Vivir de alquiler en el centro de la ciudad es una estafa piramidal consentida.
Pagas la mitad de tu sueldo por un espacio donde apenas caben tus propios pensamientos.
Y mucho menos tú mismo.
Mi piso tiene treinta y cinco metros cuadrados.
Según el anuncio de la inmobiliaria, era un “coqueto estudio ideal para jóvenes profesionales”.
Según la realidad, es una caja de zapatos con ínfulas de hogar.
Pero lo peor no es el tamaño.
Lo peor no es la cocina que está literalmente dentro del salón, obligándome a dormir oliendo a brócoli hervido si no ventilo bien.
Lo peor no es la ventana que da a un patio interior que parece sacado de una novela de misterio barata.
Lo peor de este piso es la acústica.
Los constructores de este edificio debieron usar cartón mojado en lugar de ladrillos de verdad.
O quizás simplemente pintaron el aire con gotelé y lo llamaron pared maestra.
El aislamiento acústico es un concepto de ciencia ficción en mi bloque.
Conozco la vida de mis vecinos mejor que la de mi propia familia directa.
Sé que la señora del cuarto izquierda tiene problemas de tránsito intestinal los martes por la mañana.
Sé que el chaval del segundo derecha escucha reggaetón triste cuando llueve los domingos.
Pero la relación más íntima, profunda y perturbadora la tengo con mi vecino de al lado.
El del tercero B.
No sé cómo se llama, ni falta que hacía.
Nunca nos hemos cruzado en el rellano de la escalera.
Nunca hemos coincidido en el portal buscando las cartas en los buzones.
Para mí, él es sólo una voz sin rostro.
Una voz grave, un poco rasposa, que atraviesa el tabique de mi dormitorio como si fuera de papel de fumar.
Nuestras camas deben estar separadas por escasos centímetros de yeso mal puesto.
Nuestros baños también comparten la misma bajante de tuberías.
Y ahí es exactamente donde empezó toda esta locura.
Mi cama está pegada a la pared que da directamente a su cuarto de baño.
Un error garrafal de diseño arquitectónico que ha condicionado mi ciclo de sueño durante los últimos ocho meses.
Al principio, los ruidos eran los normales en cualquier bloque de vecinos de España.
El sonido del agua al caer en la ducha a las siete de la mañana.
El ruido seco de la tapa del váter al cerrarse de madrugada.
El zumbido agónico de una maquinilla de afeitar eléctrica de marca blanca.
Cosas cotidianas y monótonas.
Cosas que uno aprende a ignorar con el tiempo y la costumbre.
Te pones unos tapones de espuma amarilla en los oídos, te giras hacia el otro lado y a dormir.
Pero entonces, a principios del otoño, la rutina sonora cambió drásticamente.
Empezó a mediados de octubre, un martes para ser exactos.
Recuerdo perfectamente la primera vez que ocurrió.
Hacía frío, llovía en Madrid y yo estaba metida en la cama con tres mantas gruesas por encima.
Tenía un libro en las manos que en realidad no estaba leyendo.
Mis ojos miraban fijamente el patrón repetitivo y horrendo del gotelé de la pared blanca.
Era casi la medianoche.
El silencio en la calle era absoluto, algo raro y preciado en esta ciudad frenética.
Y entonces, en medio de esa paz, escuché la puerta de su baño abrirse.
Escuché el clic metálico del interruptor de la luz.
El sonido de sus pies descalzos, o tal vez en zapatillas, rozando las baldosas.
Luego, el chirrido inconfundible de la puerta del pequeño armario de los espejos.
Ese armario de metal barato que todos tenemos encima del lavabo para guardar las tiritas y la aspirina.
Hubo un silencio prolongado de casi un minuto.
Pensé que se estaba lavando los dientes con excesiva concentración.
Pensé que se estaba echando alguna crema hidratante antiarrugas carísima.
Pero no había sonido de agua corriendo por el grifo.
No había fricción de cepillo contra muelas.
Sólo silencio.
Un silencio tenso, pesado, expectante.
Y de repente, el tabique vibró y él habló.
“Hola”.
Di un respingo tan grande en la cama que casi me caigo al suelo.
Sonó tan cerca, tan claro, que por un milisegundo de terror creí que había un intruso dentro de mi propia habitación.
Mi corazón se aceleró a cien pulsaciones por minuto.
Miré hacia la pared con los ojos muy abiertos, como si mi mirada pudiera atravesar el yeso y el papel pintado.
“Hola, Laura”, dijo la voz a continuación.
Tragué saliva sonoramente.
¿Quién demonios era Laura?
¿Estaba hablando por teléfono a esas horas de la noche en el baño?
Esperé la pausa habitual de una conversación telefónica, el momento natural en el que el otro interlocutor responde.
Pero no hubo ninguna pausa.
No hubo un tono de voz de alguien escuchando, ni el ligero retardo del altavoz del móvil.
“Quería decirte algo importante”, continuó la voz masculina.
Sonaba artificial, rígida.
Sonaba ensayada frente a un tribunal.
Demasiado impostado, con un tono de locutor de radio de medianoche que daba un poco de vergüenza ajena escuchar de rebote.
Y ahí me di cuenta de la triste y cómica realidad de mi vecino.
Cada noche escuchaba a mi vecino practicar frases románticas.
Siempre frente al espejo.
Estaba ensayando discursos de seducción.
Estaba preparándose psicológicamente para un encuentro amoroso.
Y yo, sin pedirlo ni quererlo, me había convertido en su público cautivo y en la sombra.
En su crítica teatral silenciosa y despiadada.
Esa primera noche, la curiosidad morbosa me ganó la partida al sueño.
Me quité los tapones de los oídos y los dejé sobre la mesita de noche.
Me giré sobre mi costado izquierdo para acercarme más a la fuente del sonido.
Pegué la oreja desnuda a la pared fría de mi dormitorio.
La pared actuaba como un amplificador perfecto, transmitiendo las vibraciones de sus cuerdas vocales directamente a mi cerebro asombrado.
El pobre chico estaba visiblemente nervioso, incluso estando solo.
Se le notaba en el ritmo errático de su respiración.
Respiraba hondo antes de cada frase, como un buceador inexperto a punto de saltar al mar desde un trampolín muy alto.
“Laura, desde que entraste en la oficina el primer día…”
Se detuvo en seco.
Carraspeó ruidosamente, aclarando su garganta.
“No, no, eso suena muy formal, parezco el de recursos humanos”, murmuró para sí mismo con evidente frustración.
El sonido de una bofetada leve y seca llegó hasta mis oídos.
Se estaba pegando en sus propias mejillas para espabilar o para castigarse.
Un clásico movimiento de nerviosismo pre-cita.
“A ver, concéntrate, tío, no es tan difícil”, se dijo en voz baja, dándose ánimos frente a su reflejo.
Yo sonreí en la más absoluta oscuridad de mi habitación.
Había algo extrañamente entrañable y muy humano en ese nivel de patetismo nocturno.
Era como observar un documental de La 2 sobre el complejo ritual de cortejo del urogallo ibérico en primavera.
Pero en versión urbanita, en un baño de tres metros cuadrados y probablemente con un sueldo precario.
A partir de esa noche reveladora, la función se convirtió en un hábito inquebrantable.
Un hábito diario del que yo era cómplice involuntaria.
Mi vecino misterioso no descansaba ni los fines de semana, su constancia era de hierro.
Su dedicación amorosa era digna de admiración, o de una preocupación psicológica seria, según se mire.
Me aprendí sus horarios de higiene y ensayo de memoria.
A las once y media, el ruido ensordecedor de la ducha.
A las doce menos cuarto, el zumbido del secador de pelo.
Y a las doce en punto de la noche, la hora bruja del amor.
La hora del ensayo general de sus sentimientos.
Empecé a desarrollar una rutina propia para acompañar su miseria romántica sin que él lo supiera.
Me preparaba una infusión de manzanilla con anís para digerir la vergüenza ajena.
Me metía en la cama cruzando las piernas.
Apagaba la pequeña lámpara de la mesita de noche.
Y me colocaba en posición de escucha, pegada al tabique como una lapa chismosa.
Al principio, intentaba con todas mis fuerzas no juzgarle demasiado duro.
El amor es difícil, caótico y no viene con un manual de instrucciones.
Las citas modernas son un campo de minas emocional lleno de trampas.
Todos, absolutamente todos, hemos dicho estupideces supina por culpa de un chute de endorfinas mal gestionado.
Pero, madre del amor hermoso.
Sus estupideces eran de un campeonato mundial de la cursilería.
Eran para enmarcar y colgar en un museo de los horrores verbales.
Eran para llamar a la policía del buen gusto y que lo detuvieran por atentado al romanticismo contemporáneo.
Yo me mordía los labios de abajo y de arriba para no reírme a carcajadas de madrugada y delatarme.
A veces hundía la cara entera en la almohada de plumas para ahogar los bufidos de indignación cómica.
Porque la creatividad empalagosa de este chico no tenía límites conocidos por la ciencia.
Y sus referencias culturales debían estar estancadas irremediablemente en las películas de sobremesa de Antena 3 de los d
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omingos por la tarde.
El chico del 3ºB era un romántico empedernido de manual.
Pero un romántico de los pésimos, de los que ya no quedan porque el cinismo se los ha comido a todos.
De los que de verdad creen que la vida es una novela barata de Corín Tellado o un poema adolescente.
Y yo estaba allí, noche tras noche de otoño, asistiendo a su progresiva autodestrucción verbal en primera fila.
Solo, él frente al cristal presumiblemente manchado de salpicaduras de pasta de dientes de su cuarto de baño.
Hablándole a su propio reflejo ojeroso.
Preparando con sudor y lágrimas el discurso que creía que cambiaría su vida para siempre.
**PARTE 2**
El contenido textual de sus discursos era absolutamente fascinante de analizar.
Fascinantemente horrendo, me atrevería a matizar.
Yo llevaba un registro mental casi milimétrico de las barbaridades poéticas que salían de su boca.
Si hubiera tenido papel y boli en la mesilla de noche, habría escrito una antología completa del despropósito amoroso del siglo veintiuno.
Su musa, el objeto de su devoción ensayada, cambiaba de nombre de vez en cuando, lo cual me despistaba.
La primera, Laura, le duró unas tres semanas intensas de ensayos diarios.
Luego vino Marta, que pareció inspirar metáforas más relacionadas con el clima.
Luego apareció una tal Sofía que parecía volverle completamente loco de atar.
O quizás, y esta era mi teoría favorita, era la misma chica todo el tiempo y él era simplemente un desastre clínico recordando nombres.
Lo que definitivamente no cambiaba nunca era su paupérrimo repertorio de frases hechas.
Era un cajón de sastre de clichés gastados por el uso y metáforas hiperglucémicas que daban caries solo de escucharlas.
Una noche, especialmente lluviosa y deprimente de noviembre, soltó el clásico de los clásicos universales.
‘Eres la mujer más hermosa del mundo…’
Lo dijo con una pausa dramática, excesiva y teatral al final de la frase.
Como esperando que una orquesta sinfónica invisible empezara a tocar una melodía de violines de fondo en su baño.
Yo, desde mi cama, puse los ojos en blanco con tanta fuerza que casi me veo el nervio óptico por dentro.
La mujer más hermosa del mundo.
De verdad, vecino, ¿de verdad?
¿En pleno siglo veintiuno, con el acceso a internet y a la literatura mundial, seguimos usando esa hipérbole barata y vaga?
Me imaginé a la pobre chica, tomando un café aguado con él en algún bar ruidoso, escuchando eso de sopetón.
Cualquier mujer adulta con dos dedos de frente levantaría una ceja, pediría la cuenta y bloquearía su número.
Es una frase que sólo funciona sin dar risa en las películas de animación de princesas Disney.
O si eres Ryan Gosling bajo una lluvia torrencial en una película de Hollywood con un presupuesto millonario.
Y a juzgar por cómo este chico se sonaba la nariz ruidosamente antes de hablar, no era precisamente Ryan Gosling.
Pero él, lejos de desanimarse, insistía y persistía en el error.
Lo repetía en diferentes tonos, buscando el matiz perfecto de la seducción.
A veces lo decía en un susurro grave y profundo, intentando ser misterioso y seductor.
Sonaba exactamente como alguien intentando venderte un seguro de vida a las tres de la mañana por vía telefónica.
Otras veces lo decía rápido, atropellado por sus propios nervios incontrolables.
