El cabos se quedó paralizado escuchando esos versos. Nunca había conocido a nadie como ese hombre. Un guerrillero que recitaba poesía mientras esperaba la muerte. Un revolucionario que miraba a sus captores sin odio, solo con una tristeza infinita que parecía abarcar todo el sufrimiento del mundo. Cuando la medianoche dividió el 8 de octubre del 9, el Che dejó de recitar.
El silencio que siguió fue más pesado que todas las palabras. Afuera, los soldados dormían en turnos. Adentro, Ernesto Guevara cerró los ojos por primera vez en muchas horas, no para dormir, solo para recordar los rostros de sus cinco hijos, que quizás nunca volverían a verlo. El rostro de Aleida, su esposa, esperando noticias en La Habana.
El rostro de Fidel, su hermano de armas, que tal vez nunca sabría exactamente cómo terminó todo. El amanecer del 9 de octubre llegó demasiado rápido con el llegó el principio del fin, el amanecer del 9 de octubre trajo consigo una luz pálida que se filtró por las rendijas de la vieja escuela de la higuera. El che abrió los ojos lentamente, aunque en realidad nunca los había cerrado del todo.
Había pasado la noche entera en un estado entre la vigilia y el delirio, entre el dolor físico y una extraña paz interior que ni él mismo podía explicar. Su cuerpo era un mapa de sufrimientos. La herida en la pantorrilla había dejado de sangrar, pero la infección ya comenzaba a hacer su trabajo.
Cada respiración era una batalla contra el asma que lo había persegido desde niño. Sus labios estaban agrietados por la sed, sus ojos hundidos por el hambre de semanas, pero su mente sejía clara, terriblemente clara. Los primeros rayos del sol iluminaron las paredes de Adoua que el cuarto diminuto. El Che pudo ver entonces con más detalle su prisión final.
En una pared colgaba un viejo pizarrón verde donde alguna maestra rural había escrito las vocales para enseñar a leer a los hijos de los campesinos. En otra esquina había un mapa de Bolivia descolorido y roto en los bordes. La ironía no escapó a sus ojos cansados. Él, que había soñado con liberar a toda América Latina, moriría en un aula donde niños descalzos aprendían a escribir su nombre afuera.
El pueblo comenzaba a despertar con una mezcla de miedo y curiosidad. Los soldados habían ocupado cada rincón de la higuera. Había más uniformes que habitantes. Los campesinos se asomaban por las ventanas de sus casas, susurrando entre ellos sobre el prisionero famoso que tenían encerrado en la escuela.
Algunos decían que era un demonio comunista venido a robar sus tierras. Otros murmuraban que era un santo loco que peleaba por los pobres. Nadie sabía realmente quién era Ernesto Guevara, pero todos presentían que algo terrible estaba por suceder. A las 7 de la mañana, la puerta de la escuela se abrió con un chirrido metálico.
El che levantó la vista y vio entrar a una mujer joven de unos 22 años con el cabello negro recogido en una trenza y los ojos llenos de una mezcla de terror y compasión. Era Julia Cortés, la maestra del pueblo, la dueña de aquel salón convertido en celda. Julia se quedó paralizada en el umbral. Había escuchado historias terribles sobre los guerrilleros cubanos.
Le habían dicho que violaban mujeres, que mataban ancianos, que hacían cosas horribles. Pero el hombre que tenía frente a ella no se parecía en nada a esos monstruos de las leyendas. Era apenas un esqueleto cubierto de harapos con una barba sucia y enmarañada, con ojos que brillaban con una luz extraña, casi sobrenatural.
Años después, Julia Cortés recordaría ese momento como el más intenso de su vida. Dijo que cuando sus ojos se encontraron con los del Che, sintió algo que nunca pudo explicar con palabras. Dijo que era como mirar dentro de un abismo infinito, pero un abismo lleno de luz en lugar de oscuridad.
