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El millonario fue rechazado en una cita a ciegas en Navidad… pero la mesera conquistó su corazón

“Algo así”, murmuró él incómodo. “En nochebuena, eso debería ser delito”, dijo ella con tono teatral, llevándose una mano al pecho. Prisión mínima de 6 meses por crueldad sentimental. Alejandro soltó una risa leve. No creo que sea tan grave. ¿Cómo que no? Replicó ella señalándolo con su bolígrafo. Lleva aquí desde las 8.

 Se acomodó tres veces en la silla, revisó el móvil 20 y hasta movió los cubiertos como si fuera a empezar una coreografía. Alejandro arqueó la ceja sorprendido. Me ha estado observando todo el tiempo. No observando, monitorizando, aclaró con seriedad. Es distinto. Observar lo hacen los acosadores. Monitorear es responsabilidad profesional.

Le tendió la mano. Soy Valeria y este restaurante es mi territorio. Encantado, respondió él divertido. Lo sé. Hablo mucho. Mi madre dice que nací sin el botón de callar, pero bueno, volviendo a su tragedia navideña, la ha llamado tres veces. No contesta. Valeria chifló bajito. Tres veces después de la segunda, ya tenía que haberse ido. Falta de respeto total.

Oiga, protestó Alejandro, pero sonreía. Le soy sincera dijo ella inclinándose un poco hacia él. en tono cómplice. Cualquier persona que te deja esperando más de media hora sin avisar solo puede estar en dos situaciones. O la secuestraron los extraterrestres o no le importas lo más mínimo. Y como las abducciones son raras en Madrid, me inclino por la segunda.

 Alejandro la miró sorprendido. Siempre es así de directa. Siempre es parte de mi encantó, respondió con un guiño. Pero dígame, ¿qué tipo de mujer es esta tal Nora? Solo por curiosidad. Abogada corporativa, graduada en Harvard. Lo sabía, dijo Valeria golpeando la mesa. Déjeme adivinar. Traje base, vino blanco, bolso carísimo y conversación de yoga y networking.

Alejandro se quedó callado unos segundos. antes de reír. ¿Cómo lo has sabido? Tengo un don, respondió orgullosa. Hay gente que habla con espíritus. Yo adivino el tipo de persona que deja plantada a los demás. Talento inútil, pero mío. Alejandro soltó una carcajada sincera por primera vez en toda la noche. Está loca.

Prefiero decir honestamente creativa, contestó ella, apuntándole otra vez con el bolígrafo. Déjeme adivinar ahora a usted, empresario. Muchas horas de trabajo, su mejor amigo es el café y practicó frente al espejo lo que iba a decir en esta cita. No practiqué frente al espejo dijo él riendo, pero acertó en casi todo lo demás.

 Todo el mundo practica, aseguró Valeria. En mi última cita ensayé tres días como contar que mi gato se comió mi pasaporte dos días antes de un viaje. ¿Y sabe qué pasó? El tipo era alérgico a los gatos y tenía miedo a volar. Dos temas prohibidos en un mismo minuto. Me quedé mirándolo y solo pude decir, “¿Te gustan las plantas? Horrible.” Alejandro reía a carcajadas atrayendo las miradas de otras mesas.

Vale, vale, ganó. Salir con alguien es un desastre universal. Exacto. Pero que te dejen plantado en Nochebuena, eso merece medalla. Gracias, me siento mucho mejor, dijo él con ironía. De nada, para eso estoy aquí, sonrió ella. Le voy a decir la verdad. Una mujer que te deja esperando una hora y 20 en Nochebuena no merece ni tu tiempo, ni tu dinero, ni esa sonrisa torcida que estás intentando esconder.

No tengo una sonrisa torcida. Si la tienes, pequeña, medio tímida, como si pidieras permiso para sonreír. Así puso una cara ridícula imitando la expresión. Alejandro no pudo evitar reír otra vez. No hago eso. Sí lo hace. Pero tranquilo, he visto peores. La semana pasada vino un hombre que usó su corbata como servilleta.

¿Qué está inventando eso? Juro por Papá Noel que es verdad. Levantó la mano con solemnidad. Y como hoy es Nochebuena, la promesa cuenta doble. Pero bueno, basta de desastres ajenos. Vamos a arreglar el suyo. Mi desastre no tiene arreglo. Claro que sí. Valeria se animó de golpe. Vas a pedir el mejor plato del restaurante, comer hasta quedar satisfecho, tomar un vino que cueste más que mi sueldo y yo me encargaré de que te rías al menos cinco veces antes de que te vayas.

 Promesa navideña. Cinco veces. Eh, suena específico. Ya van tres, dijo ella sonriendo. Así que solo faltan dos. Y ni se te ocurra pedir ensalada, que eso debería ser ilegal en Nochebuena. No iba a hacerlo. Menos mal, porque te juzgaría dijo inclinándose hacia adelante. A ver, ¿qué vas a querer? Que tenga queso. Mucho queso.

 El queso cura la tristeza. Está comprobado científicamente. Científicamente. Lo leí en internet, así que debe ser cierto. Anda, di algo con carbohidratos. Ravioles, lasaña, risoto. Alejandro reía. Vale, ravioles con mucho queso. Por fin una decisión sensata. anotó con entusiasmo fingido. 100 puntos en mi escala de clientes decentes.

¿Tiene una escala? Claro, todo buen profesional necesita un sistema. Guardó la libreta y lo señaló. Ahora no quiero verte mirando esa silla vacía como si se acabara el mundo. No es el fin del mundo, solo una cita fallida. Sobrevivirás. ¿Cómo lo sabe? Porque te estás riendo, dijo ella. triunfante. Si puedes reírte después de que te planten, tu base emocional es sólida.

Créeme, sé de personas. Alejandro negó con la cabeza sonriendo. Estás completamente loca. Gracias. Es el mejor cumplido que he recibido hoy respondió ella, dándose la vuelta para ir a la cocina. Ah, y Alejandro, esa tal Nora perdió a alguien que vale la pena. La mayoría de la gente buena es rara. Y tú lo pareces.

 Con un tintineo de los pendientes con forma de campana que llevaba, desapareció entre las mesas. Por primera vez esa noche, Alejandro dejó de pensar en la silla vacía. Pensó en la camarera que acababa de convertir la peor noche del año en una de las más divertidas que había tenido en mucho tiempo. Pocos minutos después, Valeria regresó con una cesta de pan caliente y mantequilla, colocándola frente a él con un gesto teatral.

 Entrada cortesía de la casa. Bueno, en realidad mía. Convencí al chef diciéndole que estabas teniendo la peor noche de tu vida. Se inclinó para susurrar. Exageré un poquito. Le dije que tu pez dorado había muerto. Alejandro casi escupió el agua de la risa. ¿Qué? Tranquilo. El chef es muy sensible. Tiene cinco acuarios en casa. Funcionó.

Y técnicamente no mentí. Tu cita murió metafóricamente. No tienes remedio dijo él riendo sin parar. Lo sé. Mi madre dice que debería trabajar en ventas. Puedo convencer a cualquiera de lo que sea respondió mientras se sentaba un momento. No hay muchos clientes ahora. Tengo unos minutos. Cuéntame cómo acabaste en esto de las citas a ciegas. Pareces un tipo normal.

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