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NO TENÍA EXPLICACIÓN LO QUE VIMOS (HISTORIAS DE H0RROR)

NO TENÍA EXPLICACIÓN LO QUE VIMOS (HISTORIAS DE H0RROR)

Bienvenido a este recorrido por uno de los casos más inquietantes registrados en la historia de España. Antes de iniciar, te invito a dejar en los comentarios desde dónde nos estás viendo y la hora exacta en la que escuchas esta narración. Nos interesa saber hasta qué lugares y en qué momentos del día o de la noche llegan estos relatos documentados.

 En el otoño de 1952, tres geólogos de la Universidad de Salamanca desaparecieron durante una expedición de rutina en las Bardenas Reales, una región desértica al sureste de Navarra. Los tres hombres, Mauricio Salcedo, de 42 años, Guillermo Ferrer de 38 y Joaquín Aranda, de 45 llevaban trabajando juntos desde 1948, documentando formaciones sedimentarias en zonas remotas de la península.

 El último contacto que mantuvieron fue una llamada telefónica desde el pueblo de Tudela el 29 de octubre, confirmando su llegada y el inicio de la expedición al día siguiente. Según el registro del hotel donde se hospedaron, salieron antes del amanecer del 30 de octubre con provisiones para 5 días. Nunca regresaron.

 La Guardia Civil organizó una búsqueda que se extendió durante 3 semanas. Se rastrearon más de 120 km² de terreno árido, formado por barrancos profundos, mesetas erosionadas y cañones estrechos conocidos localmente como cabezos. El paisaje de las Bardenas es singular en España. Parece sacado de otro continente con sus torres de arcilla blanca, sus formas caprichosas talladas por el viento y la ausencia casi total de vegetación.

 Es un lugar donde el silencio tiene peso, donde los pasos resuenan contra las paredes de piedra caliza y donde resulta fácil perder el sentido de la orientación. Los lugareños evitaban adentrarse más allá de los caminos principales. Decían que el desierto jugaba con la mente de quien se adentraba solo.

 El 4 de noviembre, un pastor llamado Isidro Ugarte encontró uno de los vehículos de la expedición abandonado junto a un camino de tierra. cerca del barranco de las cortinas, a unos 16 km al norte del punto de partida. El motor estaba frío, las llaves seguían en el contacto, las puertas traseras estaban abiertas.

 Dentro del vehículo se hallaron mapas geológicos marcados con tinta roja, cuadernos de campo, herramientas de excavación y parte del equipo de acampada. No había señales de forcejeo, no había sangre, pero faltaban las mochilas personales de los tres hombres, así como sus documentos de identidad y las cámaras fotográficas que utilizaban para documentar sus hallazgos.

 Lo que llamó la atención de los investigadores fue el estado de los cuadernos. Las últimas anotaciones databan del 31 de octubre, dos días después de su llegada. Las notas eran técnicas relacionadas con la composición del suelo y mediciones de estratos. Pero en la última página del cuaderno de Salcedo, escrito con letra temblorosa, había una frase que no encajaba con el tono científico del resto del documento.

No deberíamos haber seguido. El sonido no proviene de arriba. No había más explicaciones, no había contexto. En el margen inferior de la misma página, alguien, presumiblemente Ferrer, según análisis de caligrafía posteriores, había anotado una serie de números que no correspondían con ningún sistema de medición geológica conocido.

 Los números estaban escritos en vertical como una columna descendente 47, 53, 62, 71, 85. No había unidades, no había referencia. Durante las semanas siguientes, la búsqueda se intensificó. Se trajeron perros rastreadores desde Zaragoza. Se revisaron cuevas, pozos abandonados y las numerosas grietas que atravesaban el terreno.

 Los perros perdieron el rastro en tres ocasiones diferentes, siempre en el mismo punto, una zona plana de arcilla compactada a unos 2 km del vehículo abandonado. Los adiestradores reportaron que los animales se mostraban inquietos en ese lugar específico, gimiendo y negándose a continuar. Uno de los perros se negó a trabajar después de ese día.

 El adiestrador lo retiró del servicio dos semanas más tarde. Nada. Es como si los tres hombres se hubieran disuelto en el aire seco del desierto. Las familias exigieron respuestas. Los colegas de la universidad organizaron expediciones propias, pero sin éxito. El rector de la Universidad de Salamanca envió una carta formal al Ministerio de Gobernación solicitando recursos adicionales para la búsqueda.

 La respuesta fue cortés. Pero definitiva, no había presupuesto disponible para extender las operaciones más allá del plazo establecido. El caso fue archivado provisionalmente en enero de 1953 bajo la categoría de desaparición en circunstancias desconocidas. La explicación oficial sugería que los hombres podrían haberse desorientado y caído en alguno de los barrancos profundos donde sus cuerpos quedarían ocultos por derrumbes naturales.

 Pero hubo algo más que nunca, se incluyó en el informe oficial. Un dato que permaneció guardado en los archivos locales de Tudela hasta que un historiador regional lo encontró en 1965 mientras investigaba sobre migraciones pastorales. Tres días antes de que los geólogos desaparecieran, un grupo de cuatro pastores que trabajaba en la zona reportó haber escuchado un sonido extraño proveniente del interior del barranco de las cortinas.

 Según sus testimonios, recogidos por un funcionario municipal que los anotó sin darles mayor importancia, el ruido era constante, grave, similar a un motor diésel funcionando bajo tierra. Los pastores dijeron que el sonido duraba varias horas cada noche, comenzando justo después del anochecer y deteniéndose antes del amanecer.

 Cuando intentaron localizar su origen, descubrieron que parecía moverse, resonando desde diferentes puntos del barranco, sin una fuente visible. El funcionario anotó que los pastores estaban inquietos, pero atribuyó el fenómeno a maquinaria militar. La zona de las Bardenas albergaba entonces, y todavía alberga, un polígono de tiro utilizado por el ejército español.

 Sin embargo, cuando se consultó el registro de actividades militares de esos días, no había operaciones programadas en esa área específica. Durante la última semana de octubre, el polígono estaba cerrado por mantenimiento. Más aún, el comandante a cargo del polígono en aquel momento, un oficial llamado Capitán Esteban Ruiz, firmó un documento el 3 de [música] noviembre, confirmando que ningún personal militar había estado en la zona del barranco de las cortinas desde el 15 de octubre.

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