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A sus 69 años, PATRICIA RIVERA Revela quien es el HIJO OCULTO que tuvo con VICENTE FERNÁNDEZ

Y habló. Vaya que habló. Quienes la conocieron en esos primeros años en la capital dicen que había algo en Patricia Rivera que resultaba difícil de ignorar. No era la belleza, aunque era una mujer hermosa. No era la voz, aunque cantaba con una emoción que te agarraba del pecho. Era algo más difícil de nombrar.

Era la sensación de que esa persona estaba completamente presente, completamente ahí, sin la capa de actuación que mucha gente pone entre sí misma y el mundo cuando está en público. Era auténtica y la autenticidad en un mundo construido sobre imágenes cuidadosamente fabricadas siempre llama la atención. Fue esa autenticidad la que la llevó a los círculos donde se movían las personas que importaban en la industria del entretenimiento mexicano de aquella época.

No de golpe, no de la noche a la mañana. Fue un proceso lento, construido paso a paso, con el tipo de paciencia que solo tienen las personas que saben que lo que están buscando vale la pena esperar. Primero fueron los espacios pequeños, las presentaciones en lugares donde el público era reducido pero atento.

Después vinieron las conexiones, esas conversaciones en los pasillos de los estudios y los camerinos de los teatros, donde realmente se deciden las cosas en una industria como esa, no en los contratos formales, sino en las palabras que se dicen de manera informal entre personas que se están midiendo mutuamente. Y fue en uno de esos espacios, en uno de esos momentos que no estaban en el guion de nadie, donde Patricia Rivera y Vicente Fernández se encontraron por primera vez.

Vicente Fernández en aquella época ya era Vicente Fernández, no con la dimensión mítica que alcanzó después, no todavía el charro de Wen Titán, que haría llorar a generaciones enteras con canciones que se volvieron parte del alma colectiva de México. Pero ya era alguien, ya era el hombre ante quien las alas se llenaban, ya era la voz que la gente buscaba cuando necesitaba sentir algo que la vida cotidiana no les daba.

ya tenía ese poder específico que tienen muy pocas personas en el mundo del espectáculo, ese poder de hacer que quien lo escucha sienta que esa canción fue escrita exactamente para él, exactamente para lo que está viviendo en este momento, exactamente para el dolor o la alegría que carga en este instante. Era un hombre con ese poder y con todo lo que ese poder implica en términos de lo que te da y de lo que te quita.

Patricia lo vio entrar a esa sala y sintió lo que siente cualquier persona con sensibilidad. cuando está cerca de alguien que tiene esa clase de presencia, una especie de ajuste, como si el aire en el cuarto cambiara de densidad, como si de repente todo lo demás en el ambiente bajara un poco de volumen para darle espacio a esa persona. No fue un flechazo de película.

Patricia Rivera es demasiado honesta para describir lo que pasó con el lenguaje de las telenovelas. Fue algo más sencillo y por eso mismo más difícil de ignorar. Fue simplemente la sensación de que ese hombre era real de una manera que no todos los hombres son reales, que había algo en él que no estaba actuando para el cuarto, que debajo del sombrero y de la voz y de la sonrisa que ya todo el mundo reconocía, había un hombre de verdad con cosas de verdad que lo pesaban y que lo alegraban.

Vicente la miró y no la miró como el artista que mira al público, la miró como el hombre que mira a una persona específica cuando algo en esa persona llama su atención de una manera que todavía no puede explicarse. Eso fue todo por ese día. Eso fue todo. Pero ambos sabían, aunque ninguno lo hubiera podido decir en voz alta en ese momento, que algo había empezado, que algo que no tenía nombre todavía había cruzado un umbral del que no iba a regresar.

Lo que siguió en las semanas posteriores fue la construcción de algo que ninguno de los dos buscó con premeditación y que, sin embargo, avanzó con la inevitabilidad de las cosas que están destinadas a ocurrir o que al menos se sienten así cuando las estás viviendo desde adentro. Se volvieron a ver.

La industria en la que ambos se movían no era tan grande como parecía desde afuera. los mismos eventos, los mismos estudios, los mismos pasillos y cada vez que coincidían había esa conversación que empezaba hablando de trabajo y terminaba durando más de lo que cualquiera de los dos había planeado. Vicente tenía una manera de escuchar que Patricia describe hasta el día de hoy con una claridad que dice mucho sobre lo que ese detalle significó para ella.

No escuchaba como escucha alguien que está esperando su turno para hablar. Escuchaba como escucha alguien que genuinamente quiere saber. que genuinamente le importa lo que estás diciendo, que está procesando cada palabra con una atención que en el mundo del espectáculo, donde todos están siempre medio presentes y medio calculando su próximo movimiento, resultaba extraordinariamente inusual.

Patricia hablaba y Vicente la escuchaba. Y en esa escucha había algo que ella no había encontrado antes con esa intensidad. La sensación de ser vista, no la artista, no la voz, no la imagen pública que estaba construyendo con tanto esfuerzo. Ella, la mujer que había llegado con una maleta y una dirección en un papel y que por dentro todavía cargaba todos los miedos y todas las dudas que no le mostraba a nadie, porque en ese mundo mostrar dudas era mostrar debilidad.

Vicente le dijo en una de esas conversaciones que tenía algo que muy pocas personas que había conocido tenían. le dijo que era de las personas que uno siente que ya conoce de antes, que hay gente con quien el tiempo funciona diferente, más rápido, más profundo. Patricia escuchó eso y reconoció que le pasaba exactamente lo mismo, que había algo entre ellos que saltaba los pasos que normalmente tiene que tener el proceso de conocer a alguien, que ya estaban hablando de cosas que normalmente le llevan meses o años de confianza a cualquier relación

llegar. El problema era uno, era conocido, era el tipo de problema que en las historias de amor siempre aparece con una crueldad de horario impecable, justo cuando menos conveniente, justo cuando ya es demasiado tarde para dar marcha atrás. Vicente Fernández tenía su vida, tenía su historia, tenía compromisos y una imagen pública y una familia y todo lo que eso significaba en el México de aquella época, en el mundo del espectáculo mexicano, donde las apariencias no eran solo vanidad, sino arquitectura estructural de todo lo

demás. Todo el mundo lo sabía, Patricia lo sabía, pero hay cosas que se saben con la cabeza y que el corazón simplemente ignora con una tranquilidad que desde afuera parece irresponsabilidad y que desde adentro se siente como la única decisión posible. Patricia Rivera entró a esa historia con los ojos abiertos.

Eso es algo que ella misma dice hoy a sus 69 años, sin disculpas y sin la necesidad de presentarse como víctima de algo que en realidad eligió. eligió, con todo lo que eso implica, con todo el peso y toda la belleza de esa palabra, eligió porque Vicente Fernández era el tipo de hombre ante quien la elección racional se volvía un argumento ridículo, porque había algo entre ellos que tenía la fuerza de las cosas que no piden permiso.

Y porque a cierta edad, con cierta intensidad de vida, uno aprende que hay momentos que no se repiten y que dejarlos pasar por miedo es un tipo de cobardía que cuesta más caro que el error que querías evitar. Lo que no sabía Patricia Rivera, lo que no podía saber todavía era el precio exacto que esa elección iba a cobrarle. Ese precio tenía un nombre y ese nombre tardó casi 50 años en pronunciarse en voz alta.

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