El aire de la noche de julio en Madrid es denso.
Es un aire pesado, que se pega a la piel y huele a asfalto recalentado y a humo de escape.
Marta está apoyada en la barandilla de cristal y aluminio de la terraza.
Un piso en un bloque de protección oficial liberada en el Ensanche de Vallecas.
Sexta planta, orientación sur.
Un horno microondas durante el día, un secador de pelo gigante durante la noche.
Entre sus manos sostiene una copa de cristal del Ikea.
El cristal está empañado por el frío del líquido que contiene en su interior.
Vino blanco de Rueda, comprado en el Mercadona por dos euros con cuarenta céntimos la botella.
El hielo tintinea contra el cristal fino y barato.
Marta mira hacia abajo, hacia la calle ancha y mal iluminada.
Su mirada no está perdida en el infinito.
Su mirada tiene un objetivo muy claro, muy concreto y de color negro metalizado.
Ahí está.
Aparcado en batería, ocupando casi plaza y media porque es ridículamente ancho.
Un Mercedes Clase GLC nuevo, reluciente, pulido, insultantemente espectacular.
El barniz negro refleja la luz amarillenta de la farola municipal.
Es un faro de estatus alemán en medio de un mar de Dacias, Seat Ibizas de tercera mano y furgonetas blancas de reparto.
Las llantas de aleación de diecinueve pulgadas brillan incluso en la penumbra.
La estrella plateada de Mercedes en el portón trasero parece gritarle a todo el vecindario.
Marta da un sorbo al vino barato.
El sabor afrutado y ligeramente ácido le raspa la garganta seca.
El ruido de la puerta corredera del salón a sus espaldas rompe el hipnótico momento.
Es Javi.
Lleva puestos unos pantalones cortos de algodón gris del Decathlon.
La goma de la cintura ha cedido y tiene una camiseta de propaganda de una casa de apuestas online.
Es la antítesis absoluta del hombre que debería conducir el coche que está aparcado ahí abajo.
Pero Javi es el dueño de esa bestia alemana.
O, para ser más exactos, el banco es el dueño de la bestia, y Javi es el pringado que paga la cuota.
Javi se apoya junto a ella en la barandilla.
Suspira.
Un suspiro de cansancio genuino, de haber pasado diez horas de pie enseñando pisos piloto.
JAVI: Qué calor hace, joder.
JAVI: Parece que tengamos el infierno debajo del balcón.
Marta no le mira.
Sus ojos siguen fijos en el capó oscuro del vehículo.
MARTA: No tenemos el infierno debajo del balcón.
MARTA: Tenemos la ruina.
Javi sabe perfectamente de qué está hablando.
Es un tema recurrente.
Es el tema.
El elefante negro brillante de dos toneladas aparcado en la habitación de su matrimonio.
Javi rasca la parte de atrás de su cuello, incómodo.
JAVI: Marta, por favor.
JAVI: Son las once y media de la noche de un puto jueves.
JAVI: No empecemos ahora otra vez con la misma cantinela, te lo pido por favor.
Marta gira el cuello lentamente.
Le clava una mirada que podría congelar una central nuclear en pleno agosto.
MARTA: No es una cantinela, Javi.
MARTA: Es una realidad matemática.
MARTA: Es aritmética de primaria, de la que enseñan con palillos de colores.
MARTA: Dos más dos son cuatro, y nuestra cuenta corriente está en números rojos.
Javi agarra la barandilla con fuerza, como si temiera caerse al vacío.
JAVI: No estamos en números rojos.
JAVI: Estamos… ajustados.
JAVI: Estamos transitando un bache temporal de liquidez.
Marta suelta una carcajada seca, carente de cualquier atisbo de alegría.
MARTA: “Bache temporal de liquidez”.
MARTA: Qué bien suenan las frases hechas que te enseñan en los cursillos de ventas de la inmobiliaria.
MARTA: Suenas exactamente igual que cuando le intentas encasquetar un bajo sin luz natural a una pareja de recién casados.
MARTA: “Bache temporal de liquidez” significa que he tenido que devolver el recibo del seguro de hogar esta mañana.
