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El Dibujo Que MATÓ al Che — 57 Años de Silencio

 

oscuridad. Solo se escucha el rose de un lápiz contra el papel. Es un sonido suave, casi hipnótico, pero hay algo perturbador en él. La punta del lápiz se desliza creando sombras, dando forma a un rostro que emerge lentamente. Los ojos, la barba, esa mirada que el mundo entero conoce.

 Chegueevara, la mano que dibuja es vieja, con manchas de la edad, con dedos que tiemblan. No es el temblor de la vejez solamente, es algo más profundo. Es el temblor de alguien que lleva un secreto demasiado pesado durante demasiado tiempo. La voz de un anciano rompe el silencio. Este es el retrato de Cheegevara. Yo lo dibujé en 1967 y ese dibujo lo mató.

 Yo soy su asesino, pero no tuve un arma, solo tuve un lápiz. Buenos Aires, 2015. Sirobustos tiene 84 años. Está sentado frente a una mesa de madera desgastada. Sobre ella un cuaderno viejo abierto en una página específica. Allí está el dibujo. El rostro de Che, tan vivo que parece respirar, tan preciso que parece una fotografía.

 Y esa precisión fue lo que lo convirtió en un documento de muerte. Durante 57 años he guardado este secreto. He vivido con él. He tratado de olvidarlo, de enterrarlo, de convencerme de que no fue mi culpa, pero cada noche lo veo. Veo ese rostro y veo mi mano dibujándolo. Una y otra vez. Las paredes de la habitación están vacías.

 No hay cuadros, no hay dibujos enmarcados, solo blancura, como si Ciro hubiera borrado todo rastro de arte de su vida. Marzo de 1967. Buenos Aires. Siro Bustos tiene 36 años. Es un artista, un dibujante reconocido en círculos revolucionarios. Su taller está lleno de bocetos, de carteles de protesta, de retratos de líderes guerrilleros.

 Siriro no solo dibuja la revolución, cree en ella, vive para ella. Un día llega una carta. Es de Che. Che está en Bolivia organizando una guerrilla. Necesita apoyo desde Argentina. Necesita alguien de confianza que pueda reclutar voluntarios, conseguir fondos, organizar redes y quiere que ese alguien sea Siro. Yo era un idealista.The Soldier Who Captured Che Guevara --- 57 Years Later Breaks His Silence  and Confesses - YouTube

 Creía que el arte podía cambiar el mundo, que un dibujo podía inspirar a un hombre a levantarse, a luchar, a morir por algo más grande que él mismo. Cuando Che me llamó, no dudé ni un segundo. Ciro le muestra la carta a su esposa. Ella lo mira con una mezcla de orgullo y terror. Sabe lo que significa, pero también sabe que no puede detenerlo. Abril de 1967.

Ciro cruza la frontera hacia Bolivia. viaja en autobús disfrazado de vendedor de libros. Lleva su cuaderno de dibujo, siempre lleva ese cuaderno. En él dibuja todo, campesinos, niños, soldados y rostros. Ciro tiene un don para los rostros. Después de días de viaje llega al campamento guerrillero en Yankauazú.

Es un lugar remoto, escondido en las montañas, rodeado de selva espesa. Allí encuentra a Che. El encuentro es breve pero intenso. Che está más delgado. Su asma lo atormenta. Toce constantemente, pero sus ojos siguen brillando. Se abrazan como hermanos. Che le explica el plan.

 Ciro debe regresar a Buenos Aires, organizar apoyo, reclutar hombres, conseguir medicinas y armas. Me dijo, Ciro, confío en ti. Esta lucha no es solo con rifles, sino también con ideas, con arte, con la capacidad de inspirar. Tú tienes ese don, úsalo. Esas palabras se quedan grabadas. Son las últimas que Che le dirá cara a cara.

 El 16 de abril, Ciro sale del campamento con dos compañeros, Regis de Bray y un guerrillero chileno, que les da instrucciones finales, que sean cuidadosos, que el enemigo está en todas partes. El 20 de abril, cerca de Muyupampa, un reténitar los detiene. Los soldados están nerviosos con rifles apuntando, exigen documentos, revisan el equipaje, encuentran cosas sospechosas, un mapa, dinero en dólares y el cuaderno de dibujos de Ciro.

 Un oficial ojea el cuaderno. Se detiene en una página. Allí hay un boceto viejo de un hombre con barba. No está completo, solo líneas, sombras. Pero el oficial reconoce algo. ¿Quién es este Ciro? Siente que el mundo se detiene, no puede mentir, no puede decir la verdad, así que no dice nada. Los arrestan, los llevan a una prisión militar en Camiri, celdas de concreto y barrotes oxidados.

 Ciro es separado de sus compañeros, lo encierran solo. Escucha el eco de botas, gritos lejanos, su propia respiración acelerada. Durante días nadie viene, solo le traen agua y pan duro. Y entonces una noche llegan ellos, dos hombres, no son soldados bolivianos, son de la CIA. Ciro lo sabe por la forma en que se mueven, por la forma en que lo miran.

 No son brutos, son calculadores, fríos. Uno coloca sobre la mesa el cuaderno de Ciro, lo abre en esa página. El boceto incompleto. Sabemos quién eres, Ciro. Sabemos que estuviste con Guevara y sabemos que conoces su rostro mejor que nadie. Necesitamos que lo dibujes completo. Cada detalle Ciro niega con la cabeza.

 Dice que no puede, que no recuerda, pero los hombres no le creen. Entonces comienza privación de sueño. Luces encendidas toda la noche, ruidos constantes, amenazas. Te vamos a ejecutar. Nunca volverás a ver a tu familia. Vas a desaparecer. Ciro resiste días, semanas. Su mente empieza a desdibujarse y una madrugada el agente entra a su celda.

Esta vez trae algo diferente. Papel limpio, lápices nuevos. Los coloca frente a Ciro con una calma aterradora. Dibuja, Ciro. Solo dibuja y te dejaremos ir. Es simple. un rostro. Eso es todo. O puedes quedarte aquí hasta que te olvides de tu propio nombre. Ciro mira el papel en blanco, mira los lápices y en ese momento toda su vida se reduce a una sola pregunta.

 ¿Cuánto vale mi vida? Sus manos tiemblan cuando toma el lápiz. No es el temblor del artista inspirado, es el temblor del hombre quebrado. Es el temblor de alguien que sabe que está a punto de cruzar una línea de la que no hay retorno. Cuando tomé ese lápiz, algo dentro de mí murió. Sabía lo que ese dibujo significaba. Sabía que cada trazo sería una traición.

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