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BRUJO MAYOR DE CATEMACO REVELA el PACTO SECRETO que hizo JOAN SEBASTIAN para tener FAMA Y PODER

En Catemaco hay un dicho que los viejos repiten desde hace generaciones. Lo dicen en voz baja, casi nunca a desconocidos y casi siempre de noche. Lo que se pide en el lago, el lago lo cobra. No es una advertencia poética, es una descripción de algo que la gente de esa región ha visto ocurrir demasiadas veces para ignorarlo.

Peticiones que se cumplen y cobros que llegan, no siempre de inmediato, no siempre de la manera que uno espera, pero que llegan. Y hay un hombre siendo el intermediario entre los que piden. Y lo que después el lago les cobra, lo llaman el unicornio negro. No es un apodo que él eligió. Se lo pusieron los otros brujos mayores del Congreso Nacional de Brujos de Catemaco.

Esa reunión que se hace cada primer viernes de marzo desde 1970 y que reúne en la orilla del lago Catemaco a los practicantes más reconocidos del país. Se lo pusieron porque dicen que existe entre dos mundos al mismo tiempo, sin pertenecer completamente a ninguno. el unicornio, porque es la criatura que todos conocen, pero que nadie termina de creer que es real.

El negro, porque lo que maneja no tiene el color blanco de la curandería tradicional, ni el negro absoluto de la brujería más oscura. está en el medio, en ese espacio que la mayoría de la gente prefiere no mirar directamente. Lleva décadas sin hablar de sus clientes. Ese es el código entre los brujos mayores de Catemaco. Lo que entra al lago no sale del lago.

Lo que se dice en una consulta no se repite en ninguna otra parte. El que rompe ese código pierde algo que no se recupera con ningún ritual. Pero hay una historia que, según él, ya no le pertenece a nadie, que pertenece a los que cantaron sus canciones sin saber lo que costaron, a los que lloraron con su voz sin entender por qué esa voz los tocaba de esa manera.

a los que lo vieron caerse y levantarse y caerse de nuevo, y nunca supieron que cada caída tenía un nombre. Para entender lo que el unicornio negro sabe, hay que entender primero quién es y de dónde viene. Catemaco no es un cuento de terror inventado para turistas. Es un municipio real del estado de Veracruz, a orillas de un lago volcánico de 16 km cuad, rodeado de selva tropical alta y de una historia que precede por siglos a cualquier cosa que México llame moderna.

Los olmecas ya hacían ceremonias en esas orillas antes de que existiera el concepto de México. Los totacos, después los nauas. Y cuando llegaron los españoles con su cruz y su inquisición e intentaron borrar todo aquello, lo que encontraron en Catemaco es que la cruz y el ritual no eran incompatibles, que la gente de ahí los mezclaba con una naturalidad que desesperaba a los frailes y que nunca pudieron eliminar del todo.

El Congreso Nacional de Brujos, que comenzó en 1970 no fue algo inventado desde cero. Fue la formalización de algo que ya ocurría desde siglos antes en ese mismo lago. Lo que cambió en 1970 es que empezó a tener fecha fija, nombre oficial y cobertura de medios. Porque en México a veces lo que necesita una tradición para sobrevivir es que la televisión le ponga cámara.

El unicornio negro nació en una familia donde esto no era folklore, era cotidiano. Su abuelo fue curandero reconocido en toda la región de los Tuxlas, el área que rodea el lago y que incluye municipios como San Andrés, Tuxla y Santiago Tuxla. Gente de esos municipios caminaba horas para llegar a consultar a su abuelo, no para pedirle daño a nadie, para pedirle salud, trabajo, protección para sus hijos, respuestas sobre lo que no entendían.

Su madre hacía limpias con copal, hierbas del monte y agua del lago desde antes de que él naciera. Él creció viendo ese humo y ese olor como algo tan normal, como el olor a tortillas o a lluvias sobre tierra seca. Y desde los 9 años empezó a ver cosas que nadie más veía. No sombras, no apariciones dramáticas, algo más sutil y más perturbador.

Veía los patrones, la conexión entre lo que alguien quería con demasiada intensidad y lo que después de conseguirlo perdía como si pudiera ver el precio antes de que el comprador lo pagara. A los 22 años ya tenía clientes que llegaban desde la Ciudad de México. A los 30, desde Guadalajara, desde Monterrey, desde otros países.

Su código siempre fue el mismo. Nunca cobra lo mismo a todo el mundo. Cobra según lo que el cliente tiene y según lo que va a pedir, porque hay peticiones que cuestan más que dinero y él lo sabe. antes de que el cliente abra la boca. La historia de Joan Sebastián y el unicornio negro no empieza en Catemaco, empieza en la Ciudad de México.

En los años en que José Manuel Figueroa Figueroa todavía no era nadie, en los cuartos de vecindad del centro, donde dormía con lo puesto y donde escribía canciones en cualquier papel que encontrara. Para entender ese momento, hay que entender de dónde venía ese joven. Juliantla, Guerrero, un pueblo en las montañas del norte de Guerrero, en el municipio de Tasco de Alarcón, a más de 2000 m sobre el nivel del mar, un lugar donde el día empieza antes que en la mayoría del país porque el sol llega primero a las montañas,

un lugar donde cuando Joan Sebastián era niño, no había electricidad estable, ni agua corriente, ni asfalto. Desde que tenía uso de razón, caminaba a lomo de burro por las madrugadas, llevando leche fresca desde el rancho de su padre hasta Tasco. Dos horas de camino por serranía oscura, con la única compañía del animal y del silencio de las montañas de Guerrero.

En esos trayectos compuso sus primeras melodías. No, con guitarra, con la voz en voz baja para que el burro no se espantara. A los 7 años ya componía canciones completas. A los 8 lo mandaron a un internado en Guanajuato, donde aprendió a modificar letras de canciones que ya existían. A los 12 estaba bajo la tutela del padre David Salgado en una institución religiosa en Morelos.

A los 14 ingresó al seminario conciliar de San José en Cuernavaca. Ahí compuso una misa completa con coro, con estructura litúrgica, con todo. Un adolescente de las sierras de Guerrero que no había tenido formación musical formal, componiendo una misa completa en un seminario de Cuernavaca. Y paradójicamente fue esa misa la que le demostró que su camino no era la sotana, que lo que sentía cuando componía era demasiado grande para que cupiera dentro de cuatro paredes de piedra.

A los 17 abandonó el seminario. Su abuela lloró. Su padre, que siempre supo que su hijo tenía algo que no se podía encerrar, no dijo nada. La ciudad de México, de finales de los años 60, era un monstruo de cemento y oportunidades desiguales. Para alguien con contactos, con familia, con dinero, con un apellido que abriera puertas, la industria musical era accesible.

Para un muchacho de las montañas de Guerrero que llegaba con una guitarra y ningún nombre conocido, era una pared. Joan Sebastian tocó en disco Orfeón. Lo rechazaron. Tocó en otras casas disqueras. La respuesta siempre era alguna variante de lo mismo. Tu música no es lo que buscamos. Vuelve cuando tengas más experiencia.

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