directo esperó 26 años para hablar, que el chóer de Paco esperó décadas para decir que lo amenazaron, que los cassetes con conversaciones de narcotraficantes que mencionan a Paco fueron grabados en 1996 y no llegaron a la opinión pública hasta 2025, que hay 11 cassetes en total y solo uno fue difundido públicamente, que los otros 10 siguen guardados con lo que contienen, esperando que alguien decida decida que es el momento o que alguien
con poder de actuar decida que esa información merece más que el silencio. Francisco Stanley Albaitero vivió dos vidas, una que México adoró y otra que México nunca debía conocer. Murió en el punto exacto donde esas dos vidas se encontraron. con cuatro tiros en la cabeza en el estacionamiento de un restaurante de tacos a mediodía en el periférico, mientras su compadre de 20 años esperaba en el baño a que terminara todo.
El asesino sigue libre, el caso sigue abierto y la pregunta que nadie con poder de responderla ha querido contestar en 27 años no es quién apretó el gatillo. Eso ya casi lo saben. La pregunta es, ¿quién dio la orden? ¿Y qué tan arriba llegaba esa orden? Porque en México, en 1999, ciertas órdenes llegaban tan arriba que ni siquiera el estado que las debería investigar podía tocarlas sin tocarse a sí mismo.
Para entender la dimensión de lo que ocurrió ese 7 de junio de 1999, hay que entender también el México que recibió la noticia. El México de finales de los 90 era un país que había vivido el levantamiento zapatista, el asesinato de Colosio, la crisis del efecto tequila, la primera alternancia electoral en el Distrito Federal. Era un país sacudido, pero también un país que en su televisión seguía buscando el refugio de la risa.
Y Paco Stanley era parte de ese refugio. Era el hombre que aparecía en la pantalla y hacía olvidar por un rato que el peso se había devaluado, que los partidos se peleaban, que el crimen organizado estaba cambiando la geografía del poder en México. Por eso, cuando la noticia llegó ese mediodía a los estudios de las televisoras, a las redacciones de los periódicos, a las oficinas y los talleres y las cocinas de todo México, el país se paralizó.
Los trabajadores detuvieron sus actividades, las oficinas prendieron la televisión, los que no tenían televisor buscaron radios. Esa imagen de parálisis colectiva que solo ocurre cuando muere alguien que no debería haber muerto de esa manera, de esa velocidad, de esa brutalidad, tanto Televisa como TV Azteca interrumpieron su programación regular.
En los estudios de TV Azteca, donde esa misma mañana Paco había grabado el programa, los conductores rompieron a llorar frente a las cámaras. Ricardo Salinas Pliego, presidente de TV Azteca, se paró frente a los medios esa misma noche y dijo algo que resonó en toda la sociedad mexicana. Hoy le tocó a Paco, mañana le puede tocar a usted o a mí o a cualquiera.
La impunidad, la ineptitud de las autoridades y la indiferencia de los ciudadanos ha llegado a un límite. Esa frase fue leída en su momento como una declaración política dirigida al gobierno del PRD en el Distrito Federal. y lo era, pero también era la expresión exacta del estado de ánimo de un país que acababa de ver a su comediante favorito asesinado con profesionalismo de comando a plena luz del mediodía.
La sociedad mexicana de 1999 tenía una relación muy particular con la violencia del narco. Sabía que existía. Sabía que los cárteles operaban en el norte del país, en las fronteras, en las rutas del tráfico, pero había una separación psicológica entre ese mundo y el mundo de la Ciudad de México, el mundo de la televisión, el mundo de la risa de las 11 de la noche.
Cuando Paco Stanley murió, esa separación desapareció. De repente, el narcotráfico no era algo que ocurría lejos en las noticias de Tijuana o de Juárez. Era algo que llegaba al periférico de la capital, al restaurante de tacos donde la gente de la televisión iba a desayunar, a la camioneta del conductor más querido del país.
Eso fue lo que realmente paralizó a México ese mediodía. No el duelo por un personaje querido, aunque ese duelo fue real, sino el miedo de entender que el país en el que creían vivir ya no era ese país. Pero algo que nadie dijo con la claridad que el caso merecía, que la pista más obvia no eran Mario Bezares ni Paola Durante, eran las personas con quienes Paco había estado haciendo negocios durante la mejor época de su vida.
las personas cuyo nombre aparecía en los documentos de ST Producciones con los 70 millones de pesos de movimientos que la Procuraduría misma detectó. Las personas que desde 1996 lo mencionaban con enojo en conversaciones grabadas en cassetts, esa pista no la siguió la televisión, no la siguió la Procuraduría y el resultado fue que el crimen más mediático de la historia del espectáculo mexicano quedó impune con una velocidad y una eficiencia que solo es posible cuando alguien con poder real quiere que así sea. Para entender lo que Mario Bezares
sabía y no contó ese día en el restaurante, hay que entender también lo que significaba saber esas cosas en México en 1999. Bezares era el colaborador más cercano de Paco Stanley. Llevaba 20 años a su lado. No solo compartía escenario, era su representante. Tenía poder sobre la empresa ST Producciones.
