El agua dejó de llegar a San Jerónimo un martes a las 6 de la mañana. Las mujeres que se levantaron a llenar sus cubetas antes de que saliera el sol abrieron la llave del grifo comunitario y no salió nada, ni un chorro, ni un hilo, nada. La llave tosió aire seco y se quedó muda. Y las mujeres que llevaban toda la vida dependiendo de ese grifo que se alimentaba del acueducto colonial que cruza el valle desde hace 300 años, miraron la tubería oxidada con la misma expresión con la que miras a alguien que siempre estuvo ahí y de pronto
desaparece. El acueducto de San Jerónimo fue construido entre 1718 y 1734 por frailes agustinos que necesitaban llevar agua desde un manantial en la sierra hasta su convento y las huertas que lo rodeaban. Es una obra de ingeniería hidráulica colonial de casi 4 km de longitud. una sucesión de arcos de cantera y tramos subterráneos que bajan el agua por gravedad desde la sierra hasta el valle, siguiendo la pendiente natural del terreno.
Durante 300 años, ese acueducto llevó agua a las comunidades del valle. Agua limpia, fría, de manantial de sierra, agua que las abuelas de San Jerónimo recuerdan haber bebido de niñas directamente del caño, con las manos juntas como cuenco, con el sabor mineral que tiene el agua que ha viajado por cantera durante 4 km. El agua dejó de llegar porque alguien bloqueó el acueducto.
Alguien metió algo dentro del canal subterráneo que impedía que el agua pasara. Y ese alguien era el cártel Jalisco Nueva Generación, que durante los últimos 14 meses había estado usando los tramos subterráneos del acueducto colonial como base de operaciones, como almacén, como ruta de transporte y como escondite para 67 combatientes armados que vivían dentro de los túneles de 300 años como ratas en una madriguera de cantera.
67 personas viviendo dentro de un acueducto del siglo XVII. En Michoacán, en el estado donde los cárteles llevan dos décadas peleando una guerra que ha convertido pueblos enteros en cementerios y sierras enteras en territorios sin ley. En el estado donde la palabra crisis dejó de ser noticia hace tanto tiempo que ya nadie la usa porque se quedó corta.
Michoacán, el estado que despierta en crisis cada mañana desde hace 20 años y que cada noche se acuesta preguntándose si mañana va a ser peor. El acueducto tiene dos secciones. Sección elevada, los arcos de cantera que cruzan el valle a una altura de entre 5 y 12 m sobre el suelo, visibles desde la carretera, fotografiados por turistas, catalogados por el INA como monumento histórico y la sección subterránea, los tramos donde el acueducto pasa por debajo de cerros y lomas, excavado en la roca o construido con bóveda de cantera, con una sección
transversal de aproximadamente metro y medio de ancho por 2 m de alto. Suficiente para que una persona camine agachada, suficiente para que el agua corra por el canal central, mientras a los lados quedan banquetas de piedra de unos 40 cm que los constructores originales usaban para caminar dentro del acueducto cuando necesitaban hacer mantenimiento o limpiar obstrucciones.
Estas banquetas de piedra de 40 cm diseñadas para que un fraile agustino caminara encorbado con una lámpara de aceite revisando el flujo del agua, ahora tenían colchonetas enrolladas, mochilas de camuflaje y rifles de asalto recargados contra la pared de cantera húmeda. Quiero hablar del acueducto como estructura antes de hablar de lo que el CJNG hizo con él.
Porque entender la ingeniería colonial es entender la ventaja militar que los túneles representan. Los frailes agustinos que construyeron el acueducto resolvieron un problema de ingeniería que sigue impresionando a los hidrólogos modernos. El manantial de la Sierra está a 340 m de altitud. El valle donde se encuentra el convento está a 290 m, 50 m de desnivel en 4 km de distancia, una pendiente de poco más del 1%.
Suficiente para que el agua fluya por gravedad, pero insuficiente para que fluya con fuerza. Los frailes calcularon la pendiente con una precisión que requiere instrumentos que en 1718 eran rudimentarios, niveles de agua, plomadas y una paciencia geométrica que hoy resolvería un software en segundos, pero que entonces requería meses de mediciones sobre el terreno.
El resultado fue un canal que mantuvo un flujo constante de agua durante 300 años sin bombas, sin electricidad, sin ningún tipo de energía que no fuera la gravedad. El agua entra por el extremo del manantial, recorre los 4 km de canal bajando centímetro a centímetro y sale por el otro extremo con la misma constancia con la que entraba hace tres siglos.
Los tramos elevados, los arcos de cantera cruzan los valles y las cañadas donde el terreno baja demasiado. Los tramos subterráneos atraviesan los cerros donde el terreno sube y la alternancia entre arcos y túneles sigue el perfil del terreno con una fidelidad que demuestra que los frailes conocían la topografía del valle con una intimidad que solo da caminarla 100 veces con una plomada en la mano.
Los tramos subterráneos suman aproximadamente 10000 m. 100 m de túnel de cantera a una profundidad de entre 3 y 15 m bajo la superficie, dependiendo de la altura del cerro que atraviesan. Cuatro tramos principales, uno de 400 m, uno de 350, uno de 280 y uno de 170. Cada tramo tiene una entrada y una salida, los puntos donde el canal pasa de subterráneo a elevado o viceversa.
