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La invitó a bailar para humillarla frente a la corte… y terminó suplicando un segundo vals.

La invitó a bailar para humillarla frente a la corte… y terminó suplicando un segundo vals.

—¿Vio quién acaba de entrar?
—La señorita Rosamund Feller. Y con un vestido que claramente hizo que medio salón dejara de respirar por un segundo.
—No esperaba verla aquí. Después del artículo que publicó, pensé que tendría el sentido común de mantenerse lejos de la aristocracia por un tiempo.
—Quizás no le interesa esconderse.

—¿Leíste el artículo?
—Claro que lo leí. Todo Viena lo leyó.
—Era bueno. Demasiado bueno.
—Eso es precisamente lo que molestó a tanta gente.

—¿Y a usted, duque?
—A mí me molestó que tuviera razón en algunas partes.

—Mírala. Ni siquiera parece incómoda.
—Eso es porque sabe exactamente dónde está.

—¿Va hacia ella?
—Sí. Y creo que no es para felicitarla precisamente.

—Señorita Feller.
—Duque de Baldenmur.
—¿Me concedería este baile?
—Claro.

—Aceptó demasiado rápido.
—¿Esperaba que me negara?
—Esperaba que dudara más.
—Ya dudé antes de que llegara.

—Entonces sabía por qué la invitaba.
—No es difícil imaginarlo. Los hombres de su posición rara vez invitan a bailar a mujeres como yo sin un motivo adicional.

—¿Y aun así aceptó?
—Porque quería bailar. La orquesta es excelente.

—Eso no puede ser toda la explicación.
—También porque rechazar a un duque delante de toda Viena habría sido socialmente suicida.

—Al menos es honesta.
—¿Preferiría una mentira elegante?

—No. Creo que no.

—Baila usted muy bien.
—Lo mismo podría decirse de usted. Aunque imagino que nadie se sorprende por eso.
—En cambio usted sí es una sorpresa.
—Eso suele ocurrir cuando las personas esperan muy poco de alguien antes de conocerlo.

—No baila como las jóvenes de la corte.
—Gracias a Dios.

—¿Dónde aprendió?
—Mi madre era bailarina.
—¿De la ópera imperial?
—No. De teatros pequeños. Los lugares donde la gente iba porque amaba la música y no porque necesitara ser vista.

—Eso explica muchas cosas.
—¿Como cuáles?
—Como el hecho de que parece escuchar la música en lugar de simplemente seguirla.

—¿Y usted?
—Aprendí porque era obligatorio.
—¿Y terminó gustándole?
—Terminé descubriendo que era uno de los pocos momentos donde la gente dejaba de fingir por unos minutos.

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