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El Precio de la Lealtad y la Guerra por el Poder: Paloma Valencia Rompe el Silencio ante la Traición, la Difamación y el Caos Político

El ambiente político en Colombia ha alcanzado un punto de ebullición sin precedentes. En las horas crepusculares de una campaña electoral que definirá el destino de la nación durante los próximos años, el aire está cargado de una tensión casi palpable. Los discursos se han afilado, las alianzas crujen bajo el peso de la ambición, y la guerra psicológica ha reemplazado al debate de ideas. Es en este escenario de incertidumbre absoluta, a escasos días de que los ciudadanos acudan a las urnas, donde las verdaderas naturalezas de los líderes emergen, despojadas de los filtros habituales de las relaciones públicas.

Desde Barranquilla, preparando el cierre de un recorrido extenuante por todo el territorio nacional, la senadora y candidata presidencial Paloma Valencia ha decidido hablar. Y sus palabras no han sido un mero trámite de campaña, sino un diagnóstico crudo, profundo y emocional de una democracia que parece haber perdido la brújula. En una extensa y reveladora conversación con Julio Sánchez Cristo, Valencia desnudó las entrañas de una contienda marcada por la manipulación mediática, la violencia retórica de la extrema izquierda, y, lo que es aún más doloroso para una líder de su trayectoria, el fuego amigo y la campaña de difamación orquestada desde las entrañas de la derecha por la campaña de Abelardo De La Espriella.

Esta no es simplemente la crónica de una entrevista matutina. Es una radiografía exhaustiva sobre lo que significa sostener la integridad en un ecosistema diseñado para premiar el escándalo, y sobre el inmenso peso emocional de ser una mujer que aspira a la Presidencia de la República en un país históricamente dominado por figuras masculinas que confunden la autoridad con la brutalidad.

La Ilusión de los Números y la Dictadura de las Encuestas

El primer gran frente de batalla que denuncia Valencia es la tiranía de la demoscopia. En el tramo final de la contienda, ante la ausencia de debates cara a cara con el candidato de la izquierda, Iván Cepeda —quien lidera cómodamente los sondeos—, el electorado ha quedado a merced de una avalancha de encuestas. Sin embargo, lejos de ser herramientas de medición objetiva, estas encuestas se han convertido, según la candidata, en armas de destrucción masiva.

“Es terrible”, confiesa con una frustración evidente y justificada. La disparidad de los números no obedece a simples márgenes de error estadístico, sino a una guerra de narrativas. Valencia expone cómo un ciudadano puede despertar el lunes y leer que Iván Cepeda gana en cualquier escenario; el martes, otro sondeo la muestra a ella empatada con De La Espriella y venciendo en segunda vuelta; y para el miércoles, una firma distinta corona a De La Espriella como el ganador absoluto.

Esta esquizofrenia estadística no es un accidente. Como bien señala la candidata, citando la famosa premisa de que en Colombia se intenta “acabar a los candidatos a punta de carátulas y encuestas”, existe una manipulación estructural financiada por poderosos grupos económicos. El objetivo de esta guerra psicológica es claro: inocular el miedo en el votante y forzar lo que se conoce como el “voto útil”. Cuando un elector siente pánico ante la inminente victoria de un modelo político que rechaza (en este caso, el representado por Cepeda), su instinto primario es buscar un salvavidas, sin importar si ese salvavidas representa sus verdaderos valores.

Las encuestas, al mostrar a De La Espriella con una supuesta ventaja en el sector de la derecha, operan como un mecanismo coercitivo para desviar el apoyo que naturalmente iría hacia Valencia. “Las encuestas en este momento debieran estar dando una señal inequívoca”, argumenta, advirtiendo sobre el grave peligro democrático de permitir que firmas con orígenes y financiaciones opacas dicten el destino del país. Su llamado a la ciudadanía es un acto de rebeldía contra esta matriz de opinión: “Juzguen la vida de las personas, juzguen sus logros, juzguen su trabajo… no por lo que dicen de ellas”. Es un grito desesperado por devolverle la racionalidad a un proceso electoral que ha sido secuestrado por el marketing de encuestas.

