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Humillada y Sola, Joven Embarazada Se Refugió con una Mula Vieja… Luchó y Venció a los Poderosos

Durante 8 años, Marisol guardó ese escapulario como si fuera sagrado. Trabajó en la casona de los Montemayor desde los 15. Limpiaba, cocinaba, lavaba, planchaba, hacía todo lo que le pedían y más. Los Montemayor eran la familia más poderosa de aquella región de Zacatecas. Tenían minas de plata, tierras, ganado y tenían un hijo.

 Se llamaba Fernando, tenía 28 años. Manos suaves de quien nunca ha trabajado y una sonrisa que Marisol confundió con bondad. Él le prometió cosas, le dijo que era diferente a las demás, le dijo que la iba a proteger, le dijo que la quería. Y Marisol, que no tenía a nadie en el mundo que le dijera cosas así, le creyó.

 Cuando supo que estaba embarazada, fue a buscarlo con el corazón en la mano. Pensó que él iba a cumplir sus promesas, pero Fernando no estaba solo. Estaba con su madre, doña Eugenia, una mujer de vestido oscuro y ojos más fríos que el invierno del desierto. Marisol apenas pudo decir dos palabras. Doña Eugenia la interrumpió. ¿Qué te creíste? ¿Que mi hijo se iba a casar con una sirvienta? Fernando dijo nada, solo miró hacia otro lado, como si Marisol fuera un mueble, como si nunca le hubiera prometido nada.

 Esa misma tarde dos hombres la sacaron de la casona. No le dieron tiempo de recoger sus cosas, no le dieron tiempo de despedirse de nadie. La sacaron por la puerta de servicio y la dejaron en el camino de tierra con lo único que llevaba puesto, un vestido de algodón gastado, un reboso que había sido de su madre y 7 meses de embarazo que ya se notaban demasiado.

 Marisol caminó sin saber a dónde iba. El sol de Zacatecas le caía encima como castigo, la garganta le ardía de sed, los pies le sangraban dentro de los guaraches rotos y el bebé se movía adentro como si supiera que algo estaba muy mal. Caminó hasta que el sol empezó a bajar, hasta que las piernas no le dieron más, hasta que vio a lo lejos los muros de adobe de una hacienda abandonada.

La gente del pueblo la llamaba el silencio. Decían que estaba que quien entraba no salía, que la tierra estaba seca porque Dios la había castigado. Pero Marisol no tenía miedo de maldiciones, ya la habían maldecido suficiente los vivos. Entró por la puerta sin puerta, cruzó el patio lleno de hierba seca y piedras sueltas y entonces la vio.

 Una mula, vieja, flaca, coja de una pata trasera. Estaba echada junto a un abrevadero vacío con el pelo gris y opaco de animal que ha trabajado demasiado y comido muy poco. Los antiguos mineros la habían dejado atrás por inútil, por vieja, por no servir ya para nada. Marisol se acercó despacio. La mula levantó la cabeza, la miró con esos ojos grandes y oscuros que tienen los animales cuando ya no esperan nada, pero no huyó. No se asustó, solo la miró.

 Y en esa mirada, Marisol vio algo que reconoció. Vio a alguien que también había sido desechada, que también había sido abandonada por no ser productiva, que también estaba sola en el mundo. Se sentó junto a la mula en el polvo, puso la mano sobre el cuello áspero y por primera vez desde que la echaron lloró, no de tristeza, de alivio, porque al menos ya no estaba sola.

La primera semana fue la más difícil. Marisol dormía en el suelo de la única habitación que todavía tenía techo. Comía lo que encontraba: tunas del nopal, quelites que crecían entre las piedras, agua de un charco que se formaba cuando llovía. La mula comía los matorrales secos que Marisol le traía del monte.

 No era mucho, pero era suficiente para no morir. A la mula le puso nombre el tercer día. la llamó centenaria porque parecía tener 100 años, porque había sobrevivido 100 abandonos y porque, a pesar de todo, seguía de pie, como Marisol quería seguir. Poco a poco fue limpiando, barrió el patio, sacó las piedras sueltas, tapó los agujeros del techo con ramas y barro.

 El trabajo era lento porque el vientre le pesaba. Pero cada día avanzaba un poco más y centenaria la miraba a trabajar al principio sin moverse, después siguiéndola por el patio, como si quisiera ayudar, pero no supiera cómo. Fue en la segunda semana cuando Marisol encontró la habitación de piedra.

 Estaba al fondo de la hacienda, detrás de una puerta que parecía no haberse abierto en décadas. La madera estaba hinchada de humedad. Costó empujarla, pero cuando se dio, Marisol vio algo que le cortó la respiración. Era un cuarto pequeño con un escritorio de madera carcomida, una silla volcada y en el rincón, cubierta de polvo y telarañas, una caja de madera podrida.

Marisol se acercó con cuidado. El corazón le latía fuerte. abrió la caja esperando encontrar plata o monedas o algo que pudiera vender. Pero lo que encontró fue otra cosa, papeles, papeles viejos, amarillentos, con letra que costaba leer. Y entre los papeles dos cosas que cambiarían todo. La primera era un mapa dibujado a mano por alguien que sabía lo que hacía.

 tenía marcas, líneas, flechas que señalaban un punto específico en el terreno y una nota al margen que decía, brazo de agua cristalina, viene de la montaña, profundidad, ocho varas. Marisol leyó esas palabras tres veces, no podía creerlo. Bajo esa tierra que todos llamaban seca y pasaba agua. Agua limpia, agua que nadie sabía que existía.

 La segunda cosa que encontró en la caja era más importante todavía. Era una escritura. La escritura original de la hacienda, firmada, sellada, legal, a nombre de un fraile que había muerto hacía más de 100 años y con una cláusula al final que decía que si la tierra quedaba abandonada, cualquier persona podía reclamarla pagando una cantidad simbólica al gobierno.

Marisol pensó en el escapulario, en las monedas que su madre le había dejado, en la promesa de que algún día serían su salvación. Ese día había llegado. A la mañana siguiente caminó hasta el pueblo más cercano. Tardó tres horas con el vientre pesado y los pies hinchados. Pero llegó.

 Encontró al escribano, un hombre viejo de lentes gruesos y manos temblorosas, que la miró con desconfianza cuando ella sacó los papeles. Pero cuando vio la escritura, algo cambió en su cara. ¿De dónde sacaste esto? Marisol le contó. El escribano revisó los documentos uno por uno, tardó una hora y al final levantó la vista. Es legal.

 Si pagas lo que dice aquí, la tierra es tuya. Marisol sacó el escapulario, lo abrió y puso las monedas sobre la mesa. Eran exactamente las que se necesitaban. ni una más, ni una menos, como si su madre desde algún lugar hubiera sabido. El escribano extendió un papel nuevo. Marisol firmó con la mano temblando y cuando salió de esa oficina era dueña de algo por primera vez en su vida.

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