No es apropiado. Susurró molesta a mi tía. La gente va a pensar que era de esas católicas fanáticas. Porro, mi abuelo, que había permanecido en silencio durante todo el velorio, habló con una firmeza que no le conocía. Déjala en paz, mujer. Ese rosario fue su compañero durante 60 años. Que se lo lleve. Antes de que cerraran el ataúd, mi abuela pareció despertar por un instante.
Sus ojos, nublados por la edad y la enfermedad, me buscaron entre la multitud con una fuerza que no parecía de este mundo. Levantó su mano y me hizo señas para que me acercara. Me arrodillé junto al ataúd mientras todos observaban en silencio incómodo. Mi abuela tomó mi mano con dedos fríos como el hielo y me acercó a su rostro.
Su aliento olía a medicina y a algo dulce que no pude identificar. “Miita me susurró con voz rasposa que apenas podía escucharse. Cuando estés perdida, cuando todo se derrumbe, acuérdate de ella.” Sus ojos brillaron con una intensidad extraña. La Virgen Morena nunca abandona a sus hijos. Nunca. Mi madre me jaló del brazo bruscamente.
No le hagas caso a esas supersticiones. Me regañó. mientras me arrastraba lejos del ataúd. Tu abuela está confundida. Nosotros no rezamos a estatuas. Jesús es el único camino, pero yo nunca olvidé esas palabras. Se quedaron grabadas en algún rincón profundo de mi memoria, esperando el momento para salir a la superficie EOS Dispus.
Cuando estaba ordenando las cosas de mi abuela que nadie había querido, encontré una cajita de madera tallada escondida en el fondo de un baúl viejo. Adentro, envuelto en un pañuelo de encaje amarillento por el tiempo, estaba su rosario. Las cuentas de madera estaban gastadas por el uso constante, pulidas por décadas de oraciones.
Lo tomé en mis manos y sentí algo inexplicable. No era miedo ni rechazo, sino una nostalgia profunda por algo que nunca había conocido. Lo escondí entre mi ropa interior, en el fondo de mi cajón y durante años fue mi secreto más oscuro. Los años pasaron y me convertí en exactamente lo que se esperaba de mi aní. A los 18 años ya tocaba el piano en la iglesia, dirigía el coro juvenil y enseñaba escuela dominical a los niños.
Era la joven modelo de nuestra congregación. Conocí a Galdino cuando tenía 22 años. Él acababa de graduarse del seminario bautista y había llegado a nuestra iglesia como pastor asistente. Era alto, de voz potente, con esos ojos oscuros que parecían ver directo al alma. Cuando predicaba el templo entero temblaba con su pasión.
Me enamoré de él rápidamente o tal vez me enamoré de la idea de ser la esposa de un pastor, de tener un rol importante en el reino de Dios. Es difícil separar una cosa de la otra después de tanto tiempo. Nuestra boda fue la celebración del año en la comunidad bautista de Tulancingo. El templo estaba lleno hasta el último rincón.
Gdino me esperaba en el altar con una sonrisa radiante, vestido con su mejor traje. Yo caminaba por el pasillo central con mi vestido blanco sencillo, sintiendo las miradas de aprobación de toda la congregación. Qué bendición, susurraba la hermana Lucía desde su banca. Un siervo de Dios, casándose con una sierva de Dios a Narán grandes cosas para el Señor.
Y durante los primeros años parecía que tenían razón. Galdino fue llamado como pastor principal de la Iglesia, Bautista Manantial de Aguas Vivas cuando teníamos apenas 2 años de casados. Yo me convertí automáticamente en la primera dama de la congregación. Mis días se llenaron de actividades ministeriales.
Los lunes visitaba a las hermanas enfermas. Los martes dirigía el estudio bíblico de mujeres. Los miércoles ensayaba con el coro. Los jueves preparaba la comida para las reuniones de oración. Los viernes organizaba los eventos juveniles, los sábados limpiaba el templo y los domingos, por supuesto, estaba en cada servicio desde las 7 de la mañana hasta las 9 de la noche.
Era una vida de servicio constante, una coreografía perfecta de actividades espirituales que no dejaba tiempo para pensar, para sentir, para cuestionar. Caldino prosperaba en su rol de pastor. Cada domingo su predicación era más apasionada, más elocuente, más poderosa en la iglesia crecía. Familias nuevas llegaban cada semana traídas por su carisma y su mensaje claro y contundente.
Pero había un tema que Galdino predicaba con especial fervor en la denuncia del catolicismo, sus sermones favoritos. Los que más aplausos y amenes recibían eran los que dedicaba a desenmascarar las herejías católicas. Cada vez que anunciaba un sermón sobre este tema, el templo se llenaba más que de costumbre. La gente venía de congregaciones vecinas para escuchar al pastor Galdino demoler los argumentos católicos.
Recuerdo cada uno de esos domingos como si fueran cuchillos enterrándose lentamente en mi pecho germanos gritaba Galdino desde el púlpito con el rostro rojo de indignación y las venas del cuello marcadas. El catolicismo romano es una religión de muerte. Adoran estatuas de yeso y madera. Le rezan a una mujer como si fuera Dios mismo.
Han reemplazado a Cristo con María, al evangelio con la tradición, a la gracia con las obras. La congregación respondía con amenes a tronadores que hacían vibrar las ventanas. Las manos se levantaban hacia el cielo. Las voces se unían en un coro de aprobación que parecía subir directo al trono de Dios.
Y yo, sentada al piano en la plataforma sonreía y asentía con la cabeza como se esperaba que hiciera. Pero por dentro algo se encogía y lloraba el rosario. Continuaba Galdino con desprecio visible en cada sílaba, escupiendo la palabra como si fuera veneno. Es vana repetición condenada por Cristo mismo. En Mateo 6, ames hipnosis pagana.
Es brujería disfrazada de oración. Ningún verdadero cristiano, ningún hijo genuino de Dios debería tocar esas cuentas malditas. Yo pensaba en el rosario escondido en el fondo de mi ropero. Pensaba en las manos de mi abuela deslizando esas cuentas con devoción. Pensaba en sus palabras finales que nunca pude olvidar. Había sido mi abuela una bruja.
