HARFUCH CATEA la CASA de OMAR CHAVEZ y lo DETIENE en CULIACAN
Fue detenido Omar Chávez, hijo del ex boxeador Julio César. Jueves 22 de mayo, las 8:53 de la mañana, carretera Culiacán Nabolato, cuando detienen al segundo hijo de Julio César Chávez en menos de un año. Atención, atención. Un hombre de 36 años, una patrulla de la policía estatal preventiva.
Kilómetro 14 de la carretera que conecta Culiacán con Nabolato. Traslado inmediato al centro de ejecución de sanciones penales a Guaruto y un apellido que pesa más que cualquier otro en la historia del boxeo mexicano Chávez. Omar Alonso Chávez Carrasco, hijo del César del boxeo, esposado y trasladado a prisión mientras las autoridades de Sinaloa guardan silencio absoluto sobre el motivo de la detención.
Su hermano Julio César Chávez Junior lleva meses preso, vinculado a los chapitos, acusado de delincuencia organizada y tráfico de armas, dos hijos de la leyenda, dos celdas diferentes, la misma tierra donde su padre construyó un imperio a golpes limpios. Omar García Harfuch, secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, recibió el reporte de la detención a las 9:17 de la mañana.
Del jueves 22 de mayo. Leyó el expediente una vez, cerró la carpeta, autorizó el protocolo de custodia reforzada. Harfuch conoce Sinaloa como pocos funcionarios federales la conocen. Sabe que cuando un apellido como Chávez aparece en un parte policial en Culiacán, las preguntas que importan tienen poco que ver con el delito y mucho que ver con quién protege a quién.
Pero hay algo que los noticieros no te van a contar. Omar Alonso Chávez Carrasco había sido detenido antes, dos veces en los últimos 3 años, ambas en Culiacán, ambas relacionadas con sustancias. En las dos ocasiones salió libre menos de 48 horas, sin cargos formales, sin proceso, sin explicaciones públicas.
Esta vez las autoridades lo trasladaron directo a Guaruto y mantuvieron cerrada la información durante horas. Eso significa que alguien en algún nivel de la cadena de mando decidió que esta detención iba a seguir un camino diferente al de las anteriores. Esa pregunta tiene nombre en los archivos de Harf. Quédate hasta el final porque lo que pasó en esa carretera la mañana del jueves 22 de mayo es apenas la superficie visible de una historia más profunda.
Una historia sobre una familia que no pudo escapar de Culiacán, aunque lo intentó durante décadas. Una historia sobre dos hermanos que crecieron siendo hijos de la leyenda y terminaron siendo nombres en expedientes penales. Una historia sobre una ciudad donde el apellido que llevas puede abrirte puertas o convertirte en blanco.
Y una historia sobre el patrón que Harfood ha identificado en los últimos 6 meses, la captura sistemática de operadores intermedios del cártel de Sinaloa, personas que por su perfil público jamás habrían sido vinculadas al crimen organizado hace 2 años. Vas a entender por qué esta detención importa más allá del morvo, por qué el silencio de las autoridades sinaloenses dice más que cualquier comunicado oficial.
¿Y por qué el nombre de Julio César Chávez, el hombre que nunca perdió una pelea en su mejor época, aparece ahora asociado a una derrota que ningún cinturón puede compensar? La cronología de este caso empieza mucho antes del jueves 22 de mayo. Empieza en 2024 cuando Julio César Chávez Junior, hermano mayor de Omar, fue detenido en Culiacán por elementos de la Fiscalía General de la República.
La acusación, delincuencia organizada y tráfico de armas. La vinculación los chapitos. la facción del cártel de Sinaloa que controla la producción y distribución de fentanilo hacia Estados Unidos. Julio Junior había construido una carrera errática en el boxeo, siempre bajo la sombra del padre, siempre comparado con una leyenda imposible de igualar.
Ganó peleas, perdió otras, tuvo problemas con el peso, con la disciplina, con las sustancias. Su nombre aparecía en las secciones de deportes y en las de nota roja con la misma frecuencia. Cuando lo detuvieron en 2024, las primeras reacciones fueron de sorpresa. Después vino la resignación y finalmente el silencio.
Julio César Chávez, el padre, el césar del boxeo, el hombre que peleó 115 veces y perdió apenas seis, dio declaraciones breves. Dijo que apoyaba a su hijo. Dijo que confiaba en las autoridades. Dijo que la familia estaba atravesando un momento difícil. Esas declaraciones duraron 48 horas en los titulares.