Y cada entrada tiene una reja de hierro que el INAC instaló hace décadas. para evitar que la gente entrara a los túneles y se hiciera daño. Las rejas de Lina fueron cortadas con cizaya, cada una, las cuatro rejas de las cuatro entradas de los cuatro tramos subterráneos cortadas limpiamente y retiradas para dar acceso libre a los túneles.
El CJNG entró a los túneles del acueducto colonial, como entró al convento de Oaxaca, al cementerio de Puebla, a cada estructura histórica abandonada que ha ocupado, cortando el candado, abriendo la puerta y entrando como si fuera suyo. Quiero hablar de cómo se descubrió la base porque la cadena de eventos empieza con las mujeres del grifo seco.
Cuando el agua dejó de llegar a San Jerónimo, las mujeres del pueblo hicieron lo que hacen las mujeres de los pueblos de Michoacán cuando algo deja de funcionar. Fueron a ver qué pasaba. Un grupo de cuatro mujeres subió por el camino que bordea el acueducto hacia la sierra para buscar la obstrucción. Caminaron 1 kilómetro siguiendo los arcos de cantera que cruzan el valle.
Llegaron al punto donde el acueducto entra en el primer tramo subterráneo y vieron la reja cortada. La mujer que iba al frente del grupo se detuvo, miró la reja cortada, miró la oscuridad del túnel detrás de la reja y dio un paso atrás. Porque en Michoacán, una reja cortada en un lugar aislado de la sierra significa una sola cosa y esa cosa no tiene que ver con el mantenimiento hidráulico.
Las mujeres regresaron al pueblo, hablaron con el comisario Egidal. El comisario hizo unas llamadas y 48 horas después, un equipo de los gafes, las fuerzas especiales del ejército mexicano, estaba en la entrada del túnel con equipo de visión nocturna, armas con supresores de sonido y la orden de averiguar qué había dentro del acueducto del siglo XVII.
Quiero hablar de esas 48 horas entre la denuncia y la llegada de los gafes, porque lo que pasó en ese intervalo dice mucho sobre cómo funcionan las comunidades de la sierra de Michoacán. Cuando el comisario Ejidal se enteró de la reja cortada, su primer instinto no fue llamar al ejército, su primer instinto fue llamar a los otros comisario
s de la región, porque en la sierra de Michoacán las comunidades se comunican entre sí antes de comunicarse con las autoridades.
Es un reflejo que nace de décadas de desconfianza hacia un gobierno que llega tarde, que a veces llega corrupto y que a veces no llega. Los comisarios de tres comunidades cercanas al acueducto se reunieron la misma tarde del martes, discutieron la situación, evaluaron los riesgos y decidieron colectivamente que esto era demasiado grande para manejarlo con las guardias comunitarias que las comunidades purépechas de la sierra mantienen desde que el movimiento de autodefensas estalló en 2013.
las autodefensas de Michoacán, ese movimiento de comunidades rurales que se levantaron en armas contra los caballeros templarios cuando el gobierno no pudo o no quiso protegerlos. Comunidades de aguacateros, limoneros y ganaderos que un día dijeron, “Ya basta!” y agarraron rifles de cacería, escopetas y hasta machetes para expulsar al crimen organizado de sus pueblos.
Las autodefensas limpiaron la región de Templarios durante un tiempo, pero después se fragmentaron, se corrompieron algunas y el vacío que dejaron lo llenó el CJNG. Los comisarios que se reunieron el martes son herederos de esa tradición de autodefensa comunitaria. Tienen guardias armadas, tienen sistemas de radio, tienen experiencia de combate que adquirieron cuando tenían 30 años y empuñaron un rifle por primera vez para defender sus huertas.
Pero 67 combatientes del CJNG dentro de un túnel de 4 km era algo que superaba su capacidad. Lo reconocieron y llamaron al ejército. La llamada llegó a la base militar de la región el martes por la noche. El mando activó un protocolo de verificación. Envió un drone sobre el acueducto que confirmó las rejas cortadas y que detectó presencia humana en las entradas de los túneles mediante sensores térmicos.
El miércoles a mediodía, el mando solicitó el despliegue de los gafes. Los gafes llegaron el miércoles por la noche. Reconocieron el terreno el jueves, practicaron el asalto el viernes y el sábado y entraron a los túneles el domingo a las 3 de la mañana. De la cubeta vacía al operativo pasaron 5co días.
Cco días que empezaron con una mujer abriendo un grifo seco y que terminaron con 48 operadores de fuerzas especiales avanzando por un acueducto del siglo XVII con visión nocturna. Lo que encontraron supera cualquier expectativa razonable de lo que puede haber dentro de un canal de agua de 300 años. El CJNG había convertido los cuatro tramos subterráneos del acueducto en una instalación militar integrada.
Cada tramo tenía una función distinta y el acueducto diseñado para transportar agua ahora transportaba armas, drogas, personas e información a lo largo de sus 4 km de longitud. El primer tramo, el más largo con sus 400 m, había sido convertido en la zona habitacional. Los 67 combatientes del CJNG vivían ahí dentro en un túnel de 1 y medio de ancho, 2 m de alto y 400 m de largo, iluminado con tiras de luces LED alimentadas por generadores portátiles ubicados en las entradas del túnel.
Las colchonetas estaban alineadas a lo largo de las banquetas de piedra del acueducto, una junto a otra, como en un vagón de tren donde todos duermen en el pasillo. Cada combatiente tenía un espacio de aproximadamente 2 m de largo por 60 cm de ancho, su colchoneta, su mochila, su rifle y la pared de cantera húmeda del siglo XVII a un lado.
67 personas durmiendo en fila dentro de un túnel a 15 m bajo tierra con el agua del acueducto corriendo por el canal central entre las dos filas de colchonetas porque el agua seguía fluyendo. El CJNG no bloqueó el agua intencionalmente. La obstrucción que cortó el suministro a San Jerónimo fue causada por la acumulación de basura y residuos que los 67 ocupantes generaban y que se iba acumulando en el canal hasta que lo tapó.
67 personas generan basura, generan residuos orgánicos, generan desperdicios que en un túnel sin drenaje ni sistema de recolección van a parar al único conducto disponible, el canal de agua. Y el canal de agua diseñado para transportar agua limpia de manantial se fue tapando con latas, plásticos, restos de comida y los desechos sanitarios que 67 personas producen cuando viven en un lugar que no tiene baño.
El agua del acueducto, esa agua limpia y fría que las abuelas de San Jerónimo bebían de niñas con las manos juntas, llegaba al pueblo contaminada con los residuos de un campamento militar clandestino. Y cuando la acumulación de basura bloqueó el canal por completo, el agua dejó de llegar.
El CJNG contaminó un manantial de 300 años, un recurso hídrico que abastecía a una comunidad entera. Lo contaminó por negligencia, por desidia, por la misma indiferencia hacia lo público que define todas sus operaciones. El agua era de todos. El CJNG la ensució para todos. El segundo tramo, el de 350 m, había sido convertido en almacén de armas y municiones.
Los peritos contaron 91 rifles de asalto almacenados en bolsas de plástico para protegerlos de la humedad, 73 pistolas, 38 granadas de fragmentación, 14 lanzagranadas y 168,000 cartuchos de diversos calibres almacenados en cajas de madera apiladas a lo largo de las banquetas de piedra del acueducto. Las armas dentro del acueducto tenían el mismo problema que las armas del pantano de Tabasco, la humedad.
Los túneles del acueducto son húmedos por naturaleza. El agua corre por el canal central, las paredes de cantera transpiran humedad y la temperatura constante de 16 gr subsuelo genera condensación en cualquier superficie metálica. Los rifles se oxidaban en cuestión de días si no se protegían. El CJNG resolvió el problema con el mismo método de siempre, bolsas de plástico selladas con gel de silice, cada rifle en su bolsa, cada bolsa con su paquete de gel y un encargado de armería que recorría el tramo todos los días verificando que las bolsas estuvieran selladas y que la
humedad no hubiera penetrado. El tercer tramo, el de 280 m, era el almacén de droga y el centro logístico. 120 kg de metanfetamina y 85 kg de cocaína almacenados en contenedores estancos. Y junto a la droga, los suministros logísticos, bidones de gasolina para los generadores, cajas de comida enlatada, garrafones de agua potable, equipo médico básico, herramientas y repuestos para las armas.
El cuarto tramo, el más corto con 170 m, era el centro de comunicaciones y el puesto de mando, radios de largo alcance, antenas que salían por grietas naturales en la roca del cerro hacia la superficie disimuladas entre la vegetación. Monitores conectados a cámaras que vigilaban las cuatro entradas de los túneles y los caminos de acceso y una mesa de madera donde el jefe de la célula coordinaba las operaciones con mapas de la región pegados en la pared de cantera del acueducto.
Sobre la misma piedra que un cantero purépecha talló en 1725. Mapas de rutas de narcotráfico pegados con cinta adhesiva sobre cantera del siglo XVII. Es una imagen que condensa todo lo que hemos visto en los últimos meses. El narcotráfico usando la infraestructura histórica de México como si fuera su oficina. Muros de 400 años convertidos en tableros de operaciones.
Bóvedas coloniales convertidas en techos de barracas. canales de agua convertidos en pasillos de dormitorio. Quiero hablar de cómo el CJNG adaptó los túneles del acueducto a sus necesidades, porque la modificación del espacio tiene detalles que revelan tanto ingenio como desprecio.
La ventilación fue el primer problema que resolvieron. Un túnel de 400 m con 67 personas adentro se queda sin oxígeno respirable en pocas horas si no hay circulación de aire. Las entradas del túnel proporcionan ventilación natural por efecto chimenea. El aire caliente sube y sale por la entrada más alta y el aire frío entra por la más baja.
Pero la ventilación natural era insuficiente para 67 personas que respiraban, cocinaban y encendían generadores de gasolina dentro del túnel. El CJNG instaló ventiladores industriales en las entradas de los túneles que forzaban el aire fresco hacia el interior. Los ventiladores funcionaban con los mismos generadores que alimentaban las luces LED.
Cuando los generadores se apagaban, los ventiladores se detenían y el aire del túnel se espesaba en minutos con dióxido de carbono, humo de cocina y el olor de 67 cuerpos que no se bañaban con regularidad, porque la única agua disponible era la del canal del acueducto que estaba contaminada con sus propios residuos.
La comida se cocinaba en estufas de gas portátiles ubicadas cerca de las entradas del túnel, donde la ventilación era mejor. El menú era predecible, frijoles, arroz, tortillas que llegaban por encargo desde un pueblo cercano, latas de atún y sardinas y ocasionalmente carne que un operador de logística traía desde la carretera en una mochila.
La comida se distribuía en turnos porque no había espacio para que 67 personas comieran al mismo tiempo en un túnel de metro y medio de ancho. Grupos de 15 o 20 se sentaban en las banquetas de piedra del acueducto con sus platos de unicel sobre las rodillas. comiendo frijoles con tortilla mientras el agua del canal corría a sus pies y las luces LED parpadeaban con cada fluctuación del generador.
La higiene era el aspecto más degradante de la vida en el túnel. Los ocupantes defecaban en cubetas que se vaciaban en un punto alejado de las entradas del túnel, en una zanja excavada en la ladera del cerro. Las cubetas se llenaban rápido y cuando no se vaciaban a tiempo, el olor dentro del túnel era lo que varios detenidos describieron como lo peor de vivir ahí abajo.
Peor que la oscuridad, peor que la humedad, peor que los hongos que les crecían en los pies y entre los dedos de las manos. El olor de 67 personas sin drenaje en un túnel cerrado. Quiero hablar de la ruta de droga que la célula del acueducto protegía porque conecta este caso con la economía criminal más importante de Michoacán. La sierra donde se encuentra el acueducto es zona aguacatera.
Michoacán produce el 80% del aguacate de México y es el principal exportador de aguacate del mundo. Las huertas de aguacate cubren las laderas de la sierra como un manto verde que desde el aire parece un bosque, pero que es un monocultivo que genera miles de millones de pesos al año. El CJNG cobra piso a los aguacateros.
Cada productor de aguacate de la sierra paga una cuota al cártel por el privilegio de seguir produciendo. La cuota varía según el tamaño de la huerta. Desde 5,000 pesos mensuales para los productores pequeños hasta cientos de miles para las empacadoras grandes. Quien no paga pierde su huerta. Quien se resiste pierde más que su huerta.
La célula del acueducto era la encargada de cobrar esas cuotas en su zona de influencia. Los combatientes salían del túnel en grupos de cinco o seis, bajaban a los pueblos y a las huertas, cobraban lo que tenían que cobrar y regresaban al túnel con el dinero. El acueducto era su base segura, un lugar donde las fuerzas de seguridad no los buscaban porque nadie imaginaba que dentro de un monumento histórico del siglo XVII hubiera 67 personas armadas.
La ruta de droga que la célula controlaba pasaba por los mismos caminos que usa el aguacate. Las camionetas que bajan aguacate de la sierra a las empacadoras del valle son las mismas camionetas que suben droga del valle a la sierra. La economía del aguacate y la economía de la droga comparten infraestructura, caminos, vehículos, bodegas y a veces hasta personal.
Un chóer que baja una carga de aguacate por la mañana puede subir una carga de metanfetamina por la tarde. El aguacate como cobertura logística del narcotráfico, la fruta verde como camuflaje de la droga blanca. Los gafes entraron a los túneles a las 3 de la mañana por las cuatro entradas simultáneamente, cuatro equipos de 12 operadores cada uno ingresando por los cuatro tramos del acueducto al mismo tiempo, avanzando por los túneles de metro y medio de ancho con visión nocturna y armas con silenciador, agachados bajo la bóveda de cantera de 2
m, caminando sobre las banquetas de piedra de 40 cm de ancho con el agua del acueducto corriendo a sus pies. El túnel es el peor escenario táctico para una fuerza de asalto. 1,5 de ancho significa que solo puede avanzar un operador a la vez. 2 m de alto significa que avanzas encorbado sin capacidad de maniobra vertical.
Y 400 m de longitud significa que si algo sale mal, estás atrapado en un tubo de piedra a 15 m bajo tierra, sin espacio para retroceder, sin cobertura lateral y con la única salida a 400 m de distancia. Los gafes lo sabían. Entrenaron durante 3 días antes del operativo con planos del acueducto que El INA les proporcionó y con un modelo a escala del túnel que construyeron en una base militar para practicar el avance, la neutralización.
y la evacuación en un espacio confinado. 3 días de preparación para 20 minutos de operación dentro de un acueducto del siglo XVII. Los gafes consultaron con ingenieros de LINA antes del operativo. Necesitaban saber la estructura exacta de cada tramo, dónde cambiaba la altura del techo, dónde había curvas en el trazado del túnel, donde había nichos o cavidades laterales donde alguien pudiera esconderse y donde el canal de agua era más profundo y podía representar un obstáculo para el avance.
Los planos del INA, levantados en una inspección de 1987 mostraban cada detalle de los túneles con la precisión de un estudio arquitectónico. Los gafes memorizaron esos planos. Cada curva, cada cambio de sección, cada metro. La temperatura dentro de los túneles es constante, 16ºC año. Eso significaba que los sensores térmicos de las gafas de visión nocturna iban a funcionar con una claridad excepcional.
