Madre vasca finge una grave enfermedad para arruinar las vacaciones soñadas de su nuera y obligar a su hijo a quedarse en casa
ACTO I: Las maletas listas y una llamada inoportuna
(Salón del piso de Jon y Lucía en Madrid. Hay dos maletas grandes junto a la puerta. Lucía revisa los pasaportes con una sonrisa de oreja a oreja. Jon se abrocha una camisa caribeña).
Lucía: ¡No me lo creo, Jon! Tres años. Tres malditos años esperando este momento. Playas de arena blanca, el móvil apagado y absolutamente nada de correos del trabajo.
Jon: (Riendo) Te lo mereces, mi amor. Has echado más horas en la oficina que el propio jefe. Nos va a venir de lujo este viaje a Bali.
Lucía: ¿Tienes los visados guardados?
Jon: En la mochila de mano. Todo controlado. El taxi llega en cuarenta minutos, así que podemos…
(El teléfono móvil de Jon vibra con fuerza sobre la mesa. En la pantalla se lee: “Mamá”).
Lucía: (Su sonrisa se congela) No me lo puedo creer. Son las seis de la mañana en Bilbao. ¿Por qué llama ahora?
Jon: Bueno, ya sabes cómo es. Querrá desearnos buen viaje. No seas malpensada.
Lucía: Jon, te llamó ayer a las diez de la noche. Y antes de ayer a la hora de comer.
Jon: Venga, solo un segundo. (Descuelga el teléfono con tono alegre) ¡Aúpa, mamá! ¿Qué tal? Ya estamos casi saliendo hacia el aero…
Begoña: (Al otro lado de la línea, con una voz inusualmente débil, un hilo de voz casi inaudible) ¿Jon? ¿Hijo? Menos mal que me lo coges… No quería molestar, de verdad. Sé que te ibas lejos…
Jon: (Cambiando el gesto drásticamente, preocupado) ¿Mamá? ¿Qué pasa? Te noto la voz rarísima. ¿Estás bien?
Begoña: Sí… Bueno, no te preocupes. Vosotros idos a vuestro viaje. Disfrutad. Yo… ya veré qué hago. El médico me ha dicho que no es nada que no pueda esperar dos semanas, supongo. Aunque los resultados del análisis de ayer… en fin, no te amargues las vacaciones.
Lucía: (Susurrando con los ojos abiertos de par en par) ¿Qué dice? ¿Qué pasa ahora?
Jon: Mamá, no me asustes. ¿Qué análisis? ¿Qué te ha dicho el médico exactamente?
Begoña: Una mancha, hijo. Una sombra extraña en las pruebas. Ayer por la tarde me llamaron de urgencia. Me han dicho que tengo que ingresar el lunes para hacer más pruebas… especiales. Dicen que hay que actuar rápido. Pero tú no pienses en eso. Bali está muy lejos, no podrías hacer nada desde allí si la cosa se complica.
Jon: (Pálido) ¿Ingresar? ¿Pero estás sola?
Begoña: (Con un suspiro mártir) Sí, claro. Tu tía Edurne está con lo de su reuma y no quiero cargar a nadie con mis penas. Ya sabes cómo soy. Pero de verdad, Jon, apaga el móvil y vete a la playa. Si pasa algo… ya te avisarán del hospital. Un beso a Lucía.
(Begoña cuelga la llamada).
ACTO II: La red invisible
Jon: (Mirando la pantalla del móvil, en shock) Ha colgado. Madre mía… No puede ser.
Lucía: Jon, mírame. ¿Qué ha pasado? ¿Qué te ha dicho exactamente?
Jon: Que le han encontrado algo malo, Lucía. Una mancha. Que la ingresan el lunes de urgencia. Estaba llorando… bueno, casi no podía ni hablar. Dice que nos vayamos, pero… ¿cómo me voy a ir a la otra punta del mundo sabiendo esto?
Lucía: (Sintiendo una punzada de frustración conocida) Espera, frena un momento. ¿Ingresar el lunes? Ayer por la tarde estuviste hablando con ella a las ocho y te dijo que venía de comprar unos pasteles con sus amigas. No mencionó ningún médico.
Jon: ¡Porque no quería preocuparnos, Lucía! Es mi madre, la conozco. Siempre se calla las cosas para no ser una carga.
Lucía: O para soltarlas en el momento más oportuno… Jon, piénsalo con la cabeza fría. Llevamos planeando esto meses. Es la tercera vez en dos años que pasa algo “grave” justo cuando tenemos un plan importante. ¿Te acuerdas de su “ataque de vértigo” el día de mi fiesta de cumpleaños? ¿O el “dolor insoportable” de rodilla cuando nos fuimos de fin de semana a París?
Jon: (Molesto) ¡Esto es diferente! Estamos hablando de un ingreso hospitalario, de pruebas de urgencia. ¿Estás sugiriendo que se lo está inventando? ¿Crees que mi madre jugaría con algo así? ¡Por favor!
Lucía: No digo que no tenga nada, digo que tu madre sabe perfectamente qué hilos tocar. Llamemos a tu tía Edurne. Vivirá con su reuma, pero vive a dos calles de ella. Que vaya a verla.
Jon: No, no. Mi madre ha dicho que no quiere molestar a Edurne. Si llamo, la voy a poner en un compromiso. Voy a llamar al hospital de Cruces, a ver si puedo enterarme de algo.
Lucía: No te van a dar información por teléfono por la ley de protección de datos, Jon. Escúchame, vamos a hacer una cosa. Vamos al aeropuerto. Volamos. En cuanto aterricemos en la escala, volvemos a llamar. Si es algo realmente urgente, yo misma te compro el billete de vuelta a Bilbao. Pero no canceles todo ahora, por una llamada de tres minutos sin informes médicos delante.
Jon: (Mirando las maletas, completamente bloqueado) Lucía… ¿cómo voy a subirme a un avión de doce horas sabiendo que mi madre puede estar en un quirófano o algo peor? No tendría cuerpo para disfrutar de nada. Sería un infierno de viaje.
ACTO III: El viaje cancelado
(Dos horas después. El taxi nunca llegó porque Jon lo canceló. El salón está en silencio. Lucía está sentada en el sofá, con la mirada perdida en la pared. Jon camina de un lado a otro con el portátil abierto en la mesa).
Jon: Lo siento, de verdad. He mirado lo del seguro del viaje… Al no tener un informe médico oficial todavía, solo nos devuelven el cuarenta por ciento de los billetes. El hotel de Bali no es reembolsable a estas alturas.
Lucía: (Con la voz extrañamente tranquila, esa tranquilidad que precede a la tormenta) Hemos perdido casi cuatro mil euros. El trabajo de todo un año.
Jon: El dinero va y viene, Lucía. Madre solo hay una. Si le pasa algo y yo estoy tomando el sol en una piscina, jamás me lo perdonaría. Tienes que entenderlo.
