Y aún así no pude detenerme. El lápiz toca el papel y Ciro comienza a dibujar el rostro del hombre que más admiraba, el hombre que le había dado un propósito, el hombre que confiaba en él. El rostro de Chegevara empieza a aparecer línea por línea, los ojos, la frente, la nariz, la barba. Cada detalle es perfecto porque Ciro conoce ese rostro de memoria.
Lo ha dibujado cientos de veces, pero nunca así, nunca con las manos manchadas de traición. El agente observa en silencio. Cuando Ciro termina, el hombre toma el dibujo y lo sostiene bajo la luz. Sonríe. Perfecto, Ciro. Esto es exactamente lo que necesitábamos. Y en ese instante Ciro entiende lo que acaba de hacer. No solo ha dibujado un retrato, ha dibujado una sentencia de muerte.
El dibujo está terminado. Ciro lo mira fijamente, como si no pudiera creer lo que sus propias manos acaban de crear. Es perfecto, demasiado perfecto. Cada línea del rostro de Che está ahí. La intensidad de sus ojos, la forma característica de su barba, la cicatriz casi imperceptible en la frente. Es un mapa facial completo.
Es un retrato forense. Es una condena. El agente de la Cilla toma el papel con cuidado, casi con reverencia, lo sostiene bajo la luz de la celda, examina cada trazo, luego lo guarda en una carpeta manila. No dice nada más, solo sale de la celda. La puerta de metal se cierra con un eco que resuena en el pecho de Ciro como un disparo.
Ciro se queda solo. El lápiz todavía está en su mano. Lo mira como si fuera un objeto extraño, algo que no reconoce. Lentamente deja caer el lápiz al suelo. Hace un ruido pequeño insignificante, pero para Ciro es el sonido más fuerte que ha escuchado en su vida. Esa noche no duerme, no porque las luces sigan encendidas o porque los ruidos continúen.
Esta vez el tormento viene desde adentro. Cierra los ojos y ve el rostro de Che, no el Che del dibujo, el Che real. El Che que lo abrazó en Yankawasú. El cheque le dijo, “Confío en ti.” Y ahora Ciro ha convertido esa confianza en tinta sobre papel, en una herramienta de casa. Los días que siguen son extraños. Ciro ya no es interrogado.
De hecho, casi lo olvidan. Le traen comida, le permiten ducharse, incluso le dan un libro viejo en español para que lea. Es como si, habiendo obtenido lo que querían, ya no tuviera valor. Es solo un hombre quebrado en una celda esperando. Pero Ciro sabe que afuera, en algún lugar de las montañas de Bolivia, este dibujo está circulando.
Lo imagina en manos de oficiales militares. Lo imagina siendo mostrado a soldados en retenes. Buscando, siempre buscando ese rostro. Junio se convierte en julio. Julio en agosto. El tiempo se vuelve espeso, denso, como si el aire mismo de la celda se hubiera solidificado. Ciro pierde la cuenta de los días.
Pero una mañana un guardia boliviano entra, trae un periódico, lo deja caer frente a Ciro sin decir nada. Luego se va. Ciro mira el periódico. No entiende por qué se lo han dado. Nunca antes le habían dado periódicos. toma el papel con manos temblorosas y entonces lo ve. En la primera página un titular grande y debajo una fotografía borrosa, soldados rodeando a un grupo de hombres en la selva.
Y en el centro, inconfundible incluso en la mala calidad de la imagen, está che. La fecha del periódico es 9 de octubre de 1967. El titular dice: “Cheevara capturado y debajo con letras más pequeñas, el revolucionario será ejecutado hoy.” El periódico cae de las manos de Ciro, se desploma en el suelo de la celda, no llora, no grita, solo se queda allí inmóvil, como si su cuerpo hubiera olvidado cómo moverse, porque en ese momento comprende la magnitud completa de lo que ha hecho.
No fue solo un dibujo, fue el mapa que llevó al ejército boliviano directamente a Che. Fue la pieza final del rompecabezas. Los soldados sabían exactamente a quién buscar. No había confusión posible. Gracias al dibujo de Ciro, cada retén, cada patrulla, cada campesino interrogado podía identificar al hombre que buscaban.