Los cuerpos humanos a 37 gr brillan como antorchas contra un fondo de 16 gr. Cada persona dormida en su colchoneta era un punto caliente inequívoco en la pantalla del sensor. Los operadores podían contar a los ocupantes desde la entrada del túnel sin encender una sola luz. La entrada fue silenciosa. Los operadores avanzaron por los túneles sin hablar, comunicándose con señales de mano.
El primer equipo recorrió los 400 m del tramo habitacional en 14 minutos. 14 minutos avanzando a paso lento, comprobando cada metro, identificando cada punto caliente en los sensores, asegurando que ningún combatiente estuviera despierto y armado esperando en la oscuridad. A medida que avanzaban, el aire se hacía más denso, más dióxido de carbono, más olor a cuerpos, más humedad.
Los operadores respiraban a través de filtros que llevaban en las mochilas, pero aún así, varios reportaron después que el aire dentro del túnel a 300 m de la entrada sabía a metal y a encierro. El primer operador del equipo llegó hasta el primer combatiente dormido, visibles a través de los intensificadores de imagen de sus gafas nocturnas.
El primer equipo, el que entró por el tramo habitacional, encontró a los 67 dormidos en sus colchonetas a las 3:15 de la mañana, dormidos en fila dentro del túnel, con los rifles al lado, con el sonido del agua corriendo por el canal como la única música de cuna que conocían desde hacía 14 meses. El primer operador del equipo llegó hasta el primer combatiente dormido, le puso la bota en el pecho y le apuntó con el rifle a la cara.
El combatiente abrió los ojos y vio una figura negra sin rostro, con ojos verdes brillantes de la visión nocturna, parada encima de él en un túnel de piedra a 15 m bajo tierra. Intentó gritar. El operador le tapó la boca con la mano y le dijo en voz baja, “Sedena, quieto. Si te mueves, aquí te quedas. Uno por uno.
Los 67 fueron despertados, sometidos, esposados y alineados contra la pared del túnel. Algunos intentaron resistir en el espacio reducido. Un combatiente trató de alcanzar su rifle y recibió un golpe en la mano que le fracturó tres dedos. Otro intentó correr hacia la salida del túnel y fue derribado a los 10 m porque en un túnel de metro y medio de ancho correr es imposible.
Solo puedes trotar encorbado y un operador de los gafes en plena forma física te alcanza en cinco zancadas. Los otros tres equipos aseguraron los tramos de armas, droga y comunicaciones sin encontrar resistencia. Esos tramos estaban vacíos de personas. Los 67 dormían todos en el tramo habitacional. Los equipos cortaron las comunicaciones, desactivaron los generadores y sellaron las cuatro entradas del acueducto con personal de seguridad antes de que ninguna señal de alerta pudiera salir.
Cero disparos, 67 detenidos, 91 rifles, 205 kg de droga y un acueducto colonial de 4 km recuperado para la comunidad que depende de él desde hace 300 años. La extracción de los 67 detenidos del túnel tomó 4 horas. Cada detenido salió esposado, encorvado, parpadeando como un topo cuando la luz del amanecer le pegó en la cara al salir de la entrada del túnel.
Muchos de ellos no habían visto la luz del sol en semanas, los que llevaban más tiempo adentro, meses. La luz de la mañana los cegaba. Se tapaban los ojos con las manos esposadas. tropezaban en el terreno irregular de la ladera del cerro que habían olvidado cómo pisar después de meses caminando sobre la piedra plana de las banquetas del acueducto.
Los médicos militares que los examinaron en el punto de extracción encontraron que el 40% de los detenidos tenía infecciones cutáneas por hongos, principalmente en los pies y en las inglés. 22 tenían infecciones respiratorias de diversa gravedad. Todos tenían deficiencia de vitamina D y ocho mostraban signos de desnutrición moderada que los médicos atribuyeron a una dieta deficiente en proteínas y verduras frescas durante meses.
Los detenidos fueron trasladados en camiones del ejército a una base militar de la región. Los que necesitaban atención médica fueron atendidos antes de ser puestos a disposición del Ministerio Público y el acueducto quedó vacío con las luces LED todavía encendidas, parpadeando con la gasolina que le quedaba al último generador, iluminando las colchonetas vacías, las mochilas abandonadas y el agua del canal corriendo entre los restos de basura como si nada hubiera pasado.
Quiero hablar de los 67 detenidos. De los 67, 42 eran combatientes originarios de Jalisco y Guanajuato, enviados a Michoacán como parte de la estrategia de expansión territorial del CJNG. 14 eran de Michoacán, jóvenes de las comunidades de la sierra, reclutados por el cártel con las mismas promesas de siempre.
Seis eran operadores de logística y comunicaciones y cinco eran mandos, incluido el jefe de la célula. Los combatientes que llevaban más tiempo dentro del acueducto, algunos hasta 14 meses, tenían problemas de salud visibles. La vida subterránea pasa factura al cuerpo humano de maneras que los manuales médicos de la Sedena están empezando a documentar.
