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Pedro Infante DETUVO el Rodaje Cuando supo del Último Deseo de una Niña con Enfermedad Terminal

 Era la postura de un hombre recibiendo una noticia que no puede devolver. La carta la había escrito Elena Vargas, madre de una niña llamada Rosario, 8 años, enferma desde los cinco. La carta no usaba palabras técnicas porque Elena no las conocía. Decía que su hija tenía algo malo en la sangre, que los médicos del hospital general habían dicho que ya no había más que hacer, que Rosario había escuchado hablar del rodaje en la radio, que había pedido ver el set, que preguntaba si era posible ver aunque fuera de lejos al señor Pedro Infante. Elena aclaró con

tinta sobía, que solo era un rodaje, pero que su hija lo había elegido igual, porque cantaba Amorcito Corazón y esa canción la ponían en el hospital. y a ella le gustaba cerrar los ojos y quedarse quieta escuchándola. La carta tenía manchas que no eran de tinta. Lo que Pedro no podía saber al leerla era la noche en que Elena la había escrito.

 Era tarde, una de esas horas en que los vecinos ya no se escuchan y el silencio de la vecindad pesa diferente. Rosario dormía en el cuarto de al lado con la respiración entrecortada de quien descansa, pero no del todo. Elena había sacado el único papel que tenía, el reverso de una factura del mercado, y había intentado escribir tres veces.

 Las dos primeras las rompió porque le parecieron demasiado tristes o demasiado desesperadas. La tercera vez escribió sin borrar con la pluma temblándole. Se dijo que si el señor Infante era la mitad del hombre que su hija creía que era, entendería lo que no estaba escrito entre las líneas. Cuando terminó,  dobló el papel tres veces.

 Quizás porque así ocupaba menos espacio. Quizás porque doblar algo tres veces es el gesto de quien cuida lo que tiene  dentro. Al día siguiente caminó hasta la entrada de los estudios Tepeyac con Rosario dormida en casa al cuidado de una vecina. El guardia de la puerta la miró con esa expresión que tienen los guardias cuando ven a alguien que no pertenece al lugar.

 Elena le explicó con calma que tenía una carta para el señor infante. El guardia dijo que dejara el sobre y que verían. Elena supo que verían significaba probablemente nada, pero no tenía otra opción. Dejó el sobre y regresó caminando a su vecindad porque no tenía para el camión. Pedro terminó de leer, dobló el papel con cuidado, lo guardó en el bolsillo interior del saco de Pepe el Toro, que era el saco que llevaba puesto, y caminó directamente hacia Fernando de Fuentes.

  Le dijo que necesitaba media hora. De Fuentes frunció el ceño. Llevaban dos horas retrasados. El presupuesto no aguantaba más pausas. Pedro le respondió que entendía, que lo compensaría después, que era algo personal. Y algo en su tono hizo que el director no preguntara más,  solo asintió. Pedro salió del set, buscó al asistente de producción y le pidió que localizara a Elena Vargas.

 La dirección venía al pie de la carta. Era una vecindad en la colonia Guerrero, a 20 minutos en coche. En esa época, el tráfico de la capital no era todavía el monstruo que sería décadas después.  Se podía llegar en 15 si uno sabía las calles cortas. El asistente lo miró sin entender  bien qué se esperaba de él.

 Pedro sacó la carta del bolsillo y se la extendió. Dile que vendré hoy, esta tarde, que traiga a la niña al set si puede moverse, si no puede, dime dónde está y voy yo. Pedro no contó nada de esto al equipo. No era hombre de explicar sus decisiones, sino de ejecutarlas. Pero había leído esa carta dos veces, la segunda vez más despacio. Y en la segunda lectura había encontrado una frase.

 Elena  la había escrito casi al final, apretada entre otras palabras, como si le diera vergüenza ocupar espacio. Rosario dice que el señor Infante canta como si supiera lo que duele. Dice que cuando lo escucha el dolor se hace más pequeño por  un rato. Esa frase fue la que cambió la mañana. Entre el momento en que el asistente salió a buscar a Elena y las 3 de la tarde, Pedro rodó dos escenas menores.

 Almorzó solo en el rincón del set, donde guardaban las herramientas. No habló mucho. Los que lo conocían decían que cuando Pedro estaba callado de esa manera, con los ojos atentos, pero la boca cerrada, estaba pensando en algo que no iba a explicar. El maquillador intentó hacerle conversación sobre el partido de fútbol del domingo.

 Pedro respondió con monosílabos. El asistente de cámara era un muchacho joven de Oaxaca. Llevaba tres meses en el estudio y todavía no había aprendido a leer los silencios del reparto. Le preguntó si se sentía bien. Pedro le dijo que sí, que estaba bien, con una amabilidad tan genuina que el muchacho no supo si creerle o no.

 A las 2:30, Pedro se cambió de ropa de trabajo a la ropa de Pepe el Toro, que era casi la misma ropa, pero con un desgaste calculado por el vestuarista. se puso el saco con cuidado, metió la mano en el bolsillo interior y tocó el papel doblado tres veces para verificar que seguía ahí.  No lo sacó, solo lo tocó.

 Elena la traía cargada porque Rosario tenía los pies hinchados y caminar le costaba. Era pequeña, incluso para sus 8 años, delgada de una manera que no era de hambre, sino de enfermedad. La piel tenía un tono amarillento que Pedro reconoció. Había visto esa palidez antes en adultos que ya no estarían al año siguiente.

 Llevaba un vestido de algodón azul con flores blancas,  planchado con cuidado y el pelo recogido con un listón que combinaba.  Su madre la había arreglado para la visita como se arregla a alguien para algo importante. Rosario tenía los ojos abiertos de par en par desde que entraron al set. No miraba a Pedro, miraba el set.

 Miraba las vecindades de cartón  y yeso como si estuviera viendo algo que no debía existir, pero que existía. Miraba los tendederos con ropa de verdad, las macetas con plantas verdaderas metidas entre las ventanas falsas,  el empedrado de madera pintada que imitaba el suelo de los barrios viejos.

 Miraba todo con esa atención absoluta que tienen los niños cuando algo los sorprende de verdad. No la atención fingida que aprenden después, sino la atención genuina que todavía no sabe disimularse. Pedro la vio antes de que ella lo viera a él. Se acercó despacio, se puso en cuclillas a su altura cuando aún estaba a 2 m para que Rosario pudiera verlo llegar sin sentirse sorprendida.

 Era algo que hacía con los niños desde siempre. Acercarse desde abajo, no desde arriba para no parecer enorme. La niña lo vio y algo en su cara cambió. No fue un cambio dramático, no fue exclamación ni llanto ni ninguna de las reacciones que los adultos suelen esperar de los niños en esos momentos. Fue algo más quieto.

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