La invitó a bailar para humillarla frente a la corte… y terminó suplicando un segundo vals.
—¿Vio quién acaba de entrar?
—La señorita Rosamund Feller. Y con un vestido que claramente hizo que medio salón dejara de respirar por un segundo.
—No esperaba verla aquí. Después del artículo que publicó, pensé que tendría el sentido común de mantenerse lejos de la aristocracia por un tiempo.
—Quizás no le interesa esconderse.
—¿Leíste el artículo?
—Claro que lo leí. Todo Viena lo leyó.
—Era bueno. Demasiado bueno.
—Eso es precisamente lo que molestó a tanta gente.
—¿Y a usted, duque?
—A mí me molestó que tuviera razón en algunas partes.
—Mírala. Ni siquiera parece incómoda.
—Eso es porque sabe exactamente dónde está.
—¿Va hacia ella?
—Sí. Y creo que no es para felicitarla precisamente.
—Señorita Feller.
—Duque de Baldenmur.
—¿Me concedería este baile?
—Claro.
—Aceptó demasiado rápido.
—¿Esperaba que me negara?
—Esperaba que dudara más.
—Ya dudé antes de que llegara.
—Entonces sabía por qué la invitaba.
—No es difícil imaginarlo. Los hombres de su posición rara vez invitan a bailar a mujeres como yo sin un motivo adicional.
—¿Y aun así aceptó?
—Porque quería bailar. La orquesta es excelente.
—Eso no puede ser toda la explicación.
—También porque rechazar a un duque delante de toda Viena habría sido socialmente suicida.
—Al menos es honesta.
—¿Preferiría una mentira elegante?
—No. Creo que no.
—Baila usted muy bien.
—Lo mismo podría decirse de usted. Aunque imagino que nadie se sorprende por eso.
—En cambio usted sí es una sorpresa.
—Eso suele ocurrir cuando las personas esperan muy poco de alguien antes de conocerlo.
—No baila como las jóvenes de la corte.
—Gracias a Dios.
—¿Dónde aprendió?
—Mi madre era bailarina.
—¿De la ópera imperial?
—No. De teatros pequeños. Los lugares donde la gente iba porque amaba la música y no porque necesitara ser vista.
—Eso explica muchas cosas.
—¿Como cuáles?
—Como el hecho de que parece escuchar la música en lugar de simplemente seguirla.
—¿Y usted?
—Aprendí porque era obligatorio.
—¿Y terminó gustándole?
—Terminé descubriendo que era uno de los pocos momentos donde la gente dejaba de fingir por unos minutos.
—Curiosa observación para un aristócrata.
—Curiosa franqueza para alguien en este salón.
—Ya leyó mi artículo. No creo que todavía espere prudencia diplomática de mi parte.
—Lo leí completo.
—¿Y se ofendió?
—Sí.
—Honesto otra vez.
—Pero también me impresionó.
—Eso no suele ir junto.
—No suelo encontrar personas que sepan exactamente de qué están hablando. Usted sí sabía.
—Porque crecí observándolo desde afuera. Desde cerca, pero nunca dentro.
—A veces los que están afuera ven más claro que los que nacimos adentro.
—Entonces quizás entendió lo que intentaba decir.
—Entendí más de lo que me gustaría admitir.
—¿Y aun así vino a humillarme frente a toda la corte?
—Ese era el plan inicial.
—Interesante sinceridad.
—Ya no parece tener sentido mentirle.
—¿Qué cambió?
—El primer minuto del vals.
—Eso es absurdamente específico.
—Lo sé.
—¿Y qué ocurrió exactamente en ese minuto?
—Descubrí que usted no estaba intentando impresionar a nadie. Solo estaba bailando. Y no recordaba la última vez que vi a alguien hacer algo así aquí.
—La mayoría de las personas en este salón no hacen nada porque lo disfruten.
—Lo sé. Yo crecí entre ellas.
—Eso explica su expresión permanente de cansancio existencial.
—¿Tengo una expresión permanente de cansancio existencial?
—Un poco. Aunque mejora cuando la música es buena.
—Creo que acaba de insultarme y halagarme al mismo tiempo.
—Es una habilidad útil.
—La siguiente pieza es una polonesa.
—Ya vi el programa.
—¿La bailaría conmigo?
—¿Con qué propósito esta vez?
—Con el propósito literal de bailar.
—Eso sí es inesperado.
—Yo también estoy sorprendido.
—Muy bien, duque. Una polonesa entonces.
—Su artículo hablaba de cómo la aristocracia protege el poder cerrando el acceso al conocimiento.
—Sí.
—No estaba equivocada.
—Eso sonó doloroso para usted.
—Lo fue.
—Entonces, ¿por qué no ignorarlo como hicieron los demás?
—Porque era demasiado inteligente para ignorarlo.
—No esperaba escuchar eso de usted.
—Empiezo a sospechar que ambos pasamos la noche contradiciendo expectativas.