Y finalmente, en algún lugar de las montañas de la higuera, alguien lo vio, alguien lo reconoció y alguien informó. Ciro permanece en el suelo durante horas, quizás días. El tiempo ha dejado de tener sentido. Solo sabe que Che está muerto y que él, Cirobustos, es responsable. Cuando finalmente lo liberan, semanas después, Ciro no siente alivio, solo vacío, le devuelven sus pertenencias, todo excepto el cuaderno. Ese se lo han quedado.
Como evidencia le dicen, pero Ciro sabe la verdad. Se lo han quedado porque ese cuaderno contiene el arma del crimen. Regresa a la Argentina en un autobús que se mueve lentamente por caminos polvorientos. Mira por la ventana, pero no ve nada. El paisaje pasa frente a él como una película sin sonido. Cuando finalmente llega a Buenos Aires, su esposa lo está esperando.
Ella corre hacia él, lo abraza, llora, pero Ciro no puede corresponder. Solo puede quedarse de pie, rígido, como una estatua de sal. Esa noche, en su casa, en su propia cama, Ciro intenta dormir, pero cuando cierra los ojos lo ve. B. No, el che victorioso de las fotografías famosas. Ve a Che capturado, herido, sentado en el suelo de una pequeña escuela en la higuera.
Ve los ojos de Che mirando a sus captores y luego ve algo más. Ve su propio dibujo, ve ese retrato siendo comparado con el rostro real. Ve la confirmación. Sí, es él. Es Chegevara. Y entonces escucha los disparos. Se despierta gritando. Su esposa intenta calmarlo. Le pregunta qué soñó, pero Siro no puede decirle. No puede decirle que soñó con ser un asesino.
No puede decirle que sus manos, las mismas manos que una vez crearon belleza, ahora están manchadas con sangre invisible. Los meses que siguen son un descenso lento hacia la oscuridad. Ciro intenta regresar a su taller. Entra, mira los lienzos en blanco, las herramientas de dibujo cuidadosamente ordenadas. Toma un lápiz, lo sostiene sobre el papel, pero su mano tiembla.
No es el temblor de la inspiración, es el temblor del trauma. El lápiz toca el papel y de inmediato, sin querer, empieza a dibujar. Y lo que aparece no es arte, es el rostro de Che. Otra vez, siempre, otra vez. Ciro arroja el lápiz, se aleja del papel como si quemara, sale del taller y no regresa durante semanas.
Su esposa nota el cambio. Lo ve mirando al vacío durante horas. lo escucha levantarse en medio de la noche caminando por la casa como un fantasma. Un día ella encuentra escondido en un cajón un montón de dibujos arrugados, los extiende. Todos son el mismo rostro. Che, che, che. Dibujado una y otra vez con trazos cada vez más desesperados, cada vez más violentos.
¿Qué te hicieron en Bolivia? Ciro no responde. No puede porque la verdad es demasiado pesada. La verdad es que nadie le hizo nada. Él lo hizo. Él dibujó, él entregó, él mató. Los años pasan como una neblina. Ciro deja de dibujar completamente. Sus amigos del movimiento revolucionario lo buscan. Quieren que haga carteles, que ilustre panfletos, que contribuya con su arte.
Pero Ciro se niega, inventa excusas, dice que está enfermo, que está ocupado, que ha perdido la inspiración, pero la verdad es más simple y más terrible. Tiene miedo de que sus manos vuelvan a traicionar a alguien. En 1970, durante una reunión con antiguos compañeros, alguien menciona a Che, hablan de su legado, de cómo su imagen se ha convertido en un símbolo global de resistencia.
Alguien muestra una camiseta con la famosa fotografía de corda. Todos sonríen con nostalgia y orgullo. Todos, excepto Ciro. Él mira la imagen y siente náuseas porque él sabe algo que los demás no saben. Él sabe que hay otro retrato de Che, uno que nunca será famoso, uno que nunca aparecerá en camisetas. El retrato que lo mató.
Esa noche Ciro llega a casa y le dice a su esposa que necesita hablar. Se sientan a la mesa de la cocina y por primera vez en 3 años Ciro cuenta lo que pasó en Bolivia. Cuenta sobre el dibujo, sobre la traición, sobre la culpa que lo está devorando desde adentro. Su esposa lo escucha en silencio. Cuando Ciro termina, ella toma sus manos.