Después, el caso de Julio Junior se hundió en el sistema judicial mexicano, donde los procesos por delincuencia organizada pueden durar años sin resolución. Omar Alonso Chávez Carrasco, el hermano menor, mantuvo un perfil más bajo durante toda su vida. Nunca quiso boxear profesionalmente, nunca buscó la cámara. Creció en Ciudad Juárez, donde la familia Chávez tiene propiedades y negocios.
Pero Culiacán siempre lo llamó de regreso. Culiacán es la tierra natal del padre, la ciudad donde Julio César Chávez dejó de ser un niño pobre del barrio Libertad para convertirse en campeón mundial. La ciudad que lleva su nombre en estadios, calles y monumentos, pero también la ciudad que ha visto crecer al cártel de Sinaloa desde los tiempos de Miguel Ángel Félix Gallardo hasta la guerra interna entre los Chapitos y los Mayos.
Omar regresaba a Culiacán con frecuencia. manejaba vehículos de lujo, frecuentaba los mismos lugares que frecuentan los hijos de familias vinculadas al narcotráfico y según fuentes cercanas a la familia, luchaba con adicciones que arrastraba desde la adolescencia, ludopatía, cocaína, apuestas en casinos de Culiacán y Mazatlán, deudas que aparecían y desaparecían sin explicación clara de cómo se saldaban.
En 2022, Omar fue detenido por primera vez en un operativo de la policía estatal en la colonia Guadalupe en Culiacán. Lo encontraron con 3 g de cocaína en el vehículo. Salió libre en 36 horas sin cargos. La versión oficial fue que la cantidad era para consumo personal y que Omar se comprometió a ingresar a un programa de rehabilitación.
No hay registro público de que ese programa existiera. En 2023, segunda detención. Esta vez en la salida norte de Culiacán rumbo a los Mochis. La policía municipal lo detuvo por conducir en estado de ebriedad. Cuando revisaron el vehículo encontraron una bolsa con pastillas que Omar dijo que eran para dormir.
No hubo análisis toxicológico, no hubo proceso. Salió libre menos de 24 horas. El patrón era claro. Detenciones que no prosperaban, expedientes que se cerraban antes de abrirse, una apellido que funcionaba como escudo. Pero el jueves 22 de mayo de 2025 algo cambió. Las 8:53 de la mañana, kilómetro 14 de la carretera Culiacán, Nabolato.
Una camioneta Toyota Tundra color blanco modelo 2023 circulaba en dirección a Nabolato cuando una patrulla de la policía estatal preventiva le marcó el alto. Según el reporte oficial, la camioneta presentaba placas irregulares. El conductor era Omar Alonso Chávez Carrasco. Iba solo. Los agentes le solicitaron documentación.
Omar mostró licencia de conducir vigente, mostró tarjeta de circulación, pero las placas del vehículo no coincidían con el número de serie registrado en la base de datos estatal. Ese detalle, que en circunstancias normales habría resultado en una multa administrativa, desencadenó un protocolo diferente.
Los agentes solicitaron refuerzos. A las 9:02 de la mañana llegaron dos patrullas más de la policía estatal. Le pidieron a Omar que descendiera del vehículo. Él obedeció sin resistencia. Lo esposaron. Revisaron la camioneta. Bonnie. Dentro encontraron un teléfono celular iPhone 14 Pro, una cartera con 18,000 pes en efectivo y una libreta de pasta negra con anotaciones manuscritas.
Ese último detalle, la libreta de pasta negra, aparece en el parte policial como objeto asegurado para análisis. Las autoridades no han revelado el contenido de esas anotaciones, pero según fuentes consultadas por medios locales, esa libreta contenía nombres, cifras y fechas que los investigadores están cruzando con bases de datos de inteligencia financiera.
A las 9:14, Omar fue trasladado a las instalaciones de la policía estatal en Culiacán. A las 9:40 fue presentado ante el agente del Ministerio Público de la Fiscalía General del Estado de Sinaloa. A las 11:23 fue trasladado al Centro de Ejecución de Sanciones Penales A Guaruto, conocido como el penal de Aguaruto, el mismo recinto donde están recluidos algunos de los operadores más importantes del Cártel de Sinaloa, detenidos en los últimos años.
