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Quito amanecía con la parsimonia característica de sus mañanas de enero. El cielo cargado de nubes bajas se extendía sobre los techos coloniales del centro histórico como una manta gris que prometía lluvia para el mediodía. Los vendedores ambulantes ya ocupaban sus puestos en la calle García Moreno. Los aromas del café pasado y los bolones de verde se mezclaban con el humo frío del amanecer andino, y los transeútes caminaban envueltos en chompas y bufandas, acostumbrados al frío perpetuo que la altitud de 2,50
m sobre el nivel del mar imponía sobre la ciudad. Susan Mora tenía 31 años, cabello castaño oscuro hasta los hombros, ojos expresivos que tendían a la melancolía incluso cuando sonreía, y una forma de caminar que delataba su origen provinciano, firme, pero sin la prisa ansiosa de los quiteños de nacimiento.
Había llegado a Quito 6 años atrás desde Loja, en el sur del país, con una maleta mediana, un título universitario en administración de empresas y la convicción de que la capital le ofrecería lo que su ciudad natal no podía, oportunidades, independencia y quizás un futuro diferente. Y en gran medida, Quito había cumplido esa promesa.
trabajaba como coordinadora administrativa en una empresa de importaciones ubicada en el sector de la Mariscal. tenía un departamento pequeño pero acogedor en el barrio de Iñaquito, algunas amigas cercanas y una rutina ordenada que, si bien no era emocionante, le daba una sensación de estabilidad que ella valoraba profundamente.
Lo que Quito no le había dado hasta ese enero de 2008 era amor. cambió en una noche de viernes en la que Carmita, su amiga y compañera de trabajo, la arrastró casi a la fuerza a una reunión en casa de unos conocidos en el barrio de Bellavista. Susan, te juro que si te quedas otro viernes en tu departamento viendo telenovelas, yo misma te llevo al médico.
Ven, no va a ser nada del otro mundo. Gente tranquila, música, algo de tomar. Te hace falta salir. Susane había protestado con razón y sin razón, pero al final se puso sus botas de cuero marrón, su blusa favorita color vino, y siguió a Carmita hacia la noche quiteña. La reunión era en un departamento amplio con vista parcial al panecillo.
Había unas 20 personas, música en volumen moderado, piscos sour circulando en bandejas improvisadas y conversaciones que se cruzaban en el aire tibio del salón. Susan no conocía a casi nadie y se había ubicado estratégicamente cerca de la ventana con su vaso en la mano, mirando las luces de la ciudad cuando escuchó una voz a su lado.
Dicen que si miras el panecillo desde aquí por suficiente tiempo, la ciudad te termina adoptando. Llevas mucho tiempo mirándolo. Era un hombre de aproximadamente 35 años, alto para el estándar ecuatoriano, con mandíbula marcada, una sonrisa que llegaba primero a los ojos y una seguridad en el cuerpo que no era arrogancia, sino algo más difícil de describir. Presencia.
Vestía con sencillez, pantalón oscuro y camisa azul marino, pero todo en él parecía calculadamente natural. Susan sonró antes de poder contenerse. Unos 10 minutos. Supongo que ya soy quiteña oficial. La hercio Vega, dijo él extendiendo la mano. Y tú definitivamente no eres de aquí. El acento te delata. Susan mora.
Y sí, soy de Loja. ¿Es tan obvio? No es obvio. Es interesante. Esa noche hablaron durante casi 3 horas. Laercio le contó que era consultor financiero independiente, que había vivido algunos años en Bogotá y en Lima por motivos de trabajo, que adoraba el fútbol, pero no el clásico del astillero, porque le parecía demasiado caótico y que tenía la costumbre de desayunar solo en cafeterías, porque decía que era el único momento del día en que podía pensar con claridad, tenía anécdotas precisas. opiniones bien formadas y una
habilidad natural para hacer preguntas que hacían sentir a la otra persona como si fuera lo más interesante del mundo. Cuando Carmita se acercó pasada la medianoche con cara de complicidad apenas disimulada, Susen ya tenía el número de lacio guardado en su teléfono y una cita para el sábado siguiente en la cafetería modelo, frente al parque elegido.
Manejando de regreso, Carmita no pudo contenerse. Y cuéntame todo, ¿quién es ese tipo? Se llama Laercio, es consultor financiero y y nada, Carmita, tomamos algo y conversamos. Susen, te brillaban los ojos. No me vengas con nada. Susan miró por la ventana del taxi las luces de la avenida Amazonas, pasando como destellos en la noche fría. era diferente.
Lo que siguió fueron cinco meses que Susin describiría más tarde en las declaraciones que daría a las autoridades como los más intensos de su vida adulta, aunque en ese momento los vivió simplemente como la felicidad que siempre había creído merecer, pero nunca había terminado de encontrar. Laercio era meticuloso en su cortejo, no exagerado, no abrumador, sino preciso.
recordaba detalles que ella mencionaba de pasada, que le gustaba el morocho con leche en las mañanas frías, que detestaba el cilantro, que su color favorito era el verde botella, que le daba miedo conducir en la ruta viva por la velocidad de los otros autos. Y esos detalles aparecían después, convertidos en gestos.
un morocho esperándola en su escritorio. Un martes lluvioso, un restaurante reservado donde el chef conocía sus preferencias, una ruta alternativa elegida sin que ella tuviera que pedirlo. Los primeros tres meses fueron de cortejo cauteloso. El cuarto mes, Laercio le propuso que salieran exclusivamente. El quinto mes, Susan le entregó una llave copia de su departamento.
No tienes que usarla si no quieres, dijo ella, algo nerviosa, mientras la dejaba sobre la mesa de la cocina. Es solo para que sepas que confío en ti. Laercio tomó la llave, la sostuvo un momento entre los dedos y la miró de una manera que ella no supo descifrar del todo, pero que interpretó como ternura.
Voy a cuidar muy bien de esta confianza. Susan, Carmita, que conocía a Susan mejor que nadie, la observaba con una mezcla de alegría genuina y un instinto que prefería callar para no arruinar la felicidad de su amiga. Había algo en lacio que no terminaba de asentarse en su mente, una cierta perfección en sus respuestas, una historia personal que sonaba completa, pero que nunca ofrecía demasiados nombres propios, demasiadas referencias verificables.
Pero Carmita callaba porque su san brillaba y a veces el amor de una amiga también significa guardar silencio. Lo que ninguna de las dos sabía en esos meses dorados de 2008 en los que Quito florecía a su alrededor, era que Laercio Vega no era exactamente quien decía ser, que el departamento al que llevaba a Susane los fines de semana en el sector de González Suárez no estaba a su nombre, que su teléfono tenía dos SIM cards, que los viajes de trabajo que realizaba cada tres o cuatro semanas no eran a las ciudades que mencionaba y
que en algún lugar de esa ciudad andina, fría y luminosa, había personas que sabían exactamente quién era Laercio y que estaban esperando el momento preciso. El viernes 18 de julio de 2008 fue, según todos los registros posteriores, la última noche completamente normal en la vida de Susanne Mora. Habían cenado en el restaurante Sasú en el sector de la floresta.
Una cena tranquila con vino tinto, seco de pollo para ella y lomo fino para él y una conversación que derivó hacia los planes de fin de año. Laercio había mencionado casi casualmente que pensaba en un viaje a Cuenca para diciembre. Siempre quise conocer Cuenca en diciembre. Me han dicho que los pases del niño son increíbles.
Son hermosos, confirmó Susan, que había crecido viendo procesiones similares en Loja. Mi mamá lloraría de felicidad si nos ve llegar juntos. Laercio sonrió, pero hubo algo brevísimo en esa sonrisa, un milisegundo de distancia que Susan no supo leer en ese momento. Entonces lo hacemos. La noche terminó bien. Regresaron al departamento de Susana.
Laercio se quedó a dormir como lo hacía habitualmente los viernes. Y a las 7 de la mañana del sábado 19 de julio, cuando el sol andino comenzaba a calentar las ventanas y el ruido del tráfico de la avenida Naciones Unidas empezaba a crecer, Laercio se levantó, se duchó, tomó su chaqueta y dijo que saldría a comprar pan y periódico.
¿Quieres que traiga morocho? preguntó desde la puerta. “Sí, por favor”, respondió Susan desde la cama, ya medio dormida de nuevo. Esa fue la última vez que lo vio. A las 10 de la mañana, cuando el pan y el morocho no habían llegado, Susan llamó a su celular. Entró directo al buzón de voz. Llamó nuevamente a las 11, al mediodía, a las 3 de la tarde.
Siempre el mismo buzón, siempre el mismo silencio. A las 6 de la tarde del sábado, Susane Mora se sentó en el borde de su cama con el teléfono en la mano, mirando la chaqueta vieja que Laercio había olvidado en la silla de la habitación y comprendió, con la certeza fría que produce el miedo real. que algo estaba muy mal.
La hercio Vega había desaparecido y con él todas las certezas que Susane creía tener sobre su propia vida. El domingo 20 de julio de 2008 amaneció con llovizna en Quito. Esa lluvia fina y persistente que los quiteños llaman garúa, que no empapa de golpe, sino que va calando lentamente, que moja sin avisar y enfría sin dramatismo. Susan la observó desde la ventana de su cocina con el morocho que ella misma había preparado enfriándose sobre la mesada. sin haberle dado un solo sorbo.
No había dormido o había dormido en intervalos cortos, sacudidos por ese estado de alerta que produce la angustia genuina, distinto al insomnio ordinario. Había llamado al celular de Aercio 16 veces entre el sábado por la tarde y la madrugada del domingo. Buzón de voz en cada intento.
había enviado 12 mensajes de texto, desde los tranquilos hasta los desesperados, pasando por los que intentaban sonar casual para no parecer exagerada. Ninguna respuesta. A las 9 de la mañana llamó a Carmita. ¿Qué pasó? ¿Estás llorando? No, bueno, un poco. Carmita Laercio desapareció. Hubo una pausa breve al otro lado de la línea.
¿Cómo que desapareció? Salió ayer en la mañana a comprar pan y no volvió. No contesta el teléfono. No sé nada de él. Susan a lo mejor tuvo alguna emergencia y no pudo avisarte. ¿Tienes el número de algún familiar suyo? Y ahí fue cuando Susan se detuvo. Buscó en su mente con una urgencia que empezaba a parecerse al pánico.
Nombres de familiares de la Aercio. Un hermano había mencionado una vez en Guayaquil una madre en algún lugar de la sierra. Pero números, apellidos completos, alguna dirección. No tengo ningún número de su familia. El silencio de Carmita al otro lado duró apenas dos segundos, pero Susan lo sintió como una sentencia.
Voy para allá. Carmita llegó 40 minutos después con una bolsa de pan de yema de la panadería del barrio y una expresión en el rostro que mezclaba preocupación genuina con algo que prefirió no nombrar en voz alta. Se sentaron en la sala y mientras Susin hablaba, Carmita escuchaba y tomaba mentalmente notas de todo lo que en retrospectiva debería haberles llamado la atención antes.
Y el departamento de González Suárez, ¿tienes la dirección exacta? Sí, la tengo, pero no tengo llave. Nunca me dio una. nunca te dio una llave de su propio departamento. Susan bajó los ojos. Me decía que era alquilado y que el contrato no permitía duplicados. Carmita asintió muy despacio con la cautela de quien intenta no derrumbar a alguien que ya está al borde.
Y de su trabajo, ¿tienes el nombre de la empresa o algún contacto? Era consultor independiente. Trabajaba desde casa o desde los lugares donde tenía reuniones. Nunca tuve un número de oficina. ¿Y sus amigos? ¿Conociste a alguien cercano a él? Susan pensó. había conocido a dos personas en contextos sociales. Un tal Marco presentado como colega en una reunión de negocios a la que ella había asistido con lacio en febrero y una mujer llamada Patricia, descrita como una amiga de la universidad.
Pero esos encuentros habían sido breves, sin intercambio de teléfonos, sin continuidad. Carmita, ¿por qué estás haciendo esas preguntas? Carmita dejó su taza de café sobre la mesa con cuidado exagerado, como si necesitara ese gesto para ganar unos segundos. Porque me doy cuenta mientras me cuentas de que sabemos muy poco de él.
Tú sabes muy poco de él y eso me preocupa. El lunes 21 de julio, Susin faltó al trabajo por primera vez en años. llamó a su jefa con una explicación vaga sobre una emergencia personal y pasó la mañana intentando reorganizar lo que sabía sobre lacio, tratando de construir un mapa coherente de su vida que al examinarlo de cerca tenía demasiados espacios en blanco.
Al mediodía decidió ir al departamento de González Suárez. Era un edificio moderno de ocho pisos en una calle tranquila con vista parcial al valle de Cumbayá. El portero, un hombre mayor de nombre Augusto, la reconoció de haberla visto varias veces acompañando a la ercio. “Señorita, buenos días. ¿Busca al señor del 4B?” “Sí sabe si está.
” El portero frunció el ceño con una expresión que Susan no supo interpretar de inmediato. El señor del 4B desocupó el departamento el sábado en la mañana. Se fue con dos maletas. Me dijo que el contrato terminaba ese día. Susan sintió que el suelo bajo sus botas perdía 1 mmro de solidez. Se fue que el sábado, sábado temprano, sí, como a las 8 de la mañana.
entregó las llaves a la administración y sabe cómo contactar a la administradora del edificio portero le dio un número. La administradora, una señora llamada Dolores, confirmó lo que Susan ya intuía con horror creciente. El contrato de arrendamiento del 4B estaba a nombre de un tal Rodrigo Cisneros, no de ningún Laercio Vega.
El inquilino había pagado siempre en efectivo, había sido puntual en los pagos durante 8 meses y había devuelto el departamento en perfectas condiciones el sábado 19 de julio de 2008 a las 8:15 de la mañana, es decir, aproximadamente una hora después de haber salido del departamento de Susin con el pretexto de comprar pan, caminando de vuelta hacia la parada del trole En la avenida 10 de agosto, con el frío de julio golpeándole el rostro y los pulmones, Susan comprendió que no sabía absolutamente nada sobre el hombre al que había amado durante los últimos 7
meses. No su nombre real, no su historia real, no su trabajo real, absolutamente nada. Esa misma tarde, Susan fue a la Fiscalía General del Estado en el centro de Quito. La recibió un funcionario joven de nombre Fabricio, que escuchó su relato con atención creciente y con la expresión de alguien que está escuchando algo más complejo de lo que esperaba en esa hora de la tarde.
Señorita Mora, para interponer una denuncia por desaparición, necesitamos que la persona lleve al menos 72 horas sin contacto, pero lo que usted describe va más allá de una desaparición voluntaria. Hay posibles elementos de fraude, identidad falsa, engaño sostenido. Entonces, ¿qué hago? Vamos a abrir una investigación preliminar.
Necesito que me cuente todo lo que sabe sobre esta persona. Descripción física, lugares que frecuentaba, cualquier documento que haya visto, cualquier nombre mencionado. Susan habló durante casi dos horas. Fabricio escribía y a ratos se detenía para hacer preguntas de precisión. Al final le entregó un número de radicación y le dijo que un investigador se pondría en contacto con ella en los próximos días.
Al salir a la calle, el sol de la tarde quiteña ya se había ido y la temperatura había bajado otros 3 grados. Susan se quedó parada en la vereda frente a la fiscalía, mirando el tráfico denso de la calle Piedraita, con el número de erradicación doblado en su cartera y una certeza nueva y aterradora instalada en el centro de su pecho. Lacio o quien fuera que se llamara realmente no había desaparecido por accidente.
No era una emergencia, no era un malentendido, no era ninguna de las historias tranquilizadoras que la mente construye para no enfrentarse a la verdad. Había planeado irse, había preparado cada detalle y la había dejado atrás con la misma deliberación con que se abandona algo que ya no sirve. Pero lo que Susane no sabía todavía, lo que descubriría en los días y semanas siguientes era que Laercio no había desaparecido simplemente para escapar de ella.
había desaparecido porque alguien más lo estaba buscando. Y ese alguien era mucho más peligroso que una mujer con el corazón roto en las calles de Quito. El miércoles 23 de julio, tres días después de la denuncia, Susan recibió una llamada de un número desconocido a media mañana. Señorita Susan Mora. Sí, ella habla. Le habla el subinspector Héctor Montoya de la Unidad de Delitos Financieros de la Policía Judicial. Estoy a cargo de su caso.
Podría venir a nuestra oficina esta tarde. La unidad de delitos financieros operaba desde un edificio discreto en el sector de Villaflora, al sur de Quito. Montoya era un hombre de unos 45 años, cabello entreco, lentes de armazón gruesa y una forma de moverse pausada que contrastaba con la velocidad de su análisis.
Cuando Susane llegó, él ya tenía una carpeta sobre el escritorio. Señorita Mora, le voy a decir algo que va a ser difícil de escuchar y le pido que lo reciba con calma porque necesito que esté lúcida para lo que viene. La persona que usted conoció como Laercio Vega es investigada por esta unidad desde hace aproximadamente 4 meses por presunta participación en una red de fraudes financieros que opera entre Ecuador, Colombia y Perú.
Susan lo miró fijamente. Montoya continuó. No tenemos certeza sobre su identidad real. El nombre Laercio Vega aparece en documentos, pero creemos que es uno de al menos tres nombres que utiliza. Lo que sí sabemos es que esta persona tiene una metodología específica. Establece relaciones personales cercanas con mujeres en posiciones administrativas o financieras.
gana su confianza durante meses y luego las utiliza con o sin su conocimiento para facilitar movimientos de dinero o acceso a información empresarial. El silencio que siguió duró varios segundos. Está diciendo que me usó. Estoy diciendo que es una posibilidad que debemos investigar. Por eso necesito que me cuente con el mayor detalle posible todo lo que vivió con esta persona.
Cualquier detalle, por pequeño que parezca, puede ser relevante. Susan pensó en los meses anteriores con una atención nueva y dolorosa, como quien revisa una fotografía que creía conocer y descubre de pronto una figura en el fondo que siempre estuvo ahí, pero que nunca vio. Durante la siguiente hora, Susane habló y Montoya escuchó, interrumpiendo solo para pedir precisiones.