Lucía: Lo intento, Jon. De verdad que lo intento. Pero tengo un nudo en el estómago que me dice que esto no es lo que parece.
Jon: Voy a sacar un billete de autobús para Bilbao ahora mismo. Salgo a mediodía. Deberías venir conmigo.
Lucía: No. No voy a ir. Si voy, no voy a poder disimular la cara. Ve tú. Ve a cuidar a tu madre.
ACTO IV: En el norte las cosas cambian
(Dos días después. Cocina de la casa de Begoña en Bilbao. Huele a café recién hecho y a tostadas. Begoña está sentada a la mesa, perfectamente peinada, vistiendo una bata elegante. Jon entra, con ojeras del viaje en autobús).
Jon: Buenos días, mamá. ¿Cómo has pasado la noche? ¿Te duele algo?
Begoña: (Con voz un poco lánguida, pero con buen color de cara) Ay, hijo… He dormido a trompicones. El pensamiento, ya sabes. Pero verte aquí me da la vida. Menos mal que tienes buen corazón, no como otros que solo piensan en divertirse.
Jon: Lucía se ha quedado en Madrid porque estaba muy afectada por lo del viaje, mamá. No la culpes. Bueno, cuéntame. Mañana es lunes. ¿A qué hora tenemos que ir al hospital para el ingreso? ¿Qué papeles tienes?
Begoña: (Esquivando la mirada, removiendo el café) Uy, los papeles… Pues mira, me llamó el secretario del doctor el viernes por la tarde, tarde. Me dijo que como había huelga de celadores o no sé qué lío de turnos, que igual se retrasaba un poco. Que me quedara en casa esperando la llamada.
Jon: ¿Huelga? No he leído nada de ninguna huelga en los periódicos de aquí. ¿Qué médico te lleva? Voy a acercarme yo mismo al mostrador de atención al paciente a preguntar.
Begoña: (Un poco más firme, cortante) ¡Ay, no dejes al chaval! Con lo estresados que van los médicos. Bastante tienen. Tú déjalos. Si me tienen que llamar, ya llamarán. Lo importante es que estás aquí. Hacía meses que no pasábamos unos días juntos, solos, como antes.
Jon: (Empezando a notar una ligera punzada de incomodidad) Sí, claro, mamá… Pero es que cancelé un viaje internacional por esto. Necesito saber la gravedad. ¿Te dieron alguna carta? ¿Algún volante para la analítica?
Begoña: Lo habré dejado en el mueble de la entrada… o en el bolso. Luego lo busco, hijo, que ahora me canso si me levanto rápido. ¿Por qué no bajas a la pastelería de la esquina y traes unos bollos de mantequilla? Así desayunamos bien, como a ti te gusta.
ACTO V: El hilo se tensa
(Madrid, misma mañana. Lucía está en su oficina, pero no puede concentrarse. Suena su teléfono. Es una videollamada de Jon).
Lucía: ¡Hola! ¿Cómo va todo? ¿Qué os han dicho en el hospital?
Jon: (En la pantalla se le ve en la calle, con cara de circunstancias) Hola, Lu… Pues verás. No estamos en el hospital.
Lucía: ¿Cómo que no? ¿No era hoy el ingreso de urgencia?
Jon: Sí, bueno… Mi madre dice que la llamaron para retrasarlo por un problema de turnos. Pero es que hay cosas que no me cuadran. He venido a la consulta de su médico de cabecera, el de toda la vida, porque mi madre “no encontraba” los papeles por ningún lado. He dicho que venía a recoger unas recetas de parte de ella.
Lucía: (Conteniendo el aliento) ¿Y?
Jon: El médico me ha dicho que mi madre no pasa por la consulta desde hace tres meses, cuando fue a revisarse la tensión, que por cierto la tiene como una quinceañera. Y que en su historial no hay ninguna orden de ingreso, ni de urgencia, ni de nada.
Lucía: (Un silencio largo) Jon. Dime que estás bromeando.
Jon: No estoy bromeando, Lucía. Estoy… no sé ni cómo estoy. Siento una mezcla de rabia y vergüenza que no me cabe en el pecho. Le he preguntado al médico tres veces si estaba seguro de que no había otro expediente. Nada. Mi madre está perfectamente.
Lucía: Te lo dije, Jon. Te lo dije. Ha jugado con nosotros. Ha jugado con tus sentimientos, con mi dinero, con nuestras vacaciones. ¡Es una manipuladora de manual!
Jon: (Con la voz rota) Lo sé. Tienes toda la razón del mundo. No sé qué hacer ahora mismo. Estoy en la puerta de su casa. Si entro y la enfrento, va a montar un drama histórico. Va a decir que el médico se ha equivocado, o se pondrá a llorar diciendo que se siente sola. Siempre gana ella, Lucía. Siempre.
Lucía: No, esta vez no. Esta vez vas a entrar, vas a armarte de paciencia, no vas a gritar, pero vas a pedirle los papeles falsos delante de ti. Y luego, te vas a dar la vuelta y vas a coger el primer tren a Madrid.
Jon: Tengo miedo de su reacción, Lu. Es capaz de fingir un desmayo en mitad del salón para cortar la conversación. Lo ha hecho antes.
Lucía: Pues si se desmaya, llamas a una ambulancia de verdad. A ver si se atreve a mantener la mentira delante de los paramédicos. Pónmela en altavoz si hace falta. Quiero oírlo.
ACTO VI: La confrontación silenciosa
(Salón de Begoña. Jon entra despacio. Begoña está viendo un programa de televisión muy entretenida, riéndose. Al ver entrar a Jon, cambia el rostro instantáneamente y se lleva una mano a la cabeza, entornando los ojos).
Begoña: Ay, hijo, qué mareo me ha entrado de repente… Menos mal que has vuelto. ¿Trajiste los bollos?
Jon: (Se sienta frente a ella, serio, sin dejar la mochila en el suelo) No, mamá. No he traído los bollos. Vengo del centro de salud.
(Begoña se tensa imperceptiblemente. Sus ojos se clavan en los de su hijo).
Begoña: ¿Ah sí? ¿Y a qué has ido allí? Te he dicho que ya me llamarían ellos.
Jon: He ido a hablar con el doctor Garmendia. Quería pedirle una copia del informe de tu ingreso por si necesitábamos agilizar algo de manera privada.
Begoña: (Rápida) ¡Qué manía con meter prisa! Ese Garmendia es un incompetente, ya te lo digo yo. Seguro que no sabe ni mirar el ordenador. A saber qué te habrá dicho.
Jon: Me ha dicho la verdad, mamá. Que estás sana como una manzana. Que no tienes ninguna mancha, ningún análisis de urgencia, ni ningún ingreso programado.
Begoña: (Se hace un silencio espeso en la sala. Begoña parpadea, su rostro se vuelve de piedra) …¿Me estás llamando mentirosa, Jon? ¿A tu madre? ¿A la mujer que te crió sola?