Durante todo ese proceso, las autoridades mantuvieron silencio absoluto. No hubo comunicado de prensa, no hubo conferencia, no hubo filtración a medios. El nombre de Omar Chávez Carrasco apareció en redes sociales antes que en cualquier medio oficial. Fueron usuarios de Twitter y Facebook quienes comenzaron a reportar que el hijo de Julio César Chávez había sido detenido y trasladado a Guaruto.
Recién a las 16:30 del jueves 22 de mayo, casi 8 horas después de la detención, la Fiscalía General del Estado de Sinaloa emitió un escueto comunicado confirmando que Omar Alonso Chávez Carrasco, de 36 años, había sido puesto a disposición del Ministerio Público por investigaciones en curso. El comunicado no especificaba el delito, no mencionaba las placas irregulares, no mencionaba la libreta, no mencionaba nada que permitiera entender por qué un hombre detenido por placas irregulares terminaba en Aguaruto en menos de 3
horas. Ese silencio es exactamente el tipo de silencio que Harf ha aprendido a leer. Cuando las autoridades estatales no revelan el motivo de una detención, pero ejecutan un traslado inmediato a un penal de máxima seguridad, significa que la investigación tiene ramificaciones que van más allá del detenido.
Significa que hay otros nombres en juego. Significa que alguien en algún nivel de inteligencia federal o estatal decidió que Omar Chávez Carrasco es una pieza de un rompecabezas más grande. Y aquí es donde la historia de Omar se conecta con la de su hermano Julio Junior. Julio César Chávez Junior fue detenido en 2024 acusado de ser operador financiero de los chapitos.
Según la carpeta de investigación de la FGR, Julio Junior habría participado en el lavado de recursos provenientes del tráfico de fentanilo a través de la compra de propiedades en Culiacán, Mazatlán y Guadalajara. Su rolo. Jamás tocó un kilo de droga. Jamás coordinó un cargamento. Su rol era convertir dinero sucio en activos limpios, casas, terrenos, vehículos, negocios de fachada.
La acusación de tráfico de armas vino después, cuando durante un cateo a una de las propiedades vinculadas a él se encontraron tres rifles de asalto AR15 y dos pistolas calibre 9 mm. Julio Junior sigue preso, su proceso avanza lento, su nombre desapareció de los titulares, pero Omar seguía libre hasta el jueves 22 de mayo.
La pregunta que Harfuch se hace en la pregunta que está en los archivos federales de inteligencia es si Omar desempeñaba un rol similar al de su hermano. Si las dos detenciones previas que no prosperaron fueron advertencias ignoradas. Si la libreta de pasta negra encontrada en la camioneta contiene la evidencia que las autoridades estatales no pudieron o no quisieron procesar en 2022 y 2023.
Y hay otra pregunta todavía más incómoda. ¿Quién protegió a Omar durante esos 2 años? ¿Qué estructura de poder en Sinaloa garantizó que dos detenciones con sustancias se resolvieran en horas sin consecuencias? ¿Y qué cambió en mayo de 2025 para que esa protección dejara de funcionar? Culiacán es una ciudad donde los apellidos importan, donde las familias tradicionales conviven con las familias del narcotráfico en los mismos restaurantes, en los mismos clubes, en las mismas fiestas, donde el dinero legal y el dinero ilegal se mezclan en
transacciones que nadie cuestiona, porque cuestionarlas sería cuestionar la economía entera de la ciudad. Julio César Chávez, el padre construyó su fortuna a golpes limpios. Ganó más de $100,000000es dólares en su carrera. Invirtió en negocios legítimos, en propiedades, en fundaciones de ayuda a jóvenes en riesgo.
Pero sus hijos crecieron en Culiacán y en Culiacán, los hijos de las leyendas tienen dos caminos: honrar el apellido o mancharlo. Julio Junior y Omar eligieron el segundo. Harfuch conoce ese patrón. Lo ha visto en decenas de casos. Hijos de empresarios, de políticos, de deportistas que crecen con dinero pero sin rumbo y terminan siendo captados por estructuras criminales que les ofrecen lo único que el dinero de sus padres no puede comprar.
Pertenencia, adrenalina, poder. Los chapitos son expertos en reclutar ese perfil. Personas con acceso a recursos legales, con apellidos que abren puertas, con negocios legítimos que pueden usarse para lavar dinero sin levantar sospechas. Julio César Chávez Junior encajaba perfecto en ese molde. Omar Alonso Chávez Carrasco también.