Deficiencia de vitamina D por la falta total de exposición al sol, piel pálida con un tono grisáceo que los médicos militares describieron como palidez de mina. Problemas respiratorios causados por la humedad constante del túnel y por las esporas de hongos que crecen en las paredes de cantera. Varios de los detenidos tosían de manera crónica y dos fueron diagnosticados con infecciones pulmonares por hongos que requirieron tratamiento antimicótico, problemas articulares por vivir agachados en un espacio de 2 m de alto, dolor de espalda, de cuello y de
rodillas que los detenidos más jóvenes de 19 y 20 años ya mostraban después de meses caminando encorbados y problemas psicológicos. 14 meses dentro de un túnel sin luz natural. sin espacio, sin privacidad, con el ruido constante del agua corriendo y el eco de las voces y los ronquidos de 66 compañeros en un tubo de piedra de metro y medio de ancho.
Varios de los detenidos mostraban signos de ansiedad crónica, insomnio y lo que los psicólogos militares describieron como síndrome de confinamiento subterráneo, irritabilidad extrema, claustrofobia progresiva y episodios de pánico que se desencadenaban al apagarse las luces LED, algo que ocurría cada vez que un generador se quedaba sin gasolina y el túnel se sumía en una oscuridad total que ninguno de los 67 había experimentado antes de vivir bajo tierra.

La oscuridad total de un túnel a 15 m bajo la superficie es diferente a cualquier otra oscuridad. Cuando las luces se apagan, no ves tu mano frente a tu cara, no ves nada. El único sentido que funciona es el oído. Escuchas el agua, los grillos que se meten por las entradas del túnel, la respiración de 66 personas y tu propio corazón latiendo en tus oídos con una claridad que te convence de que algo está mal.
Varios combatientes admitieron que dormían con la linterna encendida debajo de la cobija, que no podían dormir sin luz, que el túnel de noche sin generador era peor que cualquier enfrentamiento armado que hubieran tenido en la superficie. Quiero contar la historia de uno de los jóvenes michoacanos porque me parece que ilustra el reclutamiento en la sierra de Michoacán con una claridad dolorosa.
Se llamaba, según los registros, Juventino, 19 años, de una comunidad purépecha de la meseta. Su padre cultivaba aguacate en una parcela de 3 heas que producía lo suficiente para vivir, pero no para progresar. Juventino terminó la secundaria en el pueblo y se quedó ayudando a su padre con el aguacate. A los 17 empezó a escuchar que otros jóvenes de comunidades vecinas se iban a trabajar y regresaban con dinero.
Motos nuevas, tenis de marca, celulares que en el pueblo no se ven. A los 18, un primo le dijo que había jale con gente que pagaba bien. Juventino dijo que sí. Lo mandaron al acueducto, le dieron un rifle, le enseñaron a cargarlo, a dispararlo y a limpiarlo, y lo metieron en el túnel donde vivió durante 11 meses sin ver el sol más que cuando salía a hacer guardia en las entradas del acueducto, cosa que ocurría dos veces por semana durante turnos de 4 horas.
11 meses bajo tierra. Juventino entró al túnel con 18 años y salió con 19. Entró pesando 70 kg y salió pesando 58. Entró con la piel morena de un joven que trabaja al sol en un aguacatal y salió con la piel gris de quien lleva casi un año sin que la luz del sol le toque la cara. Los médicos militares que lo examinaron encontraron deficiencia severa de vitamina D, una infección pulmonar por hongos en etapa inicial y desnutrición moderada.
Juventino declaró que quería irse del acueducto a los tr meses, que le dijo a su jefe que no aguantaba el encierro, la humedad, la oscuridad. El jefe le respondió que del acueducto se salía de dos maneras, terminando su periodo de servicio, que era de 18 meses, o dentro de una bolsa. Juventino se quedó 11 meses hasta que los gafes lo sacaron esposado a las 3 de la mañana de un martes. Tiene 19 años.
Va a enfrentar cargos de delincuencia organizada, portación de arma de fuego de uso exclusivo del ejército y posesión de drogas. Su padre se enteró cuando un vecino le mostró la noticia en el celular mientras regaban los aguacates. Quiero hablar ahora del acueducto como víctima, porque la estructura de 300 años sufrió daños que el IN está evaluando.
Los 67 ocupantes del acueducto dañaron la estructura colonial de múltiples maneras. Clavaron ganchos en las paredes de cantera para colgar equipo y ropa, perforando la piedra tallada del siglo XVII. Instalaron cableado eléctrico fijándolo con grapas a las bóvedas de cantera, dejando marcas y agujeros. Los generadores que colocaron en las entradas de los túneles vibraban contra las paredes y agrietaron la argamasa de las juntas entre las piedras.
Y la basura que tiraron al canal de agua, además de contaminar el suministro, obstruyó secciones del canal y generó presión hidráulica que dañó las juntas en al menos dos puntos, donde el agua se filtra ahora hacia fuera del canal en lugar de seguir su curso. Elina envió un equipo de restauradores que está evaluando los daños y que estima que la reparación va a costar entre 3 y 5 millones de pesos y va a tomar al menos un año.
Un año sin agua del acueducto para las comunidades del Valle, un año con pipas de agua del gobierno municipal como sustituto temporal. Un año esperando a que los restauradores reparen que el CJNG rompió en 14 meses de ocupación. Los arcos de cantera que cruzan el valle no fueron dañados porque el CJNG no los usó. Son visibles desde la carretera y desde los pueblos, así que no servían como escondite.