—Posiblemente.
—¿Sabe qué fue lo peor de leerlo?
—¿Qué?
—Darme cuenta de que si hubiera nacido en su lugar, probablemente habría escrito exactamente lo mismo.
—Eso es una confesión peligrosa para un duque.
—Y usted es una mujer peligrosa para los salones de Viena.
—Mi padre decía algo parecido.
—¿Qué decía exactamente?
—Que las personas se molestan cuando alguien describe con precisión cosas que preferían no mirar demasiado de cerca.
—Su padre era inteligente.
—Lo era. Aunque no sabía bailar.
—Eso sí puedo creerlo.
—¿Y usted?
—¿Yo qué?
—¿Siempre fue así de insoportablemente correcto?
—No. Antes era peor.
—Impresionante.
—¿Puedo hacerle una pregunta?
—Ya lo está haciendo.
—¿Por qué vino esta noche? Después del artículo, después de todo lo que se dice sobre usted.
—Porque no iba a esconderme por escribir algo verdadero. Y porque me gusta bailar. Ya se lo dije.
—Tiene una manera muy directa de existir.
—Y usted tiene una manera muy complicada de decir cosas simples.
—Eso también es culpa de mi educación aristocrática.
—Qué tragedia.
—Rosamund…
—¿Sí?
—Creo que este es el baile más interesante que he tenido en años.
—Eso explica por qué olvidó humillarme.
—No me lo recuerde. Estoy intentando conservar algo de dignidad.
—Demasiado tarde para eso, señoría. Ya pidió un segundo vals.
—¿Y si pido un tercero?
—Entonces toda Viena empezará a hablar mañana por la mañana.
—Toda Viena ya habla de usted desde hace semanas.
—Sí, pero mañana hablarán de usted también.
—Creo que sobreviviré.
—Eso todavía está por verse.
—¿Bailaría otro vals conmigo?
—Depende.
—¿De qué?
—De si esta vez piensa escuchar la música o seguir planeando estrategias sociales mientras baila.
—Prometo concentrarme únicamente en la música.
—Entonces sí, duque. Otro vals.
Había una ciencia exacta en la humillación pública cuando se ejecutaba en los salones de la aristocracia bienesa y Nicolás Serrat, Duque de Baldenmur, la conocía con la precisión de alguien que ha crecido entre personas que la practican como arte menor y que en algún momento decidió aprenderla con la misma seriedad con que aprendía todo lo demás.
No era crueldad gratuita, se decía, o al menos no siempre. Era el lenguaje del poder en un espacio donde el poder se ejercía a través de miradas y silencios y la elección calculada de con quién se bailaba y con quién no. Era, en los términos más honestos disponibles, la herramienta que usaba cuando alguien cruzaba líneas que consideraba que no debían cruzarse.
La señorita Rosamundfeller había cruzado una de esas líneas. O al menos eso creía Nicolás en la noche del gran baile de invierno del palacio Chombrun, cuando vio entrar a Rosamundfeller por las puertas del salón principal con el vestido color marfil que nadie esperaba que pudiera permitirse y con la postura de alguien que ha decidido que va a ocupar ese espacio, independientemente de lo que el espacio piense al respecto.
que Rosamund Feller había hecho, según la información que había llegado a Nicolás a través de los canales que usaba para mantenerse informado de los asuntos que afectaban a su círculo, era publicar un artículo en una de las revistas de pensamiento más leídas de Viena bajo el seudónimo Rfeller, en el que analizaba con una precisión que varias personas habían descrito como quirúrgica los mecanismos por los que la aristocracia bienesa perpetuaba sus privilegios a través del control de los matrimonios, la herencia y el acceso. al
conocimiento. El artículo no nombraba a nadie específicamente, no necesitaba hacerlo. Los ejemplos que usaba eran suficientemente concretos como para que quien quisiera reconocerse se reconociera y suficientemente abstractos como para que la autora pudiera alegar que no había intención de referencia personal.
El duque de Baldenmur había sido, según la interpretación que circulaba en los salones, uno de los modelos para el tipo de aristocracia que el artículo describía como particularmente impermeables al mérito externo a su clase. No le había gustado. Lo que le gustaba menos era la certeza de que el artículo era bueno, que los argumentos eran sólidos y que la autora sabía de lo que hablaba porque había crecido en los bordes del mundo que describía.
suficientemente cerca para observarlo con detalle y suficientemente lejos para verlo con claridad. Rosamunfeller era la hija de un profesor universitario que había muerto 3 años atrás, dejando como herencia principal una biblioteca considerable y una red de contactos académicos que su hija había usado con una eficiencia que el propio Nicolás, si hubiera sido honesto, habría reconocido como admirable.
