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El Líder Echó a Camilo del Grupo — 48 Horas Después Camilo Era el Único que Quedaba

Camilo cogió su cuaderno, asintió y se fue. Esa noche escribió tres canciones nuevas que nadie leyó, que nadie escuchó. 48 horas después todo cambiaría. Valencia, marzo de 1965. El estudio de la emisora estaba en el segundo piso de un edificio de la calle Hatiba, pequeño, Jayon con las paredes cubiertas de corcho para amortiguar el sonido y una sola ventana quedaba un patio interior.

No era gran cosa, pero era el estudio de radio más importante de la ciudad. Y grabarmeo ahí significaba que algo real ocurrir. Cuatro chicos de Alcoy esperaban en el pasillo. Emilio con su guitarra rítmica, Remigio con el bajo, Jesús tamborileando en su muslo por los nervios y Camilo, 19 años, apretando contra el pecho un cuaderno de tapas negras que no había soltado desde que salieron de Alcoy esa mañana. Pos el quinto no estaba.

José Luis Steve, el líder de los DON. El cantante principal, el hombre sin quien nadie se imaginaba al grupo sobre un escenario. Estaba en su casa con 103 gr de fiebre. La puerta del estudio se abrió. El señor Montoya los miró. ¿Dónde está vuestro cantante principal? Enfermo, señor, fiebre. Montoya miró su reloj, luego los miró a ellos.

Tenéis dos horas. Si grabáis algo que valga la pena, lo emitimos. Si no, ni os vais y no volvéis a llamar. Y volvió al interior. Los cuatro se miraron y luego miraron a Camilo. Si todavía no te has suscrito al canal, hazlo ahora porque el chico que habían echado del grupo 48 y horas antes tenía en el bolsillo una canción que nadie había escuchado todavía.

Los Don habían empezado en 1964. Cinco chicos de Alcoy que tocaban en bodas y bautizos y cualquier fiesta que los contratara. Beatles, bigges, dúo dinámico, lo que la gente quería escuchar. Nada del otro mundo. Kimon, pero suficiente para ganarse unas pesetas y para soñar que quizás algún día aquello podría convertirse en algo más.

El alma del grupo era José Luis Esteve, alto, seguro de sí mismo, con una presencia escénica que hacía que la gente lo mirara incluso antes de que abriera la boca. Cuando José Luis cantaba, el salón de una boda se convertía en otra cosa. La gente dejaba de hablar, las parejas se acercaban, algo cambiaba en el aire. José Luis lo sabía y no era arrogancia.

Y Moira simplemente la certeza tranquila de alguien que entiende qué es lo que tiene. Camilo era diferente, no en la manera en que se diferencia alguien que lo sabe, sino en la manera en que se diferencia alguien que lo intuye, pero que no ha tenido razón todavía para creerlo del todo. Había crecido siendo el hijo del electricista, el sexto hermano, el que dibujaba caricaturas y cantaba en las fiestas del barrio, el que había sido expulsado de dos colegios por revoltoso, el que sus compañeros llamaban el chato. Nadie alcoó y lo

miraba como al futuro de nada, ni el mismo. Y tenía la voz, todos en el grupo lo sabían. Cuando Camilo cantaba en los ensayos, algo en la minha habitación cambiaba de la misma manera que cambiaba cuando cantaba José Luis, pero diferente, más adentro, más quieto, como si la voz viniera de un lugar más hondo.

Pero Camilo no se ponía delante, nunca lo había hecho. Había crecido siendo el callado, el que escuchaba, el que aprendía mirando. José Luis era el líder y Camilo hacía los coros, y eso era el orden natural de las cosas. Tú haz los coros, Camilo.” Le había dicho José Luis una tarde de ensayo, sin mala intención, simplemente como quien establece cómo van a funcionar las cosas. “El frente, déjamelo a mí.

” Camilo había sentido y había seguido escribiendo en su cuaderno. José Luis nunca supo que Camilo llevaba meses escribiendo canciones que nadie había escuchado. La oportunidad de grabar en la emisora de Valencia no llegó fácil. Habían mandado carta, habían llamado por teléfono y habían conseguido que un conocido de un conocido hablara con alguien del personal.

Semas de espera, semanas de no saber si la respuesta iba a llegar. Cuando llegó fue con condiciones. El señor Montó ya tenía hueco el 15 de marzo, 2 horas. Si lo que grababan merecía emitirse, lo emitían. Si no, no volvieran a molestar. El señor Montoya era conocido en el mundo de la música valenciana, no como y hombre amable, como hombre justo.

Lo que decía que haría lo hacía, lo que decía que no haría tampoco. Y si decía que algo valía la pena. La gente escuchaba. Los otros tres también habían ensayado, pero ninguno con la intensidad de José Luis. Había algo en esa grabación que para él era más que una oportunidad. Era la prueba de que lo que había dejado en Alcoy, el trabajo en la herrería de su padre, los domingos en la iglesia, las tardes de nada.

Había merecido la pena cambiarlo por esto. José Luis había pasado las semanas anteriores preparándose como nunca antes. Ensayos todos los días, el repertorio perfeccionado, la postura en el micrófono, cada detalle pensado. Y Camilo había ensayado también las canciones del repertorio, los coros, su parte.

Por las noches, cuando terminaban los ensayos del grupo, Camilo se quedaba solo un rato más, no para repasar lo que ya sabía, para escribir en el cuaderno, como si los dos trabajos fueran completamente separados y ninguno tuviera nada que ver con el otro. Y la noche del 14 de marzo se fue a la cama con dolor de garganta. A las 7 de la mañana del 15, cuando Emilio fue a buscarle, la madre de José Luis abrió la puerta e y un 103 gr.

No podía ni ponerse de pie. Los cuatro miembros de los DON llegaron al estudio de radio sin su cantante principal. El pasillo olía mi a tabaco y a papel viejo. Monto ya les había dado 10 minutos para prepararse. Estaban dentro ahora en el pequeño estudio con las paredes de corcho. Y el productor los miraba desde el otro lado del cristal con la expresión de alguien que ya ha tomado su decisión y está esperando que el tiempo le dé la razón.

¿Alguno de vosotros puede cantar el frente?, preguntó Montoya por el interfono. Emilio y Remigio miraron a Camilo. Jesús también. Camilo sintió el peso de esas miradas. Yo hago los coros dijo. No soy el cantante principal. ¿Puedes cantar o no? La voz de Montoya no tenía paciencia. Camilo abrió la boca, la cerró.

Pensó en José Luis preparándose durante semanas. Pensó en los otros tres que habían viajado desde Alcoy esa mañana. pensó en lo que significaba ese estudio. “Ch, ¿qué tienes en ese cuaderno?”, dijo Montoya de repente. Camilo apretó el cuaderno contra el pecho. “Nada, solo apuntes. Muéstramelo. No son buenas. Muéstramelo.” Con las manos que apenas le respondían, Camilo abrió el cuaderno y lo acercó al cristal.

El cuaderno tenía casi dos años de trabajo. Teun Camilo lo había comprado en una papelería de Alcoy con las pesetas de una dactuación en una boda, tapas negras, hojas lisas. No tenía nada especial, pero desde el día en que lo compró nunca salía de casa sin él. Páginas llenas de letras tachadas, versos reescritos, melodías anotadas con grabatos que solo él entendía, canciones que había escrito de noche cuando los demás dormían, a veces en la cocina de su madre con una vela porque no quería despertar en a nadie.

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