La diferencia entre los dos hermanos está en el perfil público. Julio Junior era boxeador, peleaba en Las Vegas, aparecía en televisión. Su detención fue noticia internacional. Omar era invisible. hasta el jueves 22 de mayo. El teléfono celular asegurado durante la detención de Omar está siendo analizado por peritos de la Fiscalía General del Estado en coordinación con la Unidad de Inteligencia Financiera de la Secretaría de Hacienda.
Según filtraciones de fuentes cercanas a la investigación, ese teléfono contiene conversaciones con personas vinculadas a estructuras financieras del cártel de Sinaloa, conversaciones sobre transferencias, sobre propiedades, sobre negocios en Culiacán y Mazatlán. Conversaciones que por sí mismas no prueban delito, pero que en el contexto de la libreta de pasta negra y de las detenciones previas construyen un patrón que los fiscales pueden presentar ante un juez.
Omar está en Aguaro, en una celda individual, bajo custodia reforzada, sin acceso a visitas familiares hasta que un juez determine su situación jurídica. Las autoridades tienen 48 horas para presentar cargos formales o dejarlo en libertad. Ese plazo venció el sábado 24 de mayo, pero hasta el cierre de este guion, las autoridades de Sinaloa no han emitido ningún comunicado adicional.
Ese silencio prolongado significa que la fiscalía está construyendo un caso, significa que están esperando resultados de peritajes, significa que alguien en algún nivel de la cadena de mando decidió que esta vez Omar Chávez Carrasco no va a salir libre en 36 horas. Julio César Chávez, el padre, dio una declaración breve a medios el viernes 23 de mayo.
Dijo que confiaba en las autoridades. Dijo que su hijo estaba pasando por un momento difícil. dijo que la familia estaba orando. No respondió preguntas, no ofreció detalles. Su rostro, en las imágenes que circularon en redes mostraba el peso de un hombre que ganó todas las peleas que importaban en el ring y está perdiendo las que importan fuera de él.
Hay una imagen que circula en redes sociales desde el jueves 22 de mayo, una fotografía tomada en 2018 durante una pelea de exhibición de Julio César Chávez en Culiacán. En la foto están los tres, el padre en el centro, Julio Junior a la izquierda, Omar a la derecha. Los tres sonríen, los tres visten trajes elegantes, los tres posan frente a un cartel que dice leyenda del boxeo mexicano.
Esa fotografía se ha compartido miles de veces con un texto que dice: “Dos hijos presos, una leyenda rota”. Harf no piensa en términos de leyendas rotas, piensa en términos de estructuras criminales desmanteladas. Y la estructura que él está siguiendo desde hace meses tiene tentáculos que llegan hasta apellidos que jamás habrían sido vinculados al crimen organizado hace 5 años.
La ofensiva que Harf coordina desde la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana se enfoca en tres ejes: desmantelamiento de células operativas, desarticulación de redes de lavado y captura de operadores intermedios. Ese tercer ejea la detención de Omar. Los operadores intermedios son personas que no participan directamente en actividades violentas, pero que facilitan el funcionamiento de las estructuras criminales.
Lavan dinero, compran propiedades, transportan efectivo, gestionan negocios de fachada y muchas veces lo hacen sin entender completamente la magnitud de lo que están facilitando, porque crecieron en entornos donde la frontera entre lo legal y lo ilegal se desdibujó hace décadas. Omar Chávez Carrasco encaja en ese perfil.
Harf sabe que detener a Omar no debilita operativamente al cártel de Sinaloa. Detener a un operador intermedio como Omar es como sacar una ficha de un tablero de ajedrez. El juego continúa, pero cada ficha que se saca revela información. Cada teléfono asegurado contiene contactos. Cada libreta de pasta negra contiene nombres. Y cada nombre es un hilo que puede conducir a estructuras más grandes.
La libreta encontrada en la camioneta de Omar es el objeto más coffin de esta historia. a meter las autoridades no han revelado su contenido, pero fuentes consultadas por medios locales afirman que esa libreta contiene registros de transacciones financieras, montos, fechas, nombres en clave, iniciales, el tipo de anotaciones que una persona lleva consigo cuando no confía en esa información en formato digital.
Esa libreta está siendo analizada por peritos grafoscopistas de la FGR. Están cruzando las fechas con movimientos bancarios, están identificando las iniciales. Están reconstruyendo la red de contactos de Omar durante los últimos 3 años. Y según las mismas fuentes, esa reconstrucción está revelando conexiones que van más allá de Culiacán.