Y mientras hablaba, ella misma fue descubriendo lo que no había querido ver. Laercio nunca había mencionado apellidos concretos en sus historias familiares. Cuando ella había preguntado por su hermano de Guayaquil, él había respondido con una anécdota graciosa que desviaba la conversación sin responder realmente.
Sus viajes de trabajo ocurrían siempre en fechas específicas, cada tres o cuatro semanas, y duraban entre dos y 4 días. Pagaba siempre en efectivo, incluso en restaurantes caros. Nunca había dejado que Susin le enviara nada a su correo electrónico. Siempre prefería que ella le reenviara información en papel o que se la leyera por teléfono.
¿Usted trabaja en una empresa de importaciones?, preguntó Montoya. Sí, en Importadora Andina. Soy coordinadora administrativa. Maneja información sobre proveedores, transferencias, cuentas bancarias de la empresa. Tengo acceso a cierta información. Sí, parte de mi trabajo es coordinar pagos a proveedores internacionales.
Montoya anotó algo en su libreta. Alguna vez Laercio le hizo preguntas sobre su trabajo, sobre proveedores específicos, montos, procedimientos de pago. Susan abrió la boca para decir que no y se detuvo, porque de pronto recordó una conversación en febrero durante una cena en su departamento en la que Laercio había preguntado con aparente curiosidad casual cómo funcionaba el proceso de validación de proveedores extranjeros en su empresa.
Ella lo había explicado con detalle, pensando que era simple conversación, que él tenía interés genuino en su trabajo. Una vez, en febrero me preguntó cómo validábamos a los proveedores internacionales y usted le explicó, “Sí, con todo detalle. El subinspector Montoya la miró con una expresión que no era juicio, sino algo parecido a la compasión profesional de quien ha visto este momento muchas veces.
Señorita Mora, quiero que sepa que usted no hizo nada malo. Esta persona es un profesional de la manipulación, pero sí voy a necesitar que coopere completamente con nuestra investigación y también que informe a su empresa sobre esta situación. Esa noche Susan le contó todo a Carmita sentadas en la cocina del departamento de Iñaquito con una infusión de manzanilla que ninguna de las dos estaba realmente tomando.
Carmita, ¿alguna vez notaste algo raro en él? Algo que en ese momento no te pareció importante, pero que ahora Carmita se quedó en silencio un momento mirando la taza entre sus manos. Sí, una vez. ¿Cuándo? En marzo, en la fiesta de cumpleaños de Rosario en la oficina. Lacio fue contigo, ¿te acuerdas? En un momento yo estaba en el pasillo y vi que él sacaba el teléfono, pero no era el teléfono que siempre usaba, era otro más viejo de esos básicos.
Guardó la llamada en cuanto me vio. ¿Por qué no me dijiste nada? Carmita la miró con una honestidad que dolía. Porque estabas tan feliz, Susin, y yo pensé que estaba exagerando, que era celos o desconfianza sin fundamento. No quería ser la amiga que arruina algo bueno. No me arruinabas nada. Me hubieras ayudado a ver antes.
Lo sé y lo voy a cargar mucho tiempo. Susane extendió la mano y apretóla de Carmita sobre la mesa. No lo cargues. Él era muy bueno en lo que hacía. Nos engañó a las dos. Esa noche, sola en su cama, Susane revisó mentalmente cada momento de los siete meses anteriores con una atención que era al mismo tiempo dolor y necesidad.

Buscaba grietas, señales, cualquier instante en que la máscara hubiera fallado, aunque fuera un segundo, y las encontraba pequeñas, dispersas, perfectamente disimuladas entre momentos de genuine calidez que ahora no sabía cómo clasificar. ¿Había algo real en la Ecio o todo había sido actuación desde el primer momento? Esa pregunta no la abandonaría en mucho tiempo.
Lo que sí sabía mientras la garúa quiteña volvía a golpear suavemente contra su ventana en la noche del miércoles era que la investigación apenas comenzaba y que el hombre que conoció como Laercio Vega fuera quien fuera realmente había dejado un rastro. Porque los hombres que construyen vidas falsas siempre lo hacen y los rastros con suficiente paciencia siempre se encuentran.
El jueves 24 de julio, Susan se presentó a trabajar por primera vez desde el lunes. Necesitaba hablar con su jefa, la señora Margarita Aguirre, directora administrativa de Importadora Andina, antes de que la investigación de Montoya llegara a la empresa por canales oficiales. La conversación fue una de las más difíciles de su vida profesional.
Margarita Aguirre era una mujer de 52 años, eficiente y directa, con poca paciencia para las complicaciones, pero una justicia interna que Susane había aprendido a respetar en 6 años de trabajo conjunto. Escuchó el relato completo, sin interrumpir, con las manos cruzadas sobre el escritorio y la expresión progresivamente más seria.
Cuando Susan terminó, hubo un silencio de varios segundos. ¿Alguna vez le facilitaste acceso a nuestros sistemas, usuarios, contraseñas, información de cuentas? No, nunca. Lo que le conté fue en conversación de manera general, sin documentos ni accesos, pero le explicaste el procedimiento de validación de proveedores internacionales.
Sí, Margarita. cerró los ojos brevemente. Susin, voy a tener que informar al área legal y al departamento de seguridad informática. Necesitamos hacer una auditoría preventiva de todas las operaciones de los últimos 8 meses para verificar que no haya habido ninguna irregularidad. Lo entiendo completamente y lo apoyo.
Esto no es un cuestionamiento a tu integridad. Confío en ti. Pero tenemos una responsabilidad con la empresa y con nuestros clientes. Lo sé, Margarita. Por eso vine a contarte antes de que llegara alguien más. La directora la miró un momento con algo que era a la vez apreciación y tristeza. Eso dice mucho de ti.
Tómate el día si lo necesitas. No, prefiero trabajar. Necesito tener la cabeza ocupada. La auditoría que comenzó esa semana reveló 10 días después algo que los auditores calificaron como una anomalía de baja magnitud. pero de alta sofisticación. En el mes de marzo, un proveedor registrado de Colombia llamado comercializadora del Pacífico SAS, validado correctamente según el procedimiento estándar, había recibido una transferencia por concepto de anticipo de importación de maquinaria.
La maquinaria nunca llegó. El proveedor, al ser contactado, no tenía registro del pedido y la empresa fantasma detrás de comercializadora del Pacífico, llevaba a una dirección en Bogotá que resultó ser un local de fotocopias. El monto $2000. Susan no había sido quien autorizó la transferencia. Eso había sido competencia de otro departamento, pero el procedimiento de validación que ella había explicado detalladamente en aquella cena de febrero era exactamente el que los estafadores habían seguido para que la empresa falsa pasara todos los filtros.
El subinspector Montoya la llamó el martes 29 de julio con voz más activa que en los encuentros anteriores. Tuvimos un avance importante. Hemos identificado al menos una identidad adicional utilizada por la persona que usted conoció como Laercio Vega. En Colombia aparece documentado como Rodrigo Cisneros, el mismo nombre del contrato de arrendamiento, y hay registros de una investigación abierta en Lima bajo el nombre de Armando Salcedo, por hechos similares a los que usted describe.
¿Cuál es su nombre real? No lo sabemos todavía. Estamos trabajando con Interpol y con las unidades equivalentes en Colombia y Perú. Lo que sí podemos decirle es que esta persona lleva operando de manera documentada, al menos desde 2005, siempre con el mismo método, relaciones personales como puerta de acceso a información corporativa.
¿Y dónde está ahora? Eso es lo que estamos tratando de determinar. Hay indicios de que cruzó la frontera hacia Colombia el mismo sábado que desapareció, pero no hay confirmación. ¿Hay algún riesgo para mí? Montoya hizo una pausa breve, pero perceptible. No creemos que usted sea un objetivo directo, pero sí le recomiendo precaución.
Si recibe cualquier contacto de esta persona o de alguien que pueda estar relacionado con ella, comuníquese con nosotros de inmediato. No responda, no confronte, solo avísenos. Esa misma tarde, Susan encontró en el buzón de su edificio un sobre sin remitente. Adentro, una hoja en blanco doblada en cuatro y dentro de la hoja, una tarjeta de presentación con un número de teléfono y cuatro palabras escritas a mano. No sigas buscando peligro.
Susan llamó a Montoya de inmediato. Él llegó en 20 minutos con un técnico de la unidad que tomó el sobre y su contenido como evidencia. Le hicieron preguntas durante una hora. ¿Reconocía la letra? No. ¿Había visto a alguien en el edificio que no fuera habitual? No. Alguien le había hecho preguntas inusuales en los últimos días.
No, esa noche Carmita llegó con una maleta pequeña. Me quedo contigo unos días, no discutas, Carmita. Susan, alguien te dejó una nota en tu buzón. No te voy a dejar sola. No discutas. Susan no discutió. Acostadas en la oscuridad del cuarto, con el ruido lejano de la ciudad filtrándose por las ventanas cerradas, Carmita habló con voz baja.