Javi se encoge de hombros instintivamente.
El golpe ha sido bajo, pero certero.
MARTA: Nos hemos entrampado con un coche de cuarenta mil euros que apenas podemos pagar, Javi.
MARTA: Cuarenta.
MARTA: Mil.
MARTA: Euros.
La cifra resuena en el aire caliente de la terraza como una campana fúnebre.
Cuarenta mil euros.
Siete millones de las antiguas pesetas, que diría el padre de Marta.
Un dineral absurdo.
Un despropósito para dos personas que cobran poco más de mil quinientos euros netos al mes cada uno.
MARTA: Lo has comprado solo para que tus compañeros de la oficina vean que tienes un coche de marca.
MARTA: Para hacerte el chulito cuando aparcas en la puerta de la agencia en el Barrio de Salamanca.
MARTA: Para que los otros engominados con trajes ajustados te den palmaditas en la espalda.
Javi se gira hacia ella de golpe.
Su orgullo masculino, herido en su parte más frágil y vulnerable.
JAVI: ¡En mi sector la imagen lo es absolutamente todo, Marta!
JAVI: ¡No entiendes cómo funciona este negocio!
JAVI: ¡No es un capricho de niño rico, es una herramienta de trabajo fundamental!
MARTA: ¿Una herramienta de trabajo?
MARTA: ¿Me estás diciendo que necesitas llantas de diecinueve pulgadas para enseñar un piso de sesenta metros cuadrados en Carabanchel?
MARTA: ¿Me estás diciendo que el volante de cuero perforado te ayuda a redactar mejor los contratos de arras?
JAVI: ¡Me ayuda a que los clientes me tomen en serio!
Javi eleva el tono de voz.
Señala con el dedo índice hacia la calle, hacia el altar de sus vanidades aparcado en batería.
JAVI: Si un inversor potente, un tío con dinero de verdad que quiere comprar un ático de un millón de euros…
JAVI: Si ese tío me ve llegar a la cita sudando dentro de un Seat León del dos mil ocho con la aleta abollada…
JAVI: ¿Tú qué crees que va a pensar de mí?
Marta da otro sorbo largo a su copa de vino blanco de dos euros.
MARTA: Probablemente pensará que eres una persona normal.
MARTA: Una persona normal que no vive por encima de sus putas posibilidades.
JAVI: ¡No!
JAVI: Pensará que soy un fracasado.
JAVI: Pensará: “Si a este tipo le va tan mal el negocio inmobiliario que tiene que conducir esa carraca, ¿cómo le voy a confiar la venta de mi patrimonio?”.
JAVI: Si ven que voy en un utilitario viejo, piensan que me va mal el negocio, Marta.
JAVI: Es psicología básica de ventas.
JAVI: El éxito atrae al éxito.
JAVI: El dinero llama al dinero.
Marta apoya la copa vacía en el suelo de la terraza, junto a una maceta con un geranio medio muerto.
MARTA: “El éxito atrae al éxito”.
MARTA: ¿De qué maldito gurú de YouTube has sacado esa frase, Javi?
MARTA: ¿De los mismos que te vendieron el coche con una financiación que parece usura legalizada?
JAVI: La financiación es estándar en el sector automovilístico premium, Marta.
JAVI: Es una compra inteligente.
JAVI: Tiene un Valor Futuro Garantizado.
MARTA: ¡No me hables del Valor Futuro Garantizado!
MARTA: ¡Me paso el día cuadrando cuentas, Javi!
MARTA: ¡Quinientos cuarenta y cinco euros al mes!
MARTA: Quinientos cuarenta y cinco euros que salen de nuestra cuenta el día uno de cada mes, puntual como la muerte.
MARTA: Durante cuatro malditos años.
MARTA: Y después, la letra final de casi veinte mil pavos.
MARTA: ¿Me puedes explicar de dónde vamos a sacar veinte mil euros de golpe dentro de cuarenta y siete meses?
Javi mira hacia la calle, evitando el contacto visual directo.
La farola parpadea un momento.
JAVI: Para entonces ya seré jefe de equipo.