Había estado mi abuela Yustolia con su sonrisa dulce y sus manos suaves que me acariciaban el pelo, perdida en la idolatría. Mi mente decía que sí, que Gaudino tenía razón, que todo lo que nos habían enseñado era verdad bíblica, incuestionable, pero mi corazón, mi corazón no podía aceptarlo. Un domingo particularmente doloroso, Gaudino dedicó todo el sermón Atacar la devoción Mariana.
proyectó imágenes de católicos rezando ante estatuas de la Virgen en diferentes partes del mundo. Miren esto, señalaba las imágenes con desprecio. Miren cómo se arrodillan, como lloran, cómo le encienden velas como si fuera una diosa. Su voz subía hasta convertirse en un grito. María era una mujer. Una mujer bendita. Sí. Una mujer escogida por Dios. Sí.
Pero solo una mujer hizo una pausa dramática paseando la mirada por toda la congregación. ¿Puede María escuchar las oraciones de millones de personas al mismo tiempo? ¿Puede estar en todos lados? ¿Puede obrar milagros? Negó con la cabeza vehemente. No, solo Dios puede hacer eso. Los católicos han convertido a María en un ídolo.
La han elevado al nivel de Dios mismo. Eso es blasfemia. La congregación estalló en aplausos. Yo aplaudí también porque era lo que se esperaba de mi empero. Mis manos se sentían pesadas como si estuviera aplaudiendo mi propia condena. Hubo una vez, una sola vez en que me atreví a decirle algo a Gauddino sobre este tema. Fue una noche de miércoles después del culto de oración.
Sitlali, nuestra hija que tenía apenas 4 años en ese entonces, dormía profundamente en su cuarto. La casa estaba en silencio, excepto por el sonido del agua corriendo mientras yo lavaba los platos de la cena. Galdino estaba en la mesa del comedor, rodeado de libros y papeles preparando el sermón del domingo siguiente.
Veía sus notas desperdigadas, marcadores de colores, biblias abiertas en diferentes pasajes, respire hondo, reuniendo todo el coraje que pude encontrar. “Galdino, le dije con voz que intenté mantener firme, pero que temblaba ligeramente. ¿No crees que a veces somos muy duros con los católicos?” Él dejó de escribir inmediatamente.
El bolígrafo quedó suspendido en el aire por un segundo antes de depositarlo cuidadosamente sobre el cuaderno. Levantó la vista hacia mí con una expresión que nunca había visto antes. En su rostro no era enojo. Exactamente. No era la ira justiciera que mostraba desde el púlpito. Era algo peor. Era decepción.
Era incredulidad de que yo, su esposa, su compañera de ministerio, pudiera siquiera sugerir tal cosa. Irilma me dijo con esa voz de pastor que usaba para corregir a los hermanos descarriados, pausada y llena de autoridad contenida. ¿Acaso estás dudando de la palabra de Dios? No, claro que no. Me apresuré a responder mientras las manos me temblaban sobre los platos mojados, haciendo que el agua salpicara el fregadero.
Solo pensaba que que tal vez tienen buenas intenciones, que tal vez aman a Dios a su manera. Que las buenas intenciones no salvan a nadie del infierno. Me interrumpió con firmeza cada palabra cayendo como una piedra. El camino al infierno está pavimentado con buenas intenciones. Y Dilma. Los católicos están perdidos. adoran idolos. Rechazan la sola fe y la sola gracia.
Ponen su confianza en obras muertas y tradiciones humanas. Necesitan ser evangelizados. No justificados se levantó de la mesa y caminó hacia mí. Puso su mano en mi hombro con una presión que pretendía ser reconfortante, pero que se sentía como un peso aplastante. Cariño, me preocupa que estés teniendo estos pensamientos.
¿Has estado leyendo algo que no deberías? ¿Has estado hablando con alguien? No, no. Negué rápidamente, sintiendo el pánico subir por mi garganta. Solo, solo pensaba en voz alta. Tienes razón. Por supuesto, the name. Él me estudió por un momento más, sus ojos buscando en los míos algo que no supe identificar. Finalmente asintió.
Oremos, dijo, y allí mismo en la cocina, con mis manos todavía mojadas y temblando, oró por mi protección espiritual y para que Dios me guardara de las acechanzas del enemigo. Yo asentí en silencio con la cabeza gacha y los ojos cerrados y no volví a mencionar el tema jamás. Pero esa noche, cuando Galdino se durmió con su respiración profunda irregular, llenando la oscuridad de nuestra habitación, yo bajé de la cama con cuidado de no hacer ruido.
Caminé descalza por el pasillo frío hasta el ropero. Moví las cajas de zapatos, las mantas dobladas hasta llegar al fondo donde guardaba la cajita de madera tallada. La abrí con manos temblorosas. Saqué el rosario de mi abuela, esas cuentas gastadas que brillaban tenuemamente bajo la luz de la luna que entraba por la ventana, no sabía rezarlo, no sabía qué hacer con él, solo lo apreté contra mi pecho y lloré en silencio, con lágrimas calientes rodando por mis mejillas, mientras sentía algo en mi corazón que no podía nombrar. Era anhelon, era
hambre, era la sed de algo que no encontraba en mi vida, de servicio constante y sonrisas ensayadas. Los años siguieron su curso inexorable. Yo me convertí cada vez más en la esposa pastoral modelo que todos admiraban. Organizaba los grupos de mujeres con eficiencia impecable. Enseñaba escuela dominical a los niños con creatividad y paciencia.
Cantaba en el coro con voz firme. Horneaba pasteles para todas las reuniones. Ambisitaba enfermos, consolaba afligidos, aconsejaba matrimonios jóvenes. Mi vida era una coreografía perfecta de servicio y su misión. Cada día tenía su rutina establecida, cada semana su ciclo predecible, cada mes sus eventos planificados por fuera.
Todo parecía perfecto. La esposa del pastor Galdino era un ejemplo para todas las mujeres de la congregación. “Qué bendición tener una primera dama así”, decían las hermanas. tan dedicada, tan humilde, tan servicial, pero por dentro yo me estaba vaciando. Era como vivir con hambre constante, pero sin saber qué comida podría satisfacerte, como tener sedéano de agua salada que solo aumenta la desesperación.
