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El mensaje borrado: la noche en la que nadie dormía de verdad

Eran casi las dos de la mañana.

Esa hora maldita.

La hora en la que el mundo se encoge.

La hora en la que cualquier decisión parece una locura absoluta.

Estaba tirado en el sofá, como una ameba.

Mi cuerpo pesaba lo mismo que un piano de cola.

Había intentado engañarme a mí mismo.

Me dije: “Solo voy a cerrar los ojos cinco minutos”.

La mentira más grande que uno se cuenta a sí mismo.

La famosa “siesta de poder”.

O la “cabezadita estratégica”.

Llámalo como quieras, al final es solo procrastinación pura y dura.

El ritual es sencillo.

Te sientas.

Pones una serie de fondo.

Algo que ya hayas visto mil veces.

Algo que no requiera ni una sola neurona.

En mi caso, una reposición de una comedia de los noventa.

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