No tenía fortuna, no tenía título, tenía una mente que varios de los hombres más inteligentes de Viena describían como excepcional y que el mundo en el que Nicolás se movía describía cuando se dignaba describirla como inconvenientemente aguda para alguien en su posición. La había visto en dos o tres ocasiones anteriores, en eventos a los que había llegado como acompañante de alguna de las familias que la toleraban por las razones que las familias toleraban a las personas inteligentes sin recursos, utilidad, brillo prestado, la
satisfacción de ser el tipo de familia que apoya el talento. había notado, con la atención periférica que era su modo habitual de registrar el entorno, que se movía en esos espacios con algo que no era exactamente comodidad, pero que tampoco era incomodidad. Era otra cosa. Era la presencia de alguien que sabe exactamente dónde está y exactamente cómo se relaciona con ese lugar, sin ilusiones en ninguna dirección.
Lo que había decidido hacer esa noche de invierno en el palacio Chombrunera en su propio análisis, simple y efectivo, invitarla a bailar, que era un gesto que en ese contexto sería leído como condescendencia del tipo que deja a la otra persona sin respuesta posible que no sea la aceptación agradecida.
y luego en el baile mismo usar los 24 compases de un bals para decirle en el lenguaje codificado de los salones bienes que ella claramente conocía bien, que los análisis publicados en revistas tenían consecuencias que los académicos no siempre anticipaban. No sería cruel, solo sería suficientemente incómodo como para que el mensaje llegara.
la encontró junto a la columna este del salón, donde estaba hablando con la varonesa Crace, que era una mujer de 60 años con la posición social suficiente para incluir a Rosamundfeller en su círculo sin que nadie se lo cuestionara y con el sentido del humor suficiente para disfrutar de la incomodidad que eso producía en personas como Nicolás.
La varonesa lo vio acercarse con la expresión de alguien que está anticipando algo entretenido sin saber todavía exactamente qué. Rosamund lo vio un segundo después y en ese segundo Nicolás registró algo que no había anticipado. No hubo en su expresión el tipo de reacción que él había visto en la mayoría de las personas cuando él se acercaba con propósito.
No hubo ni deferencia, ni nerviosismo, ni la alteración visible que su presencia producía en los espacios donde su posición funcionaba como gravedad. Hubo durante ese segundo la misma evaluación directa que debía de usar para todo y luego la expresión se volvió completamente neutral con la eficiencia de alguien que ha decidido cuál es la posición que va a mantener antes de saber exactamente que se le va a pedir.
Señorita Feller, dijo con la cortesía exacta que la situación requería. Varonesa, duque, dijo la varonesa con el tono de quien está disfrutando de algo que todavía no se ha revelado completamente. Rosamund inclinó la cabeza con la medida precisa de lo que correspondía y no un milímetro más.
¿Me concedería este baile?, preguntó Nicolás con la misma cortesía de siempre. Hubo un momento no largo, solo el tiempo en que una persona inteligente evalúa una situación desde todos los ángulos disponibles. Y en ese momento Nicolás vio con algo que no estaba seguro de cómo clasificar que Rosamundfeller estaba evaluando exactamente lo mismo que él habría evaluado en su lugar, las razones posibles para esa invitación, lo que la aceptación implicaba, lo que el rechazo implicaba y cuál de las dos opciones le daba más control sobre lo que venía
después. Con mucho gusto dijo Rosamund. La varonesa Cris los miró alejarse con la expresión de alguien que ha decidido que va a disfrutar de lo que sea que ocurra a continuación. La orquesta estaba comenzando un bals, que era el formato que Nicolás había anticipado porque el programa del baile era conocido y había elegido ese momento con precisión.
Era la pieza que más bailaban, la que la mayoría de los presentes conocían, la que produciría la mayor cantidad de miradas porque todo el mundo miraba el bals en los bailes de invierno de Chombrun. tomó su lugar frente a ella con la posición correcta, una mano en su cintura, la otra sosteniendo la suya, la distancia apropiada que las reglas del balse establecían y que era en los salones de Viena, una distancia que podía ser simultáneamente técnicamente correcta y personalmente significativa dependiendo de cómo se manejara. Y
entonces la orquesta empezó. Lo que ocurrió en los siguientes 3 minutos y 40 segundos, que era la duración exacta de ese bals particular, según Nicolás lo había bailado suficientes veces como para conocerla, fue algo que no estaba en ninguno de los planes que había construido para esa noche.
Rosa Moonfeller bailaba, no de la manera en que bailaban las jóvenes que habían tenido profesores de danza desde los 6 años y que ejecutaban los pasos con la precisión mecánica de algo completamente aprendido. bailaba de la manera en que baila alguien para quien el movimiento tiene sentido intrínseco, para quien el ritmo es algo que el cuerpo entiende antes de que la mente lo procese.
Para quien la música y el espacio y el compañero de baile son variables que se integran con una fluidez que no es técnica, sino algo anterior a la técnica. siguió los pasos con la misma precisión de siempre. Sí, pero había algo en como lo seguía que era diferente a todo lo que Nicolás había experimentado en los bailes de los últimos 15 años de temporadas en Viena.
Era la diferencia entre bailar correctamente y bailar de verdad. Y Nicolás, que había aprendido a bailar antes que a leer y que tenía en la danza uno de los pocos espacios donde su eficiencia calculada se diía a algo más parecido al placer genuino, sintió esa diferencia con la claridad de algo que se reconoce porque se conoce.
Además, miraba no hacia el punto neutro que la etiqueta sugería, no hacia el espacio entre los bailarines, que era la elección de Corosa, sino hacia él, con los mismos ojos grises que lo habían evaluado junto a la columna este y que ahora. En el movimiento del bals tenían una calidad diferente, no desafiante, no deferente, presente completamente con la atención de alguien que está en el lugar donde está y no en ningún otro lugar.
Nicolás perdió el hilo del plan que había construido aproximadamente en el compás 12. No físicamente. Los pasos continuaron con la misma exactitud de siempre, porque había cosas que el cuerpo hacía sin que la mente necesitara supervisarlas. Pero el monólogo interior que había preparado, los puntos que había pensado transmitir en el lenguaje codificado de la proximidad y la distancia y el tiempo se dispersó con la misma eficiencia con que el humo se dispersa cuando el viento cambia de dirección.
En su lugar llegó otra cosa. La conciencia de que la mano que sostenía la suya tenía la presión exacta de alguien que baila con atención al compañero y no solo a los pasos. La conciencia de que cuando el Bals requería el giro y él la guiaba hacia él, ella lo seguía con la confianza de alguien que ha decidido que puede confiar en esa guía sin que esa confianza implique ninguna otra cosa.
La conciencia de que los 3 minutos y 40 segundos que había calculado como duración suficiente para el mensaje que quería transmitir eran en la práctica de ese balsa específico, considerablemente más cortos de lo que habían sido nunca. Cuando la música terminó, Nicolás se encontró en la posición de haber completado un plan que ya no recordaba haber querido completar y de estar en el espacio de pausa que seguía al final del bals, completamente desprovisto de lo que venía a continuación.
Rosamund hizo la inclinación de cabeza que correspondía al final del baile y dijo con la misma neutralidad de siempre, “Gracias, señoría.” y se preparó para retirarse. “Un momento”, dijo Nicolás, y la palabra salió antes de que hubiera decidido decirla, lo cual era una experiencia suficientemente inusual como para que la notara. Ella se detuvo, lo miró.
Señoría, baila usted”, dijo Nicolás y tuvo que completar la frase porque había empezado a decirla excepcionalmente bien. Hubo una pausa de exactamente el tamaño que indica que la persona que la hace está considerando si la observación merece respuesta y de qué tipo. “Lo mismo podría decirse de usted”, dijo Rosamund.
“Aunque imagino que en su caso no es una sorpresa para nadie.” “¿Y en el suyo?” En el mío”, dijo ella, con la directitud que era evidentemente su velocidad natural, “probablemente es una sorpresa para usted que era la persona que más expectativas específicas traía a este baile.” Nicolás la miró. ¿Qué expectativas cree que traía? Las que trae cualquier persona de su posición cuando invita a bailar a alguien de la mía en un evento de este tipo, dijo Rosamund elevar la voz ni modificar la expresión.
No es un fenómeno infrecuente. Lo he observado desde el otro lado suficientes veces como para reconocerlo. Era la cosa más directa que alguien le había dicho en un salón de baile en 15 años de temporadas bienesas. Y Nicolás tuvo el pensamiento completamente inconveniente para los propósitos de la noche de que tenía razón y sin embargo aceptó. Dijo.
El rechazo habría sido más costoso que la aceptación, dijo ella. Los rechazos a los duques en los bailes de Chombrun tienen consecuencias que los acepta correctamente ejecutados. No tienen. Una pausa muy breve. Además quería bailar. Hace tiempo que no hay música de esta calidad. Nicolás la miró durante un momento que contuvo, entre otras cosas, la comprensión de que la persona frente a él había entrado al bals con la misma información que él, había evaluado la situación con la misma precisión y había tomado una decisión completamente estratégica que al mismo tiempo era
completamente honesta sobre sus propias razones. y había bailado como bailaba, porque bailar era lo que le gustaba hacer cuando había música de calidad, independientemente del contexto. Era en su experiencia único. “La siguiente pieza es una polonesa”, dijo Nicolás y no supo del todo porque lo dijo, excepto que era verdad y que en algún nivel que no estaba del todo articulado, quería que la conversación no terminara todavía.
“Lo sé”, dijo Rosamund. El programa estaba en la invitación. Bailaría también la polonesa. Hubo la misma pausa evaluadora de antes, más larga esta vez. ¿Con qué propósito? Preguntó con la directitud de siempre. Con el propósito de bailar una polonesa. Dijo Nicolás. El propósito que tenía para el bals era diferente y no resultó.