Cada vez que pasaba frente a la pequeña capilla católica en la colonia La Morena, mi corazón daba un vuelco extraño. La veía desde la ventanilla del autobús cuando iba al mercado. Era un edificio sencillo pintado de blanco con el techo de tejas rojas. Sobre la puerta principal había un mural de la Virgen de Guadalupe con su manto estrellado y sus manos juntas en oración.
Veía a las señoras entrando y saliendo con sus mantillas. y sus rosarios colgando de las manos. Y algo en mí deseaba seguirlas. Deseaba entrar a ese lugar prohibido. Deseaba arrodillarme ante esa imagen que se suponía era un ídolo muerto. Deseaba saber que era lo que ellas encontraban allí, que las hacía volver una y otra vez, pero siempre seguía de largo, siempre desviaba la mirada, siempre ahogaba ese anhelo inexplicable en lo más profundo de mi ser.
Cuando Sitlali nació, pensé que ese vacío se llenaría. Pensé que la maternidad me daría el propósito y la plenitud que buscaba. Y sí, amaba a mi hija con una intensidad que me asustaba, pero el hambre espiritual seguía allí como una sombra que no podía sacudirme, galdino. Notaba mi inquietud, aunque yo trataba de ocultarla. “Edilma, te veo distraída últimamente.
” Me decía con preocupación genuina en su voz. ¿Estás bien espiritualmente? ¿Necesitas que oremos juntos? ¿Quieres que hablemos con alguno de los ancianos? Yo siempre respondía que estaba bien, que solo era cansancio, que solo eran las responsabilidades del ministerio y la maternidad combinadas y orábamos juntos.
Largas oraciones donde Galdino pedía por mi fortaleza espiritual, por mi gozo en el Señor, por mi renovación. Y yo me sentía cada vez más hipócrita, porque la verdad, la verdad que no me atrevía a confesar ni a mí misma era que mi alma tenía hambre de algo que no encontraba en nuestro templo bautista. No era que no amara a Cristo, lo amaba con todo mi corazón.
No era que no creyera en la Biblia, creía en cada palabra. No era que no tuviera fe. Mi fe era real, pero había un vacío, una sed un anhelo que ninguna predicación podía llenar, ninguna actividad ministerial podía satisfacer, ninguna alabanza podía saciar. Era como si mi alma supiera que había algo más, algo que me faltaba, algo que había perdido sin saber siquiera que lo tenía los domingos.
se volvieron especialmente difíciles. Sentada en primera fila con Sitlali a mi lado, escuchando a Galdino predicar con esa pasión que antes me emocionaba y ahora solo me cansaba. Me preguntaba si esto era todo lo que había. ¿Era la vida cristiana? Servicios sin fin, actividades interminables, sonrisas forzadas, certezas que ya no se sentían tan ciertas.
Miraba a las otras mujeres de la congregación y me preguntaba si ellas también sentían este vacío, si ellas también se despertaban en la madrugada con el corazón apretado por un anhelo que no tenía nombre. Si, ellas también guardaban secretos en el fondo de sus roperos, pero nadie hablaba de esas cosas. En nuestra iglesia todo era victoria, gozo, certeza absoluta.
No había espacio para la duda, para el cuestionamiento, para la sed que no se saciaba con las respuestas establecidas. Así pasaron los años, 5, 10, 15 años de sonrisas públicas y lágrimas privadas. 15 años de servir fielmente mientras mi alma se marchitaba. 15 años de esconder el rosario de mi abuela y preguntarme qué habría pasado si me hubiera atrevido a rezarlo.
Y entonces, cuando Sitlali tenía 7 años, cuando la vida parecía seguir su curso predecible y seguro, cuando yo había casi resignado mi corazón a ese hambre perpetua y había aceptado que así sería el resto de mis días, todo se derrumbó. El diagnóstico cayó sobre nuestra familia como una sentencia de muerte pronunciada por un juez sin rostro.
Leucemilla linfoblástica aguda. 3 meses de vida en el mejor de los casos, si no respondí al tratamiento inmediato. Las palabras del doctor Eleazar, el oncólogo del hospital general de Tulancingo, resonaron en mi cabeza durante días como un eco macabro que no me dejaba dormir, que no me dejaba respirar, que no me dejaba pensar en otra cosa.
Señora Casares, había dicho con esa compasión profesional que los médicos aprenden a usar cuando dan noticias terribles. Su hija tiene un tipo muy agresivo de cáncer en la sangre. Señaló los resultados de laboratorio como si fueran jeroglíficos incomprensibles. Los glóbulos blancos malignos se están multiplicando de manera descontrolada.
Las plaquetas están peligrosamente bajas. El sistema inmunológico está colapsando. Galdino, apretó mi mano con fuerza. Pero se puede curar, ¿verdad, doctor? Su voz sonaba tensa, forzada a mantener la calma pastoral que siempre mostraba en las crisis. Hay tratamiento, nari, hay quimioterapia, hay esperanza.
El doctor Elezar nos miró con esos ojos cansados que han visto demasiado sufrimiento. Vamos a intentar un protocolo agresivo de quimioterapia, pero debo ser honesto con ustedes. Hizo una pausa que se sintió como una eternidad. Este tipo de leucemia en niños tiene una tasa de supervivencia muy baja cuando se detecta en etapa tan avanzada.
El cáncer ya está en la médula ósea, en el torrente sanguíneo, probablemente llegando a otros órganos. ¿Cuánto tiempo? Susurré. Y mi voz sonó como si viniera de muy lejos de otra persona, de alguien que no era yo. Si el tratamiento no funciona, 3 meses, tal vez cuatro. Las palabras eran puñales. Lo siento mucho, Sitlali, mi niña de 7 años con sus trenzas largas y su risa contagiosa que podía iluminar una habitación entera.
Mi única el milagro que Dios nos había dado después de años de espera e infertilidad se estaba muriendo. Los primeros días después del diagnóstico fueron un torbellino de exámenes, consultas con especialistas, explicaciones médicas llenas de términos que yo no entendía, pero que todos sonaban a condena. Biopsias de médula ósea, punciones, lumbares, transfusions, deeplequitas, catattires protocolos de quimioterapia con nombres imposibles.
Sitlali soportaba todo con una valentía que me partía el corazón. No llores, mami, me decía cuando las enfermeras le insertaban las agujas en sus bracitos delgados. Jesús está conmigo. El pastor papá siempre dice que Jesús nos cuida. Y yo intentaba creerlo. Dios mío, como intentaba creerlo, Galdino se mantuvo fuerte como siempre.
Como el líder espiritual que era esperaba que fuera Dios es fiel, repetía una y otra vez como un mantra, como si al decir lo suficientes veces se volviera verdad automáticamente. Dios no nos abandonará. Tenemos que tener fe. Tenemos que declarar sanidad sobre Sitlali. Y yo quería creer, Dios mío, con cada fibra de mi ser quería creer, pero cada vez que veía a mi niña en esa cama de hospital, pálida como la cera con su piel translúcida, dejando ver las venas azules, con los ojos hundidos, rodeados de ojeras oscuras, con su cabello hermoso comenzando a
caerse en mechones por la quimioterapia, mi fe se desmoronaba como castillo de arena bajo la marea. La internamos en la unidad de oncología pediátrica del Hospital General. Era un lugar de pesadilla pintado con colores alegres para disimular el sufrimiento. Paredes con murales de osos y payasos, cortinas con estampados de flores, pero nada podía esconder la realidad de lo que pasaba allí.
Niños calvos por la quimioterapia, padres con rostros demacrados que no habían dormido en días, el olor constante a desinfectante mezclado con enfermedad, el sonido incesante de los monitores cardíacos, las bombas de infusión, los llantos apagados en medio de la noche. Me volví experta en leer los números en las pantallas, glóbulos blancos dan peligrosamente altos los malignos, peligrosamente bajos los normales.
plaquetas han bajando cada día a pesar de las transfusiones. Hemoglobina en niveles críticos, temperatura en subiendo y subiendo sin importar cuántos antibióticos le bombearan al cuerpecito devastado de mi hija. Caldino organizó vigilias de oración en la iglesia. Cada noche decenas de hermanos se reunían en el templo para clamar a Dios por la sanidad de Sitlali.

Ayunos colectivos que duraban días, cadenas de oración que llegaban hasta otras ciudades, otros estados, otros países, imposición de manos, ungimiento con aceite, declaraciones de sanidad. En el nombre de Jesús hicimos todo lo que nuestra fe protestante nos enseñaba a hacer, todo lo que habíamos visto funcionar en otras ocasiones, todo lo que la Biblia nos decía que tenía poder, pero Sitlali solo empeoraba las plaquetas.
bajaban cada día a pesar de las transfusiones constantes. De 150,000, que es lo normal, a 100,000, a 20,000, a 10,000 en cada número era un paso más cerca del abismo. La fiebre no cedía. 38 gr, 39, 40 en su cuerpecito ardía como si tuviera fuego por dentro. Los médicos probaban antibiótico tras antibiótico, cada uno más fuerte que el anterior, pero la infección era implacable. Su peso se desplomaba.
De los 22 kg que tenía al entrar al hospital, bajó a 20 A18. A Sextín su carita redonda se volvió angular con los pómulos marcados y las mejillas hundidas. Sus bracitos y piernitas eran como palitos cubiertos de piel transparente. El cabelo, su hermoso cabello negro y brillante que yo peinaba cada mañana en trenzas comenzó a caerse.
Primero en mechones pequeños que quedaban en la almohada, luego en cantidades, cada vez mayo, res, hasta que decidimos raparla completamente para que no fuera tan traumático ver cómo se caía. Parezco un niño, mami”, me dijo mirándose en el espejo con sus enormes ojos tristes después de que la peluquera del hospital terminó de raparla.
Intentó sonreír, pero le temblaron los labios. “Todavía soy bonita. Eres la niña más hermosa del mundo”, le dije abrazándola con desesperación mientras las lágrimas rodaban por mis mejillas. Más hermosa que todas las princesas de todos los cuentos, los doctores nos preparaban para lo inevitable con esa delicadeza brutal que solo la medicina puede tener.
“Señora Casares”, me dijo el doctor Eleazar una mañana llevándome aparte de la habitación mientras Itlali dormía sedada. debería prepararse. Su hija no está respondiendo al tratamiento. La quimioterapia no está funcionando. El cáncer es demasiado agresivo. Pero tiene que haber algo más, supliqué agarrándolo del brazo de la bata blanca.
Otra o quimioterapía, un transplante de médula, algo en lo que sea. Por favor, el negó con la cabeza con tristeza en los ojos. Ya estamos usando los medicamentos más fuertes que tenemos. y su cuerpo no los tolera. Los órganos están comenzando a fallar. Los riñones en el hígado es cuestión de días, tal vez una semana de repetí y la palabra sonó como el fin del mundo. Lo siento mucho, dijo.
Y supe que lo decía en serio. Tal vez debería comenzar a pensar en cómo quiere pasar estos últimos días con ella, si quiere llevarla a casa, si hay algo especial que quieran hacer juntas. Salí del consultorio tambaleándome como borracha. Caminé por los pasillos del hospital sin ver nada, sin escuchar nada, hasta que llegué al baño de mujeres.
Entré, cerré la puerta del cubículo con seguro y vomité hasta que no quedó nada en mi estómago. Luego me senté en el suelo frío y sucio de ese baño de hospital y lloré con un llanto que venía desde lo más profundo de mi ser, desde un lugar que no sabía que existía, un llanto animal primitivo, el llanto de una madre que sabe que va a perder a su hija y no puede hacer nada para evitarlo.
Mientras tanto, Galdino seguía organizando más vigilias, más ayunos, más cadenas de oración. Hermanos, decía cada noche desde el púlpito con voz férrea, con esa convicción que nunca flaqueaba. Este es un ataque del enemigo. Satanás quiere robarnos a nuestra hija, pero no lo permitiremos. Vamos a declarar sanidad sobre Sitlali.