¿Crees que fue él quien dejó el sobre? No lo sé. Montoya dice que puede ser alguien más dentro de la red, alguien que no quiere que la investigación continúe. Vas a seguir cooperando con la policía. Susan tardó unos segundos en responder. Sí, aunque sea peligroso, porque es peligroso. Si paro ahora, él gana y otras mujeres van a pasar por lo mismo.
Carmita no respondió, pero en la oscuridad apretó la mano de Susin una vez. Afuera, la ciudad de Quito continuaba su noche habitual. indiferente y enorme, con sus luces dispersas entre los valles y las colinas, con sus calles de piedra en el centro histórico y sus avenidas modernas en el norte, con sus millones de historias transcurriendo simultáneamente, la mayor parte de ellas invisibles para todos, menos para quienes las vivían.
Y en algún lugar de esa ciudad o más allá de ella, el hombre que Susan había amado con nombre falso continuaba su vida con identidad nueva, con la misma sonrisa, con la misma habilidad para hacer sentir a alguien que era la persona más importante del mundo hasta que la siguiente trampa estuviera lista.
Agosto llegó a Quito con días más despejados y noches más frías. La investigación llevaba ya dos semanas y media y Susin había entrado en una especie de rutina paralela, trabajo en la mañana, reuniones con Montoya o con el equipo legal de su empresa dos o tres veces por semana y las noches en su departamento con Carmita, que había extendido su estadía sin que nadie lo discutiera.
El martes 5 de agosto, Montoya la llamó con una novedad. Tenemos un testigo, una mujer en Guayaquil que pasó por una situación similar a la suya con la misma persona hace aproximadamente dos años. Se llama Andrea Paredes. Está dispuesta a hablar con usted si usted quiere. Quiero.
La llamada con Andrea Paredes ocurrió esa misma tarde por teléfono. Andrea tenía una voz tranquila y algo cansada, como la de alguien que haces un dolor durante mucho tiempo y ya no le queda energía para la indignación, solo para los hechos. A mí me lo presentaron como Mateo Rivas, trabajaba en importaciones. Yo en ese entonces era asistente contable en una naviera. Estuvimos juntos 9 meses.
Después descubrí que la empresa donde yo trabajaba había sido víctima de una estafa, un proveedor falso, una transferencia grande que nunca se recuperó. A mí me investigaron internamente, me costó el trabajo. Pudiste demostrar que no eras cómplice. Sí, eventualmente, pero tardé un año y medio y nadie me devolvió ese tiempo ni esa reputación.
¿Lo denunciaste? Sí, pero para entonces ya no había rastro de Mateo Rivas en ningún lado y la policía tenía poco con qué trabajar. Ahora me dicen que lo que tú tienes es mucho más sólido y me alegra que sigas adelante. ¿Cómo estás tú ahora? Hubo una pausa corta. Mejor tardé en confiar de nuevo en mí misma, sobre todo, porque eso es lo que más cuesta, Susan, no confiar en otra persona, sino volver a confiar en tu propio criterio, en que puedes leer bien a las personas, en que no eres tonta y pudiste, sí, pero me tomó tiempo y está
bien que tome tiempo. El miércoles 20 de agosto, el subinspector Montoya la citó en su oficina con más urgencia que de costumbre. Cuando Susan llegó, había otra persona en la sala, una mujer de unos 40 años, traje formal, credencial de Interpol, que Susana alcanzó a leer como agente de enlace Oficina Bogotá. Señorita Mora, le presento a la agente Villarreal.
Trabajamos junto con la unidad colombiana y creemos que hemos identificado la identidad real de la persona que usted conoció. Montoya puso una fotografía sobre el escritorio. Era una foto de calidad moderada, tomada con cámara de vigilancia, pero el rostro era inconfundible, laercio, con traje diferente en lo que parecía una ciudad más cálida, pero él se llama, según los documentos colombianos, que son los que tienen mayor trayectoria de registro, Mauricio Estrada Parra. Nació en Cali en 1971.
Tiene antecedentes por fraude en Colombia desde 2003. En 2005 salió del país y desde entonces opera de manera itinerante en Ecuador, Perú y Venezuela, adoptando identidades diferentes en cada país. Susanne miró la foto durante un largo momento. ¿Dónde está ahora? Fue detenido el 14 de agosto en Cúcuta, Colombia.
cerca de la frontera con Venezuela. Estaba en proceso de establecer una nueva identidad. Los colegas colombianos lo tienen en custodia y están coordinando con nosotros los cargos relacionados con los hechos en Ecuador. ¿Vas a ver juicio? Sí. Y su testimonio, señorita Mora, junto con el de Andrea Paredes y otras dos mujeres identificadas en Perú va a ser fundamental.