Jon: No te estoy llamando nada. Te estoy diciendo lo que dice tu historial médico. Mamá… ¿por qué has hecho esto? Hemos perdido miles de euros. Lucía está destrozada en Madrid. Yo he pasado dos días sin dormir del susto. ¿Cómo has podido inventarte algo tan grave?
Begoña: (Cambiando de estrategia, sus ojos se llenan de lágrimas sospechosamente rápidas) ¡Porque os vais! ¡Os vais a la otra punta del mundo y me dejáis aquí sola! ¿Y si me pasa algo de verdad mientras estáis en esa isla de salvajes? ¿Quién me cuida? A esa mujer… a tu esposa, le da igual lo que me pase a mí. Ella solo quiere gastar tu dinero en viajes ridículos.
Jon: ¡El dinero también era de ella, mamá! Y no estábamos en una isla de salvajes, estábamos de vacaciones. Tengo treinta y dos años, tengo derecho a tener mi vida. No puedes retenernos aquí montando estas películas. Es cruel.
Begoña: (Llorando con dramatismo, tapándose la cara) ¡Cruel eres tú! Que vienes a mi casa a atacarme cuando estoy débil. Porque igual no tengo esa mancha hoy, pero la puedo tener mañana. Los disgustos que me dais me van a enfermar de verdad, Jon. Si me pasa algo, será por la culpa de este rato que me estás haciendo pasar. ¡Me duele el pecho! ¡Me duele de verdad!
(Begoña se reclina en el sofá, respirando de forma agitada, buscando la reacción de pánico de su hijo).
Jon: (Siente un impulso de acercarse, pero recuerda las palabras de Lucía. Se mantiene firme, saca su móvil) Muy bien. Si te duele el pecho, voy a llamar al 112 ahora mismo. Que venga una UVI móvil. Les diré que tienes un posible infarto.
Begoña: (Abriendo un ojo rápidamente, con voz normal) ¡No, no! ¡No llames a nadie! No hace falta… Ya se me está pasando. Es del disgusto, te lo he dicho. Con un vaso de agua me vale.
Jon: (Baja el teléfono, con el corazón roto al confirmar la mentira definitiva) Ya veo.
ACTO VII: El billete de vuelta
(Tarde del mismo día. Estación de tren de Bilbao. Jon está en el andén, con su mochila al hombro. Saca el móvil y llama a Lucía).
Jon: Hola, mi amor. Estoy en la estación. El tren sale en diez minutos.
Lucía: ¿Cómo ha ido todo? ¿Estás bien? Te noto la voz muy apagada.
Jon: Estoy bien… dentro de lo que cabe. Ha sido duro. Intentó hacer todo el repertorio: el llanto, el ataque de culpabilidad, el amago de dolor de pecho… Pero no cedí. Le dejé las cosas claras. Le dije que hasta que no acepte venir con nosotros a un especialista para hablar de su comportamiento, no voy a volver a subir a Bilbao.
Lucía: (Con un suspiro de alivio genuino) Madre mía, Jon… No sabes lo que significa para mí oírte decir eso. Sé lo mucho que te cuesta ponerle límites.
Jon: Me cuesta, sí. Pero casi pierdo a mi mujer y mi propia cordura por sus fantasías. He estado pensando… El dinero de Bali no lo vamos a recuperar entero, pero nos han devuelto una parte. Y nos quedan diez días de vacaciones por delante.
Lucía: ¿Ah sí? ¿Y qué tienes pensado, señor cancela-viajes?
Jon: He visto que hay un hotel rural precioso con spa en la sierra de Gredos. No es Bali, no hay palmeras, pero el móvil va a estar apagado. Y si llama mi madre, contestará el buzón de voz. ¿Qué te parece?
Lucía: (Se oye una sonrisa al otro lado de la línea) Me parece el mejor plan del mundo. Te espero en la estación de Madrid. Trae ganas de descansar, que nos lo hemos ganado.
Jon: Te quiero, Lu. Nos vemos en unas horas.
(Jon cuelga el teléfono. Mira hacia las vías del tren con una sensación de ligereza que no sentía desde hacía años. Sube al vagón. El tren arranca, dejando atrás el norte, las mentiras y el chantaje, abriendo camino a una nueva etapa).
ACTO VIII: La calma antes de la tormenta en Gredos
(Una semana después. Un precioso porche de piedra en un hotel rural de la Sierra de Gredos. El sol de la tarde ilumina las montañas. Lucía toma un té con los pies en alto, disfrutando del silencio. Jon regresa de la recepción del hotel con dos llaves en la mano y una sonrisa relajada, la primera sonrisa de verdad en muchos días).
Jon: No te lo vas a creer, Lu. He hablado con el paisano de abajo y nos ha recomendado una ruta para mañana que termina en unas pozas naturales. Dice que a estas horas no hay ni un alma.
Lucía: (Estirándose como un gato) Suena a gloria, Jon. De verdad. Llevo tres días seguidos durmiendo ocho horas del tirón. Ni acordarme de los balances de la oficina, ni de los informes… nada.
Jon: Me alegro tanto… Tenías una tensión en los hombros cuando salimos de Madrid que pensaba que te ibas a romper.
Lucía: (Mirándolo fijamente, con tono tierno pero analítico) Y tú también, reconócelo. Llevas siete días enteros sin mirar el móvil cada cinco minutos. Al principio te temblaba la mano cada vez que vibraba por un correo del trabajo o por cualquier tontería.
Jon: (Se sienta a su lado, suspirando) Ya… Al principio tenía ese runrún en la cabeza. Esa vocecita que me decía: “¿Y si esta vez es verdad? ¿Y si a mi madre le ha dado un parraque de los gordos por mi culpa?”. Pero luego pienso en la escena del sofá, en cómo se le pasó el dolor de pecho en un segundo cuando saqué el teléfono para llamar a la ambulancia… y se me pasa la culpa. Se me pasa de golpe.
Lucía: Ha sido un paso gigante para ti, Jon. Sé que para un hijo, y más siendo hijo único de una madre viuda y con ese carácter del norte, plantar cara es como escalar el Everest sin oxígeno.
Jon: Era eso o ver cómo nuestro matrimonio se iba a pique por culpa de sus llamadas a deshoras. Además, se lo advertí bien claro antes de subirme al tren en Abando: “Mamá, te quiero, pero si vuelves a inventarte una consulta médica para controlarme, te vas a quedar sola de verdad”. Creo que el mensaje le quedó nítido. Estará enfadada, de morros con el mundo, pero al menos habrá entendido que hay líneas rojas que no se cruzan.
Lucía: Dios te oiga, mi amor. Dios te oiga. Porque yo ya no tenía más paciencia en la reserva. Si hubiéramos perdido este descanso también, no sé dónde estaríamos ahora mismo.