Dijo que tuvo que apartar la mirada porque sentía que esos ojos podían ver hasta el fondo de su alma. El che fue el primero en hablar. Su voz era ronca, apenas un susurro rasposo que salía de una garganta reseca. Le preguntó a la maestra cómo se llamaba y cuántos alumnos tenía. Julia respondió temblando que se llamaba Julia Cortés y que enseñaba a 18 niños del pueblo.
El Che asintió lentamente y miró a su alrededor con una expresión que mezclaba tristeza y rabia contenida. Lo que siguió fue una conversación que Julia Cortés guardaría en su memoria durante el resto de sus días. El Chele habló sobre la educación, sobre la importancia de enseñar a leer a los campesinos, sobre cómo el conocimiento era la única arma que los poderosos no podían arrebatar a los pobres, le señaló el estado diplor de la escuela, las paredes agrietadas, el techo que dejaba pasar la lluvia, los bancos rotos. le dijo que
era una vergüenza que los funcionarios del gobierno viajaran en automóviles lujosos mientras los hijos de los campesinos estudiaban en condiciones tan miserables. Julia escuchaba sin poder responder. Nunca nadie le había hablado así. Nunca nadie había puesto en palabras lo que ella sentía cada día cuando veía a sus alumnos llegar descalzos con hambre, con frío.
El Che, ese hombre moribundo atado en el suelo de su propia escuela, estaba describiendo exactamente la injusticia que ella había aceptado como inevitable. El Chele preguntó entonces si ella creía que las cosas podían cambiar. Julia no supo que responder. Él sonrió con una sonrisa triste y le dijo que las cosas siempre podían cambiar, que el mundo no tenía por qué ser así, que la pobreza no era un destino, sino una decisión de los que tenían el poder.
Un soldado entró bruscamente y ordenó a Julia que saliera. Ella obedeció, pero antes de cruzar la puerta se volvió una última vez para mirar al prisionero. El Chelle estaba observando con esos ojos penetrantes que ella nunca olvidaría. Años después, cuando los periodistas le preguntaban sobre ese encuentro, Julia Cortés siempre decía lo mismo.
Decía que en ese momento supo que estaba frente a un hombre que iba a morir, pero también supo que ese hombre era más libre que todos sus carceleros juntos las horas de la mañana pasaron con una lentitud acónica. El sol subía en el cielo de octubre y el calor comenzaba a acumularse dentro de la pequeña escuela. El che sudaba por la fiebre, temblaba por el frío de la infección, toscía por el asma que le cerraba los pulmones, pero no pedía nada, no se quejaba.
Los soldados que lo vigilaban estaban desconcertados por su silencio. Habían esperado súplicas, llantos, intentos de negociación. En cambio, solo encontraban una calma sobrenatural. A media mañana llegó un helicóptero al pueblo. Los campesinos corrieron a esconderse, aterrorizados por el ruido de las aspas que nunca habían escuchado tan cerca.
Del helicóptero bajó un hombre que no vestía uniforme boliviano. Era Félix Rodríguez, un cubano exiliado que trabajaba para la CIA. Había viajado desde La Paz con una misión específica: confirmar la identidad del prisionero y supervisar su destino final. Rodríguez entró en la escuela con la arrogancia de quien se sabe protegido por el imperio más poderoso del mundo.
Se paró frente al Che y lo miró de arriba a abajo con una mezcla de desprecio y curiosidad morbosa. El Che levantó la vista y reconoció inmediatamente lo que tenía delante. No era un soldado boliviano ignorante, era un enemigo ideológico, un traidor a su propia patria, un mercenario del imperialismo yankee. Los dos cubanos se miraron en silencio durante varios segundos.
Uno representaba la revolución, el otro la contrarevolución. Uno había arriesgado todo por sus ideales, el otro había vendido los suyos. Rodríguez intentó interrogar al Che sobre la guerrilla, sobre sus planes, sobre sus contactos en Cuba. El Che respondió con monosílabos o simplemente no respondió.
