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Viuda Encuentra Una ESCLAVA Embarazada Durmiendo Debajo Del Gallinero — Y Descubre.. Entonces ella..

Viuda Encuentra Una ESCLAVA Embarazada Durmiendo Debajo Del Gallinero — Y Descubre.. Entonces ella..

 

El aguacero azotó al caer el crepúsculo del mismo modo en que irrumpen las visitas ingratas sin pedir permiso carente de modales, descargando sobre los suelos áridos de las llanuras de Veracruz toda el agua que el firmamento había retenido durante largas semanas. Inicialmente se percibió el aroma, lodo empapado, matorrales doblegados ante la fuerza del temporal y el humo de los leños que las ráfagas devolvían bruscamente al interior de los hogares.

Acto seguido irrumpió el estruendo. Aquel golpeteo incesante contra las tejas de arcilla, las gotas pesadas resbalando por los canales, la corriente trazando surcos profundos en el patio polvoriento de la hacienda. En veladas de tal magnitud, los antiguos dominios del difunto patrón don Alejandro Garza y Velasco daban la impresión de encogerse, cual si el universo entero se redujera a aquel minúsculo resplandor amarillento que emanaba de la ventana próxima a los viejos barracones, el rincón donde habitaba la mujer a quien todos en la

comarca nombraban simplemente como doña Rosario. No obstante, lo que ninguna persona intuía en aquella jornada lúgubre era que la tormenta no representaba un simple temporal. Se trataba del preludio de un relato que perduraría muchísimo más tiempo del que cualquiera de sus protagonistas habría logrado sospechar.

Doña Rosario contaba con 62 inviernos a cuestas, si bien nadie poseía la certeza absoluta, dado que las actas de bautismo resultaban inexistentes para individuos de su linaje y condición. había arribado a esos cañaverales apenas a los 12 años, proveniente de un lote humano que los mercaderes trasladaban desde el puerto y había consumido cinco décadas en ese pedazo de tierra.

Al principio, ejerciendo como esclava doméstica en la Casagrande, más adelante encargándose de los fogones, posteriormente como la partera más solicitada de la región. Y por último, tras el fallecimiento de don Alejandro y la carta de libertad otorgada por la heredera menor, una acción que la mitad del poblado tildó de caridad cristiana y la otra mitad de desquiciamiento, residiendo como ocupante libre de una modesta choosa de adobe erigida en los confines del latifundio, justo entre el criadero de aves y la inmensa seiva

centenaria. La heredera se deshizo de la hacienda [música] y partió rumbo a la ciudad de México, mientras que Rosario permaneció arraigada, pues al llegar a los 62 años, obtener la emancipación careciendo de tierra propia se asemeja bastante a padecer cautiverio sin grilletes. Se había convertido en dueña de su destino y se encontraba en la más absoluta desolación.

Jamás fue una mujer dada a la exageración. repudiaba los dramas teatrales y escatimaba en palabras superfluas. Más desde la jornada en que la postrera cautiva de la finca fue despachada hacia una hacienda en el sur bajo el mando del flamante propietario, el mutismo adquirió una densidad que ella no lograba descifrar. Consistía en el agobio del asiento yermo donde la anciana Jacinta acostumbraba reposar.

La pesadumbre del mortero inerte en una esquina, la carga de las anécdotas que se habían quedado sin oídos dispuestos a escuchar. Rosario había experimentado el sistema esclavista desde sus entrañas durante medio siglo. Había derramado lágrimas por fallecimientos, exilios y divisiones de parentelas que carecían siquiera de identidad en los libros contables.

había sanado marcas de azote utilizando remedios botánicos que le transmitió su abuela allá en el África occidental y asimiló por encima de toda lección que la misericordia es el único tesoro que jamás puede arrebatársele a un individuo sin su consentimiento explícito. Durante aquella lúgubre velada de tempestad violenta, cumplió con su rutina habitual.

avivó el fuego en el brasero de piedra, puesto que las llamas no solo sirven para coser alimentos, sino que reconfortan el espíritu. Y colocó el recipiente de hierro fundido encima, aquel que emitía silvidos semejantes a los de una criatura asustada cuando el líquido alcanzaba el punto de ebullición. rebanó una porción de tortillas de maíz viejo y las doró en el comal de la exacta manera en que doña Carmen, la experimentada cocinera que la instruyó en el arte culinario a los 14 años, lo ejecutaba en los días en que el aguacero recluía a los amos en la casa

grande y la penumbra aparentaba ser eterna. El aroma del café de olla se elevó potente, rústico, entrañable. Y justo en ese instante se hizo presente la melancolía, no el tormento que desgarra las entrañas, no aquel que obliga al individuo a alzar la mirada y clamar por los que yacen bajo tierra, sino la otra variante, la añoranza apacible que desciende como un manto tibio sobre los hombros del que aguarda junto a las brasas.

Rosario degustó el oscuro brevaje paulatinamente, acomodada frente al mueble de roble grueso que ella en persona se había encargado de pulir en tres ocasiones a lo largo de las décadas, [música] cada vez que el clima abrasador de la región agrietaba nuevamente la superficie. Su mente viajó hacia la figura de doña Carmen.

Meditó en la anciana Chabela, la sabia curandera que instruyó sus palmas para localizar la postura de la criatura desde el exterior del vientre materno. También rememoró a don Alejandro Garza y Velasco, quien pereció una mañana dominical de septiembre sin dignarse a solicitar clemencia por ninguno de sus pecados. Aunque Rosario continuaba refiriéndose a él con esa solemnidad que la supervivencia le había marcado a fuego, cual cicatriz imperceptible, Rosario salió airosa de incontables infortunios y conservaba el aliento necesario para discernir que subsistir

apenas no equivale a disfrutar del milagro de la vida. Previo a continuar, te invito a suscribirte a este espacio donde rescatamos del olvido las narrativas y las voces a las que jamás se les otorgó tribuna, más que atesoran el entendimiento de múltiples generaciones. Cada relato que compartimos es una llama encendida para combatir la desmemoria.

Inscríbete ahora mismo y sé cómplice de nuestra resistencia cultural. Justo entonces irrumpió el ruido, inicialmente camuflado entre el bramido del aguacero, casi mimetizado con el golpear contra las tejas, un cloqueo estridente cargado de angustia, muy distinto al murmullo habitual de las aves preparándose para el reposo nocturno.

Luego surgió otro, posteriormente un aleteo que carecía de la calma propia del animal que localizó su nido. Era el revoloteo desesperado del plumífero que intuye una anomalía letal rondando a ras de suelo. Rosario levantó la mirada y aguardó en suspenso. El sonido retornó, escoltado por un elemento adicional, un rasgueo grave, torpe, semejante al de un cuerpo resbalando en el lodo espeso.

Una punzada le oprimió el pecho en una cicatriz invisible, un rincón de su alma que conocía a la perfección. No consistía precisamente en pavor. Se trataba de esa premonición que las curanderas de las haciendas denominan aviso, un llamado carente de lógica humana, pero que atina con una precisión que desafía el raciocinio.

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