(De repente, el teléfono móvil de Jon, que está encima de la mesa de madera, empieza a parpadear. No suena, porque está en silencio, pero la luz azul de la pantalla corta la paz del ambiente. Ambos se quedan mirando el aparato como si fuera una granada activa).
Lucía: (Cambiando el tono de voz, perdiendo la sonrisa) Tiene que ser una broma.
Jon: (Traga saliva. Mira la pantalla) No es ella. Es un número largo. Un número fijo de Bilbao… Empieza por 944.
Lucía: Jon, no lo cojas. Estamos en Gredos. Quedan tres días de vacaciones. No rompas la burbuja.
Jon: Ya, pero… un número fijo de Bilbao que no tengo guardado… ¿Y si es del centro de salud de verdad? ¿Y si mi tía Edurne ha tenido una caída? Solo voy a descolgar para ver quién es. Si oigo la voz de mi madre dando lástima, cuelgo al instante. Te lo prometo.
Lucía: (Se cruza de brazos, resignada y con la sospecha grabada en la frente) Haz lo que quieras. Pero recuerda lo que hablamos.
Jon: (Descuelga, con voz firme pero tensa) ¿Sí? ¿Dígame?
Voz masculina: ¿Hola? ¿Buenas tardes? ¿Hablo con Jon Kortabarria?
Jon: Sí, soy yo. ¿Quién es?
Voz masculina: Mire, le llamo desde la Jefatura de la Policía Municipal de Bilbao. Verá, tenemos aquí a una señora de avanzada edad, una tal Begoña Urquijo, que dice ser su madre. Ha tenido un altercado bastante desagradable en una sucursal bancaria de la Gran Vía y se niega a abandonar las dependencias si no viene usted en persona a buscarla.
ACTO IX: La nueva estrategia
(El silencio en el porche se vuelve gélido. Jon se queda con el teléfono pegado a la oreja, con la cara completamente desencajada. Lucía lo observa, sabiendo perfectamente que la paz acaba de saltar por los aires).
Jon: ¿Un… un altercado en un banco? Pero, agente, ¿mi madre está bien? ¿Ha tenido algún problema de salud?
Policía: De salud física parece estar perfectamente, señor, aunque bastante alterada. Ha montado un escándalo considerable con el director de la oficina porque dice que le han bloqueado la cartilla de ahorros y que su hijo la ha dejado desamparada y sin dinero para comer. El director nos ha llamado porque la señora se ha sentado en el suelo de la oficina y dice que de allí solo la saca la Guardia Civil… o su hijo. Como comprenderá, no queremos detener a una mujer de esa edad, pero está interrumpiendo el orden público.
Jon: No, no, por favor. No hagan nada. Déjeme… déjeme hablar con ella si es posible.
Policía: Un segundo, le paso con el cabo que está con ella en la sala de espera.
(Se oye ruido de fondo, murmullos de oficinas, y de repente, una voz perfectamente reconocible que grita de fondo: “¡Que no me da la gana! ¡Que mi hijo viene ahora mismo desde Madrid porque es el único que me cuida en este mundo de ladrones!”).
Jon: (Se lleva la mano a la frente, con una mezcla de vergüenza y desesperación) Mamá… Dios mío, mamá.
Begoña: (Al teléfono, con voz teatral, un grito que busca el eco) ¿Jon? ¡Jon, hijo mío! ¡Menos mal! Me quieren echar a la calle, hijo. Estos sinvergüenzas del banco me dicen que no tengo fondos, que no puedo sacar mis cuatro perras para comprar las medicinas del corazón. ¡Me tienen aquí secuestrada los municipales! ¡A tu madre, Jon! ¡A una mujer honrada!
Jon: ¡Mamá, cállate un momento y escúchame! ¿Qué medicinas del corazón si estás perfectamente? ¿Y cómo que no tienes dinero si tienes la pensión domiciliada y la cuenta llena? ¿Qué estás haciendo?
Begoña: (Bajando el tono a un susurro sibilino, directo al grano) Estoy haciendo lo que tengo que hacer para que vuelvas, Jon. Porque un hijo de verdad no deja a su madre sola en Bilbao sabiendo que está mal de los nervios. Me da igual el banco, me da igual la policía y me da igual todo. O vienes hoy mismo a sacarme de aquí, o le digo al juez que me habéis abandonado. A ver qué dice tu Lucía cuando salga en los periódicos que su marido deja morir de hambre a su madre.
Jon: (Temblando de pura rabia) Estás loca, mamá. Estás completamente mal de la cabeza. Estás utilizando a la policía para chantajearme.
Begoña: Yo no sé de chantajes, Jon. Yo solo sé de soledad. El tren de las siete sale de Madrid para Abando. Te espero en la comisaría. Y si no vienes, que traigan el colchón, porque de aquí no me muevo. Paso la noche en el calabozo si hace falta, para vergüenza de toda la familia. ¡Pásame con el guardia!
ACTO X: El ultimátum del porche
(Jon cuelga el teléfono lentamente. Tiene las manos sudadas. Mira a Lucía, que se ha levantado de la silla y lo observa con los brazos cruzados, una postura rígida, con una mirada que denota que ha llegado al límite de su resistencia humana).
Lucía: No me lo digas. No hace falta. He oído los gritos desde aquí. Tu madre ha subido la apuesta, ¿verdad? Como lo de la enfermedad no funcionó porque fuiste al médico, ahora ha montado un circo con la policía.
Jon: (Con la voz rota, al borde del colapso) Lucía… está en una comisaría en Bilbao. Se ha plantado en un banco a montar un pollo diciendo que no tiene dinero para comer por mi culpa. Dice que no se mueve de allí si no voy a buscarla. La policía me ha llamado a mí porque no saben qué hacer con ella.
Lucía: (Con una risa irónica, amarga) Es un genio. Hay que reconocerlo. Tu madre es un genio de la estrategia militar. Sabe perfectamente que no puedes ignorar una llamada de la policía. Sabe que si se queda allí, te destroza la reputación, te destroza la semana y te obliga a subirte a un autobús otra vez.
Jon: ¿Y qué quieres que haga, Lu? ¡Dímelo tú! ¿La dejo allí? ¿Dejo que pase la noche en una sala de la policía municipal? Es una anciana de sesenta y dos años. Si lo hace, mañana lo sabe todo el barrio, toda la familia… Mi tía Edurne, los vecinos… Sería una vergüenza insoportable.
Lucía: (Se acerca a él, mirándolo fijamente a los ojos, con una frialdad que asusta) Jon, mírame bien. Si coges el coche ahora mismo, si vas a la estación y te subes a ese tren para ir a rescatarla… yo no voy a estar aquí cuando vuelvas. Y probablemente no esté en el piso de Madrid tampoco.
Jon: (Pálido) Lu… por favor, no me hagas esto. No me pongas entre la espada y la pared. Es una situación de fuerza mayor. ¡Hay policías de por medio!
