La historia del cine clásico está repleta de grandes producciones, pero ninguna alcanza la magnitud mística, técnica y humana de Los Diez Mandamientos (1956). Dirigida por el legendario Cecil B. DeMille y protagonizada por Charlton Heston, esta obra cumbre es recordada como el estándar de oro del cine épico de Hollywood. Millones de personas en todo el mundo la ven año tras año, maravilladas por la apertura del Mar Rojo o la entrega de las tablas de la ley en el monte Sinaí. Sin embargo, detrás del technicolor y la grandiosidad de la pantalla se ocultaba una realidad escalofriante: un rodaje plagado de accidentes fatales, obsesiones que rozaban el suicidio, censura gubernamental y sucesos tan inexplicables que el equipo entero llegó a creer que cargaban con una auténtica maldición bíblica.
Para entender el fenómeno, es necesario asomarse a las profundidades de una producción que estuvo a punto de quebrar a los estudios Paramount Pictures. Con un presupuesto colosal de 13 millones de dólares de la época, el equivalente a más de 200 millones de dólares en la actualidad, los ejecutivos vivían en un estado de pánico constante. Cecil B. DeMille gastaba el dinero como si fuera agua bendita, exigiendo una perfección absoluta que desafiaba cualquier lógica financiera. El set de la ciudad egipcia requirió 35,000 toneladas de yeso, 300 estatuas gigantes y el trabajo de 2,500 obreros durante un año y medio. Incluía sistemas de agua corriente y decoraciones con oro genuino. Era una estructura faraónica más grande y detallada que muchos monumentos auténticos de la antigüedad, cu
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yas ruinas abandonadas en el desierto aún son visitadas por exploradores hoy en día.
Sin embargo, el verdadero costo de la película no se midió en dólares, sino en la salud y las vidas de quienes participaron en ella. El propio director dio el ejemplo de una devoción extrema que casi le cuesta la vida. A sus 74 años, mientras dirigía una compleja secuencia desde una escalera de 30 metros de altura, DeMille sufrió un grave ataque cardíaco. Los médicos del set le advirtieron de forma categórica que si volvía a trabajar moriría de inmediato. La respuesta del director heló la sangre de los presentes: “Prefiero morir creando mi obra maestra que vivir sin terminarla”. Al día siguiente, desobedeciendo las órdenes médicas, regresó al set con el corazón dañado a dirigir con una intensidad que aterrorizó a todo su equipo, filmando las últimas semanas con la muerte respirándole en el cuello.
Esta obsesión por el realismo llevó a la creación de material que la sociedad de la época no estaba lista para presenciar. Pocos saben que existió una secuencia perdida de 18 minutos dedicada a las plagas de Egipto que habría revolucionado el cine de terror. DeMille filmó las plagas con un realismo tan gráfico y perturbador —utilizando efectos que mostraban cuerpos en descomposición, sangre genuina corriendo por las calles y cadáveres de animales— que provocó vómitos en las proyecciones de prueba. Los censores declararon que la secuencia era intolerable para la mente humana y ordenaron su destrucción inmediata. El director se negó a destruirla y escondió las cintas en una bóveda secreta. En 2005, se descubrieron fragmentos en sus archivos privados que confirman el tono espeluznante de la filmación.
El peligro físico era una constante en el set. La famosa escena de la separación del Mar Rojo estuvo a punto de convertirse en una tragedia de proporciones reales. Para lograr el monumental efecto visual, los ingenieros construyeron tanques gigantes con 400,000 galones de agua sostenidos por sistemas hidráulicos experimentales. Durante una toma crucial, la estructura colapsó, liberando una avalancha incontrolable que arrastró a 30 miembros del equipo de filmación. El set se transformó en un infierno acuático de gritos y desesperación. Aunque afortunadamente nadie perdió la vida, doce personas tuvieron que ser hospitalizadas con fracturas graves y síntomas de ahogamiento. En un movimiento polémico y audaz, DeMille incorporó las imágenes reales del desastre en el montaje final para dotar a la escena de una fuerza visual inigualable.