Vamos a reclamar la promesa de Dios. Vamos a atar al y desatar el poder sanador de Jesucristo. Y todos oraban con más fervor y todos declaraban sanidad con más fuerza. Y todos citaban versículos bíblicos sobre el poder de la fe, sobre las promesas de Dios, sobre la victoria de Cristo por oyó. Sentada entre ellos con las manos juntas y los ojos cerrados, intentando participar en la vigilia, solo sentía un vacío terrible que me tragaba por dentro porque mi hija se moría.
Y todas nuestras oraciones, todos nuestros ayunos, todas nuestras declaraciones de fe parecían rebotar en el techo del templo y caer al suelo sin llegar a ninguna parte. “Tienes que tener más fe”, me decía el hermano Rodrigo, uno de los ancianos de la iglesia después de una de las vigilias. La duda es la puerta por donde entra el enemigo.
Si realmente creyeras, Sitlali ya estaría sana. Sus palabras fueron como latigazos. Era mi culpa. Entonces, mi hija se moría porque yo no tenía suficiente fe, porque había dudas escondidas en mi corazón, porque guardaba el rosario prohibido de mi abuela en el fondo de mi ropero. La culpa se añadió al dolor y el peso combinado casi me aplasta 5co semanas después del diagnóstico, Sitlali fue trasladada a la unidad de cuidados intensivos pediátricos.
Su estado era crítico. Las plaquetas estaban en números de un solo dígito. La fiebre había alcanzado los 41º y no cedía con nada. Su cuerpecito temblaba incontrolablemente bajo las sábanas blancas del hospital. Los médicos hablaban en susurros fuera de su habitación. Yo veía sus rostros sombríos a través del vidrio y sabía lo que significaba era jueves por la tarde.
El cielo sobre tu lanzingo estaba gris, amenazando con lluvia. Yo estaba sentada junto a la cama de Sitlali en la UC y pediátrica, sosteniendo su mano pequeña y fría entre las mías, viendo como su pecho subía y bajaba con dificultad. Su respiración era trabajosa, ruidosa. Cada inhalación parecía costarle un esfuerzo sobrehumano.
Los monitores pitaban constantemente con alarmas que las enfermeras ya ni siquiera venían a revisar porque no había nada que hacer. Galdino había ido a la iglesia a organizar otra vigilia de oración. Me había besado en la frente antes de irse. Ten fe. Me había dicho. Dios va a hacer un milagro. Ya lo verás. Pero yo ya no sabía qué creer.
Miraba a mi hija moribunda y sentía que algo dentro de mí se rompía definitivamente. No era mi fe en Dios, en era algo más profundo. Era la certeza de que lo que estábamos haciendo, todo lo que habíamos intentado, no era suficiente. Había un vacío, una pieza faltante en nuestro arsenal espiritual, algo que necesitábamos y no teníamos.
Y de repente, como un rayo que cae en medio de la oscuridad, recordé las palabras de mi abuela en su lecho de muerte cuando estés perdida. Cuando todo se derrumbe. Acuérdate de ella, la Virgen Morena. Nunca abandona a sus hijos. Me levanté de la silla como empujada por una fuerza invisible. Mi corazón latía con violencia contra mis costillas.
Las manos me temblaban. Le dije a la enfermera de turno que iba al baño. Salí de la unidad de cuidados intensivos con pasos rápidos. que se volvieron carrera. Atravesé los pasillos del hospital sin ver a nadie, sin escuchar nada, excepto el latido furioso de mi propio corazón. Salí a la calle.
El sol de la tarde de Tulancingo quemaba el pavimento. El calor me golpeó como una pared, pero no me detuve. Caminé sin rumbo definido, con los ojos llenos de lágrimas que hacían todo borroso, tropezando con la gente en la cera, sin saber exactamente a dónde iba. Pero sintiendo que algo me jalaba, caminé durante cuánto tiempo, tal vez 30 minutos, tal vez una hora en mis pies, me dolían.
el uniforme de hospital que usábamos los familiares en la UC y estaba empapado de sudor, pero no podía detenerme. Y de repente, como si hubiera sido guiada por una mano invisible, me encontré frente a la pequeña capilla católica de Nuestra Señora de los Dolores en la colonia La Morena. El edificio blanco con techo de tejas rojas brillaba bajo el sol de la tarde.
El mural de la Virgen sobre la puerta principal parecía mirarme directamente. Sus ojos pintados estaban llenos de una compasión. que me hizo soyozar. Me quedé paralizada frente a la puerta de madera tallada. Todo lo que Gaudino había predicado durante años resonaba en mi cabeza como truenos. Idolatría, paganismo, abominación, rishaza, a Cristo.
Adora a las criaturas en lugar del creador. Pero mi corazón latía con una fuerza dolorosa. Empujándome hacia adentro, miré a los lados con miedo de ser reconocida. La esposa del pastor Bautista entrando a una iglesia católica sería el escándalo del siglo en nuestra comunidad por Daria To mi posición y mi reputación, tal vez mi matrimonio, pero en ese momento con mi hija muriéndose en un hospital a pocas cuadras de distancia, todo eso dejó de importar. Empujé la puerta.
Why? El contraste con el calor sofocante de afuera fue inmediato y sorprendente. Adentro hacía un fresco agradable y había un olor diferente que llenaba el espacio, algo que nunca había olido antes, pero que reconocí instintivamente como sagrado. Más tarde supe que era incienso. En ese momento solo supe que era un olor que me hacía sentir de manera inexplicable e inmediata.
En paz, la capilla estaba casi vacía. Era jueves por la tarde y solo había una señora anciana sentada en la tercera banca con su cabeza cubierta por una mantilla negra rezando el rosario en voz tan baja que era casi un susurro. La luz del sol entraba en rayos dorados a través de los vitrales de colores, pintando el suelo de la nave con tonos rojos, azules, verdes y amarillos.
Partículas de polvo flotaban en esos rayos de luz, danzando lentamente como si el aire mismo estuviera vivo. White al fondo. Sobre el altar mayo R estaba ella la imagen de Nuestra Señora de los Dolores, una estatua de madera antigua tallada con maestría de tamaño casi natural. Su rostro era sereno, pero atravesado por una tristeza tan profunda que podía sentirse incluso desde la distancia.
