Posted in

AMLO: They defamed him with the “Gray House”… But his secret of austerity will make you cry. NH

AMLO: They defamed him with the “Gray House”… But his secret of austerity will make you cry. NH

La herencia del pantano y el llanto del Palacio Nacional

Las porcelanas alemanas de la familia Adams, finas como alas de mariposa y decoradas com bordes de pan de oro, temblaron sobre el mantel de lino belga cuando la taza de café de José Ramón López Beltrán golpeó la mesa con una violencia inusitada. El eco del golpe resonó en las paredes de aquella residencia de Cypress, Texas, un suburbio residencial de Houston donde el silencio cuesta miles de dólares al mes. Afuera, el sol de enero de 2022 caía pálido sobre las aguas mansas de la piscina privada, un rectángulo celeste y perfecto que parecía congelado bajo el cielo norteamericano. Adentro, el ambiente estaba saturado por el olor a café recién colado y por la tensión eléctrica de una catástrofe que acababa de estallar a miles de kilómetros de distancia, en el corazón mismo de la Ciudad de México. Carlos Loret de Mola acababa de lanzar en las pantallas digitales el reportaje que bautizaría aquella propiedad como “La Casa Gris”, un proyectil mediático diseñado no para destruir las finanzas de un ciudadano común, sino para perforar la línea de flotación moral del presidente más poderoso que México había visto en décadas.

—¡Te lo dije, José Ramón! ¡Te dije que no podíamos esconder esto para siempre! —gritó Caroline Adams, con los ojos encendidos por una mezcla de rabia y pánico, mientras sostenía su teléfono móvil donde las notificaciones de Twitter se multiplicaban a la velocidad de un incendio forestal—. ¡Tu padre se la pasa presumiendo en las mañaneras que su familia vive en la justa medianía, que un par de zapatos es suficiente, que tener más de un coche es un pecado capital! ¿Y ahora qué? ¡Nos tienen grabados con drones! Han rastreado los contratos de Baker Hughes con Pemex, han publicado el valor de mi camioneta Mercedes-Benz, ¡nos están cazando como animales en las redes sociales!

José Ramón, un hombre robusto que cargaba en las facciones el rostro inconfundible de los López Obrador, se pasó una mano temblorosa por la frente, empapada en un sudor frío que nada tenía que ver con la calefacción de la mansión. Se puso de pie, caminó hacia el gran ventanal que daba al jardín trasero y contempló la piscina, ese símbolo de opulencia que en las próximas horas se convertiría en la maqueta con la que la oposición se burlaría de su familia en la tribuna del Senado de la República.

—Tú no entiendes nada, Caroline —respondió José Ramón con la voz ahogada, un tono áspero que arrastraba el acento del trópico húmedo de Tabasco—. Esto no es por la casa. A ellos les importa un carajo si la casa es tuya, si la rentamos o si la pagas con tus contratos petroleros. Lo que quieren es destruirlo a él. Quieren escupirle en la cara la palabra “austeridad”. Quieren demostrarle al pueblo que el hijo del hombre que duerme en Palacio Nacional vive como un rey en el extranjero mientras el país cuenta los centavos. ¡Es una puta guerra de símbolos, Caroline, y a nosotros nos acaban de poner en primera línea de fuego!

—¡Pues que tu padre se defienda solo! —replicó ella, arrojando el teléfono sobre la mesa de mármol con un estruendo que hizo que las tazas de porcelana saltaran—. He trabajado toda mi vida en el sector energético, tengo relaciones internacionales que tú ni te imaginas, ¡y no voy a permitir que el puritanismo político de tu familia destruya mi reputación! ¿Austeridad? ¡Por favor! Que tu padre viva con doscientos pesos en la cartera si quiere ganarse los aplausos de los pobres, pero nosotros estamos en Texas, José Ramón. Aquí el dinero se nota y no pienso pedir perdón por tener una vida cómoda.

—¡Cállate! —bramó José Ramón, dándose la vuelta con el rostro demudado por la furia—. No hables de mi padre como si fuera un político común de esos que se llenaron los bolsillos en el pasado. Mi madre se murió en la pobreza y en la persecución por sostener este movimiento. Mis hermanos y yo crecimos con los helicópteros del Cisen volando sobre nuestro techo en Tabasco. ¡Tú no sabes lo que es comer tierra por una causa! Si esto llega a Palacio, si esto tumba la mañanera de mañana, mi padre se va a desmoronar, no como presidente, sino como el viejo que se partió el alma para enseñarnos que el poder no es para hacer dinero. ¡Acabamos de regalarle a sus enemigos el arma perfecta para llamarlo farsante!