A estos accidentes se sumó una atmósfera paranormal que comenzó a manifestarse durante la filmación de la plaga de la muerte de los primogénitos egipcios. En un lapso de exactamente diez días consecutivos, siete miembros del equipo perdieron a familiares directos en circunstancias completamente inexplicables. Un asistente de cámara perdió a su hermano en un choque, el técnico de sonido encontró a su padre muerto por un paro cardíaco repentino y tres extras sufrieron la pérdida de sus hijos en eventos separados. El pánico se apoderó de Hollywood y los periódicos locales comenzaron a hablar abiertamente de una maldición bíblica real. La deserción de trabajadores obligó a DeMille a contratar a un sacerdote para bendecir el set diariamente. El mismo Charlton Heston confesaría años más tarde que se percibían presencias sobrenaturales y una pesadez indescriptible durante aquellas semanas de rodaje.
Heston también cargó con su propio calvario en silencio. El actor sufría de una lesión espinal severa que le provocaba dolores agudos y espasmos musculares incontrolables. En las escenas más icónicas, como cuando Moisés desciende con las pesadas tablas de la ley, Heston apenas podía mantenerse en pie. El equipo médico le inyectaba potentes analgésicos y morfina entre toma y toma. A pesar de colapsar fuera de cámara y de los ruegos de su esposa para que abandonara la producción, el actor se mantuvo firme bajo una premisa que adoptó como un mantra personal: “Moisés sufrió por su pueblo; yo debo sufrir por esta película”.
A pesar del sufrimiento, el destino pareció intervenir a favor de la obra en momentos clave. Durante la grabación en el monte Sinaí, una tormenta eléctrica real y de una violencia descomunal azotó la locación. Los rayos caían tan cerca que el equipo técnico exigió suspender la jornada por riesgo de electrocución. DeMille, viendo una oportunidad mística, ordenó mantener las cámaras encendidas. Los relámpagos genuinos que iluminan el cielo detrás de Charlton Heston en la película no son efectos especiales; pertenecen a esa tormenta providencial que dotó a la secuencia de un realismo sobrecogedor.
Lamentablemente, el misticismo del director cruzó límites éticos insospechados en la secuencia del becerro de oro. Durante la filmación de la orgía pagana, un extra sufrió un infarto masivo y cayó muerto fulminado ante la cámara. En lugar de cortar la escena, DeMille decidió dejar la secuencia de la muerte real en el metraje final, argumentando que era artísticamente perfecto y divinamente apropiado que alguien muriera durante el castigo divino. La familia del fallecido demandó al estudio, desatando una enorme controversia mediática, pero las imágenes permanecieron en la película, donde los expertos forenses aún pueden identificar el momento exacto del deceso.
La película estuvo a punto de tomar un rumbo muy diferente desde su concepción. El papel de Moisés fue rechazado por Marlon Brando, quien quería un enfoque secular y rebelde, por James Stewart, quien no se sentía lo suficientemente bíblico, y por Cary Grant, quien admitió tener miedo de interpretar a una figura de tal relevancia por pura superstición. Asimismo, el final original mostraba a Moisés siendo fulminado por la gloria divina en el monte Sinaí, una conclusión trágica y fiel a la visión de DeMille que tuvo que ser modificada tras proyecciones de prueba catastróficas, donde los líderes religiosos amenazaron con un boicot total a Paramount.
Al final, se cumplió la profecía del guionista Jesse Lasky Jr., quien durante el desarrollo del libreto tuvo sueños recurrentes donde veía las escenas y diálogos exactos antes de escribirlos. Lasky predijo que la película inauguraría una nueva era dorada en Hollywood y que un joven director utilizaría sus revolucionarias técnicas para crear galaxias lejanas. En 1977, cuando George Lucas estrenó Star Wars admitiendo haber estudiado fotograma por fotograma los efectos de la zarza ardiente y los milagros de DeMille, la profecía se selló por completo. Los Diez Mandamientos no solo sobrevivió a sus propias tragedias, sino que se erigió como un monumento a la obsesión humana capaz de desafiar los límites entre el arte, la vida y la muerte.