JAVI: Mis comisiones se habrán triplicado.
JAVI: El coche se paga solo con las ventas extra que me genera dar una imagen de alto nivel y prestigio.
MARTA: Claro, claro.
MARTA: Se paga solo.
MARTA: Por eso llevo tres meses comprando marca blanca hasta para el papel higiénico.
MARTA: Por eso ya no salimos a cenar ni al Vips, Javi.
MARTA: Porque nuestro flamante éxito sobre cuatro ruedas nos está devorando vivos desde dentro.
Marta se abraza a sí misma, a pesar del calor asfixiante de la noche madrileña.
Siente un escalofrío de pura ansiedad recorrerle la columna vertebral.
MARTA: El otro día hablé con mi madre por teléfono.
MARTA: Me dijo un refrán de su pueblo, o de algún sitio raro de esos que lee en Facebook.
MARTA: Es perfecto para ti, Javi.
MARTA: Es perfecto para nosotros en este momento.
Javi no pregunta qué refrán es.
No quiere saberlo.
Sabe que va a doler.
MARTA: “Oai mồm nhưng khổ xác”.
Javi frunce el ceño, mirándola con cara de absoluta confusión.
JAVI: ¿Qué coño acabas de decir?
JAVI: ¿Es euskera?
MARTA: Es vietnamita, creo.
MARTA: Significa “Aparentar mucho pero vivir ahogado”.
MARTA: O para que tú me entiendas en castellano puro y duro: postureo máximo y nevera vacía.
MARTA: Comemos triste mortadela con aceitunas del Día, pero lucimos coche de lujo alemán por las calles del barrio.
MARTA: Qué estupidez, Javi.
MARTA: Qué inmensa y absoluta estupidez.
PARTE 2
El silencio vuelve a reinar en la pequeña y estrecha terraza del Ensanche de Vallecas.
Un silencio tenso, grueso, que se podría cortar con un cuchillo de sierra para el pan.
A lo lejos, en la gran avenida, se escucha el rugido acelerado de una moto de gran cilindrada saltándose un semáforo en rojo.
Javi sigue mirando hacia abajo.
Sigue mirando las formas aerodinámicas de su ruina personal.
El coche es hermoso, eso no lo puede negar ni la propia Marta.
Pero la belleza tiene un precio, y el precio de ese coche lo está pagando con su paz mental, su matrimonio y su dieta.
JAVI: No exageres con lo de la mortadela.
JAVI: Ayer comimos salmón al horno.
Marta levanta una ceja con escepticismo extremo.
MARTA: Salmón congelado de oferta por pronta caducidad, Javi.
MARTA: Y lo sabes porque fuiste tú a comprarlo.
MARTA: Tuviste que ir al supermercado a última hora para pescar las etiquetas amarillas de descuento.
MARTA: Tú.
MARTA: El gran bróker inmobiliario de éxito que conduce un coche de cuarenta mil euros, escarbando en la nevera de liquidaciones del súper.
MARTA: ¿No te parece irónico?
MARTA: ¿No te sientes ridículo en el fondo de tu alma?
Javi se apoya de espaldas contra la barandilla de cristal, cruzándose de brazos a la defensiva.
JAVI: Es una etapa de inversión, Marta.
JAVI: Todas las grandes empresas pasan por un valle de gastos antes de recoger los beneficios astronómicos.
JAVI: Es el coste de establecer una marca personal fuerte en un mercado saturado y tremendamente competitivo.
MARTA: Javi, tú no eres una gran empresa.
MARTA: Eres un falso autónomo contratado por una franquicia inmobiliaria.
MARTA: Te pagan el alta de milagro.
MARTA: Tus ingresos dependen de si logras engañar a alguien para que firme un piso sobrevalorado con un Euríbor por las nubes.
MARTA: Y decidiste que la mejor manera de asegurar nuestro futuro era firmar un crédito al ocho por ciento de interés por un montón de chapa y cuero.
Javi respira hondo.
Intenta calmarse, intenta utilizar las técnicas de modulación de voz que le enseñó el “coach” de la empresa.
JAVI: Cariño.