Lucía: ¡No es una situación de fuerza mayor, Jon! Es una situación creada artificialmente por una mujer que no soporta que seas feliz lejos de su falda. ¿No lo ves? Si cedes hoy, el próximo mes simulará un robo, o incendiará las cortinas de la cocina “sin querer”, o cualquier otra locura para tenerte corriendo hacia el norte. Ha descubierto que la verdad no le funciona, así que ahora usa el escándalo público.
Jon: Pero es mi madre, Lucía… No puedo desentenderme de una llamada de la policía.
Lucía: La policía no te está obligando a ir, Jon. Te están avisando de que tu madre está montando un número. Si vas, le estás demostrando que el método funciona. Le estás diciendo: “Mamá, si montas un escándalo con la policía, consigues que deje a mi mujer y vaya corriendo a tu lado”. ¿Es eso lo que quieres para el resto de tu vida? ¿Quieres pasar los próximos diez años viajando de urgencia a Bilbao cada vez que a tu madre le entre un ataque de celos?
Jon: (Con lágrimas en los ojos) ¿Y qué hago con los municipales? ¿Qué les digo?
Lucía: Llama al cabo que te ha telefoneado. Cuéntale la verdad. Dile que tu madre tiene dinero de sobra, que su cuenta está perfectamente y que es un problema de conducta. Diles que no vas a ir, que procedan como tengan que proceder con cualquier ciudadano que altera el orden público. Verás qué rápido se le quita la tontería a Begoña cuando vea que no hay público para su teatro.
Jon: No puedo hacer eso, Lucía… No puedo ser tan frío. Es mi madre.
Lucía: (Da un paso atrás, con los ojos húmedos pero la voz firme) Entonces, Jon, coge tus cosas. Ve a Bilbao. Salva el orgullo de tu madre. Pero hazlo sabiendo que esta vez, el billete de vuelta va a ser solo de ida para ti. Yo me bajo de este tren. Estoy harta de ser el segundo plato de un matrimonio de dos donde la suegra duerme en medio.
ACTO XI: El peso de las raíces
(El salón rural se queda en un silencio sepulcral. Lucía entra en la habitación y empieza a meter su ropa en el bolso de viaje, con movimientos mecánicos, rápidos, decididos. Jon se queda en el porche, con el móvil en la mano, mirando el horizonte de Gredos. Siente que el aire le falta, que el pecho le aprieta de verdad. Por un lado, la lealtad ciega, cultural, el miedo al “qué dirán” en su tierra, el respeto casi sagrado a la figura materna que le han inculcado desde niño. Por el otro, la mujer que ama, la vida que ha construido en Madrid, la libertad de ser un adulto independiente).
(Jon mira el teléfono. Vuelve a marcar el número de la comisaría de Bilbao).
Jon: (Con la voz temblorosa) ¿Hola? ¿Cabo Martín? Sí, soy Jon Kortabarria otra vez…
Policía: Sí, dígame, señor Kortabarria. ¿A qué hora calcula que llegará? La señora sigue aquí, le hemos puesto un café pero insiste en que no piensa hablar con nadie más que con usted.
Jon: (Mira hacia la habitación por la puerta abierta. Ve a Lucía cerrando la cremallera de su maleta, con la mandíbula apretada. Jon cierra los ojos, toma aire profundamente, sintiendo cómo se la juega el todo por el todo) Verá, cabo… No voy a ir. No voy a ir ni hoy, ni mañana.
Policía: (Sorprendido) ¿Cómo? Pero… señor, su madre está aquí armada una buena.
Jon: Escúcheme con atención, por favor. Mi madre, Begoña Urquijo, tiene sus cuentas bancarias en perfecto estado. No le falta dinero, ni comida, ni medicinas. Lo que tiene es un problema grave de manipulación familiar. Ayer cancelé un viaje al extranjero porque fingió una enfermedad grave que resultó ser mentira. Hoy está usando a la jefatura de policía para obligarme a viajar a Bilbao porque no acepta que esté de vacaciones con mi esposa.
Policía: (Silencio al otro lado de la línea. Se oye un suspiro del agente, que empieza a entender la película) Vaya… O sea, que es un tema de dinámica familiar, por así decirlo.
Jon: Exactamente. Les pido disculpas en el alma por el tiempo que les está haciendo perder. Pero si yo voy hoy a Bilbao, mañana hará algo peor. Les ruego que la traten con el respeto que merece una mujer de su edad, pero si tienen que ponerle una multa por alteración del orden o obligarla a abandonar el edificio por la fuerza, háganlo. Yo no voy a acudir. Si se niega a irse a su casa, llamen a los servicios sociales o a una ambulancia psiquiátrica, pero yo no soy la solución a su problema.
Policía: Entendido, señor Kortabarria. Le agradezco la sinceridad. No es la primera vez que vemos un caso de estos, aunque reconozco que su madre tiene mucho temperamento. No se preocupe, gestionaremos esto desde aquí. Que tenga buena tarde.
ACTO XII: El contraataque de la reina madre
(Media hora después. En la sala de espera de la comisaría de Bilbao, Begoña Urquijo ve regresar al cabo Martín con el rostro serio. Ella se estira el abrigo de paño, se recoloca el bolso en el regazo y adopta su mejor postura de víctima desamparada).
Begoña: ¿Y bien, agente? ¿A qué hora llega el tren de mi Jon? Supongo que habrá cogido el de las siete, que es el más rápido. Prepárenme un papel para firmar lo que sea, que tengo que ir a casa a prepararle la cena, que el pobre llegará con hambre de tanto viaje…
Policía: Señora Urquijo, siéntese, por favor. He hablado con su hijo.
Begoña: Sí, ya lo sé. ¿Y qué ha dicho? Estará preocupadísimo, claro. Es que es un sol de hijo.
Policía: Su hijo ha dicho que no va a venir. Que no va a coger ningún tren. Y que sabe perfectamente que su cuenta del banco no está bloqueada y que todo esto es una estratagema para llamarle la atención.
(El rostro de Begoña sufre una transformación asombrosa. Las lágrimas fingidas desaparecen en una fracción de segundo. Sus ojos se entrecierran, volviéndose fríos y afilados como el acero de una navaja. Se levanta de la silla con una agilidad impropia de sus supuestos achaques).
Begoña: ¿Qué ha dicho qué? ¿Mi Jon ha dicho eso? ¡Eso es mentira! Eso lo ha dicho la lagarta esa con la que se ha casado. Ella le ha comido la cabeza, le ha puesto algo en el café para tenerlo atontado. ¡Mi hijo jamás me dejaría aquí!
Policía: Señora, modere el tono. Su hijo ha sido muy claro. Y nos ha autorizado a proceder si sigue interrumpiendo el trabajo de la oficina bancaria o de esta comisaría. Así que le voy a pedir que coja sus cosas, salga por esa puerta por su propio pie y se vaya a su casa. De lo contrario, nos veremos obligados a tramitar una denuncia por desórdenes públicos con su correspondiente sanción económica. Y créame, las multas no son baratas.
