La música popular del siglo veinte está repleta de meteoros que brillaron con fuerza para luego extinguirse en las sombras de la autodestrucción, pero pocos artistas han experimentado un viaje tan pendular entre el éxtasis del estrellato mundial y el abismo de la humillación pública como Thomas John Woodward, conocido universalmente como Tom Jones. En octubre de mil novecientos setenta y cinco, el hombre que cobraba cien mil dólares a la semana en los escenarios más lujosos de Las Vegas vivió su peor pesadilla. Durante la interpretación del tema Darlin en el escenario del Las Vegas Hilton, el público, harto de los constantes rumores sobre los excesos del cantante, comenzó un abucheo ensordecedor que obligó al equipo de seguridad a sacarlo a rastras a mitad de la actuación. Aquella noche, el ídolo se quebró. Se recluyó durante seis meses en su mansión, encendiendo un cigarrillo tras otro, repitiendo la cinta de la grabación y confesando a su manager que sentía que todo había terminado. Sin embargo, el colapso no fue provocado por una mala nota, sino por el peso acumulado de una vida de excesos que incluía cientos de amantes al año y un matrimonio al borde del colapso destructivo.
Para entender la magnitud del mito y sus grietas, es necesario descender a las raíces de aquel joven nacido en junio de mil novecientos cuarenta en Pontypridd, una pequeña localidad de Gales. El entorno de su infancia estuvo marcado por el polvo de carbón del valle de Rhondda, don
de su padre soportaba jornadas de doce horas bajo tierra para llevar el sustento a una casa adosada y precaria. La estrechez económica era la norma, pero el verdadero golpe llegó a sus doce años, cuando le diagnosticaron tuberculosis. Aquella enfermedad, que en la época causaba terror, lo confinó a un aislamiento absoluto en su habitación durante dos años enteros, entre mil novecientos cincuenta y dos y mil novecientos cincuenta y cuatro. Con las ventanas abiertas de par en par para recibir el aire gélido del invierno y la única compañía de una radio de la BBC, el joven Tommy absorbió los sonidos del blues estadounidense y las voces del rhythm and blues. Aunque los médicos le prohibieron cantar durante el primer año, el silencio forzado transformó su anatomía vocal, madurando y endureciendo su registro hasta convertirlo en el potente barítono que conmovería al mundo. Aquella debilidad se transformó en su mayor fortaleza, y allí nació la promesa interna de jamás quejarse si lograba volver a caminar libre bajo la luz de los faroles.
La escuela nunca fue un refugio amigable. Etiquetado erróneamente como perezoso por maestros que ignoraban su dislexia, Tommy encontró su verdadera identidad imitando los movimientos de cadera de Elvis Presley y cantando en los pubs locales por propinas, desafiando el ambiente rudo de los mineros galeses. A los dieciséis años abandonó las aulas por completo, encadenando trabajos duros como peón de construcción y vendedor de aspiradoras. En ese mismo período, la adultez lo golpeó con prisa: su novia de la infancia, Melinda Trenchard, quedó embarazada a los dieciséis años. Se casaron en una ceremonia civil silenciosa en marzo de mil novecientos cincuenta y siete, y cinco meses después nació su único hijo, Mark. A los diecisiete años, Tom era un padre de familia que trabajaba doce horas en una planta de caucho por un salario miserable, escapando por las noches para cantar con su banda, Tommy Scott and the Senators. Un grave accidente automovilístico en mil novecientos sesenta lo dejó meses sin empleo y sumido en una profunda depresión, pero también endureció su determinación de no regresar jamás a la monotonía de las fábricas.