JAVI: Escúchame un momento.
JAVI: Trata de entender mi posición.
JAVI: El lunes pasado tenía una visita con un cliente para un chalé independiente en Boadilla del Monte.
JAVI: Un cliente potencial de alto valor neto.
Marta pone los ojos en blanco con fuerza.
MARTA: Alto valor neto.
MARTA: Hablas como si estuvieras leyendo un puto manual de instrucciones de un banco de inversión suizo.
JAVI: ¡Déjame terminar la anécdota, por favor!
JAVI: Llegué a la puerta del chalé.
JAVI: Aparqué el Mercedes justo en la entrada, sobre el empedrado.
JAVI: El cliente, un señor mayor con pinta de notario retirado, salió a recibirme.
JAVI: Lo primero que hizo fue mirar el coche.
JAVI: Le dio un repaso de arriba a abajo.
JAVI: Y me dijo: “Veo que las cosas le van bien, joven, eso me da mucha tranquilidad”.
JAVI: Ese comentario, Marta, ese pequeño y minúsculo comentario, estableció la confianza inicial.
JAVI: Rompió el hielo y me dio autoridad instantánea.
Marta lo mira con una mezcla de lástima profunda y rabia pura.
MARTA: ¿Y le vendiste el chalé en Boadilla al notario retirado?
Javi traga saliva de forma muy visible y sonora.
Desvía la mirada hacia el geranio seco de la maceta.
JAVI: Todavía estamos en fase de negociación de los flecos del contrato.
MARTA: Mentira.
MARTA: Mentira cochina y lo sabes.
MARTA: Me dijiste el martes que el viejo se echó para atrás porque no le daban la hipoteca a su hijo.
Javi se ruboriza levemente en la oscuridad.
JAVI: Bueno, la operación se complicó por factores macroeconómicos externos a mi fantástica gestión personal.
JAVI: Pero la primera impresión fue excelente.
JAVI: Y eso es lo que cuenta a largo plazo en este sector de tiburones.
MARTA: Lo que cuenta a largo plazo, querido Javi, es poder pagar la luz a fin de mes.
MARTA: Lo que cuenta es que llevamos el coche con la reserva encendida desde el jueves porque echarle gasolina súper nos descuadra el presupuesto semanal.
MARTA: ¿De qué te sirve la primera impresión si no puedes ni pagar el peaje para ir a enseñar el chalé?
Marta se agacha y recoge la copa vacía del suelo.
La levanta como si fuera el trofeo de un torneo de tenis para fracasados.
MARTA: Voy a por más vino peleón.
MARTA: ¿Quieres algo?
MARTA: ¿Un poco de mortadela fina cortada para engañar al estómago burgués que tienes?
JAVI: Eres cruel, Marta.
JAVI: Eres tremendamente cruel y castradora.
JAVI: En lugar de apoyarme en mi carrera profesional, te dedicas a hundirme moralmente cada noche.
JAVI: Otras mujeres estarían orgullosas de ver a su marido progresar y esforzarse por dar una imagen ganadora.
Marta se detiene en seco en el umbral de la puerta corredera.
Se gira hacia él.
Toda la ironía ha desaparecido de su rostro.
Ahora solo hay cansancio y tristeza real, pura y dura tristeza de barrio obrero.
MARTA: Estaría orgullosísima de verte progresar, Javi.
MARTA: Estaría llorando de orgullo.
MARTA: Si progresar significara llegar a casa con tranquilidad.
MARTA: Si progresar significara que podemos plantearnos tener un hijo sin que nos dé un ataque de pánico financiero.
MARTA: Pero no estás progresando.
MARTA: Estás jugando a disfrazarte de rico en una fiesta a la que ni siquiera nos han invitado oficialmente.
MARTA: Y lo peor es que tú mismo te crees tu propio disfraz de carnaval.
MARTA: Te vistes de Armani falso, te subes a tu Mercedes a crédito y te crees que eres el Lobo de Wall Street.
MARTA: Pero cuando vuelves a casa, aparcas en la calle porque ni siquiera podemos pagar una plaza de garaje privado.
