La pantalla del móvil se ilumina sobre la mesa de cristal del salón.
Es un destello breve.
Sutil.
Casi inofensivo.
Pero en la oscuridad del piso de setenta metros cuadrados en el barrio de Hortaleza, ese destello parece un relámpago.
Un relámpago que precede a una tormenta perfecta.
Silvia está sentada en el extremo derecho del sofá.
Lleva puestos sus pantalones de pijama grises, esos que tienen bolillas en las rodillas.
El pelo recogido en un moño desordenado sujeto con una pinza de plástico que le costó un euro en el bazar de la esquina.
Entre sus manos sostiene una taza de té de manzanilla que ya se ha quedado completamente frío.
A su lado, ocupando el resto del sofá y parte del reposabrazos, está Dani.
Dani.
Su pareja desde hace seis años.
El hombre que ahora mismo está roncando suavemente con la boca abierta.
Tiene el mando de la televisión apoyado sobre la barriga.
En la pantalla, un documental sobre la migración del ñu en la sabana africana se reproduce a volumen mínimo.
Dani está en la fase dos del sueño.
Esa fase en la que la baba está a punto de hacer su aparición estelar en la comisura de los labios.
El teléfono de Silvia vuelve a vibrar.
No es su teléfono personal.
Es el teléfono viejo que usan para la cuenta bancaria conjunta.
Esa cuenta que abrieron con tanta ilusión para “los gastos de la casa”.
Esa cuenta que, últimamente, siempre está temblando a finales de mes.
Silvia deja la taza de manzanilla fría sobre el posavasos de corcho.
Sus dedos se alargan hacia el aparato.
Lo coge.
La pantalla reconoce su huella dactilar y se desbloquea con un suave clic.
Es una notificación de la aplicación del banco.
Un mensaje push.
Esos mensajes que el banco te envía para avisarte de que sigues siendo pobre.
O, en este caso, para avisarte de algo mucho más perturbador.
Silvia lee el texto en la pantalla.
Parpadea.
Vuelve a leerlo.
Acerca la pantalla a sus ojos, como si la presbicia hubiera decidido atacarla a sus treinta y cuatro años.
Pero no.
Las letras y los números están clarísimos.
“Cargo de 150,00 € en Floristería El Jardín del Edén”.
Silvia siente que el aire abandona sus pulmones.
Ciento cincuenta euros.
Ciento. Cincuenta. Puta. Madre. Euros.
En una floristería.
Gira la cabeza lentamente, como la niña del exorcista, para mirar a Dani.
Dani sigue roncando.
Un hilillo de saliva brillante conecta ahora su labio inferior con el cojín de Ikea.
Silvia repasa mentalmente las conversaciones de los últimos tres días.
El martes, ella propuso pedir unas pizzas a domicilio.
Dani dijo que no, que la economía estaba “muy achuchada” y que mejor se hacían una tortilla francesa.
El miércoles, Silvia comentó que le apetecía ir al cine el fin de semana.
Dani respondió que el cine estaba por las nubes y que tenían suscripción a tres plataformas de streaming muertas de risa.
Esta misma tarde.
Hace apenas cuatro horas.
Silvia le sugirió ir a cenar al restaurante italiano del barrio, ese que hace unas pizzas de trufa increíbles.
Para celebrar que por fin era viernes.
¿Y qué contestó Dani?
Dani le puso cara de perro apaleado.
Dani le dijo, con esa voz de mártir de la clase obrera que tan bien sabe poner.
“Cariño, dices que no tenemos dinero para irnos a cenar”.
“Que el Euríbor nos está ahogando”.
“Que hay que apretarse el cinturón este mes”.
Y ahora, a las once de la noche.
Un cargo de ciento cincuenta euros en una floristería.
Silvia siente que la sangre le empieza a hervir.
Siente ese calor característico que sube desde el estómago hasta las orejas.
No es un calentón pasajero.
Es pura lava volcánica ascendiendo por su esófago.
Mira a Dani.
Mira la notificación.
Ciento cincuenta euros en flores no es un detallito romántico.
Ciento cincuenta euros es un ramo que necesita un camión de mudanzas para ser transportado.
Ciento cincuenta euros es un bosque tropical metido en un jarrón de cristal de Murano.
Ciento cincuenta euros es, directamente, una declaración de intenciones.
Y, desde luego, en la mesa del comedor no hay ningún bosque tropical.
Solo hay un recibo de la luz sin pagar y las llaves del coche.
Silvia bloquea el teléfono.
Lo sujeta con fuerza.
Se levanta del sofá con la agilidad de una pantera a punto de saltar sobre su presa.
Camina hacia la pared y enciende la luz principal del salón.
Una lámpara de techo con cinco bombillas LED de luz blanca fría que inunda la habitación de golpe.
El efecto es inmediato.
Dani pega un respingo en el sofá.
El mando a distancia sale volando de su barriga y se estrella contra el suelo de tarima flotante con un golpe seco.
El ñu de la televisión sigue migrando, ajeno al drama doméstico que acaba de comenzar.
“¡Joder, Silvia!”, se queja Dani, tapándose los ojos con el antebrazo.
“¿Qué haces? ¡Que me dejas ciego!”.
Silvia no dice nada.
Se queda de pie, en el centro del salón.
Con las piernas ligeramente separadas.
La postura de un vaquero en un duelo al sol.
“Dime que se ha fundido un plomo y estás buscando la caja de herramientas”, murmura él, frotándose los ojos y bostezando.
Dani se incorpora torpemente.
Se pasa la mano por el pelo alborotado.
Intenta enfocar la mirada en su novia.
Al ver su postura, el bostezo se le congela en la boca.
Conoce esa postura.
Es la postura que Silvia adopta cuando ha descubierto que él se comió el último yogur griego y dejó el envase vacío en la nevera.
Pero la intensidad de su mirada indica que esto no va de lácteos.
Esto es algo nivel DEFCON 1.
“¿Pasa algo?”, pregunta Dani, y su voz sale un poco más aguda de lo normal.
Silvia cruza los brazos sobre su pecho.
Lentamente.
Con una deliberación calculada para maximizar el terror psicológico.
“Eso me pregunto yo, Dani”, dice ella.
Su voz es un susurro gélido.
Un viento ártico cortando el ambiente recalentado del salón.
“¿Pasa algo que yo deba saber?”.
Dani traga saliva.
Su cerebro, aún empantanado en el sueño y en la migración de los ñus, intenta arrancar a marchas forzadas.
“No… no que yo sepa”, balbucea él.
“¿He vuelto a dejar la tapa del váter levantada?”.
Silvia suelta una risa corta, seca y carente de cualquier atisbo de humor.
“Ojalá fuera la tapa del váter, Dani”.
“Ojalá”.
Silvia levanta el teléfono móvil con la mano derecha.
Lo sostiene en el aire como si fuera la prueba definitiva en un juicio por asesinato.
“Dices que no tienes dinero para irnos a cenar”.
Dani asiente, confundido.
“Claro, cariño, ya lo hablamos esta tarde. El coche necesita ruedas nuevas y…”.
Silvia le corta en seco.
No levanta la voz, pero su tono corta como un cuchillo jamonero recién afilado.
“Dices que no tienes dinero para irnos a cenar, pero el banco me avisa de un cargo de 150 euros en una floristería.”
El silencio cae sobre el salón de Hortaleza como una losa de granito de cinco toneladas.
El único sonido es la voz en off del documental de La 2, explicando las dificultades de los ñus para cruzar el río Mara.
Dani se queda mirando el teléfono móvil que sostiene Silvia.
Su boca se abre ligeramente.
Sus ojos parpadean a cámara rápida.
Ciento cincuenta euros.
En una floristería.
El cerebro de Dani hace un ruido imaginario de engranajes atascándose y echando humo.
“¿Un cargo?”, repite él, como si fuera un estudiante de inglés básico aprendiendo vocabulario nuevo.
“Sí, Dani. Un cargo. Una sustracción de capital. Un pago con tarjeta de débito”.
“En Floristería El Jardín del Edén”.
“A las ocho y media de la tarde de hoy”.
Silvia da un paso hacia adelante.
La tensión cómica se vuelve asfixiante.
“Yo estoy aquí”.
“Tú estás aquí”.
“El dinero no está aquí”.
“Y las putas flores, Dani, tampoco están aquí”.
Dani se levanta del sofá.
Sus rodillas tiemblan de una forma casi imperceptible.
Se pasa las dos manos por la cara, intentando frotar la realidad para hacerla desaparecer.
Pero la realidad sigue ahí, con los brazos cruzados y un pijama de bolillas.
“Eso… eso tiene que ser un error del banco”, improvisa él.
Un clásico.
La primera línea de defensa de todo cobarde acorralado.
Echarle la culpa a la informática.
“Los hackers”, añade Dani, asintiendo con convicción forzada.
“Seguro que nos han clonado la tarjeta. Hay mucha mafia rusa por internet, Silvia. He leído artículos sobre esto”.
Silvia no se mueve.
No cambia su expresión.
“¿Mafia rusa, Dani?”.
“¿Me estás diciendo que un hacker de San Petersburgo ha clonado nuestra cuenta común…”.
“…para comprarse un centro de rosas de pitiminí en el barrio de Tetuán?”.
Dani se da cuenta de lo ridículo de su argumento.
Su cara se vuelve del color de un tomate cherry maduro.
“O un fraude”, insiste débilmente. “Un error del TPV del supermercado. Fui a por pan esta tarde, igual me cobraron de más”.
“El pan no lo compraste en El Jardín del Edén, Dani”, replica ella implacable.
“A menos que la barra de cuarto venga con una orquídea silvestre de regalo”.
Dani siente que el sudor frío le empieza a bajar por la nuca.
La negación no funciona.
Tiene que pasar al plan B.
La justificación altruista.
La carta emocional.
“Vale, vale”, levanta las manos en gesto de rendición pacífica.
“No es un fraude”.
“Fui yo”.
Silvia enarca una ceja.
Una sola ceja que podría perforar el blindaje de un tanque de combate.
“Fuiste tú”, confirma ella.
“Sí”.
“¿Te gastaste ciento cincuenta euros de nuestro escaso presupuesto mensual en flores?”.
“Sí”.
Dani toma aire.
Infla el pecho.
Intenta adoptar una postura de hijo devoto y ejemplar.
“Eran para mi madre…”, balbucea él.
La frase queda suspendida en el aire.
“Para tu madre”, repite Silvia.
“Sí”, confirma Dani, ganando un poco de falsa confianza.
“Para mi madre. Consuelo”.
“Que mañana es su… su aniversario de bodas con mi padre. Aunque estén divorciados. Ella se pone triste en estas fechas”.
“Quería animarla. Un detalle, ya sabes”.
Silvia no parpadea.
Mantiene los brazos cruzados.
Deja que Dani disfrute de su excusa durante cinco largos e interminables segundos.
Deja que el pobre infeliz crea que ha salvado el pellejo con el comodín de la suegra.
Y entonces, con la calma de un verdugo afilando el hacha, Silvia sonríe.
Una sonrisa que hiela la sangre.
“Qué detalle tan precioso, Dani”.
“Qué hijo tan maravilloso eres”.
“Qué empatía más profunda hacia la tristeza de tu madre”.
Dani asiente, sintiendo un alivio inmenso.
“Sí, bueno, ya sabes cómo soy con ella. La familia es lo primero”.
Silvia deja de sonreír de golpe.
Su rostro se convierte en una máscara de mármol.
Saca su teléfono personal del bolsillo del pantalón de pijama.
“Qué curioso, Dani”.
“Porque hace exactamente diez minutos, mientras tú roncabas babeando el cojín…”.
“…la aplicación me mandó el aviso del cargo”.
“Y como me extrañó tanto, y me asusté pensando en los famosos hackers rusos que tú mencionas…”.
Silvia levanta el segundo teléfono, mostrando la pantalla con el registro de llamadas recientes.
“Decidí llamar a tu madre”.
El color desaparece del rostro de Dani a una velocidad vertiginosa.
Pasa de tomate cherry a folio en blanco en un nanosegundo.
“¿La… la has llamado?”, tartamudea él.
“Sí, Dani. La he llamado”.
“Le he preguntado qué tal estaba”.
“Y de paso, le he preguntado si le había gustado el detallazo que su queridísimo hijo le había mandado por su triste aniversario”.
Dani siente que las piernas no le sostienen.
Se deja caer pesadamente sobre el sofá, sentándose justo encima del mando a distancia que acababa de recoger.
Un grito de dolor sordo se escapa de sus labios, pero el dolor físico no es nada comparado con el terror psicológico que está experimentando.
Silvia se inclina hacia adelante, acercando su rostro al de él.
Y con una voz que reverbera en cada rincón del piso de Hortaleza, pronuncia la sentencia de muerte final.
“Acabo de hablar con tu madre, Dani”.
“Y no le ha llegado ni un maldito cactus”.
PARTE 2
El silencio en el salón es absoluto.
Ya ni siquiera los ñus parecen hacer ruido en la televisión.
Es un silencio denso, radiactivo, de los que se pueden cortar con un cuchillo para untar mantequilla.
Dani traga saliva.
El sonido es audible y patético.
“Un cactus”, repite él, como un eco inútil, ganando microsegundos de tiempo que no le van a salvar de la guillotina.
“Ni uno”, confirma Silvia, manteniéndose firme, imperturbable, como una estatua de la justicia a punto de descargar la espada.
“Ni de plástico, ni del Ikea, ni de esos pequeñitos que se mueren si los miras fuerte”.
“Tu madre estaba haciendo croquetas, Dani”.
“Estaba haciendo croquetas de cocido y no tenía ni idea de lo que le estaba hablando”.
“De hecho, pensó que estaba borracha”.
“Me preguntó si habíamos estado bebiendo anís del Mono a estas horas”.
Dani se frota las manos sobre los muslos, de arriba a abajo, intentando generar fricción para no congelarse bajo la mirada de Silvia.
Su mente es un caos de excusas abortadas, mentiras a medio cocer y pánico puro y duro.
“A ver, Silvia”, empieza, con la voz más conciliadora que puede encontrar en su repertorio de farsante acorralado.
“Deja que te lo explique”.
Silvia descruza los brazos y los deja caer a ambos lados del cuerpo.
“Adelante, Cervantes”.
“Estoy deseando escuchar el próximo capítulo de esta fascinante novela de misterio”.
“Tienes exactamente sesenta segundos antes de que coja la maleta que está encima del armario y empiece a llenarla con tus calzoncillos de superhéroes”.
Dani pega un respingo.
La amenaza de los calzoncillos de Marvel saliendo por la puerta es real y tangible.
“No, no, espera”, suplica, levantando las manos.
“Es que las flores no eran para mi madre”.
“Mentí. Te mentí porque me asusté de tu reacción”.
Silvia asiente lentamente, con una frialdad quirúrgica.
“Primera verdad de la noche, Dani. Apunta, que vas batiendo récords”.
“Sigue. ¿Para quién eran las putas flores de ciento cincuenta euros?”.
Dani toma aire profundamente.
Decide que la única salida es saltar al vacío sin paracaídas y esperar caer sobre un colchón de excusas rocambolescas.
“Eran para el jefe”.
Silvia frunce el ceño.
La sorpresa rompe por un instante su fachada de hielo.
“¿Para el jefe?”.
“¿Para don Arturo?”.
“¿El señor calvo de sesenta años que te explota en la gestoría y que huele a rancio?”.
“Sí”, confirma Dani, asintiendo vigorosamente, aferrándose a esta nueva mentira como un náufrago a una tabla de surf.
“¿Y desde cuándo le mandas tú flores a don Arturo, Dani?”.
“¿Te has enamorado de él?”.
“¿Estamos descubriendo facetas tuyas que yo desconocía después de seis años?”.
“¡No jodas, Silvia, no digas tonterías!”, se defiende él, ofendido en su masculinidad tradicional.
“Don Arturo ha tenido un problema de salud”.
“Le han operado de apendicitis de urgencia esta tarde”.
“Y los de la oficina hemos hecho un bote para mandarle una cesta al hospital”.
Silvia ladea la cabeza.
Su detector de mentiras interno, que lleva años calibrando con cada pequeña estupidez de Dani, está pitando como un contador Geiger en Chernobyl.
“¿Un bote de la oficina?”.
“Sí, un bote solidario. Ya sabes cómo son en recursos humanos, les encanta organizar estas mierdas”.
“¿Y tú has puesto ciento cincuenta euros de tu bolsillo para el bote?”.
“¿Tú, que la semana pasada lloraste lágrimas de sangre cuando tuvimos que pagar la revisión de la caldera?”.
Dani empieza a sudar de nuevo.
La lógica de Silvia es aplastante y sin fisuras.
“No, no puse los ciento cincuenta yo solo”, rectifica rápidamente, intentando tapar la vía de agua en el casco de su barco.
“Yo me encargué de comprarlo”.
“Puse mi tarjeta”.
“Los demás me van a hacer un Bizum el lunes a primera hora”.
“Te lo juro, Silvia. Es un adelanto de caja, nada más”.
Silvia se queda pensativa.
La historia tiene un mínimo, un microscópico porcentaje de viabilidad.
Las oficinas a veces son sitios raros donde la gente hace cosas absurdas como comprar cestas de frutas exóticas para jefes tiranos.
Pero Silvia no ha llegado hasta aquí para rendirse ante una excusa corporativa.
“Vale”, dice ella, dando un paso atrás y apoyándose en el respaldo del sillón individual.
“Admitamos barco como animal acuático”.
“Admitamos que eres el tesorero oficial de las desgracias intestinales de don Arturo”.
Dani suelta un suspiro de alivio tan sonoro que casi despeina a Silvia.
“Gracias, cariño, es que eres muy mal pensada a veces”.
“Espera, frena el carro, Fernando Alonso”, le corta ella de inmediato.
“He dicho que admitimos barco, no que hayamos llegado a puerto”.
Silvia saca de nuevo el teléfono móvil de la cuenta conjunta.
Lo desbloquea.
“Si es un bote de la oficina, Dani, y lo habéis hablado hoy en el trabajo…”.
“…tendrás un grupo de WhatsApp donde lo habéis organizado, ¿verdad?”.
El color de la cara de Dani vuelve a desaparecer.
Vuelve a ser un folio en blanco.
“Un grupo llamado ‘Flores para Arturo’, o ‘Bote hospital’, o alguna de esas chorradas que ponéis en los grupos de la empresa”.
Silvia le tiende la mano, con la palma hacia arriba.
“Dame tu móvil”.
“Enséñame el grupo”.
“Enséñame los mensajes de tus compañeros confirmando que te van a hacer el Bizum”.
“Y te juro que me pongo el abrigo ahora mismo, bajo al chino de la esquina y te compro la cerveza más grande y más fría que tengan como disculpa”.
Dani se queda petrificado.
Su teléfono móvil está en el bolsillo de su pantalón de pijama, quemándole la piel a través de la tela de franela.
No hay grupo.
No hay don Arturo sin apéndice.
No hay bote, ni Bizums, ni leches en vinagre.
Si le da el móvil a Silvia, es el fin de los días.
Es el apocalipsis zombie en su propio salón.
“No te puedo dar mi móvil, Silvia”, dice él, agarrando la tela de su pijama como si estuviera protegiendo las joyas de la corona.
“¿Ah, no?”.
“¿Por qué?”.
“¿Contiene secretos de estado?”.
“¿Códigos de lanzamiento nuclear de la OTAN?”.
“No, es por la ley de protección de datos”, improvisa él, diciendo la mayor estupidez que se le ha pasado por la cabeza en sus treinta y dos años de vida.
“En el grupo de la oficina hay datos confidenciales de la gestoría. Si lo lees, puedo incurrir en un delito penal. Ya sabes cómo están con el RGPD”.
Silvia lo mira.
Simplemente lo mira.
Una mirada de profunda, absoluta y devastadora lástima.
“Dani”.
“Trabajas haciendo fotocopias y ordenando facturas de talleres mecánicos de Carabanchel”.
“No eres el director del CNI”.
“Dame el maldito móvil”.
“No”, se niega él en rotundo, encogiéndose en el sofá.
“Pues entonces”, sentencia ella, dándose la vuelta y dirigiéndose hacia el pasillo.
“Voy a por la maleta”.
“¡Espera, espera, joder, Silvia, para un segundo!”, grita Dani, levantándose de un salto y corriendo hacia ella.
La agarra del brazo justo cuando ella está a punto de entrar en la habitación.
Silvia se gira y se suelta del agarre con un movimiento brusco.
“No me toques”.
“Y habla rápido, porque mi paciencia ha caducado hace diez minutos”.
Dani respira hondo.
Sabe que las mentiras se le han agotado.
Ha llegado al final del callejón sin salida.
Solo le queda la verdad.
Una verdad que es humillante, ridícula y profundamente patética.
“Vale”, dice, bajando la cabeza, mirando fijamente la punta de sus calcetines de rayas.
“Las flores no son para mi madre”.
“Ni para el jefe”.
“Son para un puto entierro”.
Silvia se queda helada.
Su actitud beligerante se detiene por un segundo.
La palabra “entierro” siempre tiene ese efecto.
Desactiva las bombas, al menos temporalmente.
“¿Un entierro?”, pregunta ella, suavizando un milímetro el tono de voz.
“¿De quién?”.
“¿Ha fallecido alguien y no me has dicho nada?”.
Dani niega con la cabeza, sin atreverse a mirarla a los ojos.
“No es nadie de mi familia”.
“Ni un amigo directo”.
“Es… es el padre de un conocido”.
“¿Un conocido?”, repite Silvia, la suspicacia volviendo a asomar por debajo del intento de empatía.
“¿Te gastas ciento cincuenta euros del dinero de la comida en la corona fúnebre del padre de un simple conocido?”.
“Es que… no es un conocido cualquiera”.
Dani traga saliva.
Suda profusamente.
La verdad pugna por salir de su garganta, empujando con la fuerza de un rinoceronte.
“Es… es Roberto”.
Silvia frunce el ceño, buscando en el archivo de su memoria.
“¿Roberto?”.
“¿Qué Roberto?”.
“Roberto, el del póker”.
La palabra “póker” cae en el pasillo.
Es una palabra tabú en esa casa.
Una palabra que provocó la Tercera Guerra Mundial hace dos años, cuando Dani se pulió la paga extra de verano jugando online a las tantas de la madrugada.
Silvia siente que la sangre se le congela en las venas.
“¿Roberto el del póker?”, susurra ella.
“¿El que organizaba las timbas ilegales en la trastienda de la panadería de su cuñado?”.
Dani asiente, sintiéndose del tamaño de una hormiga pisoteada.
“Sí, ese Roberto”.
“Pero, ¿qué tiene que ver Roberto, su padre muerto y la floristería de Tetuán con que me falten ciento cincuenta euros en la cuenta, Dani?”.
Silvia da un paso hacia él, la furia contenida a punto de estallar de nuevo, esta vez con la fuerza de una supernova.
Dani cierra los ojos, preparándose para el impacto.
“Porque Roberto es el dueño de la Floristería El Jardín del Edén”.
“Y yo no he comprado ninguna flor, Silvia”.
“Yo no he mandado ni una margarita a nadie”.
“Lo que he hecho ha sido perder al póker”.
“He perdido ciento cincuenta euros esta tarde jugando en su trastienda después de salir del curro”.
“Y como no llevaba efectivo encima…”.
Dani abre los ojos, enfrentándose a la mirada apocalíptica de su novia.
“…me pasó el cobro de la deuda por el datáfono de la tienda como si hubiera comprado un puto centro de mesa floral”.
PARTE 3
El reloj de pared de la cocina, situado al final del pasillo, marca los segundos con un tictac rítmico que parece el latido de un corazón a punto de infartar.
Silvia se ha quedado completamente muda.
Una estatua de sal en medio de su propio pasillo.
Su cerebro está intentando digerir la ingente cantidad de información absurda, ilegal y estúpida que acaba de procesar.
“¿Al póker?”, logra articular finalmente.
Su voz ya no es un grito, ni un susurro amenazante.
Es un tono de decepción profunda, abismal.
Dani asiente, con los hombros caídos y la mirada clavada en el suelo, como un perro que acaba de morder las zapatillas caras del dueño.
“Sí, Silvia. Al póker”.
“¿Me estás diciendo”, continúa ella, separando cada sílaba con precisión quirúrgica, “que llevas dos años jurándome y perjurándome que habías dejado esa mierda?”.
“¿Que habías bloqueado las aplicaciones de apuestas?”.
“¿Que no volviste a pisar la trastienda con olor a harina rancia y sudor de ludópata?”.
“Lo había dejado”, se defiende Dani débilmente, levantando la vista un milímetro.
“Te lo juro por mi vida que llevo dos años limpio”.
“Pero hoy… hoy fue un mal día en la gestoría, tuve una bronca con Arturo, salí tarde, me encontré con Roberto en la calle…”.
“…y una cosa llevó a la otra”.
Silvia suelta una carcajada, pero esta vez es una risa histérica.
Se echa las manos a la cabeza y empieza a caminar en pequeños círculos en el reducido espacio del pasillo.
“¡Una cosa llevó a la otra!”.
“¡El gran clásico!”.
“Claro, ibas caminando tranquilamente, tropezaste con una cáscara de plátano, caíste rodando por la calle y apareciste milagrosamente sentado en una silla de plástico con cuatro cartas en la mano apostando nuestro dinero de la comida!”.
“¡Qué mala suerte tienes, Dani!”.
“¡Eres una víctima de la gravedad y del destino!”.
“No te rías, por favor”, suplica él, sintiendo que la ironía de Silvia le duele más que un guantazo.
“Es que me río por no llorar, o por no coger el jarrón del recibidor y estampártelo en la cabeza”, confiesa ella, deteniendo su paseo circular.
“A ver si me aclaro con la brillante ingeniería financiera de tu amigo Roberto el ludópata encubierto”.
Silvia se cruza de brazos otra vez, adoptando la postura de un fiscal implacable.
“Tú pierdes ciento cincuenta euros”.
“No tienes efectivo”.
“Y tu genial amigo, para que tú puedas pagar tu deuda de juego ilegal, saca un TPV de su floristería”.
“Y te cobra como si te hubieras llevado la decoración floral de la boda de Tamara Falcó”.
“Exacto”, murmura Dani, sin atreverse a añadir nada más.
“¿Y no se te ocurrió pensar, oh genio de las finanzas de barrio, que ese cargo dejaría un rastro digital brillante como un faro luminoso en nuestra cuenta compartida?”.
“¿Pensaste que yo, que reviso el saldo todos los días porque no llegamos a fin de mes, iba a ignorar un cargo de una floristería?”.
Dani se rasca la nuca, un tic nervioso que Silvia odia profundamente.
“Pensé… pensé que diría algo genérico. Como ‘Comercial Roberto S.L.’ o algo así”.
“No sabía que pondría literalmente ‘Floristería El Jardín del Edén'”.
“Además, pensé que cobraría mañana, y que yo podría sacar el dinero de mi cuenta personal y volverlo a meter en la conjunta antes de que te dieras cuenta”.
“Pero el cobro entró automático, al instante”.
“La tecnología de los datáfonos ha mejorado mucho, joder”.
La indignación de Silvia alcanza una nueva cota máxima.
“¡Le echas la culpa a la eficacia de los TPV modernos!”.
“¡Eres increíble, Dani!”.
“Tienes la empatía de un mejillón y la madurez de un niño de cinco años jugando al Monopoly”.
Silvia se da la vuelta y camina hacia la cocina.
Necesita beber agua, respirar, poner espacio físico entre ella y el monumento a la estupidez que es su novio.
Dani la sigue como un perrito faldero, arrastrando las zapatillas por la tarima.
“Silvia, por favor, háblame”, le pide desde el umbral de la cocina, mientras ella llena un vaso de agua en el grifo con movimientos bruscos.
“¿Que te hable?”.
Silvia cierra el grifo con un golpe seco.
Se apoya de espaldas en la encimera de granito, mirando a Dani con una mezcla de agotamiento y rabia.
“¿Qué quieres que te diga, Dani?”.
“¿Que no pasa nada?”.
“¿Que gracias por no gastarte trescientos en vez de ciento cincuenta?”.
“Ha sido un desliz”, insiste él, juntando las manos en actitud de ruego.
“Un desliz es mancharte la camisa de tomate comiendo espaguetis”.
“Jugarte el dinero del supermercado en una timba de barrio y usar una tapadera de floristería para pagarlo es un puto problema grave”.
“Y lo peor de todo, Dani, lo que más me ofende de esta situación…”.
Silvia hace una pausa dramática, bebiendo un trago de agua para hidratar su garganta reseca de tanto discutir.
“…es que cuando te pillé con el cargo, tu primera reacción, tu instinto natural de supervivencia, no fue confesar”.
“Tu primer instinto fue decirme que las flores eran para tu madre”.
Dani agacha la cabeza.
Sabe que ahí ha tocado fondo.
Involucrar a Consuelo, la mujer que los domingos les hace tuppers de albóndigas para toda la semana, ha sido una bajeza imperdonable.
“Fui un cobarde”, admite él, con la voz casi inaudible.
“Fui un mierda cobarde y me inventé lo primero que se me pasó por la cabeza para salvar el culo”.
“Pero te lo prometo, Silvia, te juro por lo más sagrado que no he vuelto a jugar nada más”.
“Fue un momento de debilidad de hoy”.
“No hay más deudas. No hay más floristerías falsas”.
“¿Y cómo sé yo eso, Dani?”, pregunta ella, mirándole fijamente.
“¿Cómo sé yo que la factura de ochenta euros de ‘Reparaciones Martínez’ de la semana pasada no fue una tapadera de la ferretería para cubrir una deuda de mus?”.
“¿Cómo sé que la cuenta del taller del coche no es otro de tus inventos para tapar agujeros negros?”.
“Porque no es así”, se defiende Dani, con un atisbo de desesperación sincera.
“¡Llama al taller! ¡Llama a Martínez! ¡Comprueba todo lo que quieras!”.
“¡Esto de hoy fue un error aislado y estúpido!”.
Silvia deja el vaso vacío en el fregadero.
El ruido del cristal contra el acero inoxidable suena como un disparo en la pequeña cocina.
Pasa por el lado de Dani, rozándole el hombro, y vuelve al salón.
Él la sigue, temiendo que esta vez sí vaya a por la temida maleta de encima del armario.
Pero Silvia no va a la habitación.
Se acerca a la mesa de centro, donde reposan el mando de la tele, su taza de manzanilla fría y su teléfono móvil.
El teléfono que sigue mostrando en la pantalla la evidencia del delito en El Jardín del Edén.
Silvia lo coge.
Mira la pantalla.
Mira a Dani, que está de pie en medio del salón, pálido, sudoroso y esperando la sentencia final.
“¿Sabes qué es lo más irónico de todo esto?”, dice ella, con un tono de voz sorprendentemente calmado.
“Que esta tarde, cuando te propuse ir a cenar, yo me sentí culpable por insistir”.
“Me sentí una egoísta por querer gastar dinero en unas putas pizzas de trufa cuando tú me decías, con esa carita de pena, que no llegábamos a fin de mes”.
