El tipo de cantina donde nadie juzga a nadie y donde la música que sale del Tocadiscos o del músico del rincón es parte del aire que se respira. Pidieron tequila, pidieron botana. se sentaron en una mesa cerca del fondo donde había menos gente y más privacidad. [música] Los amigos de Pedro hablaban entre ellos, se reían de algo que había pasado durante la filmación y [música] Pedro estaba ahí, pero con la mirada un poco perdida, o como le pasaba cuando estaba pensando en algo que no decía.
Fue entonces cuando lo vio. Estaba en una mesa al otro lado del salón, solo con su mezcal y su sombrero. Un hombre de unos 30 años, tal vez 32, [música] con ropa de trabajo limpia, pero sencilla. No era un hombre de cantinas de lujo, eso se veía. Era de los que trabajan con las manos y al final del día buscan un lugar tranquilo donde sentarse a no pensar por un rato.
Pero lo que detuvo a Pedro no fue su ropa, ni su sombrero, ni su vaso [música] de mezcal, fue su cara. Pedro parpadeó. Pensó que era el cansancio. Pensó que era la luz amarilla del lugar jugándole trucos a los ojos. se talló los ojos discretamente como queriendo borrar la imagen y que apareciera una distinta, pero no, [música] ahí estaba la misma imagen.
Uno de sus amigos, que se llamaba Ernesto y que llevaba años tocando con Pedro, notó que Pedro se había quedado callado de repente, siguió la dirección de su mirada y cuando vio al hombre de la otra mesa, tardó unos segundos en procesar lo que estaba viendo. Luego se inclinó hacia Pedro y le dijo en voz baja, con esa mezcla de asombro y de risa que le da uno cuando no sabe bien si lo que está viendo es real, que parecía que se estaban mirando en un espejo roto, Pedro no respondió.
Seguía mirando al hombre. El hombre todavía no se había dado cuenta de que lo estaban observando. Estaba concentrado en su vaso, [música] en sus pensamientos, con esa pose de quien lleva un peso que no es de hoy, sino de mucho antes. De vez en cuando levantaba la vista hacia el tocadiscos como siguiendo la música y luego volvía a bajarla.
Y en uno de esos momentos de cuando levantó la vista, sus ojos se cruzaron con los de Pedro. Fueron apenas 2 segundos, tres tal vez, [música] pero en esos dos o tres segundos pasó algo que ninguno de los dos supo nombrar del todo. El hombre frunció el ceño levemente como tratando de entender qué veían sus ojos. Pedro sostuvo la mirada sin moverse y los amigos de Pedro, que ahora los estaban observando a los dos, se habían quedado completamente callados.
Entonces el hombre de la otra mesa se puso de pie, no con agresividad, no con susto. Se puso de pie despacio con la dignidad tranquila de un hombre que está acostumbrado a enfrentar lo que sea sin drama. Tomó su sombrero, lo giró entre las manos un momento y caminó hacia la mesa de Pedro. Caminó exactamente como caminaba Pedro, no porque lo estuviera imitando, sino porque así era como ese hombre caminaba.
No, con ese paso seguro y ligeramente balanceado que Pedro tenía, esa manera de avanzar que no era arrogante, pero tampoco era insegura, que era simplemente la de alguien que sabe dónde están sus pies, se paró frente a la mesa, los miró a todos, pero principalmente a Pedro, y dijo con una voz que hizo que los amigos de Pedro se miraran entre ellos sin saber si reír o asustarse, [música] que quería pedirles una disculpa por la interrupción, pero que necesitaba saber si ellos también estaban viendo lo que él creía estar viendo.
Pedro se levantó. Los dos hombres quedaron de pie frente a frente, separados por menos de un metro bajo la luz amarilla de esa [música] cantina. Y el silencio que cayó sobre esa mesa fue de los que pesan. [música] Eran la misma persona, ¿no? Exactamente. Claro, nadie es exactamente igual a nadie, ¿eh? Pero la semejanza era de esas que dan escalofrío.
