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El garaje comunitario huele a humedad acumulada y a humo de escape frío.

El garaje comunitario huele a humedad acumulada y a humo de escape frío.

Es un olor inconfundible.

El típico aroma de un sótano en un bloque de pisos del Ensanche de Vallecas a las once de la noche.

La luz fluorescente del techo parpadea con un zumbido eléctrico.

Es un sonido molesto, constante, como una mosca atrapada en un frasco de cristal.

Lucía camina sobre el suelo de cemento pulido.

Sus zapatillas de andar por casa apenas hacen ruido.

Lleva puestos unos pantalones de pijama de cuadros y una sudadera gris tres tallas más grande.

No tenía la más mínima intención de bajar al garaje a estas horas.

Debería estar en el sofá.

Debería estar viendo el último episodio de esa serie turca que le ha enganchado sin querer.

Debería estar tapada con la manta de punto gordo de Ikea.

Pero se ha dejado la maldita bolsa de tela de la compra en el coche.

Y mañana sábado, a primera hora, tiene que ir al mercado.

Si no sube la bolsa ahora, sabe perfectamente que mañana se le olvidará.

Y se niega en rotundo a pagar otros quince céntimos por una bolsa de plástico en la caja.

Es una cuestión de principios.

O de cabezonería pura y dura.

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