“Ereslamujermáshermosadelmundo”, todo junto, sin espacios.
Así, de carrerilla, como si fuera un trámite burocrático que se quisiera quitar de encima rápido.
Yo, desde el otro lado de la pared, quería aplaudirle por el esfuerzo.
O llorar por el nivel general de los hombres solteros de mi ciudad.
O ambas cosas a la vez, porque la situación era trágicamente hilarante.
Después de alabar la belleza física con nulo éxito poético, pasaba a la fase de la dependencia emocional.
Ese era, sin duda, su terreno favorito para embarrarse.
La intensidad máxima, el nivel de alerta roja sentimental.
‘No puedo vivir sin ti…’
Esta frase, lanzada al vacío de las tuberías de su lavabo, me daba escalofríos por la espalda.
Me producía una mezcla muy extraña de ternura maternal y pánico existencial.
Principalmente pánico, si soy totalmente sincera.
“No puedo vivir sin ti”, repetía él, dándole diferentes entonaciones de dolor falso.
Amigo mío, a menos que esta chica sea un respirador artificial conectado a tus pulmones o un riñón 100% compatible, sí puedes vivir sin ella.
Es una bandera roja emocional del tamaño de un estadio de fútbol olímpico.
Pero a él, en su ceguera de amor ensayado, le parecía el culmen del romanticismo heroico.
Se agarraba a esa frase desesperada como un náufrago cansado a una tabla de madera podrida en medio del océano.
“No puedo vivir sin ti, Marta, te lo juro”.
“Sofía, te juro por lo más sagrado que no puedo vivir sin ti”.
“Lucía, sin ti mi vida es un pasillo a oscuras y sin interruptores”.
Esa última frase la apunté en mi mente con letras de fuego porque me pareció un nivel extra y maravilloso de dramatismo poético absurdo.
Un pasillo a oscuras sin interruptores.
El nivel de intensidad melodramática era digno de un culebrón venezolano de la década de los noventa.
Yo analizaba minuciosamente cada palabra desde mi seguro lado de la pared divisoria.
A fuerza de escucharle, empecé a crearme una imagen mental muy detallada del vecino romántico.
Físicamente tenía que ser alguien muy joven e increíblemente inexperto en las artes amatorias.
O bien, la alternativa aterradora: alguien muy mayor que llevaba treinta años fuera del implacable mercado de las citas modernas.
No había un término medio lógico para alguien que decide usar voluntariamente la frase “eres la luz de mis mañanas”.
Porque sí, esa perla de sabiduría también la usó un martes de madrugada.
“Eres la luz de mis mañanas y el faro salvavidas de mis noches frías”.
Ese día en concreto tuve que morder el borde del edredón nórdico para no soltar una carcajada histérica que despertara a todo el edificio.
Faro salvavidas de mis noches frías, madre del amor hermoso.
¿Qué se cree que es él, un barco pesquero perdido a la deriva en alta mar durante una tormenta?
¿Es acaso un curtido capitán de navío buscando la costa de Galicia entre la niebla espesa?
Otra noche, intentando variar su repertorio, probó a usar referencias más modernas y tecnológicas.
Quiso hacerse el gracioso, el casual, el chico del siglo veintiuno que domina el lenguaje de la calle.
“Eres como la conexión wifi de mi casa, sin ti me desconecto del mundo”.
Eso fue doloroso de escuchar.
Físicamente doloroso, a un nivel celular.
Me dio un calambre repentino en el dedo gordo del pie derecho de la grima tan inmensa que me produjo.
El largo silencio que siguió a esa frase tecnológica indicó que hasta él mismo, en su enajenación, se dio cuenta de la catástrofe que acababa de pronunciar.
“Joder, qué imbécil soy”, le escuché murmurar con una voz cargada de arrepentimiento y asco hacia sí mismo.
“El wifi, de verdad, el puto wifi. Parezco un adolescente salido de quince años”.
Yo asentí en la oscuridad de mi habitación, compartiendo su doloroso diagnóstico clínico.
“Sí, vecino, pareces un absoluto idiota con cero habilidades sociales”, le respondí en mi mente, sintiéndome como un jurado de un concurso de talentos muy cruel.
Pero, a pesar de todo el ridículo y las frases desastrosas, había una tenacidad en él que me resultaba profundamente cautivadora.
No se rendía jamás.
Por muy mal que sonara su voz, por muy cliché de película mala que fuera su texto, él seguía intentándolo noche tras noche.
Buscaba desesperadamente la entonación perfecta.
Buscaba el timbre de voz masculino y seguro adecuado para enamorar.
Buscaba transmitir una emoción genuina y pura a través de palabras de plástico fabricadas en serie.
Y, viéndolo con perspectiva y un poco de compasión, en cierto modo era algo admirable.
Vivimos en una época gélida de cinismo emocional absoluto.
Casi nadie dice lo que realmente siente a la cara.
Nadie se expone al rechazo sin una armadura de ironía.
Nos mandamos emojis de fueguitos y melocotones por Instagram y esperamos telepáticamente que la otra persona entienda que queremos casarnos y tener tres hijos.
Dejamos a la gente en visto en WhatsApp durante días enteros para hacernos los interesantes y los inalcanzables.
Aplicamos tácticas frías de manipulación emocional sacadas de foros tóxicos de internet para no parecer desesperados.
Hacemos ghosting a las primeras de cambio sin dar ninguna explicación humana.
Hacemos gaslighting para tener siempre la razón y el control de la narrativa.
Hacemos toda clase de estupideces modernas y crueles para evitar, a toda costa, ser vulnerables.
Y aquí, a centímetros de mi cabeza, estaba este chico desconocido.
A las doce en punto de la noche, de lunes a domingo.
Enfrentándose a pecho descubierto a sus propias e inmensas inseguridades frente al espejo barato del lavabo.
Preparando con ilusión discursos de amor caducos pero absolutamente sinceros.
Poniendo toda su alma, sus nervios y su saliva en un monólogo que, probablemente, nunca tendría el valor real de pronunciar en voz alta delante de la chica en cuestión.
Poco a poco, y casi sin darme cuenta, me fui encariñando de este desastre ambulante.
Me convertí, en la sombra, en su fan número uno y más secreta.
En su animadora personal y silenciosa de medianoche.
