Allí nació un niño que no tenía juguetes caros, pero sí una pelota y un gran maestro, su papá. Él le enseñó que al balón no se le pega, se le acaricia. Ney inició en el fútbol sala y en la calle. Ahí aprendió que el espacio vale oro y que regatear es la mejor forma de sobrevivir cuando tienes a tres defensas encima.
Esa agilidad mental para decidir en un segundo si tirar un caño o una elástica nació allí entre el cemento y las zapatillas gastadas. Cuando llegó al Santos con 11 años, los entrenadores se delintaron. Sabían que no era un chico normal, sino uno de esos fenómenos que aparecen cada 50 años para cambiar todo. En el Santos, Neymar no jugaba, se divertía humillando defensas.

¿Se acuerdan del moicano loco que soñábamos conocernos? Hoy nos da risa, pero en ese entonces era el grito de una revolución. Debutó a los 17 años y en nada ya era el dueño del equipo. Y ojo que no era solo marketing. En el Santos metió 136 goles en 225 partidos. Una locura total. ganó tres torneos paulistas, una copa de Brasil y lo mejor de todo la Libertadores de 2011.
Hacía 48 años que el equipo no ganaba ese trofeo desde los tiempos gloriosos de Pelé. Ganara algo así a los 19 años siendo la estrella absoluta y marcando en la final. Eso solo lo hacen los elegidos que tienen el destino marcado. En 2013, el salto a Europa era obligatorio. Todo el mundo se peleaba por él.
Las ofertas llovían de todos lados, pero terminó en el [música] Barcelona. Muchos decían que en España los defensas europeos lo iban a romper en el primer choque. Qué equivocados estaban. Ney llegó con perfil bajo, aceptando que Messi era el rey del jardín y se puso a aprender como el mejor de los alumnos. Pero pronto esa sociedad se volvió algo nunca antes visto, una conexión casi telepática.
Cuando llegó Luis Suárez para completar la Hidra, nació la MSN, el tridente más aterrador que hemos visto en la historia moderna. Eran tres amigos divirtiéndose mientras destrozaban cualquier defensa que se les pusiera enfrente. En una sola temporada, los tres metieron 122 goles. Sí, piénsenlo un segundo.
Más de 100 goles entre tres personas. Neymar fue clave para ganar el histórico triplete, Liga, copa y esa Champions en Berlín. De hecho, marcó el gol que seó la final contra la Juventus, corriendo como un loco para abrazarse con sus socios. Terminó esa Champions como goleador junto a Messi y Cristiano. Ahí fue cuando sentó oficialmente en la mesa de los más grandes, mirando a todos de tú a tú.
Pero si hay un partido que define su carrera es la remontada contra el Paris Saint-Germain en 2017. Ese famoso 6 a 1 que todavía nos pone los pelos de punta. Aunque Messi y Suárez marcaron, el que realmente creyó cuando todo el estadio estaba en silencio fue Neymar. Metió un tiro libre de otro mundo al ángulo, un penal con nervios de acero bajo una presión asfixiante y dio el pase del milagro en el último segundo para que Serg Roberto hiciera historia.
Esa noche Ney fue el mejor del planeta por encima de cualquiera. Pero allí vino el gran dilema. La foto del día siguiente, la que dio la vuelta al mundo, era para Messi celebrando con la gente. Neymar sintió que por más que hiciera milagros, siempre sería el eterno segundo si se quedaba en el CN.
Por eso, impulsado por el hambre [música] de gloria individual, decidió irse al PSG por 222 millones de euros. Fue el fichaje más caro de la historia y rompió el mercado del fútbol para siempre. París lo recibió como a un dios bajado del cielo, [música] pero lo que iba a hacer el reinado tranquilo se volvió un lío de subidas y bajadas constantes.
Ganó todo lo que se podía ganar en Francia, ligas, copas, supercopas, de todo. Sus números seguían siendo brutales con promedios de gol dignos de un Balón de Oro, pero la Champions se le escapaba por muy poco. Espina que se le quedó clavada en la final de 2020, donde el Bayern le arrebató el sueño y terminamos viendo un Neymar destrozado llorando en el banco.
Fue la imagen de un genio que lo dio todo, pero no pudo alcanzar la cima que tanto buscaba en París. Y aquí la historia se pone realmente triste. Las lesiones recurrentes parecía que su cuerpo le cobraba una factura carísima por cada regate atrevido y cada provocación a las defensas. Se perdió partidos de octavos y cuartos de Champions que eran vitales.
Y mientras él sufría en el gimnasio tratando de volver, la prensa francesa no le perdonaba ni una. Se hablaba más de sus fiestas de cumpleaños, sus redes sociales y sus viajes que de su innegable talento. Pasó de ser el heredero del trono a ser etiquetado como el eterno ausente. Pero hablemos de Brasil, porque ahí es donde Ney realmente pone el corazón y el alma.
ha aguantado el peso de las expectativas de 200 millones de personas desde que era un adolescente. En 2014, el mundial en su casa terminó de la peor forma posible por esa entrada de Zúñica que por poco lo deja en silla de ruedas. El París loró con él en 2016. Por fin se quitó un peso de encima dándole a Brasil el oro olímpico en el Maracaná.
Y miren este dato que es para ponerse de pie. Superó a Pelé como máximo goleador histórico de la selección brasileña masculina. superar a Oi en goles. Eso demuestra cuánto has luchado por esa camiseta amarilla, a pesar de los golpes anímicos y las críticas feroces tras los mundiales de 2018 y 2022. En 2023 parecía que el guion llegaba a su fin de la manera más amarga.
Se fue a jugar a Arabia Saudita y de repente, pum. Otra lesión gravísima, rotura de ligamentos cruzados. Un año entero fuera de combate. A los 32 años con tantas cicatrices, una lesión así retira a cualquiera. Pero Neymar no es cualquiera. Tiene esa terquedad del que ama el juego. Sufrió en la recuperación y lloró de frustración en los videos que compartía.
Su regreso al Santos en 2025 fue el movimiento más romántico, volver a casa para ayudar a su club en un momento difícil. Últimamente hemos visto chispazos de ese último yoko bonito que nos devuelve en la fe. Ya no corre como un rayo, se le ve lento y su equipo no colabora, pero aún queda algo de magia. ¡Qué inteligente es él! Para leer el juego.
Es el maestro que ahora enseña con cada toque. Estamos a las puertas del Mundial 2026, un torneo que se siente como la última frontera. Brasil está en un proceso de cambio profundo y con la baja de Rodrigo, todos los ojos vuelven a posarse sobre Nei. Él sabe perfectamente que este es su acto final, su última oportunidad de redención. Ha ganado casi todo lo imaginable, pero falta algo. La sexta estrella.