Las manos estaban juntas en oración y su corazón visible en el pecho estaba atravesado por siete espadas. Mis piernas se movieron solas. No fue una decisión consciente. Fue como si algo me jalara, me empujara suavemente por la espalda. Caminé por el pasillo central, mis pasos resonando en la quietud de la capilla.
Sin pensar, sin planear, sin saber qué hacer cuando llegara al frente, llegué hasta el altar. Me quedé de pie por un momento, mirando hacia arriba ese rostro de madera que me miraba de vuelta con una compasión infinita y luego mis rodillas se doblaron. Caí arrodillada sobre el suelo frío de la capilla. No sabía rezar como rezan los católicos.
No sabía las oraciones correctas, las fórmulas apropiadas, las palabras que se suponía debía decir. No tenía teología mariana, no tenía apologética, no tenía nada más que dolor puro y desesperación absoluta y simplemente exploté. Lloré como nunca había llorado en toda mi vida. Lloré con un llanto que venía desde el fondo de mi alma, desde ese lugar secreto donde había guardado 15 años de hambre espiritual de preguntas sin respuesta, de anhelos reprimidos lloré como una niña perdida que finalmente encuentra a su madre después de años de buscarla
desesperadamente en la oscuridad. Si usted existe, susurré entres hoyosos que sacudían todo mi cuerpo mirando el rostro de la Virgen a través de mis lágrimas que hacían todo borroso. Si puede realmente interceder como mi abuela creía. Si no es solo una estatua de madera como me enseñaron toda mi vida.
Salve a mi hija las palabras salieron como un torrente imparable. No me importa lo que digan. No me importa si Galdino dice que esto es idolatría. No me importa si pierdo mi posición en la iglesia. No me importa si todos me rechazan. Mi niña se está muriendo en un hospital y ya no sé qué más hacer. Me quebré completamente. Mi frente tocó el suelo frío.
Mis manos se cerraron en puños golpeando suavemente las baldosas. Haré lo que sea necesario. Le prometía esa imagen silenciosa que me miraba desde el altar. Lo que sea, andejaré mi iglesia. Dejaré a mi esposo si es necesario. Perderé todo An, pero no deje que Sitlali muera. Por favor, por favor. Por favor.
Repetí esa súplica una y otra vez hasta que las palabras perdieron significado y solo quedó el llanto desesperado de una madre rota. No sé cuánto tiempo estuve allí arrodillada. Tal vez fueron minutos, tal vez fue una hora. El tiempo se detuvo en ese espacio sagrado. No existía nada más que mi dolor y esa presencia inexplicable que llenaba la capilla en algún momento.
Sentí una mano arrugada posarse suavemente sobre mi hombro. Era la anciana que había estado rezando el rosario. Se había acercado en silencio y ahora estaba a mi lado. No di yo nada. solo se quedó allí conmigo con su mano sobre mi hombro, acompañándome en mi dolor de una manera que ninguna de las hermanas de mi iglesia había hecho en todas estas semanas.
Su silencio compasivo me dio fuerzas. Poco a poco pude controlar el llanto. Levanté la cabeza del suelo, me sequé las lágrimas con el dorso de la mano. La anciana me miró con ojos llenos de ternura que me partieron el corazón. Debía tener más de 80 años. con su rostro surcado por mil arrugas que contaban historias de sufrimiento y fe.
“Me recordó a mi abuela Eustolia. Ella escucha, mi hijita.” Me dijo con voz suave como un susurro. “La Virgen Santísima siempre escucha a las madres que sufren. Ella también fue madre. Ella también vio sufrir a su hijo. Ella también sintió el dolor de ver morir a quien más amaba sus palabras. Fueron como bálsamos sobre una herida abierta.
Asentí sin poder hablar, con la garganta cerrada por la emoción. La anciana me enseñó a sostener el rosario y me dijo, “An, solo háblale desde tu corazón, hija.” Ella entiende. Salí de esa capilla con algo diferente dentro de mí. Regresé al hospital corriendo. La enfermera Patricia me miró asombrada en señora Casares. Su hija despertó. Algo que envió.
Entré a la habitación y allí estaba Sitlali, sentada sonriendo débilmente. Mami, soñé con una señora de azul que me cantaba. Dijo que tú habías ido a buscarla. El Dr. Eleazar llegó con los resultados a los marcadores tumorales cayeron drásticamente. La fiebre desapareció. Las plaquetas están subiendo.
Médicamente no tiene explicación. Galdino llegó corriendo y gritó, “¡Gloria a Dios! Nuestras oraciones funcionaron. Yo solo apreté el rosario escondido en mi bolsillo y supe la verdad. Ana había sido ella en los meses siguientes. Sitlali respondía milagrosamente al tratamiento. Yo comencé un viaje secreto de descubrimiento.
Empecé a ir a la capilla cada vez que Galdino viajaba. Aprendí a rezar el rosario completo. Compré libros sobre la historia de la iglesia, sobre los santos, sobre las apariciones marianas. Siempre en otras ciudades donde nadie me conociera. Leí sobre Fachimau, Lujis, Guadalupe. Cada página era agua para mi alma sedienta. Comencé a asistir a misa a escondidas.
El perfume de rosas durante la consagración, la paz profunda que sentía, la presencia real de Cristo en la Eucaristía que podía casi tocar todo, confirmaba que había encontrado lo que mi corazón siempre buscó. 6 meses después de aquella tarde desesperada en la capilla, Sitlali recibió el alta médica completamente curada.
El doctor Eleazar firmó los papeles moviendo la cabeza. Es un milagro, señora Casares, no hay otra palabra. Su hija debería estar muerta. Caldino organizó el servicio de acción de gracias más grande de la historia de nuestra iglesia. Invitó pastores de toda la región. predicó 2 horas sobre el poder de la fe y la fidelidad de Dios y yo, sentada en primera fila con Sitlali, supe que no podía seguir viviendo en la mentira esa noche.