“Vamos, tú puedes, dilo con el pecho”, pensaba cuando notaba que le costaba arrancar el monólogo.
“Díselo con ganas, que se note que te importa de verdad, aunque la frase sea una mierda”.
Incluso cuando soltaba basuras literarias como “tus ojos son dos estrellas fugaces en el firmamento oscuro de mi pobre alma”.
Sí, esa atrocidad también la dijo una noche de invierno.
Y sí, también me dio ganas de vomitar arcoíris y azúcar glass sobre las sábanas.
Pero, sorprendentemente, se la perdoné al instante.
Porque en el fondo, el amor es inherentemente ridículo.
El amor, cuando es real y nos golpea fuerte, nos convierte a todos en poetas de mercadillo rebajado.
Y mi vecino, el del tercero B, era sin duda alguna el rey absoluto e indiscutible de ese mercadillo.
A pesar de todo mi apoyo moral silencioso, el verdadero drama de mi vecino no era exclusivamente la calidad ínfima de sus frases.
El verdadero problema, la tragedia griega que marcaba su existencia nocturna, era su desastrosa ejecución.
Pero siempre se equivocaba.
Siempre, sin excepción, fallaba en la entrega del mensaje.
Era físicamente incapaz de decir una frase completa de más de diez palabras sin trabarse la lengua.
Su cerebro enamorado iba a mil kilómetros por hora y su boca parecía ir montada en un triciclo oxidado cuesta arriba.
La terrible disonancia entre lo que él quería decir en su mente y lo que acababa diciendo en voz alta era material de comedia pura y dura.
Y volvía a empezar.
Una y otra vez.
Como un disco de vinilo rayado en un gramófono estropeado que nadie sabe cómo apagar.
Como vivir el día de la marmota del romanticismo cutre en un bucle temporal infinito de vergüenza.
El maldito bucle de ensayo era francamente desquiciante de escuchar de madrugada.
Podía pasarse fácilmente veinte o veinticinco minutos atascado exactamente con el mismo párrafo de introducción.
“Laura, yo… yo quería decirte que…”.
Pausa ansiosa.
Suspiro tembloroso que hacía vibrar el tabique.
“Mierda, mierda, mierda. Así parezco un niño inseguro pidiendo permiso para ir al baño”.
Sonido de grifo de agua fría abriéndose a tope.
Suponía por el chapoteo que se estaba mojando la cara para refrescarse las ideas y bajar la temperatura de sus mejillas.
“A ver, con seguridad, como un hombre adulto. Espalda recta, mirada fija”.
Yo me imaginaba su ridícula postura al otro lado de la pared, sacando pecho de palomo frente al cristal empañado.
“Laura. Eres una mujer muy especial para mí. Y yo…”.
Silencio letal.
“Y yo qué. Y yo qué te digo ahora, pedazo de inútil sin cerebro”.
Se insultaba a sí mismo con una creatividad y una fluidez que ojalá aplicara alguna vez a sus piropos.
“Y yo soy un simple trozo de corcho flotando a la deriva en tu inmenso mar”.
Carcajada ahogada mía, hundiendo la cara a fondo en la almohada hasta casi asfixiarme.
Trozo de corcho.
De verdad, lo dijo en serio.
Un maldito trozo de corcho flotando en el mar.
¿Acaso esa era la imagen poderosa de virilidad y seguridad en sí mismo que quería proyectar en la primera cita?
“No, el corcho no, por Dios”, se corregía él solo al escuchar la estupidez que acababa de decir. “El corcho es cutre, barato. Flota, sí, pero es basura de botella”.
Exacto, vecino, exacto, tu nivel de autocrítica está intacto.
“Eres una mujer muy especial. Y desde que te vi entrar por la puerta, no puedo dejar de pensar en tus… en tus…”.
La memoria operativa le fallaba justo en los momentos críticos de la declaración.
“¿En tus qué? Piensa, idiota. ¿En tus cejas? ¿En tus zapatos de tacón?”.
Se desesperaba ruidosamente, golpeando ligeramente el lavabo con los nudillos.
“En tus ojos. En tu sonrisa. Joder, es lo más básico del mundo, primero de romanticismo, y se me olvida en el momento clave”.
El agónico proceso de construcción de cada frase era agotador incluso para mí como oyente pasiva.
A veces, en un intento a la desesperada por innovar, probaba con el recurso del humor.
Un error táctico fatal.
El humor romántico ensayado y memorizado es la receta perfecta para el desastre absoluto en una cita real.
“Sabes, mi perro me dijo el otro día que debería invitarte a cenar a un italiano”.
Una pausa larguísima y llena de arrepentimiento flotó en el baño.
Un suspiro colosal que pareció soplar hasta el polvo acumulado encima de mi lámpara de noche.
“No tengo puto perro. Y ella sabe perfectamente que soy alérgico al pelo de animal. Soy imbécil de remate”.
Y de nuevo, vuelta a empezar la escena desde la toma uno.
Yo me desesperaba con él y por él a partes iguales.
A veces, la frustración cruzaba el tabique de yeso de manera casi física y se instalaba pesadamente en mi propia cama.
Quería gritarle de pura impotencia.
Quería abrir un boquete en la pared y pasarle un guion decente impreso por debajo del agujero.
Quería decirle a gritos: “¡Olvida el texto, simplemente dile que te gusta mucho y llévala a tomar unas malditas cañas a la terraza de la esquina!”.
Pero yo, estoicamente, mantenía mi voto de silencio sepulcral de vecina educada.
La regla de oro no escrita de la convivencia urbana en cualquier ciudad de España: haz siempre como si no escucharas absolutamente nada de lo que pasa al lado.
Tú nunca sabes nada.
Tú nunca ves nada.
Si un vecino te saluda cordialmente en la escalera con los ojos llorosos, sonríes, asientes y hablas del tiempo que hace en la calle.
Si le escuchas llorar amargamente por las noches tras una ruptura, le ignoras elegantemente poniendo la tele más alta.
Si le escuchas fingir ser un Don Juan Tenorio con amnesia severa, te lo callas para siempre y te lo llevas a la tumba.
El pacto de silencio hipócrita de los bloques de pisos es un sacramento sagrado que no se rompe.
Sin embargo, su nivel de incompetencia oratoria estaba empezando a afectar seriamente a mi descanso y a mi salud mental.