“Yo, ajustando el presupuesto del supermercado, comprando marca blanca para ahorrar céntimos…”.
“…y tú financiando los vicios de los amigotes del barrio con datáfonos florales”.
“Lo siento, Silvia”, repite Dani, como un disco rallado. “Lo siento muchísimo. Mañana mismo buscaré un adelanto en el curro, te devolveré ese dinero a la cuenta común, haré horas extra… lo que haga falta”.
Silvia suspira profundamente.
El enfado volcánico está empezando a dar paso a una fatiga inmensa.
Una fatiga que no se cura durmiendo.
“No es el dinero, Dani”.
“Son ciento cincuenta euros. Sobreviviremos. Comeremos pasta toda la semana y punto”.
“Es la confianza”.
“Es la sensación de que comparto mi vida, mi cuenta bancaria y mi casa con un adolescente de treinta y dos años que miente por sistema para ocultar sus cagadas”.
Dani da un paso hacia ella, intentando acortar la distancia física y emocional, pero se detiene al ver que ella levanta una mano.
“No, Dani. Quédate ahí”.
“Déjame procesar la magnitud de la gilipollez a la que acabo de asistir”.
Silvia vuelve a mirar el teléfono móvil.
La notificación sigue ahí.
El banco ha registrado el movimiento.
Una transacción comercial perfecta, legal y documentada.
Una compra ficticia que ha desvelado una mentira colosal.
Y entonces, en medio de la rabia y la decepción, el cerebro de Silvia, siempre agudo y sarcástico, hace una conexión inesperada.
Una conexión que mezcla la justicia kármica con el sentido práctico de una mujer que acaba de perder ciento cincuenta euros tontamente.
Los ojos de Silvia se entrecierran ligeramente.
Una pequeña, muy pequeña, chispa de pura venganza irónica se enciende en sus pupilas.
Levanta la vista del teléfono y mira a Dani.
“¿Dices que Roberto tiene una floristería de verdad?”, pregunta ella, con un tono extrañamente neutral.
Dani asiente, confundido por el cambio repentino de tema.
“Sí, claro. El Jardín del Edén. Es de su mujer, pero él la regenta por las tardes”.
“O sea, que el TPV por el que pasaste nuestra tarjeta pertenece a un negocio legal de venta de flores al por menor”.
“Sí”, confirma Dani, sin saber adónde quiere llegar su novia.
“Vale”, dice Silvia, asintiendo lentamente, como si estuviera encajando las piezas de un puzle mental.
Silvia se sienta en el sofá, justo en el lado donde antes roncaba Dani.
Cruza las piernas.
Mira la pantalla de su teléfono móvil una vez más.
Y luego mira a su novio, con una expresión que a Dani le da mucho más miedo que cualquier grito de histeria.
Es la expresión de una mujer que acaba de tomar una decisión irrevocable.
Una decisión que va a enseñarle a Dani una lección que no olvidará en el resto de su puñetera vida.
PARTE 4
La luz blanca de las bombillas LED del salón ilumina la cara pálida de Dani.
La noche madrileña, silenciosa y densa fuera de la ventana, contrasta con la tormenta doméstica que se acaba de desatar y que ahora ha entrado en una fase extrañamente calmada.
Silvia sigue sentada en el sofá, con el teléfono en la mano.
No está gritando.
No está recogiendo maletas ni empacando calzoncillos de superhéroes.
Pero esa calma es más aterradora que cualquier explosión de rabia.
Dani traga saliva por enésima vez.
Siente la boca tan seca que podría escupir polvo.
“Silvia…”, murmura él, intentando romper el pesado muro de hielo que se ha levantado entre los dos.
“¿Qué estás pensando?”.
Silvia levanta la vista, despegando los ojos de la pantalla del móvil.
“Estoy pensando, Dani, en la naturaleza de las transacciones comerciales”, responde ella con una frialdad académica.
“¿Transacciones comerciales?”.
“Sí. Verás, cuando uno realiza un pago con tarjeta de débito en un establecimiento legalmente constituido…”.
“…y el banco registra ese cargo, como este hermoso extracto que tengo aquí en la mano virtual…”.
“…el consumidor adquiere unos derechos inalienables”.
Dani parpadea.
Su cerebro, que no ha dado para inventar una excusa mejor que la de su madre, se pierde por completo ante esta jerga legal de consumo.
“No te entiendo, Silvia”, admite él, sintiendo que pisa terreno minado.
“Es muy sencillo, cariño”, dice ella, poniéndose en pie con una agilidad sorprendente.
“Nosotros, o más bien, nuestra cuenta bancaria conjunta, acaba de pagar ciento cincuenta euros en la Floristería El Jardín del Edén”.
“Ese dinero ya ha salido de nuestra cuenta”.
“Y según tú, Roberto, el ludópata florista, se lo ha quedado en concepto de deuda de póker”.
“Eso es”.
“Pero para Hacienda, y para el banco, y para este ticket digital que tengo aquí…”.
“…nosotros hemos comprado un producto por valor de ciento cincuenta euros”.
La chispa de venganza en los ojos de Silvia se convierte ahora en un incendio forestal.
Dani empieza a sudar frío, intuyendo por dónde van los tiros, y la idea le aterra mucho más que la maleta.