Después que Sitlali se durmió, me senté frente a Galdino en la sala. Mis manos temblaban. Tengo que contarte algo. El día que Sitlali mejoró, fui a la capilla católica de la Morena. Confesé mientras las lágrimas corrían. Me arrodillé ante la Virgen de los Dolores y le pedí que intercediera por nuestra hija. Y creo que ella lo hizo. El silencio fue terrible.
Galdino me miraba como si nunca me hubiera visto. ¿Qué hiciste? ¿Qué? Su voz era un susurro. Le recé a la Virgen María. Repetí con firmeza. Y creo que ella salvó a Sitlali. Entonces explotó. Eso es idolatría. Gritó poniéndose de pie. Edilma, fuiste engañada por el enemigo. Fue Dios quien sanó a Sitlali. No, una estatua. No fue una estatua.
Respondí también poniéndome de pie. Fue la madre de Dios, la misma que estuvo al pie de la cruz. Ella entiende el dolor de una madre. Estás blasfemando. Su rostro estaba rojo. María era solo una mujer. No puede escuchar oraciones. Gaudino. Llevo meses estudiando. Le dije con una claridad nueva. He leído sobre la iglesia primitiva, sobre los padres de la iglesia.
sobre la historia del cristianismo. La Iglesia Católica no enseña que María es Dios, enseña que ella intercede. Como nosotros intercedemos unos por otros, no es lo mismo. Pero si creemos en la resurrección, continúe, si creemos que los que mueren en Cristo viven, ¿cómo pueden estar muertos? Cristo dijo que Dios no es Dios de muertos, sino de vivos.
Galdino negó con la cabeza violentamente, te han lavado el cerebro. Tienes que arrepentirte. No puedo le dije llorando pero firme. No puedo negar lo que viví. He estado yendo a misa. Galdinoná escondidas. Why en cada misa todo es sobre Cristo. La Eucaristía es Cristo. María no lo reemplaza. Ella me llevó a él la confesión de que había estado asistiendo a misa.
Fue el golpe final. Cuántas veces su voz era fría cada domingo que has viajado en los últimos tres meses. Admití. Y entre semana, cuando puedo. Entonces, has estado viviendo una mentira, dijo con calma terrible. Has estado siendo una hipócrita. Sí, admití. Y lo siento. Debí decírtelo antes, pero tenía miedo.
Ya me perdiste, dijo con voz quebrada. La mujer con la que me casé no haría esto. No rechacé mi fe. Le supliqué dando un paso hacia el encontré. Galdino. Toda mi vida sentí que algo faltaba y ahora encontré la plenitud. Los sacramentos la eucaristia, la comunión de los santos, la madre que me guía hacia el hijo. Lo que encontraste fue la herejía, dijo alejándose.
Necesí tu pensaj los días siguientes. Fueron los más oscuros de mi vida. Caldino se alejó completamente. Dormía en el cuarto de huéspedes. Apenas me hablaba, An llevó pastores para que me aconsejaran. Organizó sesiones de consejería espiritual Germana Edielma. Me decía el pastor Roberto con compasión condescendiente.

Satanás se disfraza de ángel de luz. Puede hacer milagros falsos para engañar. Yo escuchaba en silencio. Ya no trataba de convencerlos. La noticia se esparció por la congregación como fuego. La esposa del pastor se había vuelto católica. El escándalo era monumental. Las mujeres que habían sido mis amigas me miraban con lástima o desprecio.
Me evitaban en la calle. ¿Cómo pudiste, Dilma? Me dijo Carolina llorando. ¿Cómo pudiste traicionar a Cristo? No traicioné a Cristo, le respondí suavemente. Lo encontré de manera más profunda. Ella negó con la cabeza y se fue. No volvió a hablarme tres meses después de mi confesión. Gald me pidió el divorcio. No puedo seguir casado con alguien que abandonó la fe.
Me dijo con tristeza, “Tú ya no eres creyente. As, Catílica y Sitlali.” Pregunté con el corazón roto. Sitlali se queda conmigo dijo con firmeza. No voy a permitir que la críes en la idolatría. La batalla legal por la custodia fue brutal. Galdino tenía todo el apoyo de la comunidad evangélica. Yo estaba sola, pero no completamente sola.
La pequeña comunidad católica de Tulancingo me acogió con calidez que me hizo llorar. El padre Tomás, el párroco de Nuestra Señora de Guadalupe, me acompañó en todo el proceso. Hija, me decía, “La cruz es pesada, pero nunca la llevamos solos. Cristo la lleva con nosotros y su madre camina a nuestro lado.
Comencé las clases de catecumenado. Aprendí formalmente lo que había descubierto por mi cuenta. La historia de la iglesia desde los apóstoles, los concilios que definieron el credo que todos los cristianos confesamos, los sacramentos instituidos por Cristo mismo. Descubrí que la Eucaristía no era un símbolo, sino la presencia real de Cristo, que la confesión no era invento humano, sino el poder de perdonar pecados que Jesús dio a los apóstoles, que la Iglesia Católica había preservado la fe apostólica durante 2,000 años, cada lección
confirmaba lo que mi corazón ya sabía. Finalmente, después de meses de audiencias, el juez dictaminó custodia compartida. Si Tlali pasaría tiempo conmigo y tiempo con Galdino fue una victoria amarga. Había perdido mi matrimonio, mi posición en la comunidad, muchas amistades, pero había ganado algo infinitamente más precioso.
Había ganado la verdad. La noche de mi confirmación en la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe lloré como nunca. El obispo me impuso las manos. Recibí el Espíritu Santo de manera sacramental y por primera vez en mi vida recibí la Eucaristía, el cuerpo de Cristo en mis manos. No unmemorial, sino Cristo mismo Jeau, presenci vivo.
Lloré de alegría, de gratitud, de plenitud. Sitlali estaba conmigo esa noche. Ella también había estado asistiendo a catecismo durante mis semanas con ella. Galdino protestó. Pero el juez había dictaminado que yo tenía derecho a compartir mi fe con mi hija. “Mami”, me dijo Sitlali esa noche mientras la acostaba, “La señora de azul de mi sueño era la Virgen María.
