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Entró a la habitación equivocada del hospital y el Millonario le susurró “Te he estado esperando”

 Se acercó despacio, inclinándose con cariño para darle un beso en la frente. Apenas sus labios rozaron la piel, sus ojos se abrieron de golpe. Un grito salió de ambos al mismo tiempo. Amelia retrocedió sobresaltada, llevándose una mano al pecho. El hombre en la cama se incorporó bruscamente, con expresión alerta, como si acabara de despertar de una pesadilla.

tenía el cabello despeinado, el rostro duro y ventajes que revelaban heridas recientes. ¿Quién eres?, preguntó con voz ronca, grave, cargada de una tensión que hizo temblar el aire. Amelia soltó una risa nerviosa, más por vergüenza que por humor. Ay, perdón, entré a la habitación equivocada. Pensé que aquí estaba mi abuela.

El hombre frunció el ceño y contra todo pronóstico, una sonrisa muy leve se formó en su boca. “Tan parecido me viste a tu abuela.” “Claro que no”, exclamó ella agitando las manos. “Solo estoy cansada. Me equivoqué de número. Iba a darse la vuelta para salir cuando él volvió a hablar. Quédate. Amelia se detuvo en seco.

 Giró lentamente, sorprendida por la súplica silenciosa en esos ojos que ahora no parecían fríos, sino vacíos, como si en ese cuarto hubiera más soledad que dolor. “Eres la única que ha entrado aquí sin pedir nada”, murmuró él reclinándose en la almohada. Ella dudó. Apenas lo conocía, pero algo en su voz la hizo detenerse como si estuviera frente a alguien que llevaba demasiado tiempo esperando a que alguien simplemente lo escuchara.

 “Bueno, solo por un momento”, respondió con suavidad. El silencio volvió al cuarto acompañado del sonido rítmico del monitor. Amelia sintió que él la observaba con una intensidad que no sabía decifrar. No tenía idea de quién era ese hombre, ni por qué su presencia parecía rodeada de un peso extraño. Solo sabía que sus ojos transmitían cansancio y una necesidad silenciosa de compañía.

 “Me llamo Leonardo Montalvo”, dijo el después de un rato. Amelia frunció el seño. El nombre le sonó conocido, quizá de algún artículo o alguna charla de oficina, pero no logró recordar nada con claridad. Mucho gusto, Leonardo”, respondió simplemente. Él desvió la mirada hacia la ventana. En este mes han entrado muchas personas por esa puerta, pero ninguna se ha quedado.

 Tienen 5 minutos, dicen algo que ni escucho y se van. Entonces, ¿no estás tan solo? Comentó Amelia tratando de aliviarlo un poco. Leonardo soltó una risa corta sin alegría. La soledad no se mide por cuántas personas te visitan, sino por cuántas quisieran quedarse. Amelia guardó silencio. Esa frase le quedó dando vueltas. Leonardo continuó.

 Mis asistentes vienen a leer reportes. Los directivos envían flores con el logo de la empresa para las fotos. Los socios solo pasan a confirmar que sigo vivo para no perder negocios. Hasta mi padre vino una vez solo para preguntarme cuando volveré al trabajo. A Amelia se le apretó el pecho. Pensó en su abuela, siempre rodeada de cariño.

Esta situación era totalmente distinta. Eso no parece una visita, murmuró. Parece una fila para revisar tu agenda. Por primera vez, Leonardo sonrió con sinceridad. Exacto. Una fila inútil. El ambiente se suavizó un poco. Amelia se cruzó de brazos y lo miró con atención. Mm mmm, pues hoy tu deseo se cumplió. Alguien se quedó sin pedirte nada a cambio. Un deseo preguntó él.

 Sí, dijo ella con ligereza. Yo llegué por equivocación, pero quizá esta vez la equivocación valió la pena. Él la observó como si tratara de entender por qué esa mujer desconocida lo hacía sentir menos frío por dentro. ¿Volverás mañana?, le preguntó casi sin poder evitarlo. Amelia sonrió divertida. “Solo si prometes no hacerme firmar un contrato.

” “Lo prometo”, respondió él, serio, pero con un brillo nuevo en los ojos. Ella caminó hacia la puerta y antes de salir añadió, “A veces las mejores cosas pasan cuando una se pierde.” La puerta se cerró lentamente. Leonardo quedó mirando el techo con una calma que no sentía desde hacía semanas. La soledad seguía allí, pero por primera vez no pesaba tanto.

Al día siguiente, después de visitar a su abuela en la habitación correcta, Amelia se detuvo frente a la puerta 570. dudó unos segundos. No entendía por qué sentía el impulso de volver, pero aún así tocó suavemente. Pasa, respondió su voz de inmediato, como si hubiera estado esperando. Amelia entró.

 Leonardo estaba recargado contra las almohadas leyendo una revista, pero su expresión cambió al verla. Pensé que no vendrías”, dijo con una mezcla de alivio y humor. “Prometí venir, no”, respondió ella cruzándose de brazos. “Pero cuidado, porque si empiezas a dudar de mí, cobraré por visita.” Leonardo soltó una carcajada real de esas que suavizan las facciones.

“¿Puedo pagar?” Pues hoy es gratis, replicó ella sentándose en la silla. Pero te advierto que hablo mucho. Me encanta escuchar, contestó él. Y así comenzó a contarle historias de su vida diaria, desde su jefe que leía correos en voz alta para motivar al equipo hasta el vecino que cantaba como si fuera una estrella de ópera.

 Leonardo reía cada vez más y poco a poco el cuarto dejó de sentirse tan frío. “¿Sabes?”, dijo ella en tono confidencial. Soy tan torpe con las computadoras que una vez derramé café sobre tres teclados en un mes. Si trabajaras en mi empresa, los accionistas se desmayarían, bromeó Leonardo. Perfecto, así generamos emoción en tu junta directiva.

Ambos rieron otra vez. El tiempo pasó sin que lo notaran. Cuando Amelia se levantó para irse, Leonardo no pudo evitar preguntar, “¿Vendrás mañana?” Ella lo miró con ternura y decisión. “Sí, pero la próxima vez tú contarás una historia.” “Trato hecho”, respondió él. Cuando Amelia salió, Leonardo volvió a recostarse, pero esta vez con una sonrisa tranquila, como si alguien hubiera abierto una ventana donde antes solo había oscuridad.

Amelia no tenía una razón sólida para volver al hospital al día siguiente. Su abuela Teresa ya estaba en casa descansando y dándole instrucciones sobre plantas y recetas como si nada hubiera pasado. Pero a lo largo del día, cada vez que Amelia pasaba frente a una librería o veía un puesto de revistas, recordaba la sonrisa de Leonardo la tarde anterior.

 Al salir del trabajo, se detuvo en una pequeña tienda de libros cerca de su oficina. No sabía exactamente qué buscaba hasta que vio una sección de novelas de ciencia ficción. Recordó como los ojos de Leonardo se iluminaron cuando mencionó que solía leer de niño ese tipo de historias. Casi sin pensarlo, tomó dos libros, uno clásico y otro más reciente, ambos del género que a él le gustaba.

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