Posted in

¿Traición de su propia sangre? ¿Quién ordenó el ataque a la familia Torres y Tehuitzingo?

¿Traición de su propia sangre? ¿Quién ordenó el ataque a la familia Torres y Tehuitzingo?

Yo no quiero volver a lo mismo. Yo fui un alcohólico drogadicto por culpa de ellos, porque me obligaban a trabajar como si uno no sintiera cansancio, ¿verdad? Entonces yo eso es lo que lo que les quiero comentar, que fue por la razón por la cual yo me salí. Y como ustedes comprenderán, yo ya no quiero volver a lo mismo.

 Muchos me vieron que andaba yo perdido en la droga, en el cristal, la cocaína, en el alcohol, ¿sale? Y no fue porque yo lo quise público, sino que porque ellos era mucho, mucho trabajo lo que a mí me ponían a hacer y desgraciadamente yo tuve que tomar medidas, o sea, más allá de lo normal. Entonces, público querido de allá de Teixingo, gente bonita, yo les pido ese favor que les hagan llegar este video a mis padres, mis hermanos, que lo sigan publicando.

Hay una secuencia de hechos que la Fiscalía General del Estado de Puebla ha ordenado con cuidado meticuloso, como quien construye un expediente destinado a perdurar décadas en un archivo judicial. Hay otra secuencia paralela y más perturbadora, que nadie ha ordenado todavía con la misma claridad, la del hombre que grabó un video en el que anunciaba su propio desbordamiento, que salió de un centro de desintoxicación informal semanas antes de que su familia entera fuera exterminada y cuyo paradero permanece desconocido. Mientras los

investigadores consolidan cargos contra los ejecutores materiales. Estos dos relatos no son necesariamente contradictorios. La jurisprudencia criminológica enseña que el autor intelectual de un crimen y el autor material rara vez comparten Zelda desde el primer día. Lo que sí comparten en los casos más complejos es una historia previa que ningún tribunal puede ignorar. Esta es esa historia.

 La comunidad de Texalapa tiene 46 habitantes registrados. No es un pueblo. Es una concentración de familias en un repliegue geográfico que los mapas oficiales del estado de Puebla reconocen apenas con un punto diminuto sobre la franja limítrofe con Oaxaca. Queda a unos 15 minutos de Petlalcingo, que es la cabecera municipal más próxima y a una distancia emocional y comunicativa que los habitantes de las ciudades difícilmente pueden calcular con precisión.

 No hay señal de telefonía celular en el área del rancho. No hay manera de llamar a la policía desde ahí sin recorrer físicamente varios kilómetros de terracería. Esta geografía del silencio no es un dato pintoresco, es una condición operativa que quienes planearon la masacre conocían con exactitud. El rancho se llama la marihuana, denominación popular que no indica necesariamente un vínculo con el narcotráfico, sino que responde a los usos del lenguaje rural mexicano para bautizar propiedades a partir de su historia, su vegetación o sus leyendas

locales. El propietario era Cecilio Torres, ganadero de 55 años, hombre de trabajo que había construido sobre ese predio una economía familiar modesta pero funcional, ganado, cultivos, maquinaria agrícola. Esa retroexcavadora que reposaba en el granero esperando reparación sería el detalle que trajo a tres mecánicos ajenos a la familia al lugar equivocado en el momento equivocado. Efrén Ventura, 50 años.

 José García, 59. Kevin, cuyo apellido los registros preliminares no consignan, entre 15 y 16 años ayudante. Los tres trabajaban en el granero cuando ocurrió lo que ocurrió. El conductor de una pipa de agua fue el primero en entrar al rancho después. No hay ningún registro de que alguien hubiera enviado una alerta, de que algún vecino hubiera escuchado y reportado algo, de que alguna corporación policiaca hubiera recibido una llamada de emergencia en el momento de los hechos.

 El chóer entró porque tenía una entrega que hacer, porque esa era su ruta, porque el rancho era un cliente ordinario en una jornada ordinaria. Lo que encontró en el granero ordinario. Los tres mecánicos estaban muertos. Avanzó hacia la vivienda principal y encontró otros siete cuerpos, 10 personas en total. En ese momento, el silencio de Texcalapa se convirtió en el tipo de silencio que los peritos forenses conocen bien.

 El silencio que antecede a semanas de trabajo laboratorial. Hay una discrepancia cronológica en este caso que los analistas no pueden desechar como un simple error de comunicación. Distintas fuentes sitúan el hallazgo de los cuerpos alrededor de las 20 horas del sábado 16 de mayo. La Fiscalía General del Estado y la mayor parte de los registros periodísticos fechan la agresión armada en la madrugada del domingo 17 de mayo.

 Esta diferencia de horas importa porque define cuándo exactamente se cometió el crimen, qué movimientos fueron posibles antes y después. y con qué declaraciones resulta compatible o incompatible la coartada de cada sospechoso. Las dos fechas no son intercambiables. En un proceso penal, esa distancia entre el sábado en la noche y el domingo en la madrugada puede ser la distancia entre la autoría y la inocencia de un individuo cuyo paradero es incierto.

Los peritos de la fiscalía recogieron 18 casquillos percutidos en la escena del crimen, calibres 22 y 9 mm. La ausencia de casquillos de fusiles de asalto de uso exclusivo del ejército, el tipo de armamento que los grandes cárteles del narcotráfico despliegan habitualmente en sus operaciones fue el primer dato que llevó a la fiscalis pastor Betancurt, a descartar públicamente la hipótesis de la delincuencia organizada transnacional.

No se trató de una operación de control territorial entre cárteles rivales. No hubo narcomantas, no hubo mensajes. Hubo 18 casquillos de calibres que cualquier grupo delictivo regional puede conseguir sin dificultad en los mercados ilegales de armas que proliferan en la mixteca poblana y oaqueña.

 El mensaje de los calibres era claro. Esto fue personal, esto fue local. Esto fue familiar. El análisis forense determinó que nueve de las 10 víctimas murieron por impactos de proyectil de arma de fuego. La mayoría de los disparos fueron localizados en la cabeza. Dos de los cuerpos estaban maniatados.

 El protocolo de ejecución, disparar en la cabeza, atar previamente a las víctimas sin posibilidad de defensa, no es el protocolo del crimen pasional espontáneo. Es el protocolo de quien llegó con un plan, con materiales para inmovilizar, con la instrucción de no dejar testigos. La décima víctima era una lactante de pocas semanas de nacida.

 Su nombre era Carolina Torres. El dictamen forense estableció que murió por asfixia mecánica. Los médicos legistas reconstruyeron la secuencia. Su madre, Marta Flores, de 29 años, intentó protegerla cubriéndola con su propio cuerpo en el momento de los disparos. Al recibir los impactos que la mataron, el peso de su cuerpo inerte sobre la niña provocó la sofocación.

Carolina Torres tiene en el expediente una causa de muerte que ningún sistema jurídico ha diseñado para catalogar con precisión. Murió porque su madre murió tratando de salvarla. Tenía entre uno y dos meses de vida, según la fuente que se consulte, porque incluso ese dato, la edad de la víctima más joven, admite versiones que difieren entre sí.

 Los tres mecánicos muertos en el granero constituyen desde el análisis criminológico la evidencia más contundente de premeditación. Efrén Ventura, José García y Kevin, el ayudante no tenían ninguna relación con los conflictos internos de la familia Torres. Estaban ahí por razones de trabajo, contratados temporalmente para reparar maquinaria agrícola.

Read More