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# El niño me miró en el supermercado… y dijo algo que no tenía sentido humano

PARTE 1

Ir al supermercado a las nueve y media de la noche es un deporte de riesgo.

O una terapia, dependiendo de cómo lo mires.

Para mí, era lo segundo.

A esa hora, el mundo normal ya está cenando.

A esa hora, los padres responsables ya tienen a los niños bañados y en pijama.

A esa hora, sólo quedamos los náufragos de la sociedad moderna.

Los oficinistas solteros con ojeras hasta el suelo.

Los estudiantes universitarios buscando fideos instantáneos de oferta.

Y yo.

Yo estaba allí por una necesidad primaria y urgente.

Había abierto la nevera diez minutos antes y me había encontrado con un páramo desolador.

Medio limón reseco.

Un bote de kétchup que caducó en la época de la prepandemia.

Y una botella de agua a medias.

Mi estómago había emitido un rugido digno de un león del Serengueti.

Así que bajé a la calle, me puse la chaqueta de chándal sobre la camiseta vieja y caminé hasta el supermercado de la esquina.

Es uno de esos supermercados modernos, inmensos, con luces fluorescentes que te operan las retinas sin anestesia.

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