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SHE STRUGGLED ALONE TO SURVIVE BY BUILDING A HOUSE OF MUD… UNTIL A WIDOWED LANDOWNER ARRIVED WITH…

Luchaba sola por sobrevivir construyendo casa de barro hasta que asendado viudo llegó sin nada. Las manos de Candela Ruiz estaban cubiertas de barro hasta los codos cuando escuchó el sonido. No era el viento, no era el río que bajaba por el costado del cerro, era algo diferente, un paso arrastrado, lento, irregular, como de alguien que ya no tenía fuerzas para levantar los pies del suelo. Ella no se detuvo de inmediato.

Siguió mezclando el barro con la paja, apretando con los puños, dándole consistencia a la mezcla que luego extendería sobre la pared, que ya tenía casi un metro de altura. 3 meses construyendo, tres meses cargando piedras desde el arroyo, cortando caña brava, mezclando tierra con sus propias manos, tres meses sin hablar con nadie que valiera la pena.

Pero el sonido no desapareció, se hizo más cercano y entonces, sin querer, Candela levantó la vista. Lo que vio al final del camino de tierra no era lo que esperaba, porque ella no esperaba nada. Esa era la regla que se había impuesto desde el día que llegó a Cerro Hondo del silencio, cargando una mochila, un machete viejo y la firme decisión de no necesitar a nadie más en su vida. Era un hombre.

Caminaba despacio con los hombros caídos y la cabeza ligeramente inclinada hacia delante, como si el peso de algo invisible lo empujara desde arriba. En la mano derecha llevaba dos gallinas muertas atadas por las patas. En la izquierda una cuerda gruesa que jalaba a un viejo chivo gris que caminaba a su lado con la misma resignación que su dueño.

No traía maleta, no traía bolso, no traía nada más que lo que sus manos sostenían. Candela se incorporó despacio. No tomó el machete que estaba apoyado en la pared sin terminar, pero no lo perdió de vista tampoco. 20 pasos entre ella y la herramienta. Lo calculó sin pensarlo, como quien lleva años calculando distancias por instinto de supervivencia.

El hombre llegó hasta el borde del terreno y se detuvo. La miró a ella, miró la construcción. miró el terreno pelado alrededor, las piedras apiladas, los amarres de caña que sujetaban las esquinas de la estructura, la tinaja grande donde Candela preparaba la mezcla. Lo vio todo con una expresión que no era de curiosidad, era de reconocimiento, como si entendiera exactamente lo que significaba estar parado frente a eso.

“¿Está construyendo sola?”, preguntó. La voz era profunda, un poco rasposa, pero sin agresividad. “Lo parece”, respondió Candela sin moverse. El hombre dejó escapar algo que no era exactamente una risa. Era más bien el sonido que hace alguien cuando reconoce una respuesta que él mismo hubiera dado. “Sí”, dijo, “Lo parece.” Hubo un silencio largo.

El chivo aprovechó para bajar la cabeza y morder unos matorrales secos cerca del camino. Las gallinas muertas colgaban inmóviles. ¿Qué busca?, preguntó Candela. El hombre tardó un momento en responder. No como quien miente y necesita tiempo para construir la mentira, sino como quien dice la verdad.

Y la verdad todavía le duele pronunciarla. un lugar donde pasar esta noche, dijo, “mañana ya veo.” Candela lo estudió. Tenía más de 50 años, eso era evidente, las manos grandes, curtidas, con cicatrices que no eran de pelea, sino de trabajo. La ropa estaba sucia, pero no era ropa de mendigo, era ropa de hombre que había tenido ropa buena alguna vez y que ahora la llevaba al límite.

Los zapatos eran de cuero, desgastados, con la suela despegándose en el costado izquierdo. No era un vagabundo común, pero tampoco era alguien que tuviera a dónde ir. No tengo cuarto, dijo Candela. No tengo cama. No tengo más que lo que ve. Lo sé, respondió él. No pido cuarto ni cama, solo un rincón techado.

La mitad de esto no tiene techo todavía. La otra mitad sí. Candela entrecerró los ojos. Era verdad. El primer cuarto, el más pequeño, ya tenía el techo de palma que ella había tardado dos semanas en colocar sola. Era bajo, caluroso, apenas suficiente [carraspeo] para que ella extendiera su petate y guardara sus cosas.

¿Por qué no sigue al pueblo?, preguntó. Quedan unos 12 km. Porque no tengo nada que hacer en el pueblo, respondió el hombre con una calma que no era indiferencia. Era algo más pesado, algo que Candela reconoció sin querer porque ella misma lo había cargado cuando llegó. Era la calma de alguien que ya no tiene vergüenza de su situación, que ya pasó por el momento en que intentó fingir que todo estaba bien y que ahora simplemente dice lo que es. Candela miró el cielo.

Ya eran las 4 de la tarde y las nubes sobre el cerro eran de las que no engañaban. Antes de que oscureciera iba a llover. Suspiró. Las gallinas las cocina usted, dijo. Y mañana a primera hora se va o me ayuda con esa pared. No hay términos medios. El hombre asintió. ¿Cómo se llama?, preguntó ella. Basilio respondió. Basilio Ordóñez.

Candela no dijo nada más. Se dio la vuelta y volvió a su barro. Él ató el chivo a una estaca cerca del matorral y se puso a buscar leña sin que nadie se lo pidiera. Esa noche comieron en silencio. La lluvia llegó puntual, como ella lo había calculado, y golpeó el techo de palma con fuerza. El chivo se quejó afuera hasta que Basilio salió bajo el aguacero y lo metió al rincón más protegido del muro sin techo.

Regresó empapado, se sentó cerca del fuego sin decir nada y extendió las manos hacia las llamas. Candela lo observó de reojo. Notó que no miraba sus cosas, no miraba sus pertenencias, no registraba con los ojos el espacio buscando qué había de valor. Muchos hombres hacían eso sin darse cuenta. Basilio no solo miraba el fuego con esa expresión de quien tiene demasiadas cosas en la cabeza y ha decidido no pensar en ninguna de ellas por esta noche.

¿De dónde viene?, preguntó Candela finalmente. Él tardó de lejos dijo, “Todo el mundo que llega aquí viene de lejos”, respondió ella. Cerro hondo del silencio no está en el camino de ningún lugar. Uno llega aquí porque quiere llegar o porque no tiene a dónde más ir. Basilio la miró y por un momento, en los ojos del hombre, Candela vio algo que no supo descifrar del todo.

No era miedo, no era hostilidad, era algo parecido a la sorpresa de quien no esperaba que la persona frente a él entendiera las cosas con esa claridad. Y usted, preguntó él, ¿por cuál de las dos razones llegó? Candela metió un palo al fuego. Por las dos, dijo, y no dijo nada más. La lluvia siguió toda la noche.

El fuego fue consumiéndose poco a poco. En algún momento, sin que ninguno de los dos lo decidiera exactamente, los dos se quedaron dormidos en sus respectivos lados del cuarto pequeño y caluroso que olía a barro fresco y a humo de leña. El chivo dejó de quejarse afuera y cerro hondo del silencio siguió siendo lo que era, un lugar donde el mundo de afuera no llegaba.

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