El drama familiar, cocinado a fuego lento entre la ambición del dinero corporativo y la mística cuasi religiosa de la pobreza franciscana, acababa de fracturar el espejo de la llamada Cuarta Transformación. Mientras Caroline Adams se encerraba en su habitación principal para comunicarse con sus abogados en Houston, José Ramón se quedaba solo en la inmensidad de la sala gris, mirando el teléfono celular donde el nombre de Andrés Manuel López Obrador permanecía inmóvil en la lista de llamadas perdidas, un silencio de piedra que pesaba más que cualquier condena judicial.

Para comprender el tamaño de la herida que la Casa Gris abrió en el pecho del presidente de México, es necesario abandonar por un momento los suburbios pavimentados de Texas y descender a los caminos de lodo, agua y olvido donde se formó la obsesión de Andrés Manuel López Obrador. Todo comenzó mucho antes de los reflectores de la comunicación moderna, mucho antes de las conferencias mañaneras y de los ataques de la prensa internacional. Nació en Tepetitán, un pueblo pequeño y caluroso incrustado en el municipio de Macuspana, Tabasco. Un territorio donde la geografía misma es una contradicción violenta: por un lado, la riqueza inmensa del petróleo que brotaba del subsuelo para llenar las arcas de la federación y los bolsillos de los directores generales de Pemex; por el otro, las comunidades indígenas y campesinas que caminaban descalzas sobre las carreteras agrietadas, mirando pasar las camionetas de los contratistas petroleros sin que una sola gota de ese bienestar se quedara en sus mesas.

López Obrador no aprendió la pobreza en las aulas universitarias de la UNAM ni en los manuales de la sociología europea. La vivió en la piel de sus padres, comerciantes modestos de pueblo que sabían lo que costaba estirar los ingresos para mantener a una familia numerosa en una tierra donde la naturaleza lo daba todo pero el sistema político lo quitaba casi todo. Desde joven, el contraste entre la opulencia de las oficinas de la burocracia petrolera y la miseria de los chontales no fue una estadística de trabajo; fue una injusticia que le encendió la sangre y que determinó cada uno de los pasos de su larguísima carrera pública.

Cuando sus compañeros de generación buscaban el ascenso rápido en las delegaciones gubernamentales de la Ciudad de México o se acomodaban en las subsecretarías de los gobiernos estatales para iniciar carreras limpias y bien remuneradas, Andrés Manuel tomó la decisión incomprensible para la época de regresar al pântano de Tabasco. Se encerró durante años en el Centro de Coordinación Indigenista de la zona maya chontal, viviendo en condiciones que sus críticos habrían calificado de miserables pero que para él constituyeron su verdadera escuela de gobierno. Allí, entre los pormenores de la siembra del maíz, el cultivo del cacao y la organización de cooperativas pesqueras, López Obrador entendió que el dinero público, cuando se desvía hacia el lujo de los funcionarios, se convierte en un robo directo a los estómagos de los olvidados.

Fue en esas comunidades donde se fraguó el mito del hombre de la guayabera blanca y los zapatos empolvados, el político que prefería escuchar durante horas las quejas de un anciano indígena bajo el techo de lámina de una escuela rural que asistir a las cenas de gala de la alta diplomacia mexicana. Sus enemigos comenzaron a llamarlo populista desde entonces, incapaces de comprender que su desprecio por el lujo no era una estrategia de comunicación calculada para las elecciones, sino una estructura mental inamovible, una suerte de puritanismo laico que veía en la ostentación la raíz de todos los males de la república.

Esa obsesión con la sencillez moral se radicalizó a mediados de la década de 1990, cuando encabezó los grandes éxodos por la democracia, marchas kilométricas donde miles de tabasqueños caminaron desde el sureste hasta el zócalo de la capital para denunciar los fraudes electorales del antiguo régimen. Fue en 1996, durante un bloqueo a los pozos petroleros de Pemex que contaminaban las tierras ejidales, donde la policía federal reprimió con saña a los manifestantes. La fotografía de López Obrador con la camisa blanca empapada en su propia sangre, tras recibir un golpe de macana en la cabeza, quedó grabada en la memoria colectiva de la izquierda mexicana. El mensaje era indeleble: mientras los directores de la empresa petrolera viajaban en aviones privados y gastaban millones en viáticos, el líder de la oposición ponía el cuerpo en la carretera, sangrando junto a los campesinos que exigían indemnizaciones de unos cuantos pesos.

