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LILIA PRADO: La SERENATA PROHIBIDA de PEDRO INFANTE… y lo que le HIZO a su MAMÁ esa NOCHE

LILIA PRADO: La SERENATA PROHIBIDA de PEDRO INFANTE… y lo que le HIZO a su MAMÁ esa NOCHE

22 de mayo de 2006. Colonia Narbarte, Ciudad de México. Un departamento pequeño en un segundo piso sin elevador, a tres cuadras del mercado donde los puestos de verdura se instalan  desde las 6 de la mañana. No hay cámaras apostadas en la banqueta, no hay flores de ninguna productora en la puerta.

 No hay periodistas esperando una declaración, solo una cama, una andadera de metal apoyada contra la pared del cuarto y una mujer de 77 años que lleva meses negándose a recibir visitas porque  no quiere que nadie la vea así. con los pies destrozados, con la enfermedad avanzando,  con el silencio espeso de quien ha decidido que ciertas cosas se terminan en privado.

 Esa mujer había tenido 40 años antes las piernas más deseadas del cine mexicano. Había recibido en Can los aplausos de los críticos europeos que no hablaban español, pero que entendían perfectamente lo que veían cuando ella aparecía en pantalla. Había trabajado con Pedro Infante en cuatro películas,  con Jorge Negrete, con Luis Buñuel, que la llamó su nueva musa después de Silvia Pinal, con Pedro Armendari, con los hombres más grandes de la industria cinematográfica más poderosa del mundo de habla hispana en

 los años 50 había recibido contratos de Hollywood, de Europa, y los había rechazado con  sus propias manos. Había dicho que no. Y esa tarde de mayo de 2006,  con los pies que ya no le obedecían y la andadera apoyada en la pared, seguía negándose a dar entrevistas porque había cosas que una mujer de su generación no contaba, cosas que se guardaban, cosas que se llevaban.

  Pero lo verdaderamente inquietante no fue esa soledad final con la andadera y el silencio.  Lo verdaderamente inquietante fue lo que había guardado durante 50 años, lo que confesó una sola vez en una  entrevista que México prefirió no escuchar sobre la noche en que el hombre más amado del país  llegó a su puerta con mariachis y terminó haciendo algo que ni Lilia ni su familia olvidaron jamás.

 Una escena que el mundo del espectáculo enterró con la misma velocidad con que enterraba todo lo que no encajaba con la imagen del ídolo de Guamuchil. Una escena que cambió para siempre la manera en que Lilia Prado veía a Pedro Infante y que explica,  como pocas cosas explican, por qué esta mujer pasó su vida entera diciendo que no.

 56  años antes, en 1950, esa misma mujer caminaba por los pasillos de los estudios aca en la Ciudad  de México con la seguridad silenciosa de quien sabe que algo grande acaba de empezar. Tenía 22 años. Llevaba dos de haber llegado desde Sayo, Michoacán, con una cara que hacía que las cámaras la buscaran solas y con una figura que los carteles de la época describían sin pudor como la más perfecta del cine nacional.

 había debutado en 1948 como telefonista que un periodista descubrió por accidente y que en 2 años ya  había filmado su primera gran oportunidad. Pero nada de lo que había hecho hasta ese momento se comparaba con lo que estaba a punto de ocurrir, porque en los estudios Azteca de  1950, el director Ismael Rodríguez estaba armando el elenco de una película que se  llamaría Las mujeres de mi general.

 Y el protagonista, el hombre que iba a compartir pantalla con Lilia Prado por primera vez,  era Pedro Infante, el hombre cuyas canciones sonaban en cada radio de México, el hombre cuyas películas llenaban los cines con una intensidad que ningún otro artista de la época podía igualar. el hombre que era en todos los sentidos posibles de esa palabra, el ídolo y que detrás de esa imagen de ídolo tenía algo que Lilia Prado tardaría  años en ver del todo, algo que la propia Lilia describió décadas después con una precisión que

incomodó a quienes la escucharon, algo que la prensa del espectáculo mexicano prefirió no convertir en titular. Pero detrás de esa imagen había algo que Lilia ya empezaría a ver en los meses  que siguieron. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que cambian por completo lo que muchos creían saber sobre Lilia Prado.

  Primero, como una niña nacida en Zahuayo, Michoacán, el 30 de marzo de 1928, segunda de ocho hermanos de una familia que no tenía nada extraordinario,  salvo que la niña misma llegó al mundo de una manera que ya de por sí era una declaración de principios, terminó convirtiéndose  en la actriz con las piernas más deseadas del cine mexicano, en la musa que Luis Buñuel reclamó como suya después de Silvia  Pinal y en la única figura del cine de oro que se dio el lujo de rechazar Hollywood con sus propias manos sin arrepentirse

públicamente ni una sola vez. Segundo, ¿qué ocurrió realmente la noche en que Pedro Infante llegó a la casa de Lia Prado con Mariachis para festejarle el cumpleaños? ¿Qué hizo el ídolo de México durante esa serenata que hizo que la madre de Lilia montara en cólera? ¿Qué fue exactamente lo que Pedro le hizo que cambió para siempre la manera en que Lilia lo miraba? Y por qué esa historia  confesada por la propia Lilia en una entrevista que casi nadie recuerda fue enterrada con la misma velocidad con que el mundo del

espectáculo mexicano enterraba todo lo que no convenía sobre sus ídolos. Tercero,  ¿qué papel jugó realmente Pedro Infante en la vida de Lilia Prado más allá de las cuatro películas que filmaron  juntos? ¿Por qué ella fue la única de las mujeres del cine de oro que se negóicamente a ceder ante sus avances? ¿Qué dice esa negativa sobre el carácter de una mujer que en un mundo dominado por hombres poderosos aprendió muy joven a distinguir entre  el amor y el disfraz del amor? Y cuarto, cómo esa

mujer que rechazó a Pedro Infante, que rechazó Hollywood, que rechazó Europa, terminó sus días sola  en un departamento de la colonia Narbarte con una andadera de metal apoyada en la pared, negándose a que nadie la viera, esperando llegar a sentirse bien antes de dar una última entrevista que nunca llegó a dar.

 En este video verás declaraciones de la propia Lilia Prado recogidas por El Heraldo de México, El Universal  e Infobae en distintas entrevistas a lo largo de su vida. Testimonios de sus compañeras  del cine de oro que la conocieron de cerca, los registros de sus películas con Pedro Infante que  permiten reconstruir exactamente cuándo y cómo ocurrió cada cosa y la entrevista específica donde Lilía contó la historia de la serenata con palabras que ningún periodista de la época se atrevió a reproducir completas.

 Pero para entender por qué una mujer que había visto de cerca al hombre más amado de México decidió  que ese hombre no merecía su amor. Primero hay que volver al principio. Porque para entender cómo se forma una mujer que dice que no, cuando todo  el mundo espera que diga que sí, primero hay que entender de dónde venía esa mujer.

 Todo comenzó  el 30 de marzo de 1928 en Zuayo, Michoacán, un pueblo a orillas de la laguna de Chapala, donde el calor de la tierra rojiza se mezcla con el olor del agua y donde la vida tiene  la textura específica de los lugares que no aparecen en los libros de historia, pero que producen de vez en cuando personas que sí aparecen.

 Leticia Lilia Mezcua Prado llegó al mundo ese día de una manera que ya contenía  en sí misma toda la narrativa de su vida. Su madre había sufrido una caída fuerte  a los 5 meses de embarazo y perdió al bebé, o eso creyeron los médicos, porque el vientre siguió creciendo. Y a los 9 meses, cuando por fin entendieron lo que estaba pasando, apareció Lilia.

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