“Silvia, no, por favor…”, suplica él, dando un paso atrás.
“Silvia, sí”, afirma ella, con una sonrisa triunfal y despiadada.
“Tú y yo, mañana por la mañana a primera hora”.
“A las nueve en punto, cuando Roberto el florista levante el cierre metálico de El Jardín del Edén…”.
“…nos vamos a presentar allí los dos de la manita”.
Dani abre los ojos de par en par, imaginando la escena dantesca.
“¡No puedes hacer eso!”, exclama. “¡Es una trastienda ilegal! ¡Es una deuda de honor de juego!”.
“¡Me importa una puta mierda el honor de los ludópatas de Carabanchel!”, estalla Silvia, alzando por fin la voz, liberando la presión acumulada.
“¡Yo tengo un puto extracto bancario oficial en la mano!”.
“¡Y voy a entrar en esa floristería, le voy a poner el teléfono en la cara a tu amigo Roberto…”.
“…y le voy a exigir que me entregue ciento cincuenta euros en putos centros florales!”.
La imagen mental es tan potente, tan absurdamente cómica y trágica a la vez, que Dani se lleva las manos a la cabeza.
“¡Me vas a humillar delante de Roberto!”, gime él.
“¡Se va a enterar todo el barrio!”.
“¡Te humillas tú solo cuando te juegas el dinero de la compra, pedazo de inútil!”, contraataca Silvia, implacable.
“Y me da exactamente igual si Roberto tiene que desvalijar su propia tienda”.
“Como si tiene que darme trescientos claveles, veinte macetas de orquídeas y cuatro docenas de rosas de Ecuador”.
“Voy a vaciarle el puto inventario hasta el último céntimo de nuestra factura”.
Silvia empieza a pasearse por el salón, la energía de su plan de venganza llenándola de vitalidad.
“Y luego”, continúa, señalando a Dani con el dedo, “luego cogeremos todas esas flores…”.
“…y como tienes tanto morro y eres tan buen hijo…”.
“…nos iremos a casa de tu madre”.
Dani se tira de los pelos.
Literalmente se tira de los escasos pelos que le van quedando en las entradas.
“¡A casa de mi madre no, por favor!”, suplica casi de rodillas.
“Sí, a casa de tu madre”, confirma Silvia con sadismo puro.
“Le vas a entregar el centro floral de ciento cincuenta euros más feo y recargado que podamos montar”.
“Le vas a desear un feliz aniversario de divorcio, o lo que sea que celebre mañana”.
“Y te juro por lo más sagrado, Dani…”.
“…que como se te ocurra volver a pisar una timba de póker, o usar un datáfono para tapar tus mierdas…”.
“…la próxima vez que vayas a la floristería, será para comprar la corona de tu propio funeral”.
Silvia se detiene frente a él, respirando agitadamente.
Dani la mira, aterrorizado, humillado y completamente derrotado.
Sabe que no tiene margen de maniobra.
Sabe que ha perdido la partida, y esta vez, las cartas no estaban marcadas.
Había apostado la confianza de su novia y había perdido estrepitosamente, dejando un rastro digital innegable en su cuenta común.
“Vale”, susurra Dani, asintiendo lentamente con la cabeza, aceptando su penitencia pública y floral.
“Iremos mañana a las nueve”.
“Bien”, dice Silvia, secamente.
Ella vuelve al sofá, coge su taza de manzanilla fría, y camina hacia la cocina para tirarla por el fregadero.
Antes de salir del salón, se detiene bajo el marco de la puerta.
Se gira a mirar a Dani, que sigue de pie en medio de la habitación, pareciendo un niño pequeño castigado sin recreo.
“Apaga la tele, Dani”, le ordena.
“Y vete a dormir al sofá”.
“Y reza para que Roberto tenga orquídeas bonitas mañana, porque como intente darnos gladiolos pochos por nuestra deuda…”.
“…le monto un circo en la tienda que la policía de Tetuán se va a tener que personar”.
Silvia desaparece por el pasillo, dejando a Dani a solas con el documental de los ñus, que ahora mismo le parecen criaturas mucho más inteligentes que él.
Dani apaga la televisión con un clic resignado.
La pantalla negra refleja su rostro demacrado.
Se deja caer en el sofá, acomodando el cojín que hace apenas media hora estaba babeando en su siesta falsa de felicidad e ignorancia.
Saca su propio teléfono móvil del bolsillo.
Abre la aplicación de su banco personal y comprueba su saldo miserable, sabiendo que mañana será el hazmerreír del barrio y que tendrá que cargar con kilos de flores bajo la mirada asesina de su novia.
Mientras la noche avanza en Madrid, el silencio del piso solo se ve interrumpido por el sonido lejano de una ambulancia cruzando la avenida.
Dani mira hacia el techo oscuro del salón, repasando mentalmente la catastrófica cadena de errores de la noche, y pensando en la brutal y aplastante lógica de una mujer enfadada con una notificación push de su banco.
Y mientras el sueño, ahora sí, de puro agotamiento nervioso, empieza a vencerle sobre el sofá estrecho, una pregunta monumental y de sentido común flota en el ambiente, resonando como una advertencia para todos los mentirosos del mundo con tarjetas vinculadas.
¿Qué haríais vosotros, con el orgullo herido, la cena vacía, y el extracto incriminatorio del banco latiendo en la mano?