Conocía los negocios, conocía los contactos, conocía las deudas. Si Paco tenía vínculos con el crimen organizado, Mario Besares era probablemente la persona más cercana a él que conocía esa realidad de primera mano. Y saber ese tipo de cosas en México, en el ambiente en que se movía Paco Stanley, tenía un precio muy específico, el silencio como condición de supervivencia.
Eso no lo exculpa, lo contextualiza, porque si Bezares sabía y si la llamada que recibió ese mediodía en el restaurante era de alguien que le confirmaba que era el momento y que debía quitarse del camino, y si por eso fue al baño y no salió, entonces el silencio que ha mantenido durante 26 años no es el silencio de un inocente que fue injustamente acusado.
El silencio de alguien que sabe exactamente lo que hizo ese día y sabe exactamente por qué nunca puede decirlo en voz alta y con nombre y apellido. Bezares respondió con irritación visible ante las cámaras de Ventaneando cuando le preguntaron por las declaraciones de Jorge Gill en 2025. dijo que era una vergüenza que ese señor volviera a dar declaraciones después de 26 años, que el caso estaba totalmente cerrado, que estaba juzgado y acabado.
Cerrado, juzgado, acabado. Esas son las palabras de un hombre que fue absuelto por falta de pruebas, no las de un hombre que fue exonerado por probada inocencia. Hay una diferencia enorme entre ambas. Que un juez diga que no había pruebas suficientes para condenar a alguien, no es lo mismo que decir que esa persona era inocente.
Es decir, que el caso fue tan mal construido, con testimonios torturados y pruebas fabricadas, que el juicio entero se cayó antes de llegar a ninguna conclusión sobre la verdad de los hechos. Y que ahora, 26 años después, cuando Jorge Hill sale del aeropuerto y dice que Mario nunca salió del baño y le desea paz y armonía.
Lo que está diciendo entre líneas es algo que México entero escucha, pero que ningún sistema judicial ha querido procesar. El caso Paco Stanley es el espejo más nítido que existe del México de finales del siglo XX. Un país donde el entretenimiento y el crimen organizado compartían escenario, donde el poder político y el narcotráfico negociaban en privado lo que no podían hacer en público, donde los testigos se torturaban para fabricar culpables convenientes y donde la verdad cuando llegaba a incomodar a demasiadas
personas con demasiado poder, simplemente no se investigaba. Esa es la historia que Mario Bezares cayó ese día, la que Jorge Gill guardó 26 años, la que 11 Casset siguen conteniendo, 10 de ellos todavía sin difundirse y la que Francisco Stanley Albaitero se llevó consigo el 7 de junio de 1999 al mediodía en el estacionamiento del charco de las ranas.
Pero hay una última cosa que este documental no puede ignorar y es lo que todo esto significó para una persona que no pidió estar en medio de esta historia y que, sin embargo, lleva más de la mitad de su vida cargando con ella. Paul Stanley tenía 14 años cuando alguien le dijo que su padre había muerto. 14 años. Una edad en que todavía no se tiene el aparato emocional ni el contexto suficiente para procesar que el hombre que aparecía en la televisión de tu casa todas las noches, el mismo que era tu padre, fue ejecutado a tiros en el estacionamiento
de un restaurante de taco sobre el periférico de la Ciudad de México, por razones que nadie, en ningún nivel del Estado mexicano, ha querido o podido explicarle con claridad y honestidad. Paul Stanley creció en el ojo público, construyó su propia carrera en la televisión, mantiene una relación con Mario Besares que define como una amistad que no tiene nada que ver con el pasado.
Esa generosidad, esa capacidad de separar la persona del episodio, dice más sobre él que sobre cualquiera de los otros protagonistas de esta historia. Pero la generosidad de Paul Stanley con los protagonistas de esta historia no absuelve a nadie de sus responsabilidades. El asesino material sigue libre. El asesino intelectual nunca fue identificado y los documentos que podrían responder la pregunta definitiva sobre quién dio la orden archivos de la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México, a los que nadie con voluntad real de investigar ha tenido acceso sin

obstáculos en 27 años. Eso no es un fracaso del sistema, es el sistema funcionando exactamente como alguien quiso que funcionara. Eso es lo que Mario Bezares cayó ese día en el baño del restaurante El charco de las ranas. Y lo que sigue callando cada vez que alguien le pone un micrófono en la cara y le pregunta por Jorge Hill.
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