MARTA: ¿No te das cuenta de lo absurdo y estúpido que es todo esto?
PARTE 3
La puerta corredera de cristal se cierra de golpe a espaldas de Marta, emitiendo un sonido seco y definitivo.
Javi se queda solo en la terraza.
Solo con la calima, el geranio seco y sus propios pensamientos oscuros y arremolinados.
Apoya los codos en la barandilla y hunde el rostro entre las manos sudorosas.
La áspera tela gris de su camiseta vieja contrasta dolorosamente con la imagen mental del elegante volante de cuero napa de su vehículo.
Marta tiene razón.
En el fondo oscuro e inconfesable de su alma, él sabe perfectamente que ella tiene toda la maldita razón del universo.
Pero admitirlo en voz alta sería como firmar su propia sentencia de muerte existencial y profesional.
Sería asumir el inmenso, gigantesco e irreparable error que cometió aquella estúpida tarde de primavera en el concesionario.
La memoria de ese día vuelve a su mente como una película de terror psicológico a cámara lenta.
Recordaba perfectamente cómo entró por las inmensas puertas de cristal automáticas.
El suelo del concesionario brillaba tanto que parecía de hielo pulido.
El aire acondicionado estaba a la temperatura exacta para que no sudaras con el traje, pero tampoco pasaras frío.
Olía a coche nuevo.
Ese olor químico, adictivo y profundamente embriagador que debería estar prohibido y clasificado como droga dura.
El vendedor se llamaba Arturo.
Llevaba un traje azul marino impecable, un reloj suizo de tres mil euros y una sonrisa diseñada genéticamente para anular voluntades ajenas.
Arturo no le vendió un simple y mero medio de transporte de cuatro ruedas.
Le vendió un estilo de vida aspiracional y supremo.
Le vendió respeto social instantáneo.
Le vendió la cura definitiva contra el síndrome del impostor que le carcomía por dentro en la agencia inmobiliaria cada mañana.
“Javi, amigo mío”, le había dicho Arturo, apoyando una mano cálida en su hombro tembloroso frente al capó negro.
“Los clientes no te compran pisos, te compran a ti como individuo y como profesional de éxito”.
“Si irradias solvencia extrema, generas confianza inmediata en el comprador de alto standing”.
Y Javi, pobre desgraciado sediento de validación, se tragó el anzuelo entero, con la caña, el sedal y la barca del pescador.
Firmó los inmensos fajos de folios del contrato de financiación sin leer la letra pequeña del TIN y el TAE.
Ignoró deliberadamente las alarmas rojas ensordecedoras de su propio cerebro lógico.
Se dejó cegar completamente por la promesa de la estrella de tres puntas en el capó.
Javi levanta la cabeza de sus manos.
Vuelve a mirar hacia abajo, hacia la lejana y sucia calle del Ensanche de Vallecas.
Ahí está el maldito coche oscuro.
Ejerciendo su silenciosa y constante tiranía financiera sobre sus vidas.
De repente, a su izquierda, en la terraza contigua separada por una triste mampara de cristal opaco, se enciende una luz amarillenta.
Es Paco, el vecino del quinto be.
Paco trabaja de noche haciendo el turno de mantenimiento en el metro de Madrid.
Sale a la terraza a fumarse el último cigarrillo antes de irse a dormir la mañana.
Paco tose.
Una tos cavernosa y profunda de fumador empedernido de Celtas Cortos.
PACO (Voz ronca): Eh, vecino.
PACO: ¿Estás ahí, figura?
Javi se tensa enormemente.
Intenta hacerse pequeño en la sombra de la pared, esperando que Paco no le vea.
Pero la mampara es demasiado corta.
JAVI: Hola, Paco.
JAVI: Sí, aquí tomando un poco el aire fresco asfixiante.
PACO: Menuda solanera ha caído hoy sobre Madrid, ¿eh?
PACO: Los del asfalto nos derretíamos vivos ahí abajo en las vías, te lo juro por mi madre.
Javi fuerza una pequeña sonrisa mecánica y educada de protocolo vecinal.
JAVI: Sí, ha hecho un calor infernal, la verdad es que sí.
Paco da una calada larga a su cigarrillo y expulsa el humo azulado hacia arriba.
PACO: Oye, Javi, perdona que me meta donde nadie me llama ni me ha dado vela en el entierro.
PACO: Pero acabo de llegar del curro y he visto tu Mercedes nuevecito ahí aparcado abajo en la calle de cualquier manera.
Javi siente que el estómago se le encoge y se le hace un nudo marinero.
JAVI: Sí, es que hoy no tenía ganas de dar más vueltas buscando plaza, Paco.
PACO: Ya, ya, te entiendo perfectamente.
PACO: Pero joder, macho, ese cochazo en la puñetera calle es una invitación a gritos para que te lo rayen con una llave de buzón.
PACO: O peor aún, que te rompan la ventanilla para robarte el navegador por satélite.
PACO: Yo no podría pegar ojo en toda la maldita noche pensando en ello, sinceramente.
PACO: ¿Por qué no lo metes en el garaje subterráneo del edificio, tío?
PACO: Quedan plazas libres para alquilar por sesenta tristes pavos al mes.
La pura y dura humillación llama a la puerta de Javi disfrazada de vecino bienintencionado.
¿Cómo le explica a Paco que no puede pagar sesenta euros de alquiler de plaza de garaje porque la cuota mensual del propio coche absorbe casi un tercio de sus escasos ingresos netos mensuales?
¿Cómo le confiesa que tienen que aparcarlo en la calle, exponiéndolo a las cagadas de paloma y a los gamberros de barrio, porque no les llega el presupuesto para más?
JAVI: Es que… el garaje de este bloque es muy estrecho, Paco.
JAVI: Las rampas de bajada son enanas y las columnas están súper mal puestas por el arquitecto.
JAVI: Con lo ancho que es el GLC, paso un miedo terrible de rozarle las aletas y desgraciar la pintura metalizada de fábrica.
JAVI: Prefiero tenerlo vigilado desde el balcón de casa, la verdad.
Paco se ríe a carcajadas.
Una risa sincera y ruidosa que resuena en la tranquilidad de la noche urbana.
PACO: Ya te digo, macho, ¡es que es un tanque, parece un coche oficial de un ministro del gobierno!
PACO: Menudo nivelazo estás pillando en la inmobiliaria esa, ¿eh?
PACO: Debes estar vendiendo palacios enteros a los jeques árabes para permitirte semejante bicho de lujo alemán.
Cada palabra de Paco es una pequeñísima aguja venenosa y afilada clavándose en la inflamada autoestima de Javi.
La percepción externa es exactamente la que él buscaba desesperadamente.
Paco, el currante del metro, cree a pies juntillas que Javi es un hombre rico, próspero y exitoso.
El estúpido plan maestro de aparentar está funcionando a la maldita perfección frente a la galería.
Pero la cruel y cruda realidad es que esa ilusión óptica y social le está costando absolutamente todo lo demás en su vida real y privada.
JAVI: Se hace lo que se puede, Paco.
JAVI: No nos podemos quejar, hay que luchar cada euro en esta vida.
PACO: Bueno, figura, pues enhorabuena por el carrazo, que lo disfrutes mucho con mucha salud y muchos kilómetros.
PACO: Me voy al sobre, que me caigo de espaldas de sueño y mañana tengo turno de tarde.
PACO: Descansa, vecino.
JAVI: Igualmente, Paco.
JAVI: Buenas noches y que duermas bien.
La luz de la terraza contigua se apaga bruscamente.
Javi se queda a oscuras de nuevo, inmerso en su propia farsa teatral.
Aprieta los puños contra la barandilla hasta que los nudillos se le quedan completamente blancos y doloridos por la inmensa tensión acumulada en sus tendones.
PARTE 4
Javi escucha de nuevo el ligero roce de la puerta corredera de aluminio tras él en la penumbra.
Marta sale de nuevo a la terraza pequeña.
Lleva su copa rellena del líquido barato y transparente que pasa por vino en su ajustada economía doméstica.
Se acerca y se apoya en silencio junto a su marido derrotado, hombro con hombro en la cálida y pesada oscuridad.
Han pasado cinco minutos callados, procesando la tremenda bronca anterior, enfriando las emociones puras antes de decir algo de lo que puedan arrepentirse para toda la maldita vida.
El aire acondicionado del vecino de abajo ronronea constantemente como un gato gigante y monótono en medio del silencio nocturno.
MARTA: He escuchado a Paco desde la cocina mientras me servía el vino de garrafa.
Javi traga saliva con muchísima dificultad, sintiendo un nudo seco en la garganta áspera.
JAVI: Sí.
JAVI: Vaya vergüenza más absoluta, Marta.
JAVI: He tenido que inventarme una sarta de mentiras ridículas sobre las columnas del garaje para justificar por qué no lo metemos a cubierto.
JAVI: Me he sentido como un estúpido crío de doce años pillado en una mentira tontísima por su madre.
Marta no responde inmediatamente con ningún sarcasmo ni burla cruel.
Simplemente se dedica a observar fijamente el enorme vehículo negro aparcado justo debajo de su sexto piso de protección oficial.
MARTA: La culpa no es completamente tuya, Javi.
MARTA: La culpa es de esta maldita sociedad enferma y obsesionada con el éxito puramente visual y rápido.
MARTA: Nos meten constantemente en la cabeza que si no demuestras continuamente que estás triunfando, eres prácticamente un cadáver social y laboral.
MARTA: Especialmente en tu mundillo comercial, que es un nido de falsedad, humo y serpientes venenosas con corbata de seda.
MARTA: Te exigen una fachada impecable de triunfador nato para dejarte entrar al maldito club selecto donde se supone que se gana el dinero de verdad y rápido.
Javi gira lentamente la cabeza y la mira directamente a los ojos cansados.
Siente un inmenso y pesado alivio bañando su cuerpo tenso al escuchar esas palabras de empatía y comprensión de la mujer a la que más quiere en este mundo complicado.
JAVI: Te prometo por lo más sagrado que lo hice pensando realmente en nosotros dos a largo plazo, Marta.
JAVI: Pensaba genuinamente y de corazón que este maldito esfuerzo financiero titánico me abriría de par en par las puertas grandes que necesitamos cruzar para escapar de aquí y prosperar.
JAVI: Que la inversión extrema en pura imagen daría enormes frutos en menos de un año fiscal en la empresa.
JAVI: No quería amargarte la vida ni obligarte a vivir comiendo marcas blancas para siempre jamás.
Marta suspira suavemente en la calidez de la madrugada.
Alarga una de sus manos frías y apoya suavemente la palma contra la mejilla caliente y barbuda de Javi.
MARTA: Lo sé, grandísimo tonto, sé muy bien que no lo hiciste con mala intención.
MARTA: Eres un ingenuo y te has dejado engatusar por los tiburones del marketing más agresivo.
MARTA: Pero no podemos seguir aguantando este ritmo de locura, Javi, no podemos seguir respirando debajo del agua con este yunque financiero atado al cuello.
MARTA: La tremenda ansiedad pura de llegar a fin de mes nos va a acabar reventando el matrimonio, la poca salud física que tenemos y también la mental.
MARTA: Y te aseguro que ninguna venta millonaria de ningún puñetero chalé en Boadilla vale nuestro profundo y absoluto hundimiento personal como pareja.
JAVI: ¿Y qué demonios hacemos ahora con el problema, Marta?
JAVI: Ya está comprado y firmado el contrato ante notario.
JAVI: Tiene un año larguísimo y estricto de permanencia antes de poder traspasar el gigantesco préstamo abusivo y el leasing.
JAVI: Estamos completamente atrapados en la trampa de la cuota mensual obligatoria sin salida de escape fácil.
MARTA: Pues nos comeremos con patatas la jodida permanencia bancaria porque no nos queda otra alternativa legal.
MARTA: Apretaremos los dientes con muchísima fuerza, intentaremos generar algo de ingresos extra los malditos fines de semana y recortaremos todo lo posible y lo imposible durante estos eternos doce meses que nos quedan por delante.