Hay un nombre que aparece repetidamente en las investigaciones relacionadas con los chapitos y que todavía no ha sido vinculado públicamente a ningún proceso judicial. un nombre en clave que los investigadores federales llaman el notario. Ese nombre aparece en expedientes relacionados con lavado de dinero en Sinaloa, Jalisco y Baja California.
Aparecen escuchas telefónicas, aparecen reportes de inteligencia financiera, pero hasta ahora nadie ha podido identificar quién es el notario ni qué rol específico desempeña en la estructura de los chapitos. Según fuentes de inteligencia consultadas para este guion, la libreta de Omar podría contener información que ayude a identificar a el notario.
Esa es la razón por la que el análisis de esa libreta está siendo coordinado directamente por la Unidad de Inteligencia Financiera y por la FGR y no solo por la Fiscalía de Sinaloa. Omar Chávez Carrasco probablemente no sabe quién es el notario, probablemente jamás escuchó ese nombre, pero si las transacciones registradas en su libreta coinciden con movimientos financieros rastreados por la UIF, entonces Omar se convierte en la pieza que conecta dos puntos que antes estaban separados.
Eso plantea una pregunta. Omar sabía en qué estaba participando. Entendía que las transacciones que registraba en esa libreta eran parte de una estructura de lavado vinculada al cártel de Sinaloa o simplemente estaba saldando sus propias deudas, aceptando trabajos que le ofrecían personas en las que confiaba sin entender completamente las implicaciones.
Esa pregunta importa para el sistema judicial, importa para determinar el grado de responsabilidad penal. Pero para Harfuch esa pregunta es secundaria porque la ofensiva que él coordina tiene un objetivo claro, desmantelar estructuras. Y las estructuras se desmantelan pieza por pieza, sin importar si cada pieza entendía completamente su rol.
Julio César Chávez Jr. sigue preso en el Centro Federal de Readaptación Social número 1 al Tiplano en el Estado de México. Su proceso avanza lento. Su defensa argumenta que las propiedades vinculadas a él fueron adquiridas con recursos legítimos provenientes de su carrera como boxeador. Argumenta que las armas encontradas en una de esas propiedades no estaban bajo su posesión directa.
argumenta que la acusación de delincuencia organizada carece de sustento porque no existe evidencia de que Julio Junior haya participado en actividades operativas del cártel. Esos argumentos funcionan en el sistema judicial mexicano. Pueden prolongar un proceso durante años. Pueden generar suficiente duda razonable para evitar una condena.
Pero mientras Julio Junior sigue preso, su hermano menor acaba de entrar al mismo laberinto. La dinastía Chávez, la familia que puso a México en el mapa del boxeo mundial, que llenó estadios en Las Vegas y la Ciudad de México, que generó cientos de millones de dólares en peleas, patrocinios y negocios. Tiene ahora dos de sus miembros recluidos en penales de máxima seguridad.
Y el patriarca, el hombre que nunca perdió una pelea en su mejor época, está viendo cómo el apellido que construyó a golpes limpios se asocia ahora con expedientes penales, con carpetas de investigación, con cargos de delincuencia organizada. Hay una frase que Julio César Chávez dijo en una entrevista en 2019 cuando le preguntaron sobre sus hijos.
Yo les di todo, dinero, educación, oportunidades, pero lo que cada uno hace con su vida ya no depende de mí. Esa frase resuena diferente mayo de 2025, porque lo que Julio Junior y Omar hicieron con sus vidas los llevó a lugares donde el dinero, la educación y las oportunidades no alcanzan para comprar libertad. Los llevó a un sistema judicial que bajo la coordinación de Harf y la presión de una ofensiva federal que lleva meses desmantelando estructuras de impunidad ya no perdona apellidos.
El jueves 22 de mayo a las 8:53 de la mañana, cuando esa patrulla de la policía estatal preventiva le marcó el alto a la camioneta Toyota Tundra Blanca en el kilómetro 14 de la carretera Culiacán Navolato, Omar Alonso Chávez Carrasco tuvo una última oportunidad de tomar una decisión diferente. pudo haber acelerado, pudo haber llamado a alguien, pudo haber intentado negociar como lo había hecho en 2022 y 2023, pero se detuvo, descendió del vehículo, mostró documentación, permitió la revisión y cuando encontraron la libreta de pasta
negra, ya era tarde para cualquier decisión. La cronología de esta historia termina en una celda de Aguaro, pero la historia misma está lejos de terminar porque Omar es una pieza, Julio Junior es otra pieza y el notario, quien quiera que sea, es la pieza que los investigadores federales están buscando desde hace meses.