La mandíbula, la nariz, la frente ancha, los ojos oscuros y vivos, la forma de pararse, la anchura de los hombros. Si los hubieras puesto a los dos en una fotografía y te la hubieran enseñado sin decirte nada, habrías tardado en encontrar la diferencia. Pedro extendió la mano. El otro hombre la tomó y Pedro dijo algo que los que estuvieron ahí recordarían por el resto de sus vidas.
dijo sin perder la sonrisa, sin el menor asomo de pretensión, que él no sabía si debía sentirse halagado o asustado, pero que de cualquier manera ese hombre le debía una copa porque lo había dejado sin palabras y eso no le pasaba seguido. El hombre [música] soltó una carcajada y esa carcajada fue también la de Pedro. Se sentaron juntos.
Su nombre era Aurelio. Aurelio González. [música] Trabajaba en la construcción en una empresa que estaba levantando edificios nuevos en la colonia Roma. Uno de los barrios que estaba creciendo en esos años [música] era de Jalisco, de un pueblo cerca de Guadalajara y había llegado a la Ciudad de México hacía 4 años buscando lo que buscaban todos los que llegaban de fuera.
trabajo, estabilidad, la posibilidad de mandarte un poco de dinero a tu familia [música] y de ir construyendo algo propio, aunque fuera de a poquito. No era fanático del cine, dijo. No con orgullo, sino simplemente como un hecho. Trabajaba tanto que rara vez tenía tiempo ni dinero para el cine. Sabía quién era Pedro Infante.
Claro, igual que todo México sabía quién era Pedro Infante, pero no había visto más de una o dos de sus películas. Pedro lo escuchó con atención genuina. Oye, no con esa pene atención de quien espera su turno para Parna eh hablar, sino con la atención real de quien está interesado en lo que el otro tiene que decir.
Le preguntó de su pueblo, de su familia, de cómo era el trabajo en la construcción, de si extrañaba Jalisco. Y Aurelio, [música] que al principio había llegado a esa mesa con la guardia arriba, con esa desconfianza natural del hombre de trabajo frente a lo desconocido, fue soltándose poco a poco, porque Pedro tenía ese don, no era magia ni era técnica.
era que Pedro realmente quería saber, realmente le importaba la historia del otro hombre y eso se siente, eso no se puede fingir. Aurelio contó que tenía mujer y tres hijos en Jalisco, que los veía cuando podía, que no era tan seguido como quisiera, pues que el dinero alcanzaba para lo básico, pero que la idea de traerse a la familia a la ciudad todavía se veía lejos, que los fines de semana eran los días que más pesaban, porque era cuando uno se daba cuenta de lo solo que estaba.
Dijo todo eso sin queja, con esa resignación serena del hombre que acepta lo que le tocó, pero que no por eso lo celebra. Pedro lo escuchó sin interrumpir y cuando Aurelio terminó, Pedro no dijo nada por un momento. Se quedó mirando su vaso como pensando y luego levantó la vista y le dijo que lo que Aurelio hacía, dejar a su familia para trabajar lejos y mandarse el dinero, era una de las formas más serias y más calladas de creer que existían, que mucha gente no lo veía así porque no hacía ruido ni salía en las canciones, pero que era
amor de adeveras. Aurelio lo miró fijo un segundo y luego bajó la vista. Uno de los amigos de Pedro, Ernesto, diría después que en ese momento vio que a Aurelio le brillaron los ojos. No lloró. Los hombres de esa época y de ese mundo no lloraban en público, pero los ojos se le pusieron brillantes por un instante y eso fue suficiente para entender lo que estaba pasando por dentro.
Siguieron platicando. El tequila y el mezcal fueron y vinieron. Alguien en la cantina puso en el Tocadiscos una canción de Pedro, una de las rancheras que ya se sabían todos. Y hubo un momento extraño y gracioso en que la voz de Pedro Infante salió por el alta voz y el mismo Pedro Infante estaba sentado ahí abajo en una mesa escuchándose cantar.
Aurelio lo miró con una ceja levantada entre divertido y sorprendido, y le preguntó cómo se sentía eso escucharse a uno mismo así. Y Pedro se rascó la cabeza, rió de lado y dijo que honestamente a veces le resultaba raro, que había canciones que cuando las escuchaba le parecía que las había cantado otro, que el [música] que estaba ahí en el estudio frente al micrófono era una versión de él que ya no reconocía del todo, que el Pedro de las películas y el Pedro de las canciones era real, pero también era un personaje y que a veces se le mezclaban
los dos y tenía que hacer un esfuerzo [música] para saber cuál era cuál. Esa honestidad dejó a Aurelio sin respuesta por un momento. Luego dijo que nunca había pensado en eso, [música] que para él y para la gente como él, Pedro era simplemente Pedro, el de la pantalla, el de la radio, [música] el que cantaba lo que todos sentían, pero no sabían decir.