Pero los tramos subterráneos, la joya de ingeniería hidráulica que los frailes agustinos construyeron entre 1718 y 1734, esos sí fueron dañados. Las banquetas de piedra donde los frailes caminaban con lámparas de aceite ahora tienen marcas de botas militares, quemaduras de colillas de cigarro y rayones de cargadores de rifle.
Las bóvedas de cantera, donde las gotas de agua condensada brillaban como estrellas en la luz de la lámpara, ahora tienen grapas de cable eléctrico y manchas de humo de generador. El manantial de la sierra sigue produciendo agua. Lleva 300 años haciéndolo y va a seguir haciéndolo. Pero el canal que transporta esa agua hasta el valle, la obra de ingeniería que conecta el manantial con las comunidades, esa obra maestra de la hidráulica colonial, necesita reparación.
Y mientras se repara, las mujeres de San Jerónimo llenan sus cubetas de la pipa del gobierno municipal y recuerdan el sabor del agua de manantial que bebían del grifo comunitario. Esa agua fría y limpia con sabor mineral que viajaba 4 km por un canal de cantera de 300 años. Y se preguntan si algún día va a volver a saber igual.
La respuesta de los hidrólogos es que sí. El manantial está intacto. La fuente brota del mismo punto donde brota desde hace milenios. Lo que necesita reparación es el conductor, el canal de cantera, las juntas dañadas, las obstrucciones, las secciones agrietadas, todo se repara con tiempo, dinero y las manos de restauradores que saben trabajar la cantera con la misma técnica que usaron los canteros purépechas en 1718.
Los restauradores encontraron algo que los conmovió. En una banqueta de piedra del tramo habitacional, debajo de una colchoneta que los soldados retiraron, había una inscripción tallada en la cantera con un clavo o con la punta de un cuchillo. Juventino, 11 meses, quiero salir.
El joven purépecha, de 19 años talló su nombre y su desesperación en la misma piedra que un cantero tallaba hace 300 años para que el agua corriera. Un joven que entró al túnel para ganar dinero y que a los 11 meses de oscuridad y humedad talló en la piedra lo que no podía decirle a nadie. La inscripción está ahora junto a las marcas de los constructores originales, números romanos y cruces que los frailes grababan para bendecir cada tramo terminado.
Cruces del siglo XVII y el grito silencioso de un joven del siglo XXI en la misma piedra. 300 años de distancia. La misma necesidad humana de dejar una marca. de decir, “Estuve aquí, existí.” Los restauradores la fotografiaron antes de decidir si la preservan o la eliminan durante la restauración. Borrar la marca de Juventino para devolver la banqueta a su estado original del siglo XVII o preservarla como testimonio de lo que le pasó al acueducto en el siglo XXI.
Ambas opciones dicen algo sobre qué consideramos patrimonio y qué consideramos daño. Quiero hablar del contexto de Michoacán porque este caso se inscribe en una historia de violencia que lleva dos décadas y que ha transformado el estado de maneras que la mayoría del país prefiere no mirar. Michoacán fue el primer estado de México donde el crimen organizado se enfrentó abiertamente al estado.
En 2006, cuando el gobierno federal lanzó la llamada guerra contra el narco, Michoacán fue el primer campo de batalla. Desde entonces, el estado ha pasado por manos de la familia michoacana, de los caballeros templarios, de los grupos de autodefensas que se levantaron contra los templarios y ahora del CJNG que disputa el territorio con los remanentes de todos los grupos anteriores.
La sierra de Michoacán, la zona de la meseta Purépecha y la Tierra Caliente ha vivido en estado de guerra durante 20 años. Las comunidades de la sierra han sido sometidas, extorsionadas, reclutadas, desplazadas y masacradas por una sucesión de grupos armados que cambian de nombre, pero que mantienen las mismas prácticas.
Cobrar piso a los aguacateros, reclutar jóvenes, controlar los caminos y eliminar a quien se oponga. El acueducto colonial que el CJNG ocupó está en esa sierra, en la zona donde la violencia es constante, donde el estado llega tarde o no llega y donde la infraestructura histórica que conecta a las comunidades con sus recursos básicos como el agua, está desprotegida y a merced de quien quiera ocuparla.
Quiero hablar de las implicaciones nacionales porque México tiene miles de kilómetros de infraestructura hidráulica colonial que están en la misma situación que este acueducto. Abandonados, sin vigilancia, estructuralmente sólidos y disponibles para quien quiera usarlos. Acueductos coloniales existen en Querétaro, en Morelos, en Oaxaca, en Zacatecas, en San Luis Potosí.
Algunos están restaurados y son atracciones turísticas, pero muchos, especialmente los que están en zonas rurales alejadas de las ciudades, están abandonados. Sus tramos subterráneos son accesibles para cualquiera con una cizaya y la intención de entrar. Sus túneles ofrecen las mismas ventajas militares que el acueducto de Michoacán. invisibilidad desde la superficie, protección contra la detección aérea, temperatura constante y una red de galerías subterráneas que puede servir como base de operaciones, almacén o ruta de escape.
México tiene además una red de minas coloniales, de asequias subterráneas, de galerías de drenaje y de túneles de agua que atraviesan sierras y valles en docenas de estados. Infraestructura subterránea que fue construida entre los siglos XV y XIX con la calidad de construcción que caracteriza la ingeniería colonial, piedra de cantera, bóvedas de medio punto y una durabilidad que ha mantenido estas estructuras en pie durante cuatro siglos.
