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Tatiana Romanov: La Hija del Zar que Bajó al Sótano… y Nunca Volvió

En verano, el Palacio Alejandro en Sarsco, Yeseló, a las afueras de San Petersburgo, en primavera, Libadia, en Crimea. Algunos veranos en Spala, en lo que entonces era Polonia rusa, y los viajes en yate por las costas finlandesas. Para el mundo exterior, los hijos del Sar vivían como dioses. La realidad era otra. Las hermanas Romanov dormían en camas de campaña, de hierro, sin colchones de pluma. Su madre lo había decidido así.

Alejandra creía que los lujos ablandaban el carácter. Las niñas se bañaban en agua fría todas las mañanas. Aprendían a coser, a planchar, a tejer. A los 6 años, Tatiana ya abordaba pañuelos. A los ocho sabía remendar sus propios vestidos. Eso fue lo primero que la marcó. La sensación de que ser hija del Sar no significaba ser tratada como una princesa de cuento, sino ser entrenada como una soldado de la fe.

Su madre, Alejandra había nacido en Alemania. Era nieta de la reina Victoria de Inglaterra, pero su corazón estaba en otra parte. Era una mujer melancólica, casi siempre triste, con un dolor crónico en la espalda que le impedía caminar mucho y profundamente religiosa. Los iconos, los rezos, las velas, el altar en miniatura que tenía en su tocador.

Tatiana absorbió toda esa religiosidad más que ninguna de sus hermanas. A los 10 años recitaba oraciones enteras del rito ortodoxo de memoria. A los 12 era ella quien guiaba a las pequeñas, María y Anastasia, en los rezos antes de dormir. Pero había algo más profundo que la fe, el vínculo con su madre. Tatiana adoraba a Alejandra de una manera intensa, casi enfermiza para una niña tan pequeña.

Cuando su madre tenía dolores, Tatiana se sentaba en la cama y le acariciaba la frente. Cuando estaba deprimida y Alejandra estaba deprimida muchísimas veces, era Tatiana la que entraba en la habitación, abría las cortinas, ponía música suave, leía cartas en voz alta. Sus hermanas la llamaban, medio en broma, la enfermera.

Años después ya no sería una broma. Alejandra, por su parte, no escondía sus preferencias. Tatiana era su favorita. No oficialmente eso habría sido un escándalo, pero las cartas que aún se conservan, los testimonios de las damas de compañía, los recuerdos de los preceptores, todos coinciden. La emperatriz prefería a Tatiana sobre todas las demás.

Mi Tatianushka le escribía, “Mi gran apoyo, mi pilar.” Y aquí aparece la primera particularidad de esta historia. Tatiana fue criada desde muy pequeña, no como una niña, sino como una segunda madre, como un pilar emocional, como un sostén. Sus hermanas las llamaban la gobernadora. Era ella quien decidía qué ropa se ponían cada mañana, quien organizaba los horarios, quien repartía los caramelos cuando lo sabía, quien iba a hablar con los preceptores cuando alguna había hecho una travesura.

A los 12 años, Tatiana funcionaba ya como la administradora invisible de cuatro niñas y de su madre enferma. ¿Cuántos niños conoces que crecen así siendo el adulto antes de tener tiempo de ser niños? Esa fue Tatiana y eso explicaría muchas cosas más adelante. En 1904 llegó el acontecimiento que partiría a la familia en dos para siempre.

El 12 de agosto de ese año, Alejandra dio a luz al varón que toda Rusia llevaba esperando una década, Alexei Nikolajevich Romanov. Las campanas sonaron en todas las iglesias del imperio. Hubo fuegos artificiales, cañonazos, una alegría desbordante en San Petersburgo, en Moscú, hasta en los pueblos más remotos de Siberia. Tatiana tenía 7 años.

Vio a su madre finalmente feliz. vio a su padre llorando de emoción. Vio al bebé. Era hermoso, rubio, de ojos azules, perfecto. Lo que nadie sabía aún, lo que el médico tardaría algunos días en descubrir, era que el bebé tenía hemofilia, la enfermedad de los reyes europeos, heredada de la reina Victoria, la que pasaba de generación en generación a través de las mujeres, pero que afectaba mortalmente solo a los hombres.

Alexei estaba enfermo y lo iba a estar siempre. una caída, un golpe, un rasguño, cualquier hematoma podía ser mortal. Cada nuevo amanecer era una lotería. Y aquí entra la sombra que cambiaría a Tatiana para siempre. La sombra que el mundo entero recordaría con un solo nombre, Rasputín. Pero antes de hablar de él, hay que entender lo que Tatiana sentía.

Hay que entrar en la cabeza de una niña de 7, 8, 10 años que veía a su madre llorar todas las noches, que escuchaba los gritos de su hermanito cuando le sangraba una articulación durante días, que oía a los médicos discutir en alemán pensando que las niñas no entendían nada, que sentía a su padre, el Sar todopoderoso de Rusia, encerrarse en su despacho durante horas, vencido, sin saber qué hacer.

Tatiana hacía lo único que sabía hacer. rezaba, cuidaba, organizaba, sostenía a su madre, sostenía a sus hermanas, sostenía a Lexey, sostenía un imperio entero, sin saberlo, con sus brazos de niña. Y entonces, en 1905 apareció él. Para entender lo que Rasputín significó para Tatiana, hay que entender primero una escena. Una sola escena. Espala.

Polonia, otoño de 1912. Alexei tiene 8 años. Está jugando en una barca en un río pequeño. Resbala. Se golpea la pierna contra una madera. Al principio no parece grave. Al día siguiente, sin embargo, una hemorragia interna empieza en la cadera. Un hematoma del tamaño de una sandía se forma en la pierna.

El niño grita, grita de un dolor que no se puede describir. Llaman a los mejores médicos de Europa, telegrafían a especialistas en París, llega un equipo de San Petersburgo. Todos coinciden, el niño va a morir. Tatiana tiene 15 años. está en la habitación de al lado, sentada en el suelo junto a la puerta rezando. Lleva ahí tres días, casi no come, casi no duerme.

Cuando Alexei grita, Tatiana se tapa los oídos con las manos y reza más fuerte. Sus hermanas están en otra habitación llorando y entonces su madre toma una decisión desesperada. envía un telegrama a un hombre que está en Siberia y le pide que rece por su hijo. El hombre responde con un telegrama propio. Dios ha escuchado tu plegaria. No te aflijas. El pequeño no morirá.

No permitas que los médicos lo molesten demasiado. 24 horas después, la hemorragia se detiene. El niño sobrevive. Los médicos no entienden nada. Tatiana, que vio todo eso a los 15 años, nunca olvidó. Para ella, Rasputín no era un hombre, era un milagro andante. Era la única persona en el mundo capaz de salvar la vida del hermanito al que adoraba.

Un hombre alto, de ojos clarísimos, de barba descuidada, de olor fuerte. Un campesino siberiano que se hacía llamar Grigori Rasputín. Un hombre santo, decía la gente, un sanador. Tatiana lo vio por primera vez a los 8 años y desde el principio sintió algo extraño, algo entre la devoción religiosa y el miedo. Lo que ella no sabía, lo que nadie sabía todavía, era que ese hombre se convertiría en el mayor escándalo del trono ruso y que el odio que iba a generar contra la familia imperial sería tan profundo que llevaría una década y

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