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Nadie lo vio… pero cambió todo

Nadie lo vio… pero cambió todo

—¿Ramón? —gritó Tomás desde el otro lado de la verja mientras la nieve le crujía bajo las botas—. ¿Sigues vivo ahí dentro o ya te tragó la tormenta?

—Todavía no —respondió Ramón abriendo apenas la puerta—. Pero si sigues dejando entrar el frío, hoy sí me muero.

Tomás soltó una risa corta y entró sacudiéndose la nieve de los hombros.

—Madre mía… Parece Siberia ahí fuera.

Ramón cerró la puerta y volvió hacia la cocina.

—En enero siempre dices lo mismo.

—Porque cada enero pienso que este pueblo no puede ponerse peor… y cada enero me demuestra que sí.

Ramón dejó una taza de café sobre la mesa.

—Bebe antes de que se enfríe.

Tomás agarró la taza con las dos manos.

—¿Y tú qué hacías despierto tan temprano?

—No podía dormir.

—¿Por el viento?

Ramón tardó un momento en responder.

—Por el sonido.

Tomás frunció el ceño.

—¿Qué sonido?

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