No fue tu culpa. Te torturaron, te amenazaron. Cualquiera habría hecho lo mismo. Pero Siro niega con la cabeza. No lo entiendes. No fue la tortura. Fue el miedo. Y el miedo no es excusa. Che enfrentó su muerte sin miedo. Yo no pude enfrentar ni siquiera la posibilidad de mi muerte. Soy un cobarde. Y esa cobardía mató a un hombre valiente.
Las palabras quedan suspendidas en el aire. Su esposa no sabe qué decir porque en el fondo ella entiende que Ciro tiene razón. No en que sea culpable, sino en que él se siente culpable. Y ese sentimiento es algo que ninguna palabra puede borrar. Los años 1970 y 80 son décadas perdidas para Ciro. Consigue trabajos pequeños, nada relacionado con el arte. Vende seguros.
Trabaja en una oficina administrativa. Hace cualquier cosa que no requiera usar sus manos para crear. Porque en su mente sus manos ya no son instrumentos de creación, son instrumentos de destrucción. Sus hijos crecen sin saber la verdad. Ven a su padre como un hombre triste? distante, roto por algo que nunca explica.
Cuando su hijo mayor a los 12 años le pide que le enseñe a dibujar, Ciro se niega con tanta vehemencia que el niño nunca vuelve a preguntar. En 1990, un periodista contacta a Ciro. Está escribiendo un libro sobre la guerrilla de Che en Bolivia. Quiere entrevistar a los sobrevivientes. Ciro acepta, pero con una condición.
No hablará sobre el dibujo. El periodista acepta. Aunque es claro que sabe que hay algo que Ciro está ocultando. Durante la entrevista, Ciro habla sobre el idealismo de Che, sobre la guerrilla, sobre la captura. Pero cuando el periodista pregunta, “¿Cómo crees que el ejército boliviano identificó tan precisamente a Che?” Y Ciro se queda en silencio.
Luego dice, “No lo sé, fue suerte, supongo. Mala suerte para la revolución.” El periodista lo mira con curiosidad, como si supiera que hay más, pero no insiste. El libro se publica un año después. Ciro aparece en él como un actor secundario en la historia, un testigo menor y Ciro está agradecido por eso.
Prefiere ser olvidado que ser recordado por la verdad. Pero la verdad tiene una manera de persistir. En 1996, otro escritor publica documentos desclasificados de la CIA sobre la operación en Bolivia. Entre esos documentos hay una referencia a un dibujante argentino que proporcionó un retrato detallado del objetivo. No se menciona el nombre de Ciro directamente, pero para quienes conocen la historia es obvio.
Algunos antiguos compañeros de Ciro leen el documento, empiezan a te hacer preguntas. Ciro niega todo. Dice que es propaganda, que la CIA miente, que él nunca colaboró con nada. Y técnicamente tiene razón, él no colaboró voluntariamente, pero el resultado fue el mismo. Las acusaciones lo persiguen durante años. En círculos de izquierda, su nombre se convierte en un susurro.
Traidor, colaborador, cobarde. Ciro deja de salir de su casa, deja de contestar el teléfono. Se convierte en un recluso voluntario, encerrado no por muros físicos, sino por muros de vergüenza. Y cada noche sin falta tiene el mismo ritual. Se sienta en su escritorio vacío, saca un papel en blanco, toma un lápiz y dibuja el rostro de Che, no porque quiera, sino porque tiene que hacerlo.
Es como una compulsión, una penitencia autoimppuesta. Dibuja el rostro durante horas con cada detalle perfecto y cuando termina rompe el papel en pedazos pequeños y los tira a la basura. Al día siguiente, repite el proceso. Es su forma de pedir perdón a un muerto que nunca podrá escucharlo. Los años 2000 llegan.
Ciro tiene más de 70 años. Su salud empieza a fallar. Su esposa ha muerto. Sus hijos adultos lo visitan ocasionalmente, pero la relación es distante. Hay una tristeza en Ciro que ellos nunca han podido penetrar. Un día su nieta de 10 años encuentra uno de sus dibujos rotos. lo junta como un rompecabezas y ve el rostro de Chemba, abuelo.
¿Quién es este hombre? Ciro la mira. Por primera vez en décadas siente la urgencia de decir la verdad, pero no puede, no a una niña. Así que solo dice alguien que conocí hace mucho tiempo. Alguien importante. ¿Lo extrañas? Ciro asiente lentamente. Todos los días. En 2015, cuando Ciro tiene 84 años, finalmente decide que es hora. Hora de confesar, hora de dejar de correr, hora de enfrentar lo que hizo, no para ser perdonado, sino para que la verdad exista en el mundo, no solo en su cabeza.