No tenía nada que decirle a ese hombre. Años después, Félix Rodríguez escribiría sus memorias y dedicaría páginas enteras a ese encuentro. dijo que el Chelo impresionó a pesar de todo. Dijo que nunca había visto a nadie enfrentar la muerte con tanta dignidad. Dijo que en algún momento de esa mañana sintió algo parecido al respeto, pero ese respeto no le impidió cumplir con su misión.
Rodríguez sacó una cámara y fotografió al Che. Quería pruebas para sus superiores en Washington. El chelo miró fijamente mientras le tomaban las fotos con una expresión que mezclaba el desprecio con algo parecido a la lástima. Esas fotografías darían la vuelta al mundo. Mostrarían a un hombre derrotado físicamente, pero no espiritualmente.
Mientras tanto, en La Paz se desarrollaba un drama paralelo. El presidente René Barrientos había recibido la noticia de la captura la noche anterior. Desde entonces, los teléfonos no habían dejado de sonar. Washington quería saber qué harían con el prisionero. La CIA recomendaba una cosa, el Departamento de Estado otra. Algunos querían llevarlo a Panamá para interrogarlo durante meses.
Otros argumentaban que un juicio público sería un desastre propagandístico. Otros simplemente querían que desapareciera. Barrientos consultó con sus generales y los representantes estadounidenses. Había un consenso silencioso que nadie se atrevía a pronunciar en voz alta. El che vivo era un problema.
El Che en un tribunal sería un circo mediático que convertiría a Bolivia en el centro de atención mundial. El Che en prisión sería un símbolo permanente de resistencia. Solo el Che Muerto podía devolverle la tranquilidad al gobierno boliviano. A las 11 de la mañana, Barrientos tomó su decisión. Llamó por radio al comandante de las tropas en la higuera y pronunció una sola palabra que cambiaría la historia.
Esa palabra era simple, directa y reversible. En la higuera, el cheese tirado en el suelo de la escuela, ajeno a las conspiraciones que decidían su futuro. Había pedido agua y un soldado joven, casi un niño, se había acercado con una cantimplora. El cheve vio unos orbos y agradeció con un gesto de cabeza.
El soldado se quedó mirándolo fascinado y aterrorizado a partes iguales. Años después, ese soldado contaría que Elche le preguntó cuántos años tenía y de dónde era. Le contó que él también había sido joven una vez, que también había tenido miedo. Le dijo que lo importante no era no tener miedo, sino no dejar que el miedo te impidiera hacer lo correcto.
El soldado no entendió esas palabras en ese momento. Las entendería años después, cuando ya era un hombre viejo y el che se había convertido en una leyenda mundial. Entendería que en esas últimas horas Ernesto Guevara no estaba pensando en sí mismo. Estaba tratando de sembrar una semilla incluso en el corazón de sus enemigos.
A mediodía, el sol estaba en su punto más alto sobre la higuera. El calor dentro de la escuela era sofocante. El che respiraba con dificultad cada inhalación un esfuerzo titánico contra el asma y la fiebre. Pero sus ojos sejían alertas observando todo. Vio como los soldados entraban y salían con expresiones nerviosas. Vio como Félix Rodríguez hablaba por radio con alguien que daba órdenes desde lejos.
Vio como el ambiente cambiaba, como algo terrible se aproximaba. No necesitaba que nadie le dijera lo que estaba pasando. Había vivido suficientes guerras, había visto suficientes ejecuciones, había estado suficientes veces del otro lado de la pistola para reconocer los signos. Sabía que su hora había llegado y lejos de aterrorizarlo, ese conocimiento pareció darle una extraña serenidad.
Pensaba en Cuba en los años de gloria, después del triunfo de la revolución. Pensaba en las noches interminables discutiendo con Fidel sobre el futuro de América Latina. pensaba en las decisiones difíciles que había tomado, en los errores que había cometido, en los compañeros que había perdido.
Pensaba en si todo había valido la pena, si su sacrificio serviría para algo. También pensaba en sus hijos, en Aleida, la mayor, que ya tenía 7 años, en Camilo, que tenía cinco, en Celia, que tenía cuatro, en Ernesto, que tenía dos. Y en la pequeña que Aleida esperaba cuando él se fue de Cuba, esa hija que nunca conocería que nacería huérfana de padre, les había escrito una carta antes de partir hacia Bolivia, una carta que le sería entregada solo si él moría.
En esa carta les decía que fueran siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo. Ahora, tirado en el suelo de una escuela rural, se preguntaba si sus hijos entenderían algún día por qué su padre los había abandonado para ir a morir tan lejos de casa.
Se preguntaba si lo perdonarían, se preguntaba si lo recordarían como un héroe o como un loco que eligió la revolución sobre su familia. El reloj marcaba la 1 de la tarde cuando Félix Rodríguez entró por última vez en la escuela. Su expresión había cambiado. Ya no había arrogancia ni curiosidad morbosa. Había algo parecido a la incomodidad, quizás incluso a la vergüenza.
Se acercó al Cha y le dijo en voz baja que la orden había llegado desde La Paz. Le dijo que lo sentía. le dijo que tenía unos minutos para prepararse. El Che asintió sin sorpresa. Le pidió a Rodríguez que transmitiera un mensaje a Fidel Castro. Le dijo que le dijera que la revolución triunfaría en América Latina, que su muerte no sería en vano, que otros continuarían la lucha.
Rodríguez prometió transmitir el mensaje, aunque nunca lo hizo. Algunas promesas se hacen solo para aliviar la conciencia del que las hace. Rodríguez salió y dejó al Che solo con sus pensamientos. finales. Afuera, los soldados discutían sobre quién tendría el dudoso honor de ejecutar al guerrillero más famoso del mundo.
Adentro, Ernesto Guevara cerraba los ojos y respiraba profundamente, preparándose para el momento que había imaginado tantas veces durante su vida, el momento en que la muerte finalmente vendría a buscarlo, el momento en que su cuerpo dejaría de existir, pero su leyenda comenzaría a nacer. El sargento Mario Terán tenía 27 años y las manos le temblaban.
Había bebido varios tragos de aguardiente para darse valor, pero el alcohol solo había empeorado un nerviosismo. Afuera de la escuela, sus compañeros lo miraban con una mezcla de envidia y lástima. Él había sido elegido para matar al hombre más buscado de América Latina. Él pasaría a la historia como el verdugo del cheegueevara. Terán había pedido esa misión, no por valentía, sino por venganza.
Tres de sus amigos, todos llamados Mario como él, habían muerto en combates contra la guerrilla días atrás. Quería cobrar esa deuda de sangre, pero ahora parado frente a la puerta de madera de la escuela, sentía que las piernas no le respondían a la 1:10 de la tarde. Félix Rodríguez le dio la orden final. Le dijo que no disparara a la cabeza, que las heridas debían parecer de combate para mantener la versión oficial.
Terán asintió sin escuchar realmente. Su mente estaba en otra parte. Empujó la puerta y entró en el cuarto oscuro. El olor a sangre seca y a sudor lo golpeó como una bofetada. En el suelo, recostado contra la pared estaba el cheegue vara. Sus ojos se abrieron cuando escuchó los pasos.
No había miedo en esa mirada, solo una calma terrible que hizo que Terán se detuviera en seco. El Chelo miró de arriba a abajo, vio al joven soldado temblando, vio el fusil que apenas podía sostener. Vio el miedo escrito en cada línea de su rostro y entonces hizo algo que Terán nunca olvidaría. Sonrió. una sonrisa pequeña casi imperceptible, pero llena de algo que el soldado no pudo identificar en ese momento.
Años después entendería que era compasión. El che se puso de pie con dificultad. Su pierna herida apenas lo sostenía, pero se negó a morir tirado en el suelo como un animal. Miró a Terán directamente a los ojos y pronunció sus últimas palabras. Le dijo que sabía que venía a matarlo. Le dijo que disparara, que no tuviera miedo, que solo iba a matar a un hombre.