Los viernes, sin duda alguna, eran los peores días de la semana.
Los viernes por la noche se ve que tenía, o intentaba tener, sus citas reales en el mundo exterior.
Así que los ensayos generales de los jueves por la noche se prolongaban de forma agónica hasta la una o las dos de la madrugada.
Eran maratones extenuantes de nerviosismo tóxico y equivocaciones verbales continuas.
Se trababa especialmente con las palabras esdrújulas, le costaban horrores.
“Eres un ser mágico… mágico… mag… joder, fantástico. Eres genial, tía”.
Bajaba el nivel de su propio vocabulario por pura incapacidad fonética de pronunciarlo bajo presión.
Un jueves concreto, a mediados de noviembre, la situación llegó a un punto crítico e insostenible.
Llevaba exactamente cuarenta y cinco minutos atascado en una sola metáfora sobre la fuerza del destino.
Cuarenta y cinco malditos minutos.
El reloj digital iluminado de mi móvil marcaba cruelmente la 1:15 am.
El madrugón que me esperaba a las siete de la mañana del día siguiente me iba a doler físicamente en las articulaciones.
Pero mi cerebro se negaba a apagar el sistema y dejarme dormir.
El suspense narrativo era demasiado grande como para ignorarlo.
Necesitaba imperiosamente saber cómo terminaba la frase maldita con la que estaba peleando.
“El destino es como un fino hilo rojo que… que… que nos envuelve fuertemente como un…”.
Como un qué, por el amor de un Dios misericordioso.
Dilo de una puñetera vez.
Termina la frase y déjame dormir en paz, te lo suplico.
“Que nos envuelve fuertemente como un ovillo de lana en las patas traseras de un gato juguetón”.
Cerré los ojos con tanta fuerza que vi destellos blancos y estrellas.
Un ovillo de lana enganchado en un gato.
Estaba comparando en voz alta su gran amor predestinado y eterno con un felino jugando estúpidamente con la basura en el salón de una casa.
“No, el puto gato no”, se lamentaba él, dándose palmadas en la frente que resonaban en mi habitación. “El gato araña, el gato es traicionero. El gato se mea en el sofá caro y te jode la vida”.
Yo me revolvía ansiosa bajo las sábanas, sudando de pura empatía y estrés ajeno.
“El destino es un hilo rojo inquebrantable que nos conecta… que nos ata…”.
Ata suena agresivo, vecino.
Suena a secuestro exprés, a Código Penal, no lo digas.
“Que nos une. Sí, eso es mejor. Que nos une para siempre. Como un nudo ciego”.
Un nudo ciego.
Lo peor que le puede pasar a un nudo en la historia de la humanidad.
Que no se puede deshacer de ninguna manera y tienes que cortar la cuerda.
Suena asfixiante y definitivo.
“Como un fuerte nudo marinero. Eso es, marinero. Yo soy el barco perdido y tú eres el puerto seguro”.
Estábamos volviendo peligrosamente a la temática náutica de la semana pasada.
El chico del 3ºB debía tener un trauma infantil no resuelto con el mar Cantábrico o con las clases de vela.
“Y yo, como ese barco, sólo quiero atracar de noche en tus dulces labios”.
La bilis ácida me subió rápidamente por la garganta hasta rozar el paladar.
Atracar en tus labios.
Sonaba horriblemente a robo a mano armada en una sucursal bancaria a las tres de la tarde.
O a un asalto violento.
“Cállate ya, por favor te lo pido”, susurré desesperada contra el algodón de mi almohada.
Pero en la mente de mi vecino, el penoso show siempre debía continuar hasta la perfección.
Y volvía a empezar desde cero con el masoquismo que le caracterizaba.
“El destino es un hilo rojo…”
Era una verdadera tortura psicológica afinada durante semanas.
La gota malaya del romanticismo contemporáneo perforándome el cráneo gota a gota.
Empezó a sudar de los nervios, lo notaba claramente en cómo resoplaba y cogía aire por la nariz.
“No sirvo para esto, soy un inútil integral. Voy a morir completamente solo en este piso de mierda. Voy a ser el viejo loco de los gatos del bloque”.
“Y encima ni siquiera puedo tener gatos por la puta alergia”.
Ese breve pero intenso momento de autocompasión brutal me rompió un poquito el corazón.
El pobre chaval, detrás de toda esa fachada de cursilería barata, estaba sufriendo de verdad.
La inmensa presión de las expectativas sociales, de los finales felices de las películas, de las parejas perfectas en las redes sociales.
Todo ese peso irreal aplastaba sus hombros encorvados frente a ese espejo barato de baño con luz fluorescente.
Quería ser a toda costa el hombre perfecto que le habían vendido.
El que dice la frase perfecta, con el tono perfecto, en el momento perfecto bajo una lluvia perfecta.
Y en realidad, sólo era un tipo normal y corriente, probablemente en pijama de franela de cuadros viejos, incapaz de unir un sujeto, un verbo y un predicado sin entrar en pánico absoluto.
**PARTE 4**
Ese fatídico martes de mediados de noviembre fue el punto de inflexión definitivo de nuestra convivencia.
Había sido el peor martes de mi vida en mucho tiempo, una alineación planetaria de desgracias cotidianas.
Llovía a cántaros y sin descanso en todo Madrid desde las seis de la mañana.
La línea 6 del metro, fiel a su reputación, se había averiado en hora punta y tuve que volver a casa andando cuarenta y cinco minutos bajo el diluvio universal.
Mi jefe, un incompetente con complejo de superioridad, me había echado una bronca monumental por un informe que él mismo había redactado mal el día anterior.
Al cruzar un paso de cebra mal iluminado, había pisado un charco del tamaño del océano Pacífico que cubría un bache invisible, y llevaba ambos calcetines empapados y fríos.
Estaba emocional y físicamente al límite de mis capacidades humanas.
Mis reservas internas de paciencia, empatía y educación cívica estaban en números rojos alarmantes.
Llegué a casa tiritando, me duché con agua ardiendo hasta dejar el baño como una sauna turca, y me metí en la cama sin siquiera cenar.
Sólo quería dormir y olvidar.
Quería que el mundo desapareciera por completo hasta que sonara el despertador la mañana siguiente.
Pero el caprichoso destino, o más bien el cartón pluma miserable que formaba mi pared divisoria, tenía otros planes muy diferentes para mí.
