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Pedro Infante Vió a un Anciano Mariachi en una Plaza — Lo que Hizo Esa Noche Nadie lo Olvidó

 Había tocado  en cantinas donde la gente bailaba hasta que el cuerpo no daba más y en velorios donde la música era lo único que mantenía a la familia en pie. Pero eso había sido antes, antes de que los dedos comenzaran a fallarle, antes de que el frío  de los inviernos en la Ciudad de México se le metiera en las articulaciones y le robara la velocidad que alguna  vez lo había hecho famoso entre los músicos de su generación antes de que los grupos nuevos dejaran de llamarlo porque había otros más baratos, 

más jóvenes, más fáciles de manejar que un viejo con carácter y memoria. Esa tarde en Garibaldi, don Fortino esperaba que nadie lo contratara, solo tocaba porque era lo único que  sabía hacer con el dolor. Y fue en ese momento cuando Pedro Infante dobló la esquina de la plaza. No venía de ningún compromiso oficial.

Había terminado un ensayo  en los estudios de grabación de la colonia Polanco y su chóer lo llevaba de regreso a casa cuando Pedro le pidió  que se detuviera en Garibaldi. Quería escuchar Mariachi. Quería ese sonido que le recordaba a Sinaloa, a su padre,  a las tardes de infancia, donde la música no era industria, sino simplemente vida.

 Bajó del coche sin que nadie lo esperara. Llevaba ropa sencilla, un pantalón café y una camisa blanca de manga larga, nada que gritar  estrella de cine. Pero Pedro Infante era Pedro Infante y aunque no quisiera hacerlo, su presencia  tenía un peso que la gente sentía antes de reconocer su cara. Caminó por la plaza saludando a los músicos  que lo reconocían, esquivando a los que querían tomarse fotos, buscando simplemente un lugar donde pararse a escuchar.

 Y entonces lo oyó el violín del rincón. Pedro se detuvo en seco. No fue una decisión consciente. Fue el tipo de pausa que el cuerpo hace cuando algo le habla directamente al lugar donde guarda sus recuerdos más profundos. Cerró los ojos un segundo, solo un segundo,  y escuchó. El anciano estaba tocando la malagueña, pero no la versión  que todos conocían, la que los mariachis jóvenes tocaban rápido para impresionar a los turistas con los dedos volando sobre las cuerdas.

Este viejo la estaba  tocando lenta, dolorosamente lenta, como si cada nota tuviera un nombre y hubiera que pronunciarlo con cuidado para no ofender a los muertos. Pedro abrió los ojos y caminó  hacia el rincón. Los que estaban cerca lo vieron moverse con determinación hacia esa barda descascarada donde nadie más iba.

 Y algunos se quedaron mirando sin entender que veía esa estrella de cine en ese viejo roto  que los demás ignoraban. Pedro llegó a 3 metros de Don Fortino y se quedó parado con los brazos cruzados escuchando. El anciano tenía los ojos cerrados y no lo vio llegar. Siguió tocando y Pedro siguió escuchando. Pasaron 2 minutos completos.

Tres. El ruido de la plaza  seguía alrededor de ellos, pero Pedro estaba en otro lugar. Estaba en Mazatlán.  tenía 8 años y su padre tocaba la guitarra en el patio de tierra de su casa mientras el sol se metía detrás de los cerros. Estaba en esos momentos  que uno no sabe que está guardando para siempre hasta que algo los abre de golpe.

 Años después, cuando don Fortino terminó la pieza y abrió los ojos, encontró a  Pedro Infante parado frente a él. El anciano parpadeó. Reconoció la cara, pero su cerebro tardó un momento en procesar  que esa cara famosa estaba aquí, en este rincón olvidado de Garibaldi, mirándolo a él. se cuadró instintivamente con  esa dignidad vieja de músico que sabe que el instrumento merece respeto, aunque el que lo toca ya no tenga nada más.  Pedro habló primero.

¿Cuántos años lleva tocando ese violín, señor? La voz era la misma que salía  en las películas, cálida, sin pretensiones, con ese acento sinaloense que nunca se le fue aunque llevara años en la capital. Don Fortino carraspeó. No estaba acostumbrado a que alguien le preguntara nada que no fuera el precio de una serenata.

 52  años, respondió. Desde los 22. Pedro asintió despacio con el  gesto de alguien que está calculando el peso de esos años, no el número, sino lo que significan. 52  años de madrugadas en plazas, de dedos ampollados, de sones aprendidos de memoria, de bodas ajenas celebradas con música  propia.

¿Y cómo se llama usted, señor Fortino Reyes? Para servirle. Pedro extendió la mano, una mano  que había estrechado la de presidentes y directores de cine, que había firmado contratos millonarios y sostenido los rostros de las mujeres más admiradas de México. Extendida ahora hacia un viejo mariachi en el rincón más olvidado de Garibaldi.

  Don Fortino la estrechó con firmeza porque así le habían enseñado. Un músico siempre da la mano con firmeza, aunque le tiemble todo lo demás. Pedro miró el traje, miró el violín. Era un instrumento  viejo, pero bueno, eso lo notó de inmediato. Alguien que había sabido elegir sus  herramientas en otra época.

 Miró las manos del anciano, los nudillos inflamados,  la manera en que sostenía el arco con una rigidez que no era técnica, sino dolor administrado. Tiene grupo ahorita, don Fortino? El anciano negó con la cabeza sin adornarlo con explicaciones.  La verdad simple era suficiente y ambos lo sabían.

 Pedro  sacó un cigarro, lo encendió, exhaló despacio y miró la plaza como si estuviera tomando  una decisión que ya había tomado desde que oyó las primeras notas de la malagueña desde el otro lado de la plaza. “Entonces,  acompáñeme”, dijo. “Quiero escucharlo tocar una más.” Don Fortino  preguntó a dónde.

Había algo en la manera en que Pedro lo dijo que no dejaba espacio para dudar. No era una orden ni era lástima. Era una invitación genuina del  tipo que uno recibe muy pocas veces en la vida y que cuando llega hay que tomar sin hacerse el remolón porque el orgullo mal entendido ha arruinado más destinos que  la mala suerte.

 Guardó el arco en su funda con los movimientos lentos y precisos de siempre. Cerró el estuche del violín, se acomodó el sombrero y caminó junto  a Pedro Infante por la plaza de Garibaldi con la espalda tan derecha como se lo permitían los años. Los músicos que los vieron pasar se quedaron sin palabras. Nadie entendía  que estaba pasando.

 Algunos pensaron que Pedro lo había contratado para una serenata privada. Otros simplemente  se quedaron mirando esa imagen extraña y poderosa, la estrella más grande del cine mexicano caminando  al mismo paso que un viejo desconocido, sin apuro, sin que ninguno de los dos  pareciera estar haciendo un favor ni recibiéndolo.

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