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Recepcionista canceló la suite presidencial del CEO y él se enamoró de ella

 Lo tengo con vista al mar y servicio personalizado. Él asintió con una expresión neutra, como quien no necesita pedir respeto porque lo lleva puesto. Le recomiendo la terraza al atardecer. Es como terapia, pero sin la cuenta al final, añadió Mara mientras imprimía la tarjeta magnética. Alejandro tomó la llave sin decir más que un gracias.

 Caminó hacia el ascensor con la lentitud de quien no huye de nada. Y mientras él subía, abajo, la bomba estallaba. ¿Quién canceló la suite presidencial? Rugió Rafaela Duarte, la gerente de operaciones, con el tono de quien ha visto el titánic hundirse en cámara lenta. Mara parpadeó, la suitke, la presidencial. A nombre de Alejandro Ferrer, el dueño del grupo, el dueño del hotel, el que viaja sin escolta ni anuncios.

¿Te suena? Ay, Virgen Santa del marcador sin tinta, murmuró Mara y su cara palideció. Ese Ferrer era ese Ferrer. Era ese Ferrer, confirmó Rafaela con los ojos en llamas. Mara intentó una sonrisa. Bueno, le di una habitación con buena vista. No dice algo eso de mí. Dice que no duras ni hasta el almuerzo. Ramó Rafaela.

 ¿Quién te enseñó a operar el sistema? Gabo. Y media intuición propia. Pues dile a Gabo que prepere tu carta de salida. Los turistas miraban. El pianista de lobby, como si entendiera el drama, cambió de bolero a una melodía más ligera. Mara tragó saliva. Deme 5 minutos. Lo soluciono”, suplicó más por orgullo que por miedo.

 “Tiene estrés”, sentenció Rafaela, girándose como si tuviera capa. Mara corrió al sistema de asignaciones, Tecleó, revisó, pidió a Lucía, la ejecutiva de eventos, que la ayudara a encontrar un hueco. El software estaba lento, los apellidos se mezclaban. La habitación presidencial ahora estaba ocupada por una delegación de cinco empresarios coreanos que ya habían pedido frutas tropicales y una almohada ortopédica cada uno.

 “Dios mío, esto es como jugar dominó con dinamita”, susurró Mara y siguió buscando. Entonces, como si el universo tuviera sentido del espectáculo, se escuchó un trueno profundo. Un par de luces parpadearon y sin más anuncio, media ala del hotel se quedó sin energía. silencio. Luego el murmullo, después el caos.

 Esto no puede estar pasando gritó alguien desde el fondo. Mis dispositivos, mis presentaciones. Se quejó otro. Y el ascensor. Mi jefe está dentro. Chilló una voz. Mara no pensó. se puso de pie en el mostrador, levantó las manos y dijo, “Tranquilos, esto es solo el hotel tomándose una siesta breve. En 3 minutos estamos otra vez brillando.

 Mientras tanto, si me siguen la voz, nos organizamos mejor que un desfile de carnaval.” Dabo apareció como si lo hubiera invocado. “Tengo linternas y velas”, anunció con solemnidad. Perfecto. Tú eres mi estrella, Gabo. Mara tomó el carrito de equipaje. Este será ahora nuestra mesa de registro móvil.

 ¿Sabes cubrirlo con un mantel sin que parezca picnic? Dale 3 minutos, dijo Gabo, ya desenrollando tela blanca. Lucía llegó con cara de susto. Tenemos dos grupos llegando al salón coral y otro alimar. Sin luz, sin señal, sin equipo de sonido. ¿Qué hacemos? Usamos marcadores, señas y mucho carisma, respondió Mara, ya sacando su libreta.

 Tú con los internacionales, yo con los de habla hispana. Y si todo falla, pues hago mímica. Lucía no supo si reír o llorar, prefirió reír. En medio del desorden, Mara empezó a brillar. Hacía listas a mano, anotaba apellidos difíciles con dibujos para recordarlos, entregaba velas con instrucciones. No quemarse los dedos es parte del paquete y traducía frases básicas para los huéspedes desorientados.

Nadie sabía que hablaba idiomas. Ella tampoco lo alardeaba, solo los usaba como quien respira sin pensarlo. Desde una esquina, Alejandro Ferrer la observaba. No había dicho aún que era el dueño, no había pedido explicaciones. Solo miraba a la joven de cabello en moño torcido, que repartía órdenes con voz dulce y chistes, como si liderar un hotel a oscuras fuera su pasatiempo favorito.

 Y sonrió, porque cuando todo parecía fuera de lugar, ella era la única que no perdía el ritmo. Aunque había confundido su nombre, aunque lo había mandado a una habitación equivocada, aunque no tenía ni idea de con quién hablaba todavía. La luz seguía sin volver en medio lobby, pero nadie estaba gritando, nadie lloraba, nadie había perdido la fe en la civilización y todo gracias a una recepcionista con un carrito de equipaje, un mantel mal planchado y una libreta llena de dibujos.

Mara, con su marcador siempre colgando del gafete dibujaba carteles improvisados. Sala a larimar, coral igual a cumbre, no peces y uno que decía sonría es gratis con un sol sonriente en la esquina. En lugar de quejarse, los huéspedes empezaban a tomarse fotos con sus avisos. Algunos hasta le pedían copia. “¿Dónde aprendiste a organizar cosas así?”, le preguntó Gabo mientras le pasaba una linterna y unas botellas de agua.

 De chica organizaba las fiestas en mi barrio. Yo armaba el bingo, la piñata y hasta los carteles del baño. Respondió con una sonrisa. Y una vez coordiné un bautizo con apagón incluido. Terminé cantando los nombres de los padrinos porque nadie los escuchaba. Me caes bien, Mara. Aunque nos echen, me caes bien.

 No digas eso, que si nos echan, yo me llevo este mantel. Es mi mejor obra de arte. Ambos rieron. El ambiente, aunque a media luz, tenía algo de cálido. La gente había dejado de quejarse. Incluso algunos empresarios se ofrecían a ayudar a mover sillas o repartir botellas. Y todo sin que nadie supiera cómo, era gracias a esa chica con voz de animadora y cara de yo puedo con esto y más.

 En el salón coral, los ponentes internacionales empezaban a llegar. Unos hablaban francés, otros alemán. Uno pedía algo en portugués y otro, confundido, intentaba en italiano. Lucía estaba al borde de un ataque de pánico. Mara, necesito que me ayudes con los grupos. Nadie entiende a nadie. Tú puedes. ¿Puedo qué? No sé.

 ¿Tú hablas francés? Mara ladeó la cabeza pensativa. No quería confesarlo todavía. No era por miedo, sino porque cada vez que decía que hablaba idiomas, alguien terminaba dándole el triple de trabajo sin el triple de sueldo. No, pero los entiendo cuando están enojados. Gritan igual que mi exjefe de cocina. No es chiste, Mara.

Esto se puede salir de control. Tranquila, yo me encargo de calmar el ambiente. Tú solo consigue que las luces no exploten cuando vuelvan. Mientras Lucía se alejaba murmurando cosas ininteligibles al audífono, Mara se acercó a los ponentes con su libreta en mano. Le sonrió, les ofreció agua y soltó un par de frases en voz baja, lo justo para que se tranquilizaran.

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