A las doce de la noche en punto, puntual como un reloj suizo estropeado.
El temido clic del interruptor del baño resonó en la oscuridad.
El sonido de las bisagras oxidadas de la puerta del armario de los espejos.
El carraspeo de preparación vocal.
Grité internamente, apretando los puños bajo el edredón.
“Hoy no”, imploré al universo en silencio. “Por favor, por lo que más quieras, hoy no me hagas esto”.
Me tapé la cabeza entera con las dos almohadas, intentando crear una cámara de aislamiento acústico casera.
Me puse los tapones de espuma naranja, apretándolos e introduciéndolos en el canal auditivo tanto que casi me perforo el tímpano sin querer.
Pero el esfuerzo físico no servía de absolutamente nada.
Las frecuencias más graves de su voz masculina se filtraban como un gas por los muelles metálicos de mi propio colchón, subiendo por mi espalda.
“Carmen”, empezó él con voz temblorosa.
Nueva chica en el horizonte.
Nuevo objetivo a batir.
Nueva víctima inocente de su particular y letal terrorismo poético nocturno.
“Carmen, llevamos viéndonos ya casi un mes y… y siento que…”.
Pausa angustiosa.
Suspiro profundo que casi aspiró mi pared de gotelé.
“Siento que mi pecho es un gigantesco volcán en erupción de… de ardiente magma sentimental”.
Abrí los dos ojos de golpe en la más profunda oscuridad de mi habitación.
Magma sentimental.
Me quité los tapones de las orejas de un solo y violento tirón.
Esto era totalmente inaceptable a nivel lingüístico y humano.
No podía dejar pasar “magma sentimental” de ninguna de las maneras en una noche en la que yo había pisado un charco gigante y soportado a mi jefe.
Era un crimen atroz contra el vocabulario de la Real Academia Española.
“No, idiota, el magma quema y mata a la gente. El magma destruye pueblos enteros como en Pompeya. No digas magma, animal”, se regañó a sí mismo con dureza.
Bueno, pensé aliviada, al menos este chico todavía tenía algo de sentido común residual.
“Siento que mi pecho es un… un misterioso cofre del tesoro pirata. Y tú tienes la única llave”.
Me senté de golpe en la cama, tirando las almohadas al suelo de madera.
La justa indignación literaria pudo más que mi agotamiento físico.
La maldita llave del cofre.
El tópico más rancio, sudado y polvoriento de toda la historia de la literatura romántica de rebajas.
Sólo le faltaba que le ofreciera de regalo un loro pirata que hablara y una pata de palo para completar el esperpento.
“Y cuando metes la llave y abres ese cofre tan mío…”.
Se quedó en blanco totalmente.
Escuché con total nitidez cómo se rascaba la barba del mentón, un sonido áspero y rasposo rascando contra el yeso que nos separaba.
“Cuando abres ese cofre… de repente salen volando cientos de mariposas doradas que revolotean alegres por mi estómago”.
No.
Basta ya.
Se acabó la función por hoy.
La sobredosis bestial de azúcar falso y metáforas inconexas me había provocado una reacción alérgica fulminante en el hemisferio izquierdo de mi cerebro.
Una noche me cansé.
El indispensable filtro social, ese mecanismo psicológico que nos impide gritarle a la gente sudorosa en el metro en agosto, se rompió por la mitad en mi cabeza.
La frágil barrera de la convivencia educada entre vecinos se hizo pedazos en mil añicos.
Sencillamente no podía soportar un solo segundo más de esa agonía sintáctica y estructural.
Me moví a gatas hasta el borde mismo de la cama, pegando mi cuerpo todo lo posible a la pared medianera.
La pared estaba helada contra la piel caliente de mi frente.
Sentí el relieve granulado y asqueroso del gotelé clavándose contra mi piel sensible.
Tomé aire lentamente por la nariz.
Un respiro profundo, solemne, llenando la capacidad total de mis pulmones de determinación y de mucha mala leche acumulada durante las últimas doce horas.
Y corregí sus frases desde mi pared.
Lo hice, sin pensar en las represalias.
Rompí unilateralmente la cuarta pared de la deficiente arquitectura madrileña.
No levanté demasiado la voz para no parecer una lunática.
No fue un grito histérico ni enfadado.
Hablé con un tono de voz totalmente normal, pausado, firme, como si estuviera corrigiendo amablemente un error tipográfico a un compañero de trabajo en la mesa de al lado de la oficina.
Como si no hubiera un grueso muro de ladrillo falso de separación entre nuestros dos mundos.
—Ni cofres piratas, ni volcanes en erupción, ni llaves mágicas, por favor —dije en voz alta, vocalizando perfectamente cada sílaba para asegurarme de que el mensaje atravesara el tabique con cristalina claridad.
—Dile que te encanta pasar tiempo con ella tomando un café. Que te hace reír muchísimo. Y punto final, no hace falta más.
Las pragmáticas palabras salieron disparadas de mi boca antes de que la parte frontal de mi cerebro racional pudiera emitir una orden de cancelación para detenerlas.
Fueron como un proyectil certero cruzando la frontera sagrada de la intimidad domiciliaria.
En el mismo instante exacto en que cerré la boca y mis dientes chocaron, me arrepentí con toda mi alma.
El terror absoluto y paralizante me invadió de la cabeza a las puntas de los pies desnudos.
El frío sudor de la culpa me perló la frente en un segundo.
¿Qué demonios acababa de hacer con mi vida?
Había revelado públicamente mi presencia espía.
Había confesado de viva voz que llevaba meses escuchándole en la sombra sin decir ni mu.
Era el equivalente acústico a asomarme por la ventana del patio interior y saludarle con la mano mientras él estaba completamente desnudo en el salón.
O peor aún.
Estaba invadiendo sin permiso su único y privado refugio psicológico seguro.
Me quedé petrificada, paralizada y rígida, pegada a la pared de gotelé, con los ojos abiertos como dos enormes platos soperos en medio de la oscuridad.
La respiración se me cortó en seco en la garganta.
**PARTE 5**
Hubo silencio unos segundos.
Un silencio absoluto, espeso, cortante como una cuchilla de afeitar recién afilada.
Un silencio denso que parecía pesar cien toneladas sobre mi pecho encogido.