Begoña: (Mirando al policía con una furia contenida que hace temblar las paredes) ¿Una multa? ¿A mí? ¿A una contribuyente de toda la vida? ¡Esto es un ultraje! ¡Vergüenza os tendría que dar tratar así a una viuda!
Policía: La puerta está por ahí, señora Begoña. Que tenga un buen día.
(Begoña agarra su bolso con tanta fuerza que los nudillos se le ponen blancos. Camina hacia la salida con paso firme, rígido, sin rastro de mareos ni dolores de pecho. Al salir a la calle Gran Vía, el aire fresco de Bilbao le golpea la cara. Saca su teléfono móvil con dedos rabiosos. Teclea un mensaje de texto dirigido a Jon).
Mensaje de Begoña: “Has preferido a esa mujer antes que a tu propia madre. Has dejado que la policía me humille en mi propia ciudad. No vuelvas a llamarme. Para mí, desde hoy, ya no tienes madre. Quédate en Madrid con tu francesa o lo que sea esa individua. Dios te lo pagará con la misma moneda cuando tengas hijos”.
ACTO XIII: El pacto de la sierra
(De vuelta en Gredos. Jon está sentado en la cama de la habitación del hotel rural, con la cabeza entre las manos. Acaba de recibir el mensaje de texto de su madre. Lo lee una, dos, tres veces. Siente un dolor sordo en el estómago, pero ya no es el dolor del pánico, es el dolor de la decepción final. Sabe que ese mensaje es el último cartucho del arsenal de la manipulación: el castigo del silencio).
(Lucía entra en la habitación con el bolso colgado al hombro. Lo mira. Ve el móvil sobre la colcha y la actitud de Jon. Se acerca despacio, se sienta a su lado y le pone una mano en la rodilla).
Lucía: ¿Se lo has dicho de verdad?
Jon: (Con la voz ahogada) Sí. Se lo he dicho al cabo. No he ido, Lu. Me he quedado aquí.
Lucía: (Siente que se le quita un peso inmenso del pecho. Deja caer su bolso al suelo) ¿Y qué ha pasado?
Jon: (Le pasa el teléfono para que lea el mensaje) Mira. Su última obra de arte. Me deshereda emocionalmente. Dice que ya no tengo madre y que el karma me lo pagará. Lo de siempre, pero con música de drama operístico.
Lucía: (Lee el mensaje detenidamente, suspira y deja el teléfono a un lado) Lo siento mucho, Jon. De verdad. Sé que esto te duele en el alma. Ningún hijo quiere leer eso de boca de su madre.
Jon: ¿Sabes qué es lo más curioso? Que por primera vez en mi vida, al leer estas palabras, no siento ganas de llorar ni de pedir perdón. Siento… alivio. Siento que la venda se me ha caído del todo. Estaba dispuesto a destrozar mis días, mis ahorros y mi matrimonio por una mujer que, en cuanto no consigue lo que quiere, es capaz de decirme que ya no existo para ella. Eso no es amor de madre, Lu. Eso es propiedad privada.
Lucía: (Le abraza con fuerza, escondiendo la cabeza en su cuello) Gracias, Jon. Gracias por elegirnos. Por elegir nuestro futuro.
Jon: Gracias a ti por no dejar que me hundiera con ella. Si te hubieras ido hoy, me habría quedado completamente solo en mitad de una mentira.
Lucía: Bueno… ¿y ahora qué hacemos? Supongo que la ruta de las pozas naturales de mañana sigue en pie, ¿no?
Jon: Más que nunca. Y el móvil… se queda en la caja fuerte del hotel. Bloqueado. No existe Bilbao, no existen los bancos, no existe la policía. Solo tú y yo.
ACTO XIV: Un año después (El factor sorpresa)
(Salón del piso de Jon y Lucía en Madrid. Ha pasado un año entero. Las cosas han cambiado radicalmente. Hay plantas nuevas, cuadros más alegres y un ambiente de hogar maduro y asentado. En la mesa del comedor hay una tarta con una vela que tiene el número “1”. Es el primer aniversario de su viaje a la sierra, el día en que todo cambió).
(Jon está en la cocina preparando unas copas de vino. Lucía entra con una carpeta de documentos en la mano, con una expresión en la cara que mezcla la sorpresa, la intriga y un punto de nerviosismo).
Jon: ¡Ya casi está el asado, cariño! He comprado ese vino de Rioja que tanto te gusta para brindar. Por un año de paz mental y de terapia de pareja, que bien invertidos han estado esos euros.
Lucía: (Sentándose en la mesa, mirando la carpeta) Sí, Jon. Ha sido un año maravilloso. Un año de silencio absoluto desde el norte. Ni una llamada, ni un mensaje de Navidad, nada. Cumplió su palabra de no volver a hablarte.
Jon: (Sirviendo el vino, con tono maduro) Al principio fue raro, no te lo niego. Pero mi tía Edurne me ha ido diciendo por debajo de la mesa que está perfectamente, que va al hogar del jubilado, que viaja con el imserso a Benidorm y que está más activa que nunca. O sea, que su “enfermedad terminal” y su “pobreza absoluta” se curaron milagrosamente en cuanto se le acabó el chollo de controlarme. Me alegro por ella, de verdad. Que viva su vida, que yo vivo la mía.
Lucía: Ya… sobre eso, Jon. Ha llegado una carta esta mañana por correo certificado. Viene del País Vasco. De un bufete de abogados de Bilbao.
Jon: (Se le congela la botella de vino en la mano. Siente un escalofrío familiar, pero esta vez mantiene el control) ¿Abogados? ¿Qué pasa ahora? ¿Me va a denunciar por abandono de hogar a mis treinta y tres años? ¿O quiere desheredarme de la casa familiar? Que se la quede entera si quiere, no quiero un duro que venga con condiciones.
Lucía: No es una denuncia, Jon. Abre la carpeta. Lo he leído antes de que llegaras porque venía a tu nombre pero con el sello de urgencia notarial.
Jon: (Deja la botella, coge el papel con cierta reticencia y empieza a leer en voz alta) “Estimado señor Kortabarria. Por la presente, le notificamos que su madre, doña Begoña Urquijo, ha procedido a la venta formal del inmueble situado en la calle Licenciado Poza de Bilbao…” Espera, ¿ha vendido su piso? ¿Dónde va a vivir ahora?
Lucía: Sigue leyendo, Jon. Sigue leyendo la segunda página.
Jon: “…Asimismo, se le comunica que, de acuerdo con las cláusulas de reinversión patrimonial firmadas por la citada señora, se ha realizado una adquisición inmobiliaria a su nombre y de forma vitalicia en la localidad de…” (Jon se detiene. Sus ojos se abren como platos. El papel le tiembla en la mano) No… No puede ser. Esto es una pesadilla. Esto no es real.