El destino cambió de rumbo en mil novecientos sesenta y tres, cuando Gordon Mills, un exboxeador reconvertido en cazatalentos, lo escuchó en un club juvenil. Impactado por su presencia, Mills se convirtió en su manager, lo trasladó a Londres y lo rebautizó como Tom Jones. El éxito no fue un proceso lento; fue una explosión volcánica. En enero de mil novecientos sesenta y cinco, el sencillo It’s Not Unusual escaló al número uno en el Reino Unido y entró con fuerza en las listas estadounidenses. Meses después, veintiocho millones de espectadores contemplaron atónitos sus provocativos movimientos escénicos en el legendario programa de Ed Sullivan, dividiendo a la sociedad entre la fascinación y el escándalo. Luego vino la colaboración con Burt Bacharach para el tema cinematográfico What’s New Pussycat y el dominio absoluto de las listas con Green Green Grass of Home, una interpretación tan desgarradora sobre los últimos pensamientos de un condenado a muerte que miles de oyentes llamaban a las estaciones de radio creyendo que el cantante estaba realmente en prisión.
Hacia mil novecientos sesenta y siete, Las Vegas se rindió a sus pies. Con contratos millonarios en el Flamingo Hotel y posteriormente en el Caesars Palace, Tom Jones se convirtió en el arquetipo del showman de los años setenta. Sus espectáculos eran una caldera de tensión sexual donde el público femenino arrojaba prendas íntimas al escenario y los encuentros tras bambalinas con fanáticas se contaban por cientos. Los tabloides británicos y estadounidenses comenzaron a desvelar una doble vida insostenible: se reportaba que mantenía encuentros con unas doscientas cincuenta mujeres al año en habitaciones especialmente reservadas en cada recinto. El romance de tres años con la joven Marjorie Wallace, quien perdió su corona de Miss Mundo tras ser fotografiada junto al cantante en una playa, desató un circo mediático internacional que hirió profundamente su matrimonio. En la intimidad de su hogar, la paciencia de Melinda se agotó de forma violenta; tras descubrir los detalles de las infidelidades en la prensa, confrontó al cantante físicamente en una habitación de hotel, destrozando los espejos y dejándolo ensangrentado tras reclamarle la ruina de la dignidad familiar. Tom se limitó a quedarse inmóvil y aceptar el castigo, consciente del daño causado.
A pesar de las turbulencias, la resiliencia artística de Jones demostró ser incombustible. A finales de los años ochenta, tras la muerte de su manager de toda la vida y con su hijo Mark asumiendo la gestión de su carrera, el cantante logró una milagrosa reinvención. Su colaboración en mil novecientos ochenta y ocho con el grupo de música electrónica The Art of Noise para una versión vanguardista de Kiss, el éxito de Prince, lo catapultó directamente a la era de la televisión musical en MTV, obteniendo reconocimiento internacional y demostrando que su voz madura podía cabalgar sobre ritmos contemporáneos sin perder su esencia. El éxito comercial regresó a lo grande en mil novecientos noventa y nueve con el álbum de duetos Reload, que vendió millones de copias gracias al fenómeno global de Sexbomb. El reconocimiento institucional llegó con el nombramiento como Caballero de la Orden del Imperio Británico por parte de la reina Isabel Segunda en el año dos mil seis, transformando al antiguo minero en Sir Tom Jones.
Los años finales de la trayectoria de esta leyenda viva han estado marcados por la supervivencia física y la melancolía del sobreviviente. Superó un agresivo diagnóstico de cáncer de pulmón a principios de la década de dos mil, se integró con éxito como mentor entrañable en el programa televisivo The Voice en el Reino Unido y continuó grabando álbumes de raíces galesas e influencia góspel. Sin embargo, el golpe más definitivo no provino de la enfermedad ni de los escenarios, sino de la pérdida de Melinda, quien falleció de leucemia en el año dos mil dieciséis tras cincuenta y nueve años de matrimonio. Tras su partida, Sir Tom Jones vendió su lujosa mansión de Los Ángeles porque los recuerdos eran demasiado dolorosos y se instaló en un piso en Londres. Hoy en día, a sus ochenta y cinco años, el Tigre de Gales vive una existencia semirreclusa, conversando con las fotografías de la mujer que, pese a las tormentas y los escándalos, siempre supo que él regresaría a casa. Sigue cantando solo porque fue la última promesa que le hizo antes de morir: continuar actuando y nunca llorar en soledad.