Cuando en diciembre de 2018, aquel niño que corría por las calles de Tepetitán llegó finalmente a la presidencia de la República respaldado por más de treinta millones de votos, la transformación del Estado comenzó por la demolición de los símbolos del antiguo poder imperial. López Obrador no solo asumió el gobierno; instauró una liturgia de la austeridad que humilló las costumbres de la vieja clase política. Lo primero que hizo fue negarse en redondo a habitar la residencia oficial de Los Pinos, un complejo residencial que durante décadas había funcionado como el Versalles mexicano, un espacio vedado para el ciudadano común donde los presidentes y sus familias vivían protegidos por muros impenetrables y servidos por ejércitos de cocineros, meseros y jardineros pagados por el erario.

Andrés Manuel abrió las puertas de Los Pinos al pueblo, transformando las mansiones presidenciales en museos, salas de concierto públicas y espacios donde los niños de las escuelas de las periferias podían correr por los mismos jardines donde antes los hijos de los mandatarios jugaban con caballos de raza y coches de colección. Él, en cambio, decidió trasladar su hogar a un modesto departamento dentro del Palacio Nacional, durmiendo bajo el mismo techo donde Benito Juárez había muerto defendiendo la república de los invasores franceses.

Luego vino el desmantelamiento del Estado Mayor Presidencial, ese cuerpo militar de élite compuesto por miles de efectivos que creaba una burbuja infranqueable alrededor del presidente. López Obrador disolvió la corporación, devolvió los soldados a los cuarteles y declaró ante las cámaras de televisión que a él lo cuidaría la gente. Viajar en vuelos comerciales, haciendo fila junto a los turistas y los trabajadores de clase media, con su pequeña maleta de mano negra y su traje oscuro comprado en tiendas departamentales comunes, se convirtió en la estampa cotidiana de su mandato. Sus críticos lo acusaban de irresponsabilidad y de montar un teatro populista que ponía en riesgo la seguridad del Estado, pero para sus millones de seguidores, ver al presidente de la nación sentado en el asiento 12B de un avión de Aeroméxico, conversando con los pasajeros sin intermediarios, era la prueba definitiva de que el poder político finalmente había bajado de su pedestal de soberbia.

El símbolo máximo de este combate frontal contra la opulencia gubernamental fue el avión presidencial, el Boeing 787 Dreamliner bautizado como “José María Morelos y Pavón”. Una aeronave monumental que había costado al presupuesto nacional cerca de doscientos millones de dólares durante el sexenio de Felipe Calderón y que había sido utilizada con exceso por Enrique Peña Nieto. El avión era un palacio flotante, equipado con alcoba presidencial, baños de mármol, salas de juntas alfombradas y una tecnología de comunicación digna de un monarca global. Para López Obrador, ese avión no representaba el prestigio de México en el extranjero; era un insulto directo a los millones de compatriotas que carecían de drenaje, de agua potable o de clínicas de salud elementales en las zonas serranas de Guerrero y Oaxaca.

—Ese avión no lo tiene ni Obama —repetía el presidente en sus conferencias matutinas, transformando el aparato en el eje de su discurso contra la corrupción del pasado—. Es una vergüenza que habiendo tanta pobreza en nuestro país, los altos funcionarios se trasladen en esos lujos. Ese avión se va a vender, y el dinero va a ser para la gente, para los hospitales, para los caminos de las comunidades indígenas.

La venta de la aeronave se convirtió en una odisea que duró casi todo su sexenio debido a las características técnicas tan específicas y lujosas del aparato, que dificultaban su adquisición por parte de aerolíneas comerciales comunes. López Obrador llegó incluso a organizar una rifa simbólica del valor del avión a través de la Lotería Nacional, distribuyendo los premios entre escuelas rurales y hospitales comunitarios que recibieron millones de pesos para mejorar sus infraestructuras abandonadas. Finalmente, en 2023, el gobierno de Tayikistán compró el Boeing por cerca de noventa y dos millones de dólares. Fiel a su promesa, el presidente destinó cada centavo de esa transacción financiera a la construcción de dos hospitales públicos de ochenta camas en las zonas más marginadas de Tlapa, Guerrero, y San Juan Bautista Tuxtepec, Oaxaca. El palacio del aire se había transformado en camas de hospital para los olvidados de la tierra.

Read More