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La Virgen de Guadalupe se enfrentó a un hechicero… ¡y la Virgen venció

 

Yo siempre había escuchado esas historias con escepticismo, pero aquella vez algo dentro de mí se inquietó. Esa noche, frente al pequeño altar de mi casa parroquial, recé el rosario. Le pedí a la Virgen de Guadalupe que me mostrara si debía aceptar esa misión. Mientras rezaba el quinto misterio, una paz extraña me envolvió.

 Sentí como una voz interior que me decía, “No temas, hijo mío, ve, yo iré contigo.” Supe en ese instante que debía aceptar. Dos semanas después me encontraba preparando mi maleta. Llevaba lo esencial una Biblia, un rosario misotana y una pequeña imagen de la Virgen que había heredado de mi madre. Era una estampa enmarcada sencilla, pero muy especial.

Mi madre la había colocado en mi pecho el día de mi ordenación sacerdotal diciéndome, “Nunca la dejes, Gabriel. Ella te protegerá en los lugares donde los hombres no puedan hacerlo.” Antes de partir comenzaron a ocurrir cosas extrañas. La primera fue un sueño. Soñé que caminaba por un sendero de tierra roja con montañas cubiertas de neblina.

 En el sueño, un grupo de personas me observaba desde lejos. Entre ellos, un anciano con el rostro pintado de blanco me señalaba con un bastón tallado y me decía en una lengua que no entendía. Ella vendrá por ti, pero antes deberás ver la oscuridad. Me desperté sudando con el corazón agitado. Dos días después, una mujer anciana de mi parroquia, conocida por su fe profunda, vino a verme.

 Padre me dijo, “Anoche soñé con usted. Lo vi subiendo a una montaña con una cruz en la mano, pero detrás de usted caminaba una sombra muy grande.” Su voz temblaba. Le pregunté qué más había visto y ella respondió, “Solo recuerdo que la Virgen extendía su manto sobre usted como protegiéndolo del fuego.

 Aquella coincidencia me dejó pensativo. Yo no había contado a nadie mi sueño. El día de mi partida llegó. Tomé el autobús desde Chilpancingo hacia las montañas y luego una camioneta vieja que subía por caminos llenos de curvas y barrancos. A medida que avanzábamos, el paisaje cambiaba los árboles. Se volvían más altos el aire más frío y el silencio más profundo.

 A mi lado, un hombre del lugar me dijo con voz baja, “Padre, tenga cuidado. Por allá arriba hay cosas que no son de Dios.” Le pregunté qué quería decir, pero solo se santiguó y miró hacia el bosque. Al caer la tarde, llegamos a la comunidad. Era un pequeño caserío de unas 40 casas de adobe con techos de lámina oxidada. En el centro había una capilla humilde dedicada a San Miguel Arcángel.

 Los niños me recibieron con curiosidad los ancianos con respeto y los jóvenes con cierta desconfianza. El catequista del pueblo, un hombre llamado Domingo, me ayudó a instalarme en la casa parroquial, dos cuartos, una mesa, una cama vieja y una cruz de madera en la pared. Mientras me mostraba el lugar me dijo, “Padre, hay algo que debes saber.” Levanté la vista.

 En la comunidad de al lado vive un hombre llamado Nahuan. Dicen que puede hablar con los espíritus que sana y maldice con la misma facilidad. Algunos le temen, otros lo veneran. Un brujo pregunté. Domingo bajó la voz. Dicen que más que brujo es un clamatín y un sabio antiguo, pero últimamente algo ha cambiado en él.

 Habla de que los dioses viejos regresarán para expulsar al dios de los cristianos. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Esa noche, al acostarme, escuché tambores a lo lejos. No eran de fiesta, sino lentos, rítmicos, como un llamado. Me levanté, miré por la ventana. En la colina a lo lejos se veía una fogata que brillaba como un ojo encendido en la oscuridad.

 Y aunque no podía oír claramente, juraría que alguien pronunciaba mi nombre entre los ecos del viento. Me persigné, tomé mi rosario y murmuré, madre mía, cúbreme con tu manto. Pero algo en mi interior me decía que lo que había soñado estaba a punto de empezar. Los primeros días en la comunidad pasaron en una calma aparente.

 La gente era buena trabajadora, sencilla. Cultivaban maíz, frijol y café, y la mayoría no tenía más que lo necesario para vivir. Celebrábamos misa los domingos bajo el techo de lámina con el sonido del viento entrando por las rendijas y los niños corrían descalzos por el atrio. Pero a pesar de la sencillez del lugar, se respiraba algo extraño. Al principio no supe definirlo.

Era una sensación de vigilancia, como si los ojos del bosque nos observaran todo el tiempo. Las noches eran demasiado silenciosas y de vez en cuando desde los cerros llegaban ecos de tambores lejanos. Domingo el catequista me decía que eran rituales antiguos que la gente hacía para pedir lluvia o sanar enfermedades, pero su voz temblaba cuando lo decía.

Una tarde después de la misa se acercó una mujer joven con el rostro cubierto por un reboso. Traía un niño en brazos. “Padre, mi hijo no duerme”, me dijo. Desde hace tres noches grita. Dice que ve una sombra en el techo que le habla en una lengua que no entiende. Examiné al pequeño.

 No tenía fiebre, pero sus ojos se movían rápido como si aún viera algo invisible. “¿Ha consultado al médico del pueblo?”, pregunté. Ella negó con la cabeza. Fui con el señor Nawan. Me dio un polvo para espantar a los malos espíritus, pero desde que lo usé, el niño empeoró. Al oír ese nombre sentí una punzada en el pecho. Le pedí que me trajera el polvo.

Era una mezcla grisácea con un olor fuerte a hierbas y ceniza. “No lo use más”, le dije con firmeza. “Esta noche rezaré por su hijo y mañana iré a bendecir su casa.” La mujer asintió, pero en sus ojos había miedo, como si supiera que con esas palabras yo había cruzado una línea invisible. Esa noche, cuando fui a mi habitación, el aire estaba denso cargado.

 Afuera, los perros ladraban sin parar. Encendí una vela y tomé el rosario. Mientras rezaba, sentí de pronto un golpe seco en la pared, como si alguien hubiera lanzado una piedra. Salí con una linterna, pero no vi a nadie. Solo el viento movía las ramas. Y en el suelo encontré algo, una pequeña figura de barro con forma humana atravesada por una espina.

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