Acepta una entrevista con un documentalista y por primera vez en 57 años va a decir todo. Buenos Aires, abril de 2015. La cámara está encendida. Sirobustos está sentado frente a ella con 84 años en su rostro y 57 en su conciencia. Sobre la mesa ese cuaderno viejo abierto en la página del dibujo. El rostro de Che lo mira desde el papel amarillento.
El documentalista hace la primera pregunta, pero Ciro no la escucha. Realmente ha esperado este momento durante medio siglo. Ha ensayado estas palabras en su mente miles de veces, pero ahora que finalmente puede decirlas, descubre que son más pesadas de lo que imaginaba. Yo maté a Cheegevara. Las palabras salen con dificultad, como si tuvieran que atravesar décadas de silencio compactado.
El documentalista se inclina hacia delante confundido. Ciro continúa. No apreté el gatillo. No estuve en la higuera cuando lo ejecutaron, pero lo maté de todas formas. Con esto, punto Ciro señala el dibujo. Su mano tiembla, no solo por la edad. En 1967, la CIA me obligó a dibujar el rostro de Che.
Me torturaron, me privaron del sueño, me amenazaron con matarme. Y yo, después de resistir días, semanas, finalmente cedí. Tomé el lápiz y lo dibujé. Se detiene. Respira profundo. Continúa. Ese dibujo se convirtió en la herramienta que el ejército boliviano usó para identificarlo. Se distribuyó en cada retén, en cada cuartel. Los soldados sabían exactamente a quién buscar. No había margen de error.
Y cuando finalmente lo encontraron, cuando lo capturaron el 8 de octubre de 1967, fue porque mi dibujo les había dado un mapa preciso de su rostro. El documentalista pregunta si Ciro fue torturado. Es una pregunta obvia, esperada, pero la respuesta de Ciro no lo es. Sí, fui torturado. Pero eso no me exonera, porque al final la mano que sostuvo el lápiz fue la mía.
Nadie más movió mi brazo, nadie más trazó esas líneas. Yo lo hice por miedo, por cobardía, por querer vivir. Hace una pausa larga. Cuando habla de nuevo, su voz está quebrada. Durante 57 años me he preguntado, Che, me perdonaría? Y después de todos estos años creo conocer la respuesta. Che me habría perdonado. Porque él entendía la humanidad, entendía la debilidad.
Che sabía que no todos pueden ser héroes, que algunos de nosotros somos solo hombres asustados tratando de sobrevivir. Pero yo no he podido perdonarme a mí mismo porque Che murió fiel a sus principios. Murió sin traicionar a nadie y yo yo lo traicioné para salvar mi propia vida. Y esa es una verdad con la que he tenido que vivir cada día desde entonces. El cuarto está en silencio.
Solo se escucha el zumbido de la cámara. Siro mira el dibujo nuevamente. Este es mi mejor trabajo. Técnicamente perfecto. Cada sombra en su lugar, cada línea precisa es el dibujo más exacto que he hecho en mi vida y es también mi peor obra porque mató a un hombre. Después de esa confesión, algo cambia en Ciro. No es liberación exactamente.
Es más como si un peso se hubiera redistribuido. Sigue estando ahí, pero ahora está compartido con el mundo. Los días siguientes son extraños. Siro camina por su casa como siempre lo ha hecho. Pero hay una diferencia. Por primera vez en décadas no tiene ese impulso compulsivo de dibujar y destruir el rostro de Che. El ritual se ha roto.
La confesión pública ha hecho lo que 57 años de ritual privado no pudieron. Le ha dado una forma de cerrar ese ciclo. Una semana después de la entrevista, su hijo mayor viene a visitarlo. Hace años que no hablaban realmente, solo intercambios superficiales, cortesías vacías. Pero esta vez es diferente. Vi tu entrevista, papá.
Siro asiente esperando rechazo, esperando vergüenza. Ahora entiendo por qué nunca quisiste enseñarme a dibujar. ¿Por qué dejaste el arte? ¿Por qué siempre estuviste tan ausente? Su hijo se sienta junto a él. Hay lágrimas en sus ojos. No fuiste un traidor, papá. Fuiste un sobreviviente y llevaste esa carga solo durante toda mi vida. Ojalá me hubieras confiado.