Lucía: (Con la voz temblorosa, entre la risa histérica y el pánico puro) Sí, Jon. Es real. Míralo bien.
Jon: “…una adquisición inmobiliaria en el piso tercero izquierda de la calle de la Paloma, número 14, Madrid”. ¡Lucía! ¡Esa es la calle paralela a la nuestra! ¡Está a menos de cincuenta metros de nuestro portal!
ACTO XV: La tela de araña nunca desaparece
(Jon se deja caer en la silla, con el documento notarial entre los dedos. El vino de Rioja se queda olvidado sobre la mesa. La estrategia de Begoña da un giro de trescientos sesenta grados. El castigo del silencio del último año no era más que la preparación del asalto final. No pudiendo atraer al hijo al norte mediante el chantaje, ha decidido trasladar el norte al centro de la península).
Jon: Ha vendido su vida entera, Lu. Sus amigas, su barrio de toda la vida, su tía Edurne… Lo ha vendido todo para comprar un piso a la vuelta de nuestra esquina. Sin avisar. Sin decir una palabra en doce meses.
Lucía: ¡Es una jugada maestra! (Se levanta, caminando nerviosa por el salón) Nos dejó en paz un año entero para que nos confiaremos, para que pensáramos que habíamos ganado, que teníamos el control de nuestras vidas. Y mientras tanto, estaba gestionando la venta del piso y los papeles con la inmobiliaria de Madrid. ¡Nos ha flanqueado, Jon! ¡La tenemos encima!
Jon: Pero ¿cómo va a vivir aquí sola? No conoce a nadie en Madrid. No sabe moverse por estas calles.
Lucía: ¡Ese es el plan, mi amor! ¡Ese es el maldito plan! Ahora ya no necesitará inventarse que está enferma en Bilbao para que vayas en autobús. Ahora le bastará con llamarte a las diez de la noche porque “no entiende el funcionamiento de la caldera nueva”, o porque “se ha asustado con el ruido del tráfico”, o porque “necesita que su hijo le baje la basura porque le duelen las piernas”. Estará a un minuto andando de nuestra puerta. Si no le coges el teléfono, se presentará aquí en bata.
Jon: (Mirando por la ventana, como si pudiera ver la silueta de su madre recortada en el edificio de enfrente) Es increíble. Es verdaderamente increíble. Qué tenacidad… Qué capacidad para no dar su brazo a torcer jamás.
Lucía: Jon, mírame. Esto cambia las reglas del juego por completo. Una cosa era gestionar la distancia a base de llamadas y firmeza, y otra muy distinta va a ser salir a comprar el pan el sábado por la mañana y encontrarte a tu madre sentada en la terraza de abajo vigilando quién entra y quién sale de nuestro portal. Yo no puedo vivir así. Siento que tengo un ojo de Gran Hermano instalado en la nuca.
Jon: Espera, Lu. Déjame pensar. El documento dice que la compra está realizada, pero la entrega de llaves y el traslado efectivo se especifican para el día quince del mes que viene. Eso nos da tres semanas.
Lucía: ¿Tres semanas para qué? ¿Para cambiar de identidad y huir a Nueva Zelanda? Porque te aseguro que es lo único que se me ocurre a estas alturas.
Jon: (Una chispa de picardía y determinación, afinada tras un año de madurez, se enciende en sus ojos) No. Tres semanas para aplicar la misma medicina que ella nos ha estado recetando toda la vida. Ella cree que nos ha pillado por sorpresa, que va a llegar aquí como la reina madre a tomar posesión de su nuevo territorio y que nosotros vamos a tener que adaptarnos a su presencia.
Lucía: ¿Y qué tienes pensado hacer? ¿Vas a ir a prohibirle que se mude? Legalmente no puedes hacer nada, el piso lo ha comprado con su dinero y está a su nombre. Tiene todo el derecho del mundo a vivir donde le dé la gana.
Jon: Por supuesto que tiene derecho. Y no le voy a prohibir nada. De hecho, la voy a recibir en la estación de Atocha con un ramo de flores el día que llegue. Le voy a dar un abrazo enorme, le voy a decir que la he echado de menos y que me alegro muchísimo de tenerla tan cerca.
Lucía: (Mirándolo como si se hubiera vuelto loco de repente) ¿Te has tomado el vino antes de tiempo o qué te pasa? ¿Te estás rindiendo de verdad después de todo lo que hemos pasado?
Jon: (Riendo con ganas, una risa que desconcierta a Lucía) No, mi amor. No me estoy rindiendo. Escúchame bien. Tu empresa lleva meses ofreciéndote la subdirección de la delegación de Sevilla, ¿verdad? Ese puesto que rechazaste a principios de año porque no querías que tuviéramos que mudarnos y pasar por el jaleo de buscar piso en el sur.
Lucía: (Empieza a abrir los ojos, captando la idea de Jon, una sonrisa maliciosa empieza a dibujarse en sus labios) Sí… El puesto sigue vacante. El director general me lo volvió a comentar el martes pasado en el almuerzo. Dijo que estarían encantados de trasladarme con un aumento del veinte por ciento y los gastos de mudanza pagados por la compañía.
Jon: Pues mañana mismo vas a ir a la oficina y vas a aceptar ese puesto, Lucía. Vas a firmar el contrato con fecha de incorporación para el día uno del mes que viene.
Lucía: ¡Jon! ¡Eso es dos semanas antes de que tu madre llegue a Madrid!
Jon: Exacto. Vamos a poner nuestro piso de Madrid en alquiler de inmediato. Hay una demanda tremenda en esta zona, lo alquilamos en tres días seguro. Nos buscamos una casa preciosa con patio en el barrio de Santa Cruz, en Sevilla, donde hace calor, se vive de maravilla y la gente es encantadora.
Lucía: Pero… ¿y tu trabajo?
Jon: Mi empresa tiene oficina en Sevilla también, y desde la pandemia el ochenta por ciento de mi departamento está en teletrabajo. Si pido el traslado por motivos familiares y de promoción de mi cónyuge, me lo conceden en una tarde. El jefe de personal me tiene un aprecio tremendo.
Lucía: (Dando palmas de la emoción, casi saltando sobre él) ¡Dios mío, Jon! ¡Es una genialidad! Begoña vende su joya de piso en Bilbao, se gasta los ahorros de su vida en meterse en el centro de Madrid para estar encima de nosotros… y cuando llegue con las maletas y los camiones de mudanza a la calle de la Paloma, se va a encontrar con que su hijo y su nuera están viviendo a quinientos kilómetros de distancia, disfrutando del color especial de Sevilla.