Algo pasó por la expresión de Rosamund en ese momento. Breve, difícil de clasificar. Era la reacción de alguien que acaba de recibir información que no esperaba y que la está procesando con la rapidez que procesaba todo. Está admitiendo que tenía un propósito diferente. Usted ya lo sabía, dijo Nicolás. Lo acaba de decir, “Admitirlo no añade información nueva.
No, pero es inusual que alguien lo admita en voz alta. Tengo la impresión, dijo Nicolás, con algo que en otro contexto podría haber sido el inicio de una sonrisa de que usted produce ese efecto con cierta frecuencia. El de hacer que las cosas se digan en voz alta. Mi padre decía que era mi defecto más constante, dijo ella, aunque no estoy completamente segura de que lo dijera como crítica.
No lo era dijo Nicolás con una certeza que era un poco inesperada incluso para él. Bailará la polonesa. Rosamund lo miró durante un momento más y luego dijo, “Sí.” La polonesa fue diferente al bals. Era una pieza que requería más atención porque su estructura era menos familiar para la mayoría de los bailarines y en esa mayor demanda de atención, la conversación que ocurría entre dos personas que bailaban juntas era de otro tipo.
Nicolás notó en los primeros compases que Rosamund conocía la polonesa también como el Bals, que su atención distribuía la misma calidad entre la música, el movimiento y él, y que esa distribución era completamente natural, sin el esfuerzo visible de alguien que está manteniendo múltiples cosas simultáneas. ¿Dónde aprendió a bailar de esta manera? preguntó porque era la pregunta que había estado formándose desde el bals y que la polonesa hacía posible en términos de la conversación que el baile permitía.
Mi madre”, dijo Rosamund, “era bailarina, no de los teatros grandes, de los pequeños, los que no aparecen en los programas oficiales, pero que existían en todas las ciudades del imperio para la gente que amaba la danza, pero que no tenía acceso a los teatros grandes. Una pausa. Murió cuando yo tenía 12 años.
Lo que aprendí de ella antes de eso es lo que tengo. Y su padre. Mi padre podía identificar un compás equivocado a distancia, pero no podía bailar sin pisar a su compañera. Había algo en su voz al decirlo que era afecto real, del tipo que sobrevive a la ausencia porque está construido sobre algo sólido.
Eran complementarios en formas que no eran evidentes para nadie, excepto para ellos. Nicolás pensó en sus padres que habían sido complementarios en términos que el mundo aristocrático reconocía y que él había asumido durante mucho tiempo como el modelo correcto de lo que una pareja debía ser. No recordaba haberlos visto bailar de la manera en que Rosamun escribía a los suyos.
El artículo dijo porque era la cosa que tenía que nombrarse en algún momento y que la polonesa, con su estructura más relajada que el bals, hacía posible nombrar sin que pareciera una confrontación. ¿Cuál de ellos?, dijo Rosamund con la neutralidad de alguien que ha escrito varios y que no asume cuál es el que se menciona.
El de la revista de pensamiento sobre los mecanismos de perpetuación del privilegio aristocrático. Una pausa. ¿Lo leyó? Sí. Y bien. Era una pregunta extraordinaria en su brevedad. No le ofendió. ¿No tiene objeciones? No. ¿Que piensa usted de alguien de su posición que escribe esas cosas? Simplemente y bien, era un análisis riguroso, dijo Nicolás.
Los argumentos estaban bien construidos, las evidencias eran sólidas. Pero no hay pero es lo que dije. Rosamund lo miró de la misma manera en que lo había mirado en el bals, presente, atenta, sin el filtro de la deferencia, pero también sin el filtro del antagonismo. La mayoría de las personas de su posición que han leído ese artículo no usan la palabra riguroso, dijo.
¿Qué palabras usan? Palabras que no repetiré en el palacio Chombrun. Nicolás tuvo el pensamiento, que era el segundo pensamiento de ese tipo en la noche y que empezaba a constituir un patrón que no podía ignorar de que la persona con quien estaba bailando una polonesa en el gran baile de invierno era la conversación más interesante que había tenido en mucho tiempo.
¿Por qué lo publicó? Preguntó. Porque tenía razón y las cosas que tienen razón deberían decirse”, dijo Rosamund con la misma simplicidad con que debía de decir todo. “Y porque los espacios donde esas cosas pueden decirse son limitados y vale la pena usarlos cuando están disponibles. Y las consecuencias las evalué antes de publicarlo,”, dijo.