Harfush sabe que los casos grandes se construyen con paciencia, sabe que las estructuras criminales tienen capas. sabe que cada operador intermedio capturado revela información que conduce a operadores de nivel superior y sabe que el apellido Chávez, por más peso histórico que tenga, no detiene una investigación federal, cuando esa investigación está respaldada por evidencia física, por análisis forense, por inteligencia financiera.
La libreta de pasta negra está en manos de peritos. El teléfono celular está siendo analizado. Las conversaciones están siendo transcritas. Los nombres están siendo identificados y en algún momento de las próximas semanas la Fiscalía General del Estado de Sinaloa va a tener que decidir si presenta cargos formales contra Omar o si lo deja en libertad.
Esa decisión va a decir mucho sobre el estado real del sistema judicial en Sinaloa. Va a decir si las estructuras de protección que operaron durante años para garantizar que ciertos apellidos quedaran fuera del alcance de la ley siguen funcionando o si esa época terminó. y va a decir si Omar Alonso Chávez Carrasco sale de Aguaruto en semanas o si se queda ahí durante años como su hermano, esperando un juicio que puede prolongarse hasta que la opinión pública se olvide de su nombre.
Hay una fotografía que circula en redes sociales desde el viernes 23 de mayo. Es una imagen del estadio de béisbol Ángel Flores en Culiacán, donde hay una estatua de Julio César Chávez con los brazos en alto celebrando una victoria. Alguien colocó al pie de esa estatua un cartel escrito a mano que dice, “Tus hijos necesitan lo que tú les diste en el ring. Disciplina.
” Esa fotografía resume mejor que cualquier editorial lo que está pasando con la dinastía Chávez. Julio César Chávez fue disciplina, fue constancia, fue sacrificio. Fue a levantarse a las 5 de la mañana para correr en las calles de Culiacán, cuando todavía era un niño pobre que soñaba con salir del barrio Libertad.
fue entrenar hacia el agotamiento. Fue decir que no a las fiestas, a las drogas, a las distracciones. Fue construir una carrera a base de golpes limpios y decisiones correctas. Sus hijos tuvieron todo lo que él nunca tuvo y eligieron el camino que él jamás eligió. Esa es la tragedia real de esta historia. Harf cerró el expediente de Omar Chávez Carrasco el viernes 23 de mayo a las 18:40.
Firmó la autorización de custodia reforzada. envió una copia del reporte a la Unidad de Inteligencia Financiera y pasó al siguiente caso de la pila que tiene sobre su escritorio. Porque para Harf, Omar es un nombre en un expediente, una pieza en un tablero, un operador intermedio cuya captura puede conducir a estructuras más grandes.
La ofensiva continúa, los operativos continúan, las detenciones continúan y los apellidos, por más legendarios que sean, ya no funcionan como escudo. Eso es lo que este canal existe para contarte. No los titulares, no el conteo de detenidos, no el morbo de ver caer a los hijos de una leyenda, sino el patrón que se repite, la estructura que se desmantela, la red que se cierra y las preguntas que quedan abiertas cuando una detención que en apariencia es rutinaria revela conexiones que van mucho más allá de un hombre de 36 años con una libreta
de pasta negra en una camioneta blanca. Suscríbete, activa la campana, no porque sea una fórmula, sino porque el próximo video va a seguir el hilo de esa libreta. Va a revelar qué encontraron los peritos en el análisis grafoscópico. Va a mostrar si el notario finalmente tiene nombre y apellido y va a responder la pregunta que nadie se está haciendo todavía.
¿Cuántos hijos de leyendas mexicanas están en este momento participando en estructuras de lavado sin entender completamente en qué están metidos? La camioneta Toyota Tundra Blanca sigue estacionada en el corralón de la Policía Estatal Preventiva de Sinaloa. Nadie la ha reclamado. Las placas irregulares siguen siendo un misterio sin resolver.
Y dentro de la guantera, los peritos encontraron algo que las autoridades todavía no han revelado. Una tarjeta de presentación con un nombre y un número telefónico, sin logotipo, sin empresa, solo un nombre. Y ese nombre, según fuentes cercanas a la investigación, coincide con una de las iniciales que aparecen repetidamente en la libreta de pasta negra.
Esa tarjeta es la pieza que falta y en el próximo video vas a saber qué nombre está impreso en ella. Esto es Informativo Toponazo y si quieres saber más, te veo en el siguiente
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