” “Sí, mi amor”, le respondí acariciando su cabello que había vuelto a crecer. “Ira sabía que era ella.” Sonrió. Cuando la veo en las imágenes de la iglesia, la reconozco. Es la misma que me cantaba hoy, 3 años después de aquella tarde desesperada en una capilla católica. Mi vida es completamente diferente.
Sitlali tiene 10 años y está saludable, Lina de vida. El cáncer nunca volvió. Hace poco hizo su primera comunión en la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe. Yo trabajo como voluntaria en el Hospital General de Tulancingo. Voy a la Unidad de Oncología Pediátrica. Y me siento con las madres que están pasando por lo que yo pasé.
Les sostengo la mano cuando lloran. Les traigo café cuando no han comido en días. Y cuando me preguntan cómo sobreviví, les cuento mi historia. Algunas se ofenden cuando menciono a la Virgen María. Son protestantes como yo fui. Entiendo su rechazo porque yo también lo tuve. Pero les digo suavemente, si alguna vez llegas al límite de tu fe, si alguna vez sientes que tus oraciones no llegan, acuérdate de que hay una madre en el cielo que entiende el dolor de las madres en la tierra. Y he visto milagros.
He visto mujeres protestantes que en su desesperación se han atrevido a entrar a la capilla del hospital y rezarle a la Virgen. Y he visto respuestas a esas oraciones que ningún doctor puede explicar. Una de esas mujeres se llama Rocío An. Su hijo de 5 años tenía un tumor cerebral inoperable. Los médicos le habían dado dos meses.
Ella era pentecostal, más radical aún que los bautistas, pero una noche me vio rezando el rosario en la sala de espera. ¿Eso funciona? Me preguntó con desesperación en los ojos. ¿Funcionó para mí? Le respondí simplemente, “Enséñame”, me dijo la dim Rosario. Le enseñé las oraciones básicas, la llevé a la capilla del hospital donde hay una imagen de la Virgen del Carmen.
Y allí esa madre protestante rezó su primer rosario dos semanas después. Los médicos encontraron que el tumor de su hijo había dejado de crecer. Tres meses después había comenzado a reducirse. Hoy, un año después, el niño está en remisión completa. Rocío no se ha convertido al catolicismo. Todavía es pentecostal, pero ahora tiene una imagen de la Virgen en su casa y reza el rosario todos los días.
No le digo a nadie de mi iglesia, me confía, pero yo sé lo que viví. Sé quién salvó a mi hijo. Mi relación con Galdino es cordial ahora, aunque distante. Él se volvió a casar hace un año con una mujer de la congregación. Yo permanezco soltera dedicada a mi hija y a mi servicio en el hospital cuando Sitlalia está conmigo.
Vamos a misa juntas todos los días. Ella ama la liturgia, los cantos, el incienso. Dice que le recuerdan su sueño cuando la señora de azul la cuidaba cuando está con su padre. Sé que la llevan a la Iglesia Bautista. Y está bien. Yo confío en que la Virgen que la salvó también la guiará. Cuando tenga edad suficiente, ella elegirá su camino cada rosario, que rezo es un agradecimiento.
Cada Ave María es un susurro de gratitud por la misericordia que me alcanzó cuando más la necesitaba. Cara, eucaristía que recibo es un encuentro con Cristo que me llena de una manera que nunca experimenté en 15 años de protestantismo. Me arrepiento de mi decisión. Ni por un segundo perdí mucho mi matrimonio, mi posición social, amistades de años, pero gané infinitamente más.
La Virgen María no me alejó de Cristo. Ella me llevó más cerca de él de lo que jamás estuve en la Eucaristía. Encuentro a Jesús presente de manera real, no simbólica. En la confesión experimento el perdón de Dios de manera concreta y sacramental. En la comunión de los santos tengo una familia espiritual que atraviesa el tiempo y el espacio.
Why en María? Tengo una madre que nunca me abandona. Cuando estoy sola en mi pequeño departamento en Tulancingo, saco el rosario de mi abuela Yustolia del fondo del cajón donde lo guardé durante años. Las cuentas están gastadas por décadas de oraciones de mi abuela y ahora por mis propias oraciones. Pienso en el su fe sencilla pero profunda, en sus palabras proféticas antes de morir, a cuando estés perdida, cuando todo se derrumbe, acuérdate de ella, la Virgen Morena, nunca abandona a sus hijos y yo estuve perdida. An todo se derrumbó por Om
Accord y ella no me abandonó. La Virgen de Guadalupe, la Virgen de los Dolores, la Madre de Dios y Madre nuestra, me sostuvo en mi noche más oscura y me llevó de la mano hacia la luz de su hijo. Hoy puedo decir con certeza lo que no me atrevía a decir hace 3 años soy católica. Y en la Iglesia Católica encontré la plenitud de la fe que mi corazón siempre buscó, no fuasel.
El camino estuvo lleno de lágrimas, pérdidas y rechazo. Pero cada paso valió la pena porque ahora sé lo que es tener una madre en el cielo que intercede sin cesar. Porque ahora conozco la presencia real de Cristo en la Eucaristía, porque ahora vivo en la casa que Cristo construyó sobre la roca de Pedro. Y mi hija Misitlali, que fue salvada por un milagro, crece conociendo el amor de la madre celestial desde pequeña.
No tiene que esperar 38 años y una crisis devastadora. para descubrir lo que yo descubrí. Ella ya sabe que nunca está sola, que tiene una madre en el cielo que vela por ella y que esa madre la llevará siempre hacia los brazos abiertos de su hijo. Esa es mi historia, la historia de una protestante que se atrevió a cruzar el umbral de una capilla católica en su desesperación y encontró allí no idolatría, sino amor maternal, no superstición, sino intercesión.
poderosa, no alejamiento de Cristo, sino el camino más seguro hacia el sí. Mi testimonio sirve para que una sola persona abra su corazón a la Virgen María. Habrá valido la pena compartirlo. Si ayuda a que un solo protestante vea que la Iglesia Católica no es el enemigo, sino la plenitud de la fe, habrá cumplido su propósito, porque al final todos somos hijos buscando el camino a casa.
Y la madre siempre conoce el camino. Solo tenemos que atrevernos a pedirle que nos lo muestre y ella nunca, nunca nos dejará solos.