“Las consecuencias de no publicarlo me parecieron peores para usted, para las personas sobre quienes escribía. Nicolás la miró y en ese momento de la polonesa, con la música y el movimiento y la luz de los candelabros del palacio Chombrun, comprendió algo que debería haber comprendido mucho antes y que el bals ya había insinuado y que la polonesa estaba confirmando con la evidencia acumulada de una conversación que llevaba 20 minutos siendo exactamente lo que era, que la mujer que bailaba con él era alguien que actuaba a
partir de principios que había examinado y elegido, no principios heredados que nunca habían. sido cuestionados y que esa diferencia era fundamental de maneras que él apenas estaba comenzando a entender. La polonesa terminó. Los aplausos de los presentes que habían estado mirando, porque Nicolás había notado periféricamente que los habían estado mirando más de lo habitual, llenaron el salón con el sonido particular de los aplausos bienes de los grandes bailes, que tenían su propio ritmo y su propia etiqueta. Esta vez fue el quien se
preparó para retirarse, no con el propósito de terminar la conversación, sino con el de gestionarla correctamente, porque había personas en ese salón que observaban con la atención de quienes construyen narrativas a partir de lo que ven y que dos bailes consecutivos ya habría construido una narrativa que requería manejo.
“Señorita Feller”, dijo, “Ha sido un placer extraordinario.” Lo mismo dijo ella y lo dijo de la manera en que decía todo, sin ornamentos, como un hecho. Nicolás se alejó hacia el lado del salón donde estaba el Conde Mertens, con quien tenía asuntos que discutir y que en ese momento constituían la mejor razón disponible para no hacer lo que una parte de él quería hacer, que era preguntar si habría una tercera pieza.
La conversación con el conde Mertens duró 12 minutos. Nicolás sabe que fueron 12 minutos porque los contó, lo cual no era algo que hiciera habitualmente en las conversaciones con el conde Mertens y que decía algo sobre el estado de su atención esa noche. Rosamund desde el otro lado del salón hablaba con dos personas que Nicolás identificó como estudiantes de la universidad, probablemente conocidos de su círculo académico, con la animación particular de alguien que está en una conversación que le interesa genuinamente.
creía en un momento. No la risa decorativa de los salones, sino algo más breve y más real. Y Nicolás, desde los 12 minutos con el con de Mertens, lo registró con la atención que había aprendido a prestarle a todo lo que venía de esa dirección en las últimas dos horas. La siguiente pieza era, según el programa, un bals nuevo del que se hablaba en los círculos musicales bienes como uno de los más hermosos de la temporada. Nicolás lo sabía.
lo había anticipado cuando revisó el programa antes del baile como parte de la planificación de la noche, que ya no tenía el mismo propósito que cuando la había planificado. Cruzó el salón. La varonesa Crace, que seguía en su posición estratégica cerca de la columna este, lo vio venir con la expresión de alguien cuyos cálculos iniciales sobre la noche han resultado ser más interesantes de lo que esperaba.
Rosamund lo vio cuando estaba a tres pasos. Sus dos interlocutores también lo vieron y produjeron el tipo de reacción habitual que era la combinación de reconocimiento y ajuste que producía su presencia en la mayoría de los contextos. Rosamund no produjo ninguna de las dos. Produjo la misma evaluación de siempre, más rápida ahora con la información acumulada de la noche ya disponible.
Señorita Feller”, dijo Nicolás, “me concedería este bals.” Hubo una pausa que era diferente a las dos anteriores. No la pausa de alguien que está evaluando los costos del rechazo. No la pausa de alguien que está calibrando los propósitos detrás de la invitación. Era la pausa de alguien que está decidiendo con información diferente a la que tenía antes.
¿Con qué propósito esta vez? preguntó con esa directitud que ya era completamente familiar, con el de escuchar esa música mientras bailo con alguien que baila de verdad, dijo Nicolás. Y si es posible continuar una conversación que no he terminado. La varonesa Crace, desde su posición junto a la columna tuvo la expresión de alguien que acaba de ver algo que no esperaba ver y que lo encuentra completamente satisfactorio.
Rosamund lo miró durante el momento que necesitó. ¿Qué parte de la conversación no ha terminado? La parte sobre lo que tiene razón y lo que no tiene razón en el artículo. Algo en su expresión cambió. Tan breve que habría sido invisible para alguien que no estuviera prestando la atención que Nicolás había estado prestando toda la noche.
Hay partes que considera que no tienen razón. Hay partes que considero que son incompletas. dijo que no es lo mismo, pero esa distinción requiere más de los 4 minutos que dura un bals para explicarse. Rosamund lo miró. Los bals de esta orquesta duran habitualmente 5 minutos y medio, dijo. Lo ha cronometrado. Lo noto dijo ella. La estructura de esta orquesta es más lenta que la media bienesa.