MARTA: Y en el milisegundo exacto en el que legalmente podamos deshacernos de esa puta máquina de devorar dinero negro aparcada ahí abajo…
MARTA: En ese mismo preciso instante lo vendemos o se lo devolvemos al engominado del concesionario sin mirar atrás ni un solo segundo de arrepentimiento.
MARTA: Y nos compramos un humilde y baratísimo coche de segunda mano que ruede, consuma poquísimo y tenga la pintura mate del sol.
MARTA: Y si algún inversor forrado, cliente estirado o compañero imbécil de la inmobiliaria te vuelve a mirar con superioridad o lástima por ello…
MARTA: Le mandas directamente a la mierda con muchísima amabilidad, señorío y educación.
Javi asiente muy lentamente con la cabeza, absorbiendo cada sílaba, cada dura promesa que acaba de verbalizar su mujer en el silencio de la noche madrileña.
Se imagina por un breve instante vital conduciendo de nuevo un coche humilde, sin deudas gigantescas y sin pánico nocturno.
Se da cuenta de que la inmensa idea de la libertad pura e incondicional no huele bajo ningún concepto a cuero nuevo de importación alemana.
Sino que maravillosamente huele exactamente a absoluta y reconfortante tranquilidad en la cuenta corriente del banco cada día primero de mes.
JAVI: Oai mồm nhưng khổ xác.
Marta sonríe abiertamente por primera vez en toda la larguísima y agotadora discusión de la noche.
MARTA: Lo has pronunciado como si tuvieras una enorme patata frita metida en la garganta, pero sí, pillas totalmente el concepto clave y fundamental, querido mío.
MARTA: Aparentar muchísimo, pero vivir trágicamente ahogado y sin respiración de puertas para adentro.
MARTA: Se acabó tajantemente el vivir permanentemente en esa terrible mentira para agradar a auténticos desconocidos.
Ambos se quedan nuevamente sumidos en un larguísimo y cómplice silencio terapéutico.
Las cálidas y pesadas horas de la larguísima madrugada avanzan sin piedad sobre el cielo inmenso de la adormecida capital española.
La solitaria e implacable farola de luz amarillenta y mortecina sigue parpadeando constantemente en la ancha avenida principal del Ensanche.
Iluminando fríamente el enorme, brillante y oscuro vehículo premium que duerme tranquilo y arrogante en su inútil grandiosidad a pie de acera frente a todos los vecinos.
Un gigantesco y reluciente monumento rodante a las inmensas inseguridades modernas y a la profunda vanidad humana en forma de chapa y cuotas.
Una enorme trampa de lujo de cuarenta mil malditos euros diseñada meticulosamente al milímetro por expertos para devorar silenciosamente la tranquilidad y la felicidad real de las familias trabajadoras.
Marta acaricia distraídamente la barandilla caliente de su sexto piso obrero y da el grandísimo último y pequeño sorbo final a la copa de vino barato de dos euros.
Mientras la profunda noche inmensa y oscura se cierra del todo a su alrededor absorbiendo su cansancio crónico y la terrible humedad veraniega.
La gran, fundamental e ineludible pregunta última y profunda queda eternamente suspendida flotando a su alrededor de manera constante en el asfixiante aire cálido y contaminado de la metrópoli moderna.
Como una inmensa y definitiva condena inevitable o quizás como una futura gran revelación filosófica vital en medio del insomnio y la bancarrota que sufren ambos callados y tensos.
¿De verdad vale realmente la enorme pena personal, económica y marital gastar absolutamente de más y arruinarse a largo plazo endeudándose con los malditos bancos sin escrúpulos simplemente para poder comprar en propiedad y lucir de prestado un reluciente coche de marca superior que te permita fingir a diario y mantener forzadamente un estatus puramente ficticio, irreal, social y profesional frente a absolutos desconocidos que, en el profundo y egoísta fondo oscuro de su ser, no les importa en absoluto ni una pequeñísima y despreciable mierda si mañana a primera hora de la mañana tú y tu familia termináis perdiendo completamente la casa embargada, perdiendo el sueño cada noche y ahogados en deudas sin fondo?