El tiempo, el espacio y el universo entero se detuvieron en seco en ese edificio viejo y ruinoso del centro de Madrid.
Ya no se escuchaba de fondo el molesto zumbido eléctrico de mi nevera vieja.
Ya no se escuchaba el fuerte repiqueteo de la lluvia de noviembre golpeando furiosamente el cristal de la ventana de mi habitación.
Sólo quedaba ese vacío sordo y ensordecedor que sigue inmediatamente a la explosión de una catástrofe social de proporciones épicas.
En mi mente hiperactiva y aterrada, imaginaba a la velocidad de la luz todas las reacciones humanas posibles que se estarían desarrollando al otro lado de la pared.
Opción A: El pánico absoluto y el terror sobrenatural.
El pobre chico se asustaría a muerte, pensaría lógicamente que su casa de alquiler estaba embrujada por un poltergeist amante de la buena literatura, recogería sus cosas en dos maletas y se mudaría esa misma noche en taxi a la otra punta del país sin mirar atrás.
Opción B: La ira justificada y violenta.
Golpearía la pared de pladur con el puño cerrado hasta hacerse sangre en los nudillos.
Me gritaría a todo pulmón que me metiera en mis propios y tristes asuntos de soltera amargada.
Me llamaría a gritos voyeur sonora, fisgona patológica, la loca perturbada del tercer piso a la que todo el mundo debería temer.
Llamaría a la policía o me denunciaría formalmente a la junta de la comunidad de vecinos en la próxima reunión ordinaria para que me echaran del bloque.
Opción C: La humillación suprema y destructiva.
El sonido inconfundible de un llanto ahogado de hombre derrotado, la inmensa vergüenza destruyendo por completo y para siempre su ya de por sí frágil y pisoteado ego masculino frente a un espejo ajado.
Pasó un segundo eterno.
Pasaron dos agónicos segundos.
Pasaron tres segundos en los que casi pierdo el conocimiento por la falta de oxígeno.
El pulso acelerado me latía con tanta fuerza en las sienes que sentía como si tuviera un martillo neumático de obra metido dentro del cráneo.
La vergüenza social era tan intensa y ardiente que deseé con todas mis fuerzas que el colchón barato se abriera por la mitad y me tragara hacia el centro de la tierra.
Quería evaporarme, disolverme en la oscuridad de la noche y aparecer mágicamente en una isla desierta en medio del Pacífico donde no hubiera vecinos de pared con pared, ni tuberías compartidas, ni espantosas paredes de gotelé.
De repente, en medio de mi ataque de pánico silencioso, escuché un ruido leve.
El crujido característico de las juntas de las baldosas de su cuarto de baño crujiendo bajo el peso de sus pies.
Se había movido.
Se estaba acercando lentamente hacia la pared.
Hacia *nuestra* pared compartida.
El minúsculo espacio físico que nos separaba ahora parecía medir escasos milímetros, como si la pared hubiera desaparecido.
Tragué saliva a duras penas, totalmente incapaz de apartarme del muro por el miedo.
Estaba atrapada, como un conejo cegado por los faros de un coche en la autopista, por la pura fuerza aplastante de las consecuencias de mis actos impulsivos.
Y después escuché:
Su voz al hablar no sonó para nada asustada ni temerosa de los fantasmas.
Tampoco sonó mínimamente enfadada o cargada de ira defensiva.
Ni mucho menos sonó humillada o herida en su orgullo de hombre.
Sonó increíblemente… divertida.
Sorprendentemente tranquila, pausada, y con un muy ligero, casi imperceptible, tono de sonrisa dibujado en las sílabas.
Un tono de voz real y relajado que nunca, en todos estos meses de espionaje nocturno, había escuchado en sus monólogos ensayados de galán de telenovela barata.
Era su voz genuina y real.
Totalmente desnuda de pretensiones absurdas.
Sin imposturas de seductor trasnochado, sin nervios y sin pausas dramáticas ridículas.
—¿Tanto tiempo llevas ahí escuchando a escondidas, vecina misteriosa? —preguntó directamente a través de la delgada pared.
El sonido de su voz era tan nítido y cercano.
Como si estuviera tumbado en mi cama, apoyado en el cabecero y susurrándome la pregunta directamente al oído izquierdo.
Casi me caigo rodando de la cama del susto y la impresión que me dio.
La sangre bombeada por mi corazón desbocado me subió de golpe a las mejillas, calentándolas como dos estufas.
Mi pequeño piso estaba a oscuras, nadie podía verme, pero yo sentía que ardía de vergüenza y bochorno.
Tenía que responderle fuera como fuera.
Ignorarle en ese preciso momento, después de haber abierto la boca de par en par, sería aún mucho más raro y de cobardes patéticos.
—Lo suficiente… —dije, en un hilo de voz fina, temblorosa y un poco aguda, acercando la boca a los molestos granitos de yeso de la pared—. Lo suficiente como para saber a ciencia cierta que la desastrosa metáfora náutica de los puertos seguros y los barcos atracando fue, sin duda alguna, tu punto más bajo y oscuro como escritor.
Una carcajada grave, profunda y absolutamente sincera vibró con fuerza a través de la estructura del tabique, haciéndome cosquillas en la frente apoyada.
Una risa real de verdad.
La risa más bonita, contagiosa y masculina que había escuchado en muchísimo tiempo en mi vida de solitaria oficinista.
No era la risita forzada y nerviosa de sus interminables ensayos frente al espejo.
Era una risa liberadora que, sorprendentemente, me calentó el centro del pecho de una forma totalmente inexplicable y nueva para mí.
—Madre mía bendita —dijo él entre risas, y por el sonido ahogado pude notar perfectamente cómo apoyaba su frente contra su lado de los azulejos de la pared del baño—. Qué inmensa vergüenza. Eres el único testigo vivo de mi miseria absoluta y de mis peores crímenes literarios.
—He sobrevivido estoicamente a las etapas de Laura, a la fase meteorológica de Marta, a los caprichos de Sofía, y esta noche casi muero por asfixia al escuchar lo de Carmen y el dichoso magma sentimental —confesé aliviada, dejando escapar por fin una pequeña y cristalina risa nerviosa que llevaba meses reprimiendo.
—Joder, de verdad —suspiró él sonoramente, riéndose de nuevo con ganas—. Soy lo más patético que hay sobre la faz de la tierra. Lo sé de sobra.
—No eres nada patético, no digas eso —le corregí rápidamente, sorprendiéndome a mí misma por el tono extrañamente protector y cariñoso que adquirió mi voz de repente—. Sólo eres… digamos que eres excesivamente literario y barroco para la crudeza de la vida real moderna.
—Excesivamente literario me parece una forma extremadamente educada y compasiva que tienes tú de decirme que soy un cursi a matar de manual —replicó él con rapidez mental.
—Sí, bueno, eres cursi a matar, no te lo voy a negar a estas alturas —concedí con una sonrisa en la oscuridad—. Pero hay que reconocer que le pones un empeño envidiable. Eres constante.
Se hizo otro silencio en el edificio.
Pero este silencio nuevo no era para nada un silencio tenso, incómodo o cargado de vergüenza como el anterior.
Era un silencio cómodo, suave, cálido.
Un silencio compartido tranquilamente entre dos absolutos desconocidos que, por una jugada estúpida del destino y la mala construcción, de repente se conocían demasiado bien en lo más íntimo.
Eramos dos personas separadas únicamente por una finísima lámina de yeso y ladrillo hueco, perdidas en medio de una inmensa y caótica ciudad poblada de millones de almas solitarias que no se miran a los ojos.
Sentí una conexión extraña, vibrante y muy eléctrica atravesando ese muro frío que nos separaba.
La lluvia del temporal de otoño seguía golpeando implacablemente los cristales de mi ventana.
Pero ese martes negro de noviembre ya no me parecía un día tan horrible como cuando entré por la puerta.
La pesadilla de los calcetines empapados, el metro averiado y el jefe insufrible habían desaparecido mágicamente de mi mente cansada.
—Oye, vecina misteriosa y crítica literaria… —dijo su voz, más baja ahora, mucho más íntima, casi ronca por la proximidad.
—¿Sí, vecino cursi? —respondí yo en el mismo tono suave, sin separarme ni un milímetro de la pared.
Hubo una última, pequeñísima pausa dramática.
El mismo carraspeo de siempre limpiando la garganta, pero esta vez desprovisto de todo nerviosismo fingido para aparentar control.
Esta vez el sonido venía cargado con una vulnerabilidad genuina, valiente y terriblemente dulce.
—Si mis frases fabricadas y mis metáforas son tan rematadamente malas y vomitivas… —empezó a decir lentamente, y aunque no podía verle la cara, noté perfectamente cómo se dibujaba la sonrisa en el tono de su voz.
Se detuvo un segundo.
El hasta ahora indiscutible rey de los rodeos poéticos innecesarios estaba buscando las palabras exactas en su cabeza.
Pero esta vez, milagrosamente, sus palabras no sonaban a ensayo de guion barato.
Sonaban a improvisación pura, nacida del momento.
Sonaban a una verdad inmensa y sencilla.
‘Entonces… ¿quieres salir conmigo?’
La pregunta se deslizó por el yeso y quedó flotando en el aire caliente de mi pequeña habitación.
Simple, llana, concisa.
Directa al grano y al corazón.
Sin volcanes de magma, sin estrellas fugaces cruzando el firmamento, sin cofres piratas mágicos ni llaves del alma.
Sólo una pregunta honesta, normal y valiente, lanzada al vacío a través de un triste tabique de papel en un edificio barato del centro.
Mi propio corazón dio un vuelco espectacular en mi pecho, saltándose un latido.
Me llevé ambas manos a la cara de golpe, sonriendo ampliamente como una adolescente idiota en la oscuridad de su cuarto.
Todo el tremendo cansancio físico que arrastraba desde primera hora de la mañana se esfumó por arte de magia.
Toda la amargura, el cinismo y el estrés del martes desaparecieron de mi sistema nervioso central.
Miré fijamente a la pared blanca y granulada de gotelé.
Ese mismo muro espantoso y mal insonorizado que había odiado con todas mis fuerzas durante ocho largos meses, y que de repente, en cuestión de segundos, me parecía la cosa arquitectónica más romántica y hermosa del mundo entero.
No necesité ni siquiera pensarlo.
No necesité pedirle cinco minutos de tiempo, ni hacer cuentas, ni muchísimo menos ensayar mi respuesta frente a ningún espejo de baño.
Me acerqué todavía más, una vez más, a la pared.
Rocé mis labios sonrientes casi contra la áspera pintura blanca descascarillada, notando el frío en la piel.
—Acepto, pero sólo con una condición innegociable. Sólo si me prometes aquí y ahora no decirme nunca, bajo ninguna circunstancia, que soy la dichosa luz brillante de tus mañanas —susurré con diversión, esperando su reacción.
Su risa sonora volvió a atravesar el muro sin problemas, cálida, cercana y llena de un alivio inmenso.
—Trato hecho y firmado, vecina exigente. Palabrita del niño Jesús que no habrá más faros salvavidas ni tormentas en alta mar —respondió él, divertido y solemne a la vez.
—Me llamo Lucía, por cierto —dije, sintiendo que por fin me presentaba formalmente ante él.
—Yo soy David, el del tercero B. Encantado y aliviado de conocerte por fin, Lucía.
—Igualmente, David.
Me separé lentamente de la pared con cuidado, como quien se despide de un amigo, y me tumbé boca arriba en la cama mirando a la negrura del techo.
La lluvia fuerte seguía cayendo incesante ahí fuera, lavando las calles de Madrid.
Pero dentro de ese pequeño, húmedo y ruidoso estudio de treinta y cinco metros cuadrados, la acústica nefasta del edificio me acababa de regalar la mejor historia de amor de mi vida.
Cerré los ojos despacio, con una sonrisa tonta e imborrable en el rostro que me dolía en las mejillas.
Sabiendo con total seguridad que, a partir de mañana, ya no habría más lamentables ensayos nocturnos de frases ridículas en el baño de al lado.
Porque, por fin, después de tantos meses de intensa búsqueda equivocada, él había encontrado las palabras correctas.
Y no había necesitado ningún espejo con manchas de pasta de dientes para decirlas con valentía.
Sólo había necesitado un poco de cartón pluma mal puesto por un albañil descuidado y una vecina cansada con muy poca paciencia para aguantar la mala poesía.
Buenas noches, vecino romántico.
Buenas noches.