Es una elección estilística que personalmente aprecio. Nicolás tuvo el tercer pensamiento del tipo de la noche. Bailará. Sí, dijo Rosamund. El bals nuevo era, como prometía el programa, exactamente lo que los círculos musicales bienes habían descrito. Hermoso con la particularidad de que su belleza no era obvia, sino que se revelaba en la escucha, que era el tipo de belleza que dura.
y bailarlo con Rosaman Father, que lo escuchaba mientras bailaba con la misma atención total con que hacía todo. Fue diferente a los dos bailes anteriores con la diferencia específica de algo que ya no está siendo evaluado, sino que simplemente está haciendo. hablaron durante los 5 minutos y medio sobre el artículo, sobre los argumentos que él consideraba incompletos y las razones que ella daba para considerarlos completos sobre los datos que él tenía desde el interior del sistema que ella describía desde el exterior y que en
algunos puntos coincidían y en otros producían una imagen diferente que ninguno de los dos podía ignorar. No llegaron a ninguna conclusión. Los 5 minutos y medio no eran suficientes para eso, pero llegaron a la certeza que ninguno de los dos dijo en voz alta, pero que ambos tenían al final de la pieza de que la conversación tenía material suficiente para continuar.
Cuando la música terminó y los aplausos llenaron el salón, Nicolás mantuvo su posición un momento más de lo que el protocolo estricto requería. ¿Estará en la recepción del embajador prusiano el próximo jueves?, preguntó. No he recibido invitación”, dijo Rosamund con la misma neutralidad de siempre sobre los hechos que eran hechos. “La recibirá”, dijo Nicolás.
Una pausa. ¿Por qué? Porque la conversación sobre el artículo requiere más de 5 minutos y medio, dijo. Y porque la recepción del embajador prusiano tiene, según recuerdo, una biblioteca adyacente al salón principal que en algún momento de la noche queda vacía y que es un espacio más adecuado para ese tipo de conversación que el centro de un salón de baile.
Rosamund lo miró con esa mirada directa que en el transcurso de esa noche había adquirido capas que no tenía al principio. Eso es una propuesta considerable, dijo. Lo es completamente dirigida a la conversación sobre el artículo. Nicolás consideró la pregunta con la honestidad que ella producía en él de manera aparentemente automática.
No completamente, dijo Rosamun. dejó pasar un momento. La invitación llegaría a través de canales formales”, dijo. “Sí, con suficiente anticipación para que sea posible prepararse, con 4 días de anticipación, que debería ser suficiente.” Lo es, una pausa que era diferente a todas las anteriores. “Entonces estaré en la recepción del embajador prusiano el próximo jueves.
” Nicolás asintió y se alejó por el salón con la conciencia completa de que la noche había resultado de manera radicalmente diferente a como había entrado en ella, que el plan que había construido con precisión había sido sustituido por algo que no tenía plan todavía, pero que tenía, en cambio, la calidad específica de las cosas que son reales.
La varonesa Crace lo encontró en el buffet 20 minutos después con la expresión de alguien que ha observado todo y que tiene opiniones. Tres bailes”, dijo la varonesa sin preámbulo. “Sí”, dijo Nicolás. Con la misma persona. “También.” “Sí, eso es en los términos de este salón una declaración.” “Lo sé”, dijo Nicolás. La varonesa lo miró con los 70 años de experiencia en los salones bienes que le permitían leer las situaciones antes de que la mayoría de las personas supieran que había algo que leer.
¿Entró esta noche con otro propósito?, preguntó Nicolás. La miró. Sí, dijo, porque con la varonesa Crais, que lo conocía desde que tenía 8 años y que tenía la perspectiva de alguien que te ha visto en suficientes situaciones como para que la verdad sea la única moneda útil. La honestidad era el único modo. ¿Y cómo resultó? Mal, dijo Nicolás.
En el sentido de que no resultó como había planeado. Y bien, en el sentido de que lo que resultó en su lugar era considerablemente mejor de lo que había planeado. La varonesa asintió con la satisfacción de alguien que ha visto a un joven. Aunque Nicolás llevaba muchos años sin ser joven en ningún sentido convencional, aprender algo importante de la manera más eficiente disponible.
Su padre, dijo la varonesa, también entró en mi salón en 1809 con un propósito que no resultó. Lo que resultó en su lugar fue su madre. Una pausa. Las Feller tienen esa calidad, la de hacer que los planes sean ante algo mejor. Nicolás la miró. Conoció a la madre de la señorita Feller. Bailé con ella una vez.
La varonesa tenía la expresión de los recuerdos que se guardan porque son buenos. Tenía la misma calidad de presencia. No sé de dónde viene eso, si se nace con ello o si se construye, pero cuando está es inconfundible. Nicolás pensó en el Bals y en la polonesa y en el bals nuevo en los 5 minutos y medio y en la conversación sobre el artículo y en la biblioteca adyacente al salón del embajador prusiano que quedaría vacía en algún momento del jueves.