El Enemigo en Casa y la Industria de la Difamación

Pero si la manipulación de las encuestas es una táctica externa y predecible en el juego por el poder, lo que verdaderamente revela la crudeza de esta campaña es el ataque despiadado proveniente del propio espectro ideológico. La tensión entre Paloma Valencia y el abogado y candidato Abelardo De La Espriella ha dejado de ser una simple rivalidad democrática para convertirse en una guerra de trincheras donde la ética parece haber sido desterrada.

Al ser consultada sobre si su estancamiento en las encuestas se debe a su negativa a pactar con “los de siempre”, Valencia no duda en señalar a los responsables de un acoso digital sin precedentes. “La campaña de difamación que se ha dedicado a hacer la campaña de De La Espriella en mi contra, claro que ha tenido consecuencias”, asevera con una firmeza que esconde el inmenso desgaste emocional que conlleva enfrentar este tipo de embates.

La candidata revela cifras que hielan la sangre y evidencian la podredumbre de la política moderna: su equipo ha detectado más de 250,000 ataques diarios pagados en plataformas digitales, complementados con la producción y viralización de videos manipulados que intentan vincularla con pactos oscuros. Imaginar el peso psicológico de despertar cada día sabiendo que existe una maquinaria millonaria trabajando veinticuatro horas al día exclusivamente para destruir tu reputación, manchar tu trayectoria y sembrar dudas sobre tu honorabilidad, es comprender la verdadera soledad del liderazgo.

Lo que resulta especialmente doloroso para Valencia es la injusticia inherente a estos ataques. Durante más de doce años, su carrera ha sido un libro abierto, marcado por la defensa férrea de sus ideales, sin un solo asomo de corrupción. “Yo no he hecho sino defender 12 años a los colombianos con manos limpias”, declara con un orgullo inquebrantable. Su trayectoria no está manchada por escándalos de sobornos, ni por contratos dudosos, ni por la defensa de intereses turbios. Y, sin embargo, debe invertir un tiempo y una energía preciosos en defenderse del fuego amigo.

“Aquí no vamos a destripar a nadie”, sentencia Valencia, en una de las frases más poderosas y definitorias de toda la contienda. Es una estocada directa al estilo de su rival interno. De La Espriella, conocido por su retórica incendiaria, su estética de confrontación total y su promesa de arrasar con sus oponentes, representa un modelo de autoridad basado en el show y el miedo. Valencia traza una línea moral infranqueable entre esa visión y la suya. Su concepción del Estado no requiere de la aniquilación del adversario, ni de espectáculos punitivos. “Uno no puede llegar a improvisar en un país con tantos problemas complejos como Colombia”, advierte, subrayando la abismal diferencia entre un político que conoce el territorio, que ha estrechado la mano de la gente en los rincones más olvidados de la patria, y alguien que entiende la seguridad nacional como un mero guion cinematográfico.

La Amenaza Existencial y la Línea Roja

Mientras el sector de la derecha se desangra en luchas internas y campañas de desprestigio, la sombra de la extrema izquierda, encarnada en la candidatura de Iván Cepeda, se proyecta sobre el país entero. Para Valencia y sus seguidores, esta opción no representa simplemente un cambio de administración, sino una amenaza existencial a los cimientos mismos de la República y la convivencia pacífica.

El tono de la senadora se vuelve sombrío al describir los episodios recientes que han enturbiado el clima nacional. El hostigamiento a la residencia del expresidente Álvaro Uribe y la destrucción física de su propia sede de campaña no son, para ella, incidentes aislados o actos de vandalismo aleatorio. Son síntomas claros de una ideología que “promueve el odio, que promueve la violencia”.

En un país con el historial de derramamiento de sangre de Colombia, la promesa de seguridad no es un eslogan vacío, es una necesidad vital. Valencia apela a la fibra más sensible de la sociedad civil: el deseo de vivir en paz. “Construyamos un país donde las familias de todos los políticos estén seguras”, propone. Su visión requiere la restitución de la autoridad estatal, pero una autoridad enmarcada en la ley, no en el autoritarismo desbocado. Para Valencia, la única línea roja tolerable debe trazarse contra “los corruptos y los violentos”. Evitar que el país caiga en las manos de quienes, a su juicio, legitiman el caos social es el motor principal de su aspiración presidencial.

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