La agente Villarreal habló por primera vez con un acento bogotano preciso. Quiero que sepa, señorita Mora, que lo que hizo al denunciar y al cooperar activamente con la investigación fue lo que permitió que tuviéramos suficiente información para coordinar la captura. Sin su denuncia, este caso seguía fragmentado entre tres países sin línea común.
Susan asintió despacio, no sintió euforia, no sintió la satisfacción cinematográfica que imaginó que sentiría cuando llegara este momento. Sintió algo más complejo y más honesto, un alivio profundo, mezclado con una tristeza que no era por lacio o Mauricio o quien fuera. sino por los meses que había vivido dentro de una mentira sin saberlo, por la versión de sí misma que había existido en esa mentira y que ya no podía recuperar exactamente igual.
Pero también debajo de todo eso, algo parecido a la fortaleza. Las últimas semanas del invierno quiteño transcurrieron con la lentitud calmada de las cosas que comienzan a sanar. Susan prestó declaración formal ante la fiscalía el 2 de septiembre. El proceso judicial contra Mauricio Estrada Parra avanzó por los canales legales de dos países con una lentitud burocrática que la frustró, pero que aprendió a aceptar como parte de la realidad de los sistemas judiciales.
La auditoría en Importadora Andina concluyó sin señalar responsabilidad directa de Susan San. Y Margarita Aguirre la llamó a su oficina para decírselo con una formalidad que Susan lo sabía. Era también su manera de pedir disculpas sin palabras por haberla hecho pasar por ese proceso. Los auditores confirmaron que no hubo negligencia de tu parte.
El procedimiento se siguió correctamente. El fraude fue posible porque el sistema tenía una vulnerabilidad que nadie había identificado. Ya fue corregida. Me alegra saberlo, Susann. Quiero preguntarte algo personal y puedes no responder. Adelante. ¿Estás bien? Susan consideró la pregunta con honestidad, como le estaba costando aprender a hacer.
Estoy mejor que hace dos meses. No estoy bien del todo. Creo que voy a estar bien, pero todavía no. Margarita asintió. Eso es suficiente. En la tarde del viernes 12 de septiembre, Susan y Carmita caminaron por el centro histórico, como lo hacían a veces los fines de semana, sin destino particular, dejando que las calles de piedra y las fachadas coloniales las llevaran de una plaza a otra.
Pararon en un café pequeño en la calle en la ronda. Pidieron dos morochos y se sentaron en una mesa junto a la ventana. ¿Cómo te sientes hoy? Preguntó Carmita. Extraño. Hoy me di cuenta de que llevaba una semana entera sin pensar en él en lo primero de la mañana. Antes era lo primero. Apenas abría los ojos. Hoy me levanté, preparé el desayuno, escuché las noticias.
Y solo lo pensé cuando vi su foto en un documento que me llegó por correo. ¿Y qué sentiste? Nada muy grande, solo cansancio. Como cuando ves una película que ya viste muchas veces y ya no te produce lo mismo. Garmita sonríó con la calidez reservada para los momentos en que alguien querido da señales de que va a estar bien.
Eso es progreso. Sí, creo que sí. Afuera. La ronda continuaba su tarde de septiembre. Niños corriendo, un músico callejero con una guitarra desafinada que tocaba algo que vagamente recordaba un pasillo, el olor a humitas recién hechas desde una ventana cercana, el cielo de Quito con sus nubes características moviéndose sobre los andes con la lentitud majestuosa de quien tiene todo el tiempo del mundo.
Susan Mora miraba esa calle que era suya. esa ciudad que la había adoptado en la peor versión de sus circunstancias y que seguía ahí indiferente y fiel al mismo tiempo. Y pensó que quizás eso era también lo que significaba seguir adelante. no la ausencia del dolor, sino la capacidad de sentarse con él en una mesa junto a la ventana, tomarse un morocho, mirar la calle y saber, con una certeza que ya no dependía de nadie más, que la vida seguía siendo suya, completamente suya.
El caso de Mauricio Estradaparra fue juzgado en Colombia en 2010 con extradición parcial de cargos a Ecuador. Recibió condena por fraude agravado, uso de identidades falsas y asociación ilícita. Las cuatro mujeres que testificaron en su contra nunca se conocieron en persona, pero su testimonio conjunto fue lo que cerró la red.
Susan Mora continuó trabajando en Importadora Andina durante 3 años más, hasta que en 2011 fundó su propia pequeña empresa de asesoría administrativa en Quito. Carmita fue su primera empleada. El amor que Susane sintió durante esos 7 meses nunca fue real. Pero la mujer que emergió del otro lado de esa mentira sí lo fue completamente.
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