Sí, dijo, es inconfundible. Lo que siguió al gran baile de invierno del Palacio Chombr fue lo que sigue siempre a las noches que cambian algo sin anunciarlo, el proceso gradual de comprender que cambió y qué hacer con ello. La recepción del embajador pruciano fue el jueves con la invitación que llegó con 4 días de anticipación como había prometido, y con la biblioteca adyacente que efectivamente quedó vacía en algún momento de la noche y que fue durante 2 horas el espacio donde Nicolás y Rosamund continuaron la conversación sobre el artículo con la
honestidad que ese tipo de conversación requería. Él le dijo las partes que consideraba incompletas. Ella lo escuchó con la atención de alguien que está genuinamente interesado en la información que viene desde adentro del sistema que ha descrito desde afuera. Discutieron con el mismo tipo de desacuerdo productivo que habían tenido en la polonesa.
Llegaron esta vez a algunas conclusiones que ninguno de los dos había tenido antes de esa conversación. Y en algún momento de esas dos horas, que no fue anunciado por ninguna transición dramática, sino que simplemente ocurrió con la naturalidad de las cosas que tienen su propio ritmo, la conversación dejó de ser sobre el artículo y empezó a ser sobre otras cosas, sobre los libros de su padre y la biblioteca de Valdenmur, que tenía materiales que podrían ser relevantes para la investigación que ella estaba desarrollando.
sobre la música que los dos apreciaban, que resultó tener más superposición de lo que ninguno habría predicho, sobre lo que cada uno de ellos había aprendido sobre sí mismo en los últimos años, que era una conversación que no se tenía en los salones y que en la biblioteca del embajador plusiano con los libros alrededor y la música del salón adyacente llegando amortiguada, tenía el espacio correcto.
Rosa Moonfeller no cambió en el proceso. era exactamente la misma persona que había evaluado la invitación al bals en el palacio Chombrun con los ojos grises que pesaban todo. Lo que cambió fue Nicolás, que era el que tenía cosas que aprender y que las fue aprendiendo con la velocidad que aprenden las personas que son inteligentes cuando finalmente prestan atención a lo correcto.
Meses después, en la primavera bienesa que hacía que el Prater tuviera esa calidad de luz que los pintores intentaban capturar, Nicolás le preguntó a Rosamundfeller si consideraría casarse con él. Lo hizo en la biblioteca de Baldenmore, que era el lugar donde habían tenido la mayoría de las conversaciones importantes de los meses anteriores, con la misma directitud que ella usaba para todo y que él había aprendido de ella como la forma más eficiente de decir las cosas que importaban.
Ella lo miró con los ojos que pesaban todo. ¿Ha considerado las implicaciones? Preguntó. Extensamente, dijo él. Y las objeciones que existirán en su círculo también. Y la diferencia entre lo que yo soy y lo que el mundo esperaría de la duquesa de Baldenmur. He considerado, dijo Nicolás, que esa diferencia es en todos los sentidos que importan un activo y no un problema.
Rosamund lo miró durante el momento que necesitó. “Hay condiciones,”, dijo. “Dígalas. El segundo artículo que está casi terminado se publica independientemente de lo que ocurra entre nosotros.” Por supuesto. Y la biblioteca de Baldenmur tiene acceso para los estudiantes universitarios con propósito de investigación legítimo.
Puedo organizarlo con Brenner antes de que termine el mes. ¿Tiene usted un Brenner? Tengo un Brenner que cumple funciones equivalentes a un dubal con eficiencia comparable. Algo en su expresión hizo lo que hacía a veces cuando algo le parecía correcto. Se acercó a la sonrisa sin llegar del todo, pero produjo el mismo efecto.
Y bailará conmigo cuando haya música de calidad. Nicolás la miró. Eso dijo, era lo que tenía pensado proponer yo. Entonces, estamos de acuerdo. ¿Es eso un sí? Es un sí, dijo Rosamund. Con las condiciones mencionadas aceptadas, dijo Nicolás en la biblioteca de Baldenmur con la primavera bienesa afuera y los libros adentro y los meses anteriores detrás de ellos como la evidencia de lo que dos personas podían construir cuando dejaban de ejecutar planes y empezaban a prestar atención.
El duque de Baldenmur y Rosamunfeller, hija de un profesor universitario y de una bailarina de los teatros pequeños, acordaron los términos de algo que ninguno de los dos habría anticipado la noche del gran baile de invierno del palacio Chonombrun. Aunque la varonesa Crace, si se le hubiera preguntado, habría dicho que lo había anticipado desde el momento en que los vio salir juntos a la pista del bals.
Las varonesas con 70 años de salones bienes tenían esa capacidad. era, según ella misma explicaba cuando alguien se lo preguntaba, simplemente cuestión de saber qué buscar. Y lo que había buscado esa noche era la expresión de un hombre que entra con un plan y sale con algo mejor. Era una expresión que reconocía porque la había visto antes, en 1809, en el rostro del padre de Nicolás, en el momento exacto en que la bailarina de los teatros pequeños lo había mirado con los ojos que pesaban todo. Algunas cosas en los salones de
Viena eran perfectamente consistentes a través de las generaciones. Y eso, pensó la varonesa, era de las pocas que valían la pena conservar. M.