Mi nombre es Molina, tengo 78 años y vivo en un pequeño departamento en Cuernavaca, Morelos, donde paso mis días cuidando mis plantas de bugambilia y viendo pasar la vida desde mi ventana. La gente que me conoce me ve como una viejita callada que va a misa todos los domingos y que siempre lleva tamales de chipilín a las posadas navideñas.

Creen que mi vida ha sido simple y tranquila, pero mi hijito no saben nada de lo que viví hace 28 años cuando trabajé en la casa de Joan Sebastián, el poeta del pueblo, el rey del jaripeo y uno de los hombres más queridos de México. Durante casi dos años fui parte de su personal doméstico en su rancho de Tacalco, Guerrero.

Cocinaba, limpiaba y cuidaba de aquella hermosa propiedad donde el cantante escribía sus canciones y recibía a su familia. Fueron meses maravillosos al principio, llenos de música, risas y la calidez de un hombre que trataba a su gente con respeto y cariño. Pero hubo una madrugada, una  madrugada de octubre de 1996, en la que algo ocurrió que cambió mi vida para siempre.

Esa noche vi que no deberían existir. Escuché voces que no pertenecían a este mundo y descubrí secretos que la familia Sebastián guardaba con tanto cuidado que hasta hoy tiemblo al recordarlos. Lo que viví en aquella casa no fue culpa de Joan. Quiero dejarlo muy claro desde ahora. Él era un hombre bueno, atormentado por pérdidas que destrozarían a cualquiera.

Lo que presencié tenía que ver con el dolor acumulado en esas paredes, con las tragedias que habían marcado a esa familia y con algo más antiguo y oscuro que habitaba en aquel rancho desde mucho antes de que Joan lo comprara. He cargado este secreto durante casi tres décadas. Lo guardé por respeto a la memoria del cantante, por miedo a que nadie me creyera y porque francamente ni yo misma entendía del todo lo que había vivido.

Pero ahora, con la edad que tengo y sabiendo que mis días se acortan, siento que debo contarlo, no por morbo ni por falta de respeto, sino porque hay otras personas que trabajan en casas ajenas, que han visto cosas extrañas y que merecen saber que no están locas. Esta historia debe contarse no solo por mí, sino por todos los que alguna vez han sentido presencias en lugares donde el dolor humano ha sido tan profundo que deja marcas invisibles.

Así que acompáñame, camina conmigo por estos recuerdos que aún me quitan el sueño. Ayúdame a cargar este relato que ha pesado demasiado sobre mi alma durante 28 años y prepárate porque lo que voy a contar te desafiará todo lo que crees saber sobre la vida, la muerte y lo que existe entre ambas. Llegué a trabajar en el rancho de Joan Sebastián en marzo de 1995.

Tenía entonces 50 años. Era viuda reciente y necesitaba desesperadamente un empleo que me sacara de la pobreza en la que había caído tras la muerte de mi esposo. Una prima que trabajaba en Taxco me habló de la oportunidad. Don Joan, como todos lo llamábamos con respeto, necesitaba personal de confianza para su rancho en Teacalco, un lugar hermoso enclavado en las montañas de Guerrero, donde pasaba temporadas componiendo y descansando de las giras.

La entrevista fue con la señora Maribel Guardia, quien en ese entonces era su pareja. Ella fue quien me recibió en una casa de Cuernavaca y me hizo preguntas sobre mi experiencia en cocina, limpieza y discreción. Esa última palabra la repitió tres veces durante nuestra conversación. Discreción. Me explicó que Don Joan era un hombre público, que mucha gente quería saber de su vida privada y que el personal doméstico debía ser como una tumba respecto a lo que ocurría puertas adentro.

Le prometí que mi boca sería un sepulcro y cumplí esa promesa hasta el día de hoy. Lo que voy a contar no tiene nada que ver con chismes de la vida personal del cantante, sino con algo mucho más profundo y perturbador que nada tiene que ver con su intimidad. El rancho era un lugar precioso construido en medio de cerros verdes con establos para caballos, una arena para jaripeos privados y una casa principal de dos pisos con grandes ventanales que dejaban entrar la luz dorada de Guerrero.

Don Joan había diseñado cada detalle pensando en crear un paraíso personal donde pudiera escapar de las presiones de la fama y lo había logrado. Durante el día, aquel lugar era un pedazo de cielo en la tierra, pero las noches eran diferentes. Desde mi primera semana lo noté, aunque al principio lo atribuía a los nervios de estar en un lugar nuevo.

Cuando caía la oscuridad, el rancho cambiaba. El silencio se volvía demasiado pesado, como si el aire mismo se espesara. Los animales se comportaban extraño. Los perros ladraban sin razón aparente hacia los establos vacíos y los caballos se ponían nerviosos en sus corrales, relinchando y pateando las puertas como si algo invisible los aterrorizara.

Don Joan llegaba cada dos o tres semanas, a veces solo, otras con su familia. Era un hombre amable y educado, siempre saludándome con una sonrisa y preguntándome por mi salud. Cuando estaba en el rancho, la casa se llenaba de música. Tocaba la guitarra en el porche hasta altas horas y su voz se perdía entre los cerros como un eco hermoso que parecía calmar lo que fuera que habitaba en aquellas tierras.

Había otros empleados. Tonio, el caballerango que cuidaba los animales. Lupita, otra muchacha que me ayudaba con la limpieza los fines de semana y don Esteban, un hombre mayor que funquía como velador y cuidaba la propiedad cuando don Joan no estaba. Fue don Esteban quien me habló por primera vez de las cosas raras del rancho.

Era un hombre de campo curtido por el sol, con manos como raíces de árbol y una mirada que parecía ver más allá de lo evidente. Una tarde, mientras yo tendía ropa en el patio trasero, se acercó con su andar pausado y me preguntó si había escuchado algo por las noches. Le dije que solo el viento y los animales, pero mi voz debió delatar que mentía porque sonrió con tristeza y asintió como si entendiera.

me contó que el rancho estaba construido sobre tierras que habían pertenecido a una hacienda del siglo XIX. Durante la revolución, aquellas tierras habían visto mucha violencia, fusilamientos, ajusticiamientos y desapariciones que la gente del pueblo prefería olvidar. Según don Esteban, algunas almas nunca se fueron de aquellos cerros.

Al principio pensé que era supersticioso de esos viejitos que creen en espantos y nahuales, pero luego agregó algo que meó la sangre. Me dijo que don Joan lo sabía. El cantante había tenido sus propias experiencias en el rancho, aunque nunca hablaba de ellas abiertamente. Por eso insistía en que siempre hubiera personal durante la noche, en que nunca se dejara la propiedad completamente sola.

Don Esteban me advirtió que si alguna vez escuchaba pasos en el segundo piso cuando nadie estaba arriba, que no subiera a investigar, que si veía luces moviéndose en los establos después de la medianoche, que mirara hacia otro lado, y sobre todo que nunca, bajo ninguna circunstancia abriera la puerta del cuarto pequeño al final del pasillo del segundo piso.

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