Cada una de esas estructuras subterráneas es una base potencial para el crimen organizado y cada una está desprotegida. El INAC las tiene catalogadas. Algunas tienen la reja de hierro que este acueducto tenía, pero las rejas se cortan con cizaya y los catálogos de Lina no impiden que 67 personas con rifles entren a un túnel y vivan ahí durante 14 meses sin que nadie se entere.
La solución pasa por un inventario de seguridad de la infraestructura subterránea colonial de México, un censo que identifique cada acueducto, cada mina, cada galería, cada asequia subterránea y que verifique periódicamente que sus accesos están intactos y que nadie los está usando para fines que los frailes agustinos de 1718 jamás imaginaron.
A ti que llegaste hasta aquí, te dejo con una imagen. Las mujeres de San Jerónimo que subieron a buscar por qué no llegaba el agua. Cuatro mujeres caminando por el borde del acueducto colonial, siguiendo los arcos de cantera bajo el sol de la mañana, con cubetas vacías en las manos, buscando la obstrucción que les quitó el agua.
Cuatro mujeres que al llegar a la entrada del primer túnel vieron la reja cortada y la oscuridad adentro y entendieron que lo que les quitó el agua no era una piedra ni un tronco, sino algo mucho peor. Las mujeres dieron la vuelta, bajaron al pueblo, hablaron con el comisario y el comisario hizo las llamadas que terminaron con 67 detenidos, 91 rifles de comisados y un acueducto colonial recuperado.
La cadena empieza con las cubetas vacías de cuatro mujeres que se levantaron a las 6 de la mañana y no encontraron agua. El agua de 300 años, agua de manantial de sierra que baja por gravedad a través de un canal de cantera tallada por canteros purépechas en 1718. Agua que los frailes agustinos bendijeron antes de dejarla correr por primera vez.
Agua que ha sobrevivido a la colonia, a la independencia, a la reforma, a la revolución, a la guerra. tristera, a las inundaciones, a los terremotos y a 100 años de abandono. Agua que ahora tiene que sobrevivir al CJNG y va a sobrevivir porque el manantial sigue brotando, porque los restauradores del INA van a reparar el canal, porque el agua va a volver a correr por las banquetas de piedra, donde los frailes caminaban con lámparas de aceite y donde los sicarios dormían con rifles al lado.
El agua va a limpiar lo que el CJNG ensució. Va a disolver los restos de comida y los plásticos y las colillas y la mugre de 14 meses de ocupación criminal y va a llegar al grifo comunitario de San Jerónimo, limpia y fría, como llegó hace 300 años, como va a seguir llegando dentro de 300 más.
Si alguien se molesta en cuidar el canal, dale like, suscríbete, activa la campanita. Las mujeres de San Jerónimo siguen llenando sus cubetas de la pipa del gobierno municipal. Cada mañana a las 6 hacen fila, esperan su turno, llenan sus cubetas con agua de pipa que sabe a cloro y a plástico. Y mientras esperan, miran los arcos del acueducto que cruzan el valle a lo lejos, con sus pilares de cantera de 300 años brillando con el sol de la mañana y piensan en el día que el agua vuelva a correr por donde siempre corrió. Nos vemos mañana. Cuídate. Y si
algún día tienes sed y alguien te ofrece agua de manantial que viajó 4 km por un canal de piedra de 300 años, bébela con las manos juntas como cuenco. Como las abuelas de San Jerónimo la bebían de niñas. Porque esa agua sabe a historia, sabe a piedra y a mineral y a sierra. Y sabe a un país que tiene tesoros, que lleva siglos olvidando y que solo recuerda cuando alguien se los ensucia.
Hay algo más. El comisario Ejidal, que hizo las llamadas que activaron el operativo, recibió amenazas después de la detención de los 67, mensajes en su celular, recados con vecinos, la amenaza habitual del CJNG, “Te vamos a encontrar.” El comisario declaró ante las autoridades y pidió protección.
Le asignaron dos soldados que lo acompañan a todas partes. Va a cumplir su periodo como comisario egidal porque la comunidad lo eligió para eso y porque en la sierra de Michoacán retirarse de un cargo por miedo es abandonar a tu comunidad y eso en la cultura purépecha tiene un peso que supera el miedo. Las mujeres que subieron a buscar la obstrucción del agua también recibieron advertencias.
Nada escrito, nada explícito. Miradas en el mercado del pueblo, silencios en la tienda. El tipo de presión social que el crimen organizado ejerce en las comunidades pequeñas donde todos se conocen y donde el primo de alguien trabajaba para los que estaban en el túnel. Las mujeres siguen viviendo en San Jerónimo, siguen llenando sus cubetas de la pipa del gobierno y siguen esperando el día que el agua del acueducto vuelva a correr.
El agua va a volver, los restauradores trabajan. Las juntas se reparan, las obstrucciones se limpian y un día, dentro de unos meses, una de las mujeres de San Jerónimo va a abrir el grifo comunitario a las 6 de la mañana y va a sentir el chorro de agua fría golpearle las manos. Agua de manantial, agua de sierra, agua que viajó 4 km por un canal de cantera de 300 años y va a saber a lo que siempre supo, a piedra, a mineral y a Victoria.
M.