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EL CASO QUE CONGELÓ VENEZUELA: UN ENCUENTRO Y UNA TRAICIÓN QUE TERMINÓ EN DESAPARICIÓN

 Había tenido dos relaciones serias antes, ninguna que hubiera terminado con drama mayor. Y en febrero de 2019 llevaba cerca de 8 meses sin nada que mereciera llamarse relación. No lo buscaba activamente, pero tampoco lo rechazaba. Antes de que sigas escuchando, si llegaste hasta aquí es porque sabes que algunas historias no se pueden ignorar.

 Dale like a este video, suscríbete al canal, activa la campanita y cuéntanos en los comentarios desde qué ciudad o país estás viendo esto, porque lo que estás a punto de escuchar ocurrió en marzo de 2019 en Venezuela y hay personas que todavía no pueden pronunciar el nombre de Juliana Monteiro sin que se les cierre la garganta.

 No te vayas. Lo peor y lo más importante está al final. Esa noche de viernes, ella y sus amigas habían terminado en un restaurante bar en las Mercedes, uno de esos lugares que en Caracas de 2019 funcionaban como islas de una normalidad frágil. Música en vivo, cócteles, gente que había decidido que la crisis podía esperar al menos hasta el sábado.

Juliana estaba en la barra esperando que le prepararan el segundo trago cuando alguien a su derecha pidió disculpas por ocupar el espacio y ella levantó los ojos. Alan Díaz tenía 32 años, 1,82 de estatura y la clase de presencia que se nota sin que la persona haga nada especial para proyectarla.

 Vestía bien, sin exageración. hablaba con una calma que no era frialdad, sino el tono de alguien que no necesita subir el volumen para que lo escuchen. Se presentó como ingeniero petrolero vinculado a proyectos de consultoría privada en el sector de hidrocarburos. Caracas era suficientemente pequeña en ciertos círculos para que ese perfil fuera completamente creíble sin necesitar verificación inmediata.

Hablaron durante 40 minutos en esa barra. Juliana lo notó después, cuando se reunió con sus amigas. No había notado el tiempo pasar. Le pidió el número antes de que ella tuviera que decidir si dárselo o no. lo preguntó directamente, sin artificios, con la confianza de alguien que está acostumbrado a que las cosas resulten.

Chuliana lo escribió en su teléfono sin pensarlo demasiado. En el taxi de regreso a su apartamento en Altamira, su amiga Daniela le preguntó qué le había parecido. Interesante, dijo Juliana. Y después de un momento demasiado interesante quizás, Daniela se rió. Eso no es un problema. Depende, dijo Juliana y se quedó mirando por la ventana los cerros de Caracas con sus luces irregulares, el mosaico de casas apiladas que se extendía hacia arriba en la oscuridad pensando en algo que no supo articular con precisión en ese

momento, pero que su instinto de psicóloga registró como una nota al margen. Había algo en Alan Díaz. que era perfectamente presentable y al mismo tiempo ligeramente opaco, como una habitación bien iluminada con una puerta que no se abría, lo descartó. Eran las 12 de la noche y había tomado dos cócteles y hacía 8 meses que no conocía a nadie que le generara interés genuino.

A veces el instinto llega antes que la evidencia y a veces uno elige no escucharlo. Alan escribió al día siguiente, “No a las 8 de la mañana que habría sido ansioso, ni tres días después que habría sido calculador en el sentido mecánico.” Escribió el sábado a las 11 de la mañana con un mensaje breve.

 Había disfrutado la conversación y quería continuar en algún momento si ella quería. El tono era el correcto, no insistente, no frío, calibrado. Salieron por primera vez el miércoles siguiente. Alan eligió un restaurante en el este de la ciudad, un lugar con mantel blanco y lista de vinos que en Caracas de 2019 era una señal de cierta posición económica o al menos de voluntad de proyectarla. Llegó puntual.

tenía flores, no un ramo exagerado, tres tallos de algo simple que Juliana recibió con una sonrisa y puso a un lado sin hacer teatro de ello. La conversación fluyó con esa facilidad que solo existe cuando dos personas tienen niveles similares de inteligencia conversacional y ninguna de las dos está actuando demasiado.

Alan preguntaba con genuino interés, escuchaba las respuestas. Cuando hablaba de sí mismo, lo hacía con moderación, suficiente para que Juliana sintiera que lo conocía, pero no tanto que pareciera un monólogo de presentación. habló de su trabajo en consultoría petrolera, de viajes a Maracaibo y a campos de extracción en el interior, de una familia en Valencia que veía con menos frecuencia de la que quisiera, de aficiones, lectura, fotografía, los fines de semana en la costa cuando la situación del país lo permitía. No mencionó a nadie más. No

habló de una pareja anterior de manera que sugiriera una presencia actual. Cuando Juliana preguntó con la naturalidad que le permitía su profesión si estaba saliendo con alguien en ese momento, Alan respondió con una sonrisa tranquila. No, tú. Juliana dijo que no. Y así con esa simetría simple el encuentro quedó establecido como algo que podía seguir.

 Las semanas siguientes tuvieron la textura de un principio que se siente bien. Salidas dos veces por semana, primero en lugares públicos y luego también en el apartamento de Juliana, donde Alan llegaba con vino y cocinaban juntos con esa torpeza productiva de dos personas, aprendiendo los ritmos del otro. Llamadas en las noches, mensajes durante el día que no eran constantes, pero sí consistentes, el tipo de comunicación que construye presencia sin asfixiar.

Guliana se lo contó a Daniela con cautela medida, no con euforia, no era su estilo. Y además su trabajo le había enseñado que la euforia temprana es con frecuencia inversamente proporcional al conocimiento real de la otra persona. ¿Te gusta?, preguntó Daniela. Sí, confías en él. Yuliana tardó un momento. Todavía no lo conozco suficiente para confiar, dijo.

 Pero nada me genera señal de alarma. Esa distinción, la diferencia entre ausencia de alarma y presencia de confianza, era la diferencia entre alguien que vive desde la emoción y alguien que ha aprendido a observar. Juliana lo sabía. Lo aplicaba en su trabajo todos los días. Lo aplicaba en su vida con el cuidado razonable de alguien que ha sido lastimado antes, no profundamente, pero sí suficiente para aprender.

Lo que no sabía, lo que no podía saber todavía, era que la ausencia de señal de alarma no era señal de ausencia de peligro. Era señal de que Alan Díaz era muy bueno en lo que hacía. Alan Díaz era casado. Llevaba 4 años de matrimonio con Mariana Contreras, una mujer de 30 años, odontóloga, con quien vivía en un apartamento en la Castellana y con quien tenía dos hijos, un niño de 3 años y una niña de 16 meses.

 Mariana sabía que su matrimonio tenía fracturas. No sabía exactamente dónde estaban todas, pero sentía la distancia con esa percepción específica que tienen las personas, que llevan años compartiendo espacio con alguien que está en otro lugar, aunque esté físicamente presente. Había noches en que Alan llegaba tarde con explicaciones que sonaban razonables, fines de semana en que mencionaba reuniones de trabajo que Mariana no terminaba de verificar.

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