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El aire de la noche de julio en Madrid es denso.

El aire de la noche de julio en Madrid es denso.

Es un aire pesado, que se pega a la piel y huele a asfalto recalentado y a humo de escape.

Marta está apoyada en la barandilla de cristal y aluminio de la terraza.

Un piso en un bloque de protección oficial liberada en el Ensanche de Vallecas.

Sexta planta, orientación sur.

Un horno microondas durante el día, un secador de pelo gigante durante la noche.

Entre sus manos sostiene una copa de cristal del Ikea.

El cristal está empañado por el frío del líquido que contiene en su interior.

Vino blanco de Rueda, comprado en el Mercadona por dos euros con cuarenta céntimos la botella.

El hielo tintinea contra el cristal fino y barato.

Marta mira hacia abajo, hacia la calle ancha y mal iluminada.

Su mirada no está perdida en el infinito.

Su mirada tiene un objetivo muy claro, muy concreto y de color negro metalizado.

Ahí está.

Aparcado en batería, ocupando casi plaza y media porque es ridículamente ancho.

Un Mercedes Clase GLC nuevo, reluciente, pulido, insultantemente espectacular.

El barniz negro refleja la luz amarillenta de la farola municipal.

Es un faro de estatus alemán en medio de un mar de Dacias, Seat Ibizas de tercera mano y furgonetas blancas de reparto.

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