Y Pedro dijo con una sencillez que era pura, que eso era lo único que de verdad le importaba, que la gente se reconociera, que cuando pusieran una canción suya en la cocina o en la sala, alguien la escuchara y pensara, eso es exactamente lo que yo siento. Eso es exactamente lo que no puedo decir con mis propias palabras, que si lograba eso, ya había hecho suficiente.
Si esta historia te está llegando al corazón, si reconoces en lo que está diciendo Pedro algo que también sientes tú o que sentía alguien que querías, entonces eres exactamente la clase de persona que este canal quiere reunir. Gente que todavía valora lo que Pedro Infante representó para México.

Gente que sabe que detrás de las películas y las canciones había un hombre real con una humanidad real [música] que vale la pena conocer de verdad. Suscríbete al canal si todavía no lo has hecho. Aquí guardamos su memoria con el cariño y el respeto que se merece. La noche fue avanzando. [música] En algún momento, uno de los músicos que tocaba en la cantina, un violinista viejo con las manos llenas de callos, se acercó [música] a la mesa.
Había reconocido a Pedro un rato antes, pero había esperado, respetando el momento, sin querer interrumpir. Y ahora [música] se acercó con su violín, no para pedir dinero ni para ni para hacer show, sino simplemente para ofrecer algo. Le preguntó a Pedro si le podía tocar algo. Pedro le dijo que sí, que tocara lo que quisiera.
El violinista pensó un momento, acomodó [música] el instrumento bajo el mentón, cerró los ojos y comenzó a tocar 100 años esa canción, esa canción que Pedro había grabado y que se había convertido en una de las que la gente asociaba con él de manera inmediata, de esas [música] canciones que uno no puede escuchar sin que algo se mueva dentro y sin que aparezca en la mente el rostro de alguien que se fue o [música] de alguien que se extraña.
La cantina fue bajando el ruido poco a poco, como si el lugar entero entendiera que estaba pasando algo que merecía silencio. Y Pedro, con Aurelio a su lado, escuchó la canción que era suya, pero que en ese momento era de todos. Nadie habló mientras duró. El violinista tocó completa, sin apresurarse, con ese tipo de entrega que solo tienen los músicos que tocan de verdad y no de oficio.
Y cuando terminó la última nota y el silencio se cerró de nuevo, hubo un momento de quietud que parecía sagrado. Pedro aplaudió. La cantina entera aplaudió y Aureli vio, que no era hombre de cine ni de canciones, [música] que había llegado a esa mesa como extraño y se había quedado como algo distinto, aunque todavía no supiera bien cómo llamarlo.
[música] Eh, tenía la mirada perdida en la mesa con los dedos apretando el vaso de mezcal. Pedro lo miró y sin decir nada levantó su vaso hacia él. Aurelio levantó el suyo, brindaron en silencio. Fue en ese momento, en esa fracción de la noche, cuando todo cambió, porque Pedro hizo algo que nadie esperaba, ni Ernesto, ni el otro amigo que estaba en la mesa, ni el violinista, ni probablemente el mismo Aurelio.
Pedro se inclinó hacia Ernesto y le dijo algo al oído. Ernesto lo miró, abrió un poco los ojos y luego asintió despacio, como quien entiende y aprueba al mismo tiempo. Entonces Pedro se volvió hacia Aurelio y le preguntó si tenía trabajo al día siguiente. Aurelio dijo que sí, que tenía que estar en la obra a las 6 de la mañana.
Pedro le preguntó si podía tomarse un día libre, si tenía manera de avisarle a alguien. Pues Aurelio lo miró sin entender a dónde iba eso. Le dijo que podría avisarle al capataz que no era lo ideal, pero que se podía arreglar. que por qué. Y Pedro le dijo que tenía una idea, que era una idea un poco loca, pero que si Aurelio tenía tantita confianza y tantito valor, podría ser algo que ninguno de los dos olvidaría.
Aurelio lo miró un buen rato, calculando ese instinto del hombre de trabajo que sabe leer a la gente, porque de eso depende a veces tomar buenas o malas decisiones. Lo que vio en la cara de Pedro fue suficiente. Dijo que estaba adentro. Lo que Pedro tenía en mente era simple y al mismo tiempo completamente descabellado.
Al día siguiente tenía que estar en los estudios Chur Busco, donde estaba filmando. Y había una escena, una escena [música] concreta que tenían programada para esa mañana e en la que su personaje aparecía de lejos caminando por una calle y se detenía frente a una ventana. Era una escena técnicamente sencilla, nada de diálogos, nada de primer plano, [música] solo una figura que camina y se detiene.
Y el director, que era hombre de ideas claras y plazos apretados, había comentado el día anterior que si hubiera manera de filmar esa escena sin Pedro para aprovechar su tiempo en otras tomas más complejas, lo agradecería. Pedro lo había escuch lo había escuchado y en ese momento no había dicho nada, [música] pero la idea había quedado dando vueltas en algún rincón de su cabeza.
Y ahora, [música] frente a su doble de carne y hueso, la idea había terminado de aterrizar. Ernesto le advirtió [música] que eso podía ser un problema, que el director tendría que saber, que había reglas en los estudios, eh, que si alguien decía algo en el lugar equivocado podía armarse un lío. Pedro le dijo que Ernesto tenía razón en todo eso, pero que a veces las mejores historias nacen exactamente de los momentos en que uno decide no hacerle caso a lo razonable.
[música] Aurelio los escuchaba a los dos siguiendo la conversación como quien ve un partido de tenis sin perder detalle. Cuando Pedro terminó de explicar, Aurelio se quedó callado un momento. Luego preguntó con una seriedad completamente inesperada que si alguien se daba cuenta quién iba a pagar las consecuencias, si él iba a quedar en problemas.
Pedro lo miró directo a los ojos. le dijo que no, que si algo salía mal, él lo asumía todo, que Aurelio no era nadie en ese asunto más que un hombre al que él le había pedido un favor y que eso era responsabilidad de Pedro, no de Aurelio. Esa respuesta fue la que terminó de convencer a Aurelio, porque un hombre que cuando algo puede salir mal dice que lo asume él, ese hombre merece confianza.
Eso Aurelio lo sabía de siempre. Dijo que sí. Esa noche no durmieron mucho. Ernesto llevó a Aurelio al departamento de un conocido donde pudo dormir unas horas. Le prestaron ropa que por suerte en términos de contextura no era difícil de ajustar porque los dos hombres tenían una complexión parecida. Le explicaron más o menos cómo comportarse, qué esperar, dónde pararse.
Y a las 5 de la mañana del día siguiente, Aurelio González, albañil de Jalisco, llegó a los estudios Churbusco haciéndose pasar por Pedro Infante. Nadie lo cuestionó. El asistente que estaba en la entrada aquella mañana era nuevo, eh, lo suficientemente nuevo como para que el nerviosismo le impidiera fijarse en los detalles.
[música] Lo vio llegar, lo saludó con el respeto que se le tenía a las estrellas y lo dejó entrar. Adentro [música] el equipo técnico estaba preparando la escena. Los camarógrafos acomodando los ángulos, los de iluminación ajustando las luces, el asistente de dirección con su tabla de apuntes coordinando todo. Aurelio caminó entre ellos con la calma que lo caracterizaba, no con arrogancia, [música] no actuando, solo siendo él mismo que casualmente se parecía a la persona que todos en ese lugar esperaban [música] ver. Y nadie dijo nada. Uno de
los camarógrafos lo saludó de lejos con un gesto. El asistente de dirección se le acercó [música] para explicarle lo que necesitaban de la escena, fue que era exactamente lo que Pedro le había descrito la noche anterior. Caminar por la calle del set, detenerse frente a la ventana, quedarse parado un momento como mirando adentro y luego continuar.
Aurelio escuchó, asintió y dijo con esa voz que también se parecía demasiado que entendido que cuando quisieran. El asistente de dirección se alejó para coordinar con los camarógrafos y Aurelio se quedó parado en el inicio de la calle del set, [música] mirando adelante con ese aplomo tranquilo que lo hacía más convincente que cualquier actor entrenado o habría podido ser.
