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Un pobre arriero le dio refugio a “El Mencho” sin saber quien era, lo que paso tiempo después…

 

Hay una verdad que los viejos de la sierra conocen bien y que nadie escribe en los libros. En este país, la bondad tiene un precio. No siempre se cobra de inmediato. A veces tarda años, a veces llega disfrazada de gratitud, pero siempre llega. Don Aurelio Reyes lo aprendió de la peor manera posible una noche de octubre en las montañas de Sonora, cuando decidió no dejar morir a un desconocido en el camino.

 Tenía 55 años cuando todo comenzó. La piel curtida como cuero viejo, el bigote blanco manchado de polvo, las manos tan callosas que ya no sentían el frío. Había pasado toda su vida arreando mulas entre los pueblos serranos de Sonora, cargando mercancía, sal, maíz, medicina, lo que la gente necesitara. Era un oficio que había heredado de su padre, que lo heredó del suyo, un trabajo que el mundo moderno iba matando despacio, pero que en esas montañas olvidadas todavía tenía sentido.

 Vivía en un rancho pequeño que se llamaba la cién. Cuatro paredes de adobe, techo de lámina, un corral con seis mulas y dos caballos, una huerta de temporal que daba lo justo. No tenía televisión, tenía radio, no tenía coche, tenía bestias, no tenía mucho dinero, pero tampoco le faltaba lo necesario y eso en esa sierra era casi un lujo.

 Su esposa se llamaba Remedios, pero todo el mundo le decía Reme. 60 años, pelo negro todavía con poca grisa, carácter fuerte como el mesquite. Llevaban 32 años casados y habían enterrado a un hijo, sobrevivido una sequía que mató el ganado de media sierra y aguantado juntos cosas que habrían roto a cualquier otro. Tenían dos hijos vivos.

Fermín, el mayor, de 30 años, que trabajaba en Hermosillo de Albañil, y Rosario, la menor de 27, que vivía en el rancho con su bebé de 2 años después de que su marido los abandonara. Era una familia pobre, no miserablemente pobre, sino dignamente pobre, que es distinto. La diferencia entre los dos tipos de pobreza es que la digna todavía tiene orgullo.

 La noche del 14 de octubre del 2011, Aurelio regresaba de un viaje de 3 días. Había llevado una carga de semillas hasta un ejido en las faldas de la sierra y regresaba con las mulas vacías y el cuerpo molido. Llovía desde la tarde. No una lluvia suave, sino esa lluvia de octubre que cae de golpe y convierte los caminos en ríos. Eran casi las 11 de la noche cuando las mulas se detuvieron solas.

Aurelio las conocía bien. Cuando una mula se para sin que le ordenes, hay algo adelante. Algo que el animal huele antes de que el hombre vea. Apuntó su lámpara de mano hacia el camino. Ahí, recargado contra una roca, estaba un hombre grande, fornido, con ropa buena hecha aos por el monte. tenía la cabeza caída sobre el pecho.

 Si no hubiera sido por el vapor que salía de su boca en el aire frío, Aurelio habría pensado que era un muerto. Se bajó del caballo despacio. Se acercó con cuidado. En la sierra nadie se acerca a un desconocido de noche sin precaución. Eso se aprende desde niño o se aprende caro. El hombre levantó la cabeza. Sus ojos estaban abiertos, pero vidriosos.

tenía una herida en el costado derecho que había empapado su camisa de sangre oscura, casi negra bajo la luz de la lámpara. “Ayúdame”, dijo con una voz que era apenas un soplo. Aurelio miró hacia el camino en ambas direcciones. La lluvia, los pinos, el silencio roto solo por el agua y el viento. Nadie más. ¿Qué le pasó, amigo? El hombre no respondió de inmediato.

 Sus ojos calculaban incluso herido, casi inconsciente, había algo en esa mirada que pesaba demasiado para ser la mirada de un hombre ordinario. “Me cayeron”, dijo finalmente. “Necesito esconderme antes de que amanezca.” Aurelio tardó 3 segundos en decidir. 3 segundos que cambiarían el resto de su vida. Súbase”, dijo.

 “Cargar a un hombre herido sobre una mula en plena oscuridad y lluvia no es tarea fácil.” Aurelio lo sabía, pero también sabía que si lo dejaba ahí, el frío de la sierra lo terminaría antes que amaneciera. Las noches de octubre en Sonora no perdonan a los débiles ni a los heridos. Entre los dos, con el hombre usando sus últimas fuerzas y Aurelio jalando desde arriba, lograron subirlo a una de las mulas vacías.

El hombre se dobló sobre el animal como un costal, aferrándose a las crines con las dos manos. Aurelio amarró su caballo a la mula delantera y comenzó a caminar a pie, guiando el pequeño convoy por el camino anegado. Tardaron casi una hora en llegar al rancho, una hora en la que el único sonido era la lluvia, los cascos de los animales en el lodo y la respiración trabajosa del desconocido.

Aurelio no preguntó nada más durante ese trayecto. Las preguntas podían esperar. Lo urgente era llegar. Cuando las mulas entraron al corral, Reme ya estaba asomada a la puerta con una vela. Había escuchado llegar los animales y se había despertado como siempre con ese instinto de mujer de rancho que nunca duerme del todo.

 Sus ojos pasaron de Aurelio al hombre doblado sobre la mula y de regreso a Aurelio. No gritó, no preguntó, solo abrió más la puerta. Tráelo adentro. Eso era Reme. 32 años de rancho le habían enseñado que los problemas se resuelven primero y se comentan después. Entre los dos acostaron al hombre en el catre del cuarto de los aperos, el único cuarto libre.

 Era un cuarto sin ventanas, con olor a cuero y linento, pero tenía una cobija gruesa y estaba techado, que era lo que importaba. Ren encendió el kinqué y miró las heridas. Sus labios se apretaron. La del costado era la más seria. Había entrado por el lado derecho y según como el hombre respiraba cortando y profundo, no había tocado el pulmón, pero había perdido mucha sangre.

 “Voy a necesitar hilo, agujas, alcohol y el ungüento de la lata verde”, dijo Reme con la misma voz con que pedía ingredientes para cocinar. El hombre la miraba desde el catre. Su cara era ancha, morena, con una quijada cuadrada y una cicatriz vieja en la barbilla. Tenía como 45 años. Las manos, aunque ahora temblaban por la pérdida de sangre, eran manos grandes acostumbradas al poder.

 ¿Cómo se llama usted, señora? Remedios. ¿Y usted? El hombre dudó apenas un segundo. Gero, dígame. El gero. Reme no dijo nada. En la sierra la gente usaba apodos. No era raro. No era asunto suyo. Esto va a doler le avisó. Ya me han dolido cosas peores, respondió él. Rene trabajó en silencio durante 40 minutos.

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