Terán levantó el fusil. Sus manos temblaban tanto que el cañón dibujaba círculos en el aire. El cheese segía mirándolo, esperando sin pestañar. Los segundos se estiraron como horas. Finalmente apretó el gatillo. La primera ráfaga alcanzó las piernas y los brazos del cheevara cayó al suelo, pero no gritó.
Ni un solo sonido salió de su boca. solo apretó los puños y mordió su propia muñeca para contener el dolor. Terán se quedó paralizado, incapaz de terminar lo que había empezado. Otro soldado tuvo que entrar y dispararle al cheo. Eran la 1:10 de la tarde del 9 de octubre de 1967. Ernesto Guevara de la Cerna tenía 39 años.
El cuerpo fue sacado de la escuela y atado a los patines de un helicóptero. Lo llevaron a Big Gendy, un pueblo cercano con un hospital pequeño. Allí lo depositaron en el lavadero sobre una pileta de cemento donde las enfermeras lavaban la ropa sucia. La noticia se esparció como fuego. Periodistas de todo el mundo volaron hacia Bolivia. Fotógrafos se amontonaron en el pequeño lavadero para capturar la imagen del guerrillero muerto y lo que vieron los dejó sin palabras.
El che hacía con los ojos abiertos, mirando hacia algún punto del techo. Su barba estaba sucia y enmarañada, su ropa hecha girones, su cuerpo cubierto de heridas, pero había algo en su expresión que perturbaba a todos los que lo veían. No parecía un cadáver, parecía un hombre dormido soñando con revoluciones que nunca vería.
Un fotógrafo llamado Freddy Alborta fue uno de los primeros en llegar. Años después recordaría ese momento con escalofriante detalle. dijo que cuando vio el cuerpo del Che, pensó inmediatamente en las pinturas del renacimiento que mostraban a Cristo bajado de la cruz. Dijo que había algo sagrado en esa imagen, algo que trascendía la política y la guerra.
Los soldados posaron orgullosos junto al cadáver. Sonreían como cazadores exhibiendo un trofeo. No entendían que estaban creando las imágenes que convertirían al Che en leyenda. No entendían que cada fotografía, cada sonrisa victoriosa, cada gesto de desprecio solo alimentaría el mito que intentaban destruir durante 24 horas.
Los habitantes de Bely Grandy desfilaron frente al cuerpo campesinos, comerciantes, niños, ancianos. Algunos rezaban en silencio, otros le cortaban mechones de cabello para guardarlos como reliquias. Las monjas del hospital le lavaron el cuerpo y le peinaron la barba. Cuando terminaron, el Che parecía más un santo que un revolucionario.
Esa noche el ejército boliviano le cortó las manos al Che para poder identificarlo. Luego enterraron su cuerpo en una fosa común junto a otros guerrilleros en un lugar que juraron nunca revelar, pero los secretos tienen una forma de escapar. En 1997, un equipo de científicos cubanos y argentinos encontró los restos del Che cerca de Belligendi.
Sus huesos fueron llevados a Cuba, donde Fidel Castro organizó un funeral de estado. El Che fue enterrado en Santa Clara, la ciudad donde había ganado la batalla decisiva de la revolución cubana. Mario Terán, el hombre que apretó el gatillo. Vivió atormentado por los recuerdos durante décadas. En 2006, casi ciego por las cataratas, fue operado gratuitamente por médicos cubanos en Bolivia.
La ironía no escapó a nadie. Los herederos del Che le devolvieron la vista al hombre que lo había matado. Julia Cortés, la maestra que habló con el Che en sus últimas horas, se convirtió en una leyenda local. Hasta su muerte siguió contando la historia de esos ojos que la miraron como si pudieran ver el futuro. Y A Leida March, la viuda del Che, esperó 57 años para contar toda la verdad.
Cuando finalmente habló el mundo, entendió que la historia del cheegue vara no era solo la de un revolucionario. Era la historia de un hombre que amó demasiado sus ideales, que sacrificó todo por un sueño imposible y que encontró en la muerte la inmortalidad que la vida le había negado.
Porque al final el che tenía razón, solo mataron a un hombre. La idea siguió viviendo.