Se prendieron las luces, el asistente gritó acción y Aurelio caminó. caminó por esa calle falsa de madera y telón pintado como si fuera una calle de verdad con ese paso que era igual al de Pedro, no porque lo hubiera ensayado, sino porque era el suyo propio. y se detuvo frente a la ventana, levantó la vista hacia ella y se quedó quieto mirando con algo en la cara que no era actuación, sino simplemente el pensamiento que tenía en ese momento, que probablemente era el de sus hijos en Jalisco, el de su mujer esperándolo, el de esa distancia que
pesa, aunque uno no hable de ella. El director gritó, “¡Corten!”. Se hizo el silencio habitual del corte ese segundo en que todos esperan la evaluación y el director, sin levantarse de su silla, sin apartar los ojos del monitor donde había seguido la toma, dijo que estaba bien, que estaba muy bien, que tenían la escena. Nadie aplaudió.
No era costumbre aplaudir por una escena así, pero el asistente de dirección asintió satisfecho y empezó a dar instrucciones para lo siguiente. Aurelio se alejó del set con el mismo paso tranquilo con que había llegado. El corazón le latía más fuerte de lo normal, eso sí, no por miedo exactamente, sino por esa mezcla de adrenalina y asombro de quien acaba de hacer algo que no había planeado nunca y que resultó mejor de lo que esperaba.

Salió de los estudios antes de que llegara Pedro, que había acordado aparecer un poco [música] después para las tomas del resto del día. Ernesto lo estaba esperando afuera. Los dos se miraron. Ernesto le preguntó cómo había salido. Aurelio se acomodó el sombrero, respiró hondo y dijo que salió. [música] Ernesto soltó una carcajada que hizo voltear a dos personas que pasaban por la banqueta.
Cuando Pedro llegó a los estudios más tarde esa mañana, el director le dijo que ya tenían la escena de la calle lista, [música] que había salido perfecta y que no había necesidad de repetirla. Pedro puso cara de alivio y dijo que qué bueno de que así tendrían más tiempo para las escenas del interior. Y nunca dijo nada. Nadie nunca supo oficialmente lo que había pasado.
La escena quedó en la película. si la has visto, si conoces esa película en particular, que por razones [música] que entenderás, no nombraré con precisión, porque parte de la gracia de esta historia es exactamente esa ambigüedad. Si la has visto, podrías haber estado mirando a Aurelio González sin saberlo. Podrías haber estado mirando a un albañil de Jalisco que una noche entró a una cantina y terminó siendo por unos minutos la persona más famosa de México.
Pero la historia no termina ahí porque Pedro no era hombre de hacer algo así y dejarlo en una anécdota. Pedro era hombre de comprometerse, de seguir. A los pocos días, a través de Ernesto, mandó llamar a Aurelio. Se encontraron en un café del centro, eh, no en cantina esta vez, sino en un lugar tranquilo [música] donde podían hablar con calma.
Pedro llegó primero. Estaba sentado con un café cuando [música] entró a Aurelio, que todavía traía el olor del trabajo en la ropa que venía directo de la obra. Se saludaron como ya lo hacían, con la confianza tranquila de dos hombres que habían vivido algo juntos, aunque fuera una sola noche y un solo día.
Pedro le preguntó cómo estaba. ¿Cómo estaba de verdad? No de saludo. Aurelio dijo que bien que el trabajo seguía, que había podido mandarle más dinero a su familia esa semana. Pedro asintió. Luego dijo que quería preguntarle algo y que Aurelio podía decir que no sin ningún problema. le preguntó si quería trabajo en los estudios, no como doble suyo, aclaró de inmediato, no para hacerse pasar por él, sino como trabajador de los estudios.
Ah, en los equipos de construcción de sets, en la parte técnica que siempre necesitaba gente buena y confiable. Había hablado con alguien, había mencionado a un hombre de confianza que buscaba trabajo estable y si Aurelio quería, el lugar [música] estaba disponible. El trabajo en los estudios pagaba similar a la construcción, pero con más estabilidad, con horarios más definidos, con la posibilidad de crecer dentro del gremio técnico del cine mexicano, que en esos años estaba en plena expansión.
Aurelio lo miró fijo, le preguntó por qué. Pedro le dijo que porque sí, que porque una noche un hombre había entrado a una cantina y se había sentado a platicar con él sin pedirle nada y sin impresionarse más de lo necesario y que eso valía algo, que porque ese mismo hombre había confiado en él lo suficiente como para hacer algo que cualquier otro habría rechazado por miedo y que porque cuando Pedro encontraba a alguien así le gustaba ver qué podía hacer.