Jon: (Tomando su copa de vino y brindando con el aire) Ella pensaba que la partida de ajedrez se jugaba en un tablero de dos calles. No contaba con que nosotros sabemos mover las piezas por todo el mapa. Le dejaremos una nota muy bonita de bienvenida en su nuevo buzón. Con una dirección de correos para que nos escriba… si le apetece.
ACTO XVI: La última mudanza
(Tres semanas después. Calle de la Paloma, Madrid. Un gran camión de mudanzas con matrícula de Bilbao está aparcado en doble fila. Dos operarios cansados descargan muebles de madera maciza, pesados, de esos que solo se fabrican en el norte. Begoña Urquijo baja de un taxi, vestida con sus mejores galas, mirando el cielo de Madrid con aire de conquistadora. Tiene las llaves del piso nuevo en la mano).
Begoña: (Para sí misma, con una sonrisa de autosuficiencia) Ay, Begoñita… Qué lista has sido. Un año de hacerte la dura, de no contestar a los mensajes, de hacerles creer que te habías rendido… y mira ahora. A la vuelta de la esquina. Ya verás qué cara pone la Lucía cuando me vea aparecer esta tarde a la hora del café con una bandeja de pasteles. Se le va a cortar la digestión para el resto del año. Y mi Jon… mi Jon en el fondo se va a alegrar. Estará deseando que su madre le prepare esas croquetas que tanto le gustan.
(Begoña sube al piso nuevo. Los operarios dejan las cajas en el salón. Ella se acerca a la ventana, mira hacia la calle paralela, localizando perfectamente el edificio donde viven su hijo y su nuera. Saca su teléfono móvil. Ha llegado el momento de dar el gran golpe de efecto).
Begoña: (Marcando el número de Jon, con voz triunfal, recuperando el tono fuerte y norteño) ¡Jon! ¡Aúpa, hijo! A que no sabes desde dónde te llamo… Dale el teléfono a tu mujer, que quiero oír la gracia que le hace saber que desde hoy nos vamos a ver muy a menudo. ¡Estoy en Madrid, hijo! He comprado el piso de la calle de la Paloma. Estoy viendo vuestro tejado desde mi ventana ahora mismo. Bajad a ayudarme con las cajas, anda, que los de la mudanza me lo están dejando todo manga por hombro.
(Al otro lado de la línea se oye un ruido extraño. No es el tráfico de Madrid. Se oye un sonido de guitarras de fondo, un bullicio alegre, un ambiente luminoso y el canto de unos pájaros que no suenan a ciudad castellana. La voz de Jon suena relajada, limpia, completamente desprovista de la antigua tensión familiar).
Jon: ¡Hola, mamá! Qué alegría oírte. Vaya, así que al final se ha confirmado lo del piso de Madrid. Ya nos llegó la carta del notario el mes pasado. Felicidades por la compra, esa zona está muy bien comunicada.
Begoña: (Se le corta la sonrisa de golpe. Se queda paralizada en mitad del salón vacío) ¿Cómo que felicidades? ¿Cómo que ya lo sabías? ¿Y por qué no me habéis llamado? Venga, dejad las tonterías y bajad, que os estoy esperando.
Jon: Uy, mamá… Va a ser un poco difícil que bajemos. Verás, es que ya no vivimos ahí.
Begoña: ¿Qué? ¿Cómo que no vivís ahí? ¿Os habéis cambiado de barrio? No me digas que os habéis ido a las afueras, a esos chalets de ricos… ¡Jon, no me hagas esto! ¡Dime dónde estáis!
Jon: No nos hemos ido a las afueras, mamá. Nos hemos ido a Sevilla. A Lucía le han dado un puesto directivo importantísimo con un sueldo espectacular, y a mí me han trasladado la oficina aquí. Llevamos ya diez días instalados en una casa preciosa con un patio lleno de macetas y un naranjo que da una sombra maravillosa. De hecho, ahora mismo estábamos celebrándolo en una terraza cerca de la Giralda, tomando unas tapas al sol.
Begoña: (Siente que el suelo se le mueve bajo los pies de verdad, esta vez sin fingimientos. El bolso de marca le resbala del brazo y cae sobre una caja de cartón) ¿Se… Sevilla? ¿Andalucía? Pero… ¡pero si eso está en la otra punta de España, Jon! ¡Que hace un calor espantoso! ¡Que ahí la gente habla que no se les entiende! ¿Cómo os vais a ir allí? ¿Y mi piso? ¿Y los ahorros que me he gastado para estar cerca de ti?
Jon: Haber preguntado antes de comprar, mamá. Si nos hubieras llamado en este último año para hablar como personas normales, en lugar de jugar al castigo del silencio, te habríamos contado nuestros planes. Pero decidiste hacer las cosas a tu manera, a escondidas, como siempre. Nosotros hemos hecho lo mismo. Hemos buscado nuestro futuro.
Begoña: (Al borde del ataque de nervios, con la voz rota por la rabia y la impotencia absoluta) ¡Esto es una traición! ¡Es una venganza de esa mujer! ¡Ella lo ha planeado todo para alejarte de mí! ¡Me habéis dejado tirada en Madrid, sola en una ciudad que no conozco! ¡Jon, vuelve ahora mismo! ¡Pide la baja, pide lo que sea! ¡No me puedes hacer esto a tu madre!
Jon: (Con un tono de voz firme, pausado, el tono de alguien que ha ganado la paz definitiva y ya no tiene miedo a los fantasmas del pasado) No, mamá. No voy a volver. Y no es ninguna traición, es la vida. Disfruta de Madrid, es una ciudad fantástica con muchos museos y actividades para la jubilación. Y cuando quieras venir a vernos, nos avisas con tiempo. Te buscaremos un hotel rural precioso por aquí cerca… de esos que tienen el móvil apagado. Cuídate mucho, mamá. Un beso de parte de Lucía.
(Jon cuelga el teléfono).
ACTO XVII: El sol del sur
(En la terraza de Sevilla, el sol ilumina las caras de Jon y Lucía. Jon deja el teléfono sobre la mesa, mira a su esposa y respira el aire cargado de azahar. Lucía le tiende la mano, con los ojos brillantes de admiración).
Lucía: ¿Se lo ha tomado muy mal?
Jon: Ha gritado un poco, lo habitual. Ha mencionado el calor, la distancia y la traición del siglo. Pero luego ha colgado. Esta vez, Lu… esta vez sé que es el final del juego. Ha entendido que por mucho que intente mover los hilos, nosotros ya volamos libres.
Lucía: (Brindando con su copa) Por el aire del sur, por las decisiones valientes y por los billetes de vuelta que nunca tuvimos que coger.
Jon: Por nosotros, mi amor. Por fin, por nosotros.
(Ambos chocan sus copas bajo el cielo de Sevilla, dejando atrás de una vez y para siempre la larga sombra del chantaje emocional, mientras en un piso vacío de Madrid, una madre vasca empieza a comprender que el verdadero poder de un hijo no está en la obediencia, sino en la capacidad de elegir su propio destino).