Ojalá hubieras dejado que te ayudara. Siro siente algo que no ha sentido en décadas. No es perdón, todavía no puede llegar a eso, pero es comprensión. Y tal vez, solo tal vez, eso es suficiente por ahora. Esa noche Ciro hace algo que no ha hecho en 50 años. Se sienta en su viejo escritorio, saca papel limpio, toma un lápiz, pero esta vez no dibuja a Che, dibuja a su nieta.
La niña que le preguntó por el rostro en el dibujo roto. La dibuja jugando, riendo, viva. Sus manos aún tiemblan, pero ahora es diferente. No es el temblor del trauma, es el temblor del artista que ha estado dormido demasiado tiempo y está despertando lentamente. El dibujo no es perfecto. Está lleno de líneas temblorosas, de proporciones ligeramente incorrectas, pero es hermoso de una manera que ningún otro de sus dibujos lo fue, porque por primera vez en más de medio siglo está dibujando algo que no viene del miedo o la culpa. Viene de un
lugar diferente, viene del amor. Cuando termina, no rompe el papel, lo guarda cuidadosamente. Es pequeño, es imperfecto, pero es suyo y no ha matado a nadie. Junio de 2015. Ciro recibe una carta. Es de un historiador cubano que vio su entrevista. La carta es breve pero significativa. Le dice que muchos en Cuba, incluyendo personas que conocieron a Che, entienden lo que pasó, que nadie lo culpa, que Cheche mismo si estuviera vivo entendería.
Siro lee la carta varias veces, no borra su culpa, pero le da contexto. Le recuerda que la historia no es blanca o negra, que él fue una víctima también, atrapado en fuerzas más grandes que él. Los meses pasan. La salud de Ciro se deteriora lentamente. Sabe que le queda poco tiempo, pero hay una paz extraña en sus últimos días.
No la paz del perdón completo, sino la paz de haber dicho la verdad. Una tarde, su nieta lo visita. Ahora tiene 15 años. Ella ha visto la entrevista de su abuelo, se sienta junto a él y le toma la mano. Abuelo, ¿sigues pensando en él? Todos los días. ¿Te arrepientes de haber sobrevivido? Ciro piensa cuidadosamente antes de responder.
Durante muchos años. Sí. Pensé que habría sido mejor morir en esa celda que vivir con lo que hice. Pero ahora al final entiendo algo. Che eligió su muerte. eligió morir por sus principios y yo elegí vivir. No fue una elección heroica, fue una elección humana y tal vez, solo tal vez. Ambas elecciones fueron válidas. Julio de 2017.
Ciro Bustos muere a los 86 años. En su funeral no hay multitudes, solo su familia cercana, algunos viejos amigos y, sorprendentemente dos veteranos de la guerrilla boliviana que vinieron a presentar sus respetos. Uno de ellos habla brevemente. Ciro no fue un traidor, fue un hombre que enfrentó una elección imposible y después vivió con esa elección durante 57 años.
Eso requiere más coraje que morir. Sobre su ataúd alguien ha colocado algo. No es una bandera, no es una fotografía, es un dibujo. El último dibujo que Ciro hizo. El retrato de su nieta sonriendo. En la casa de Ciro su hijo encuentra el viejo cuaderno. Ese cuaderno que la hacía le devolvió décadas después. Está abierto en la página del dibujo de Che.
Pero ahora hay algo más. Con letra temblorosa escrita. recientemente hay una nota al margen. Che, dibujé tu rostro y te llevó a la muerte, pero también dibujé tu rostro mil veces más en mi mente y eso me mantuvo vivo. No sé si eso me hace tu asesino o tu testigo. Tal vez soy ambos. Perdóname si puedes, yo nunca pude. La cámara se aleja lentamente del cuaderno, se aleja de la mesa, se aleja de la habitación y en la oscuridad una última voz, la voz de Ciro grabada meses antes.
Algunas líneas nunca se borran porque no están solo en el papel, están en el alma. Yo dibujé ese rostro y 57 años después ese rostro aún me dibuja a mí. Cada noche, cada día, para siempre. Silencio. Pantalla en negro. Solo el sonido de un lápiz sobre papel desvaneciéndose lentamente.