[música] Aurelio guardó silencio un buen rato. Luego le dijo que iba a tener que pensarlo, que tenía que hablar con su capataz, con la gente de la obra, con su mujer, aunque fuera por carta. Pedro le dijo que se tomara el tiempo que necesitara, que el lugar no iban a ningún lado. Se tomaron el café, hablaron de otras cosas, de música, del calor del verano en la ciudad, de una noticia que había salido en el periódico esa semana y luego se despidieron.
Tres días después, Aurelio mandó decir a través de Ernesto que aceptaba. Empezó a trabajar en los estudios churbusco al mes siguiente. No se convirtió en una figura del cine. Aere no era su mundo y no pretendió serlo, pero se volvió parte de esa maquinaria silenciosa y fundamental que hace posible el cine. La gente que levanta los sets, que clava las tablas, que pinta los fondos, que construye los mundos donde los actores viven sus historias y a los 6 meses pudo traerse a su familia desde Jalisco.
Su mujer y sus tres hijos llegaron a la ciudad de México en un autobús que salió de Guadalajara un martes a las 6 de la mañana y llegó al eje central pasadas las 4 de la tarde. Aurelio los esperaba en la terminal con la paciencia de quien lleva meses esperando ese momento. Pedro se enteró después.
Ernesto [música] se lo contó y Pedro escuchó la historia con una sonrisa que era de las que le salían de adentro, no de las que uno pone para las fotos. No dijo mucho, solo que qué bueno, eh, que qué bueno que habían llegado. Eso era todo lo que necesitaba decir. [música] Esta historia dice algo sobre Pedro Infante, que los carteles [música] de las películas y las portadas de las revistas no alcanzaban a mostrar.
dice que su generosidad no era de la que se anuncia, no era de la que busca aplausos ni reconocimiento, [música] era de la que nace de mirar a otro hombre y reconocer en él algo que merece más de lo que tiene y luego preguntarse, ¿qué puede uno hacer al respecto? No todos pueden hacer lo que Pedro hizo. No todos tienen las conexiones ni los recursos.
Pero todos pueden hacer lo que Pedro hizo primero esa noche en la cantina, ver al otro, escucharlo, no apresurarse, no asumir que porque alguien lleva ropa de trabajo y bebe mezcal, solo no tiene nada que decir que valga la pena. [música] N Pedro Infante, Titas era una estrella que nunca dejó de saber lo que era ser nadie. Y eso, eso sí que es un don raro.
Eso sí que no se aprende en los estudios de actuación ni se compra con el éxito. Eso se trae de donde uno viene o no se trae. No hay término medio. Hay otro momento en la vida de Pedro que tiene exactamente este mismo sabor, esta misma mezcla de generosidad inesperada y de humanidad que sorprende.
Es una historia que muy poca gente conoce, que tiene que ver con lo que Pedro hacía los domingos cuando no filmaba, con un barrio al sur de la ciudad y con un grupo de niños que jamás olvidaron ese día. La tenemos aquí en el canal. Y si esta historia sobre Aurelio te llegó, esa otra te va a llegar igual o más fuerte.
Búscala aquí mismo. Pedro Infante vivió 40 años, solo 40. Y en esos 40 años dejó más que muchos que viven el doble. Dejó canciones que siguen vivas. Dejó películas que todavía hacen reír y llorar a la vez. dejó historias como esta, historias que circulan de boca en boca porque la gente que [música] las vivió no quería que se perdieran y dejó la certeza de que la fama más grande y el corazón más sencillo no [música] tienen por qué ser contradictorios.
Que se puede ser lo que México entero canta y seguir siendo capaz de sentarte en una cantina con un desconocido y escucharlo de verdad. [música] Eso es lo que fue Pedro Infante y eso es lo que vale la pena recordar. Cuéntame en los comentarios si conocías esta historia o si fue la primera vez que la escuchabas.
Y cuéntame también ya que estamos si tienes algún recuerdo de Pedro Infante en tu familia, alguna canción que sonaba en tu casa, ¿no? Alguna película que tus papás o tus abuelos veían siempre. Me encanta leer esas historias porque al final la memoria de Pedro no vive solo en los archivos ni en los museos, vive en cada familia mexicana que todavía lo escucha.
Gracias por quedarte hasta aquí. Gracias de verdad. Nos vemos en la siguiente historia. Ah.