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Miguel Inclán: El Villano Más Odiado de México… En Realidad Era un Santo (Te Hará Llorar).

dos hermanos, dos destinos opuestos dentro del mismo universo. Ella destinada a provocar carcajadas, él destinado a encarnar el lado más oscuro del ser humano. Pero en esos primeros años, antes de que existieran los reflectores,  solo eran dos niños corriendo entre cajas, probándose narices postizas y aprendiendo a leer guiones antes de aprender a leer libros.

Las carpas eran un mundo brutal y  honesto. Si el chiste no funcionaba, el público lo hacía saber con chiflidos y objetos lanzados al escenario. Si un drama no conmovía, la gente se levantaba y se iba. Miguel creció viendo a actores veteranos llorar detrás de las cortinas porque una escena no salió como esperaban.

Ahí aprendió que el público es juez, jurado y verdugo, que cada noche se comienza desde cero, que el respeto no se compra, se gana a base de verdad. Y esa verdad se le fue marcando en la cara, en el cuerpo, en la forma de caminar. En los años 20, mientras México intentaba reconstruirse después de la violencia revolucionaria, las carpas se convirtieron en el espejo distorsionado del país.

Ahí se burlaban de políticos, se exageraban miserias, se contaban historias de ladrones, caciques, curas hipócritas, borrachos y prostitutas que el cine todavía no se atrevía a mostrar. Miguel, adolescente empezó a subir al escenario para cubrir papeles pequeños.  Un campesino, un borracho, un soldado cobarde.

No tenía líneas importantes, pero ya había algo inquietante en su mirada, algo que hacía que el público lo recordara, aunque solo apareciera 2s minutos.  En esos escenarios de Lona compartió tablas con figuras que más tarde se volverían leyenda. Cantinflas, todavía lejos de ser el personaje global que todos  conocen, pulía su estilo entre chistes y pantalones caídos.

Jesús Martínez  Palillo lanzaba dardos contra los políticos disfrazados de chistes. Miguel observaba, aprendía en silencio, copiaba gestos,  cadencias, respiraciones. Mientras ellos elegían el camino de la risa y la burla, él iba descubriendo que su fuerza estaba en otra parte, en el silencio tenso, en el gesto contenido, en la amenaza que no se dice, pero se siente.

La vida en las carpas no era  romántica. Lluvias que destruían funciones enteras, deudas con los dueños de los terrenos, borrachos que se subían al escenario a provocar pleitos,  policías que pedían sobornos para dejar trabajar. Miguel conoció la humillación muy pronto. Dormir sin cenar, presentarse enfermo porque no había reemplazo, ver a su madre remendar el mismo traje una y otra vez para que pareciera nuevo.

Esa precariedad se le fue clavando bajo la piel. Cuando años después interpretara hombres miserables, explotadores, enfermos de poder, lo haría recordando a los verdaderos monstruos que había visto sentado en las primeras filas de aquellas carpas. Con el paso del tiempo, su cuerpo maduró como si hubiera sido diseñado por un director de casting.

Frente ancha, cejas espesas, pómulos marcados, mandíbula dura, ojos pequeños que podían volverse cuchillos con solo entornar los párpados. No era un galán, nunca lo sería. Y eso, lejos de ser una condena, se convirtió en su mayor arma. Mientras otros soñaban con ser héroes románticos, él empezaba a entender que el mundo necesitaba alguien que encarnara el miedo.

Llegaron los años 30 y con ellos un murmullo nuevo. El cine sonoro mexicano empezaba a despegar. Algunos actores de carpas se burlaban de esa pantallita, convencidos de que nada podía reemplazar el aplauso en vivo. Otros, en silencio, sabían que ahí estaba el futuro. Miguel fue de los segundos. Una noche, tras una función agotadora, un hombre de traje oscuro se acercó a la parte trasera de la carpa.

No vino a reírse, vino a fichar rostros. se presentó como representante de una productora que buscaba caras fuertes para el cine. No necesitaban galanes, ya tenían varios. Necesitaban algo más difícil de encontrar, alguien a quien  el público pudiera odiar con solo verlo entrar en cuadro. Cuando ese hombre le pidió su nombre y anotó Miguel Inclan en una libreta arrugada, el hijo del teatro ambulante no podía imaginarlo.

Pero esa noche,  entre cerrín, humo de cigarros y olor a sudor seco, el villano más odiado de México dio su primer paso fuera de la lona y comenzó sin saberlo, el camino que lo llevaría de las carpas polvorientas a convertirse en la pesadilla más perfecta que el cine mexicano haya conocido.

Todo cambió el día en que dejó de oler a Serrín de carpa y empezó a oler a Celuloide. A finales de los años 30, cuando la ciudad de México se llenaba de tranvías y anuncios de neón, alguien le dijo que en los estudios filmaban historias parecidas a las de las carpas, pero que se quedaban atrapadas para siempre en una pantalla blanca. Miguel dudó.

El teatro le había dado todo, pero también lo había desgastado. Sin embargo, aceptó probar. En 1938 cruzó por primera vez la reja de los estudios para aparecer en una película llamada Nobleza ranchera. No era protagonista, ni siquiera un personaje con nombre. Era  un campesino, un tipo armado al fondo de una cantina, una sombra más entre muchas.

Pero el director notó algo inquietante en su rostro, algo que la cámara parecía devorar con gusto. Los años 40 llegaron como una avalancha. Mientras el país intentaba olvidar el ruido de los fusiles revolucionarios, el cine se convirtió en la gran fábrica de sueños. Estudios como Azteca, Claza, Churubusco trabajaban sin descanso.

Necesitaban héroes, damas en apuros, comediantes, charros, pero sobre todo necesitaban algo que el público reconocía al instante cuando lo veía aparecer en pantalla. Necesitaban villanos. En los de abajo el charro negro. Cuando los hijos se van, Miguel empezó a repetir un patrón. Nunca era el hombre que rescataba a la muchacha, nunca era el que se quedaba con el beso final.

Era el cacique que explotaba campesinos, el  matón que desenfundaba primero, el traidor que vendía a sus compañeros por unas monedas. Entre Toma y Toma, mientras se limpiaba el sudor bajo las luces abrazadoras,  entendió que el cine lo estaba encasillando en un rincón muy peligroso. Y sin embargo, cada vez que veía los diarios al día siguiente del estreno, había una línea que se repetía con  distintos adjetivos.

El villano estuvo magnífico. El malo roba cada escena. La presencia de Miguel Inclan es tan fuerte que incomoda, lo que para otros habría sido una maldición. Para él era una especie de confirmación silenciosa. Todas esas noches, frente a públicos implacables en las carpas, le habían enseñado a no temer al rechazo.

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