El reloj de pared del comedor marca las ocho y cuarto de la tarde.
Es uno de esos relojes de cocina que hacen demasiado ruido al mover el segundero.
Tic.Tac.Tic.Tac.
Es día veintiocho.
Una fecha que en la gran mayoría de los hogares españoles significa una sola cosa.
La llegada de la nómina.
El ansiado, esperado y siempre insuficiente mensaje push de la aplicación del banco.
Carlos está sentado a la mesa del comedor.
La mesa es de madera de pino macizo, comprada en Ikea hace siete años, pero él la siente hoy como un altar de sacrificios.
Frente a él, su teléfono móvil descansa sobre el mantel antimanchas con estampado de limones.
La pantalla está encendida.
El brillo al máximo.
Muestra la interfaz azulada de la aplicación del BBVA.
En el centro de la pantalla, un número en color verde brilla con una intensidad casi mística.
Mil seiscientos cuarenta y dos euros con treinta y cinco céntimos.
Es el resumen numérico de ciento sesenta horas de su vida.
Ciento sesenta horas de madrugones gélidos en enero.
Ciento sesenta horas de aguantar al subnormal de su jefe de sección.
Ciento sesenta horas de atascos en la M-40, de cafés de máquina con sabor a plástico quemado y de estrés crónico.
Carlos suspira profundamente.
Un suspiro que nace en la boca del estómago y muere en el techo de pladur del salón.
Al otro lado de la mesa, de pie y secándose las manos con un trapo de cocina a cuadros, está Elena.
Elena es su mujer.
Elena es la luz de su vida.
Y, desde hace cinco años, Elena es también la ministra de Hacienda, la gobernadora del Banco de España y la inspectora jefe de la Agencia Tributaria de su casa.
Carlos levanta la vista del móvil.
Mira a Elena con una mezcla de amor incondicional y absoluta resignación canina.
La escena que está a punto de producirse lleva repitiéndose mes a mes desde que firmaron la hipoteca a tipo variable.
Es un ritual milenario, sagrado y profundamente doloroso.
CARLOS: Ha llegado.
Elena detiene el movimiento del trapo de cocina al instante.
Sus pupilas se dilatan levemente, como las de un depredador que acaba de escuchar el crujido de una rama seca en el bosque.
ELENA: ¿Ya?
CARLOS: Hace diez minutos.
ELENA: Pensaba que este mes os pagarían el día uno por caer en viernes, la verdad.
CARLOS: Pues no.
CARLOS: Han sido rápidos esta vez en recursos humanos.
CARLOS: Milagroso, teniendo en cuenta que la de nóminas se pasa el día mirando zapatos en Zalando.
Elena tira el trapo sobre el respaldo de una silla.
Se acerca a la mesa con paso firme y decidido.
No camina, patrulla.
Se sitúa justo detrás de la silla de Carlos, apoyando una mano en su hombro derecho.
Una mano que transmite cariño, pero también un férreo e implacable control fiscal.
ELENA: A ver.
Carlos desliza el teléfono móvil por encima del mantel de limones hacia ella.
Como un jugador de póker empujando todas sus fichas al centro del tapete.
Elena se inclina sobre la pantalla.
Sus ojos escanean los números verdes con la precisión de un escáner láser de código de barras.
ELENA: Mil seiscientos cuarenta y dos con treinta y cinco.
CARLOS: Exacto.
ELENA: ¿No te iban a pagar este mes el plus de nocturnidad del inventario de la semana pasada?
CARLOS: Me han dicho que entra en la nómina del mes que viene.
CARLOS: Por el cierre contable y no sé qué mierdas más que se inventan para retrasar los pagos.
Elena chasquea la lengua.
Un sonido seco que indica su profunda desaprobación hacia el sistema capitalista y, por extensión, hacia la empresa de Carlos.
ELENA: Bueno, da igual.
ELENA: Transfiérelo ya a la cuenta conjunta antes de que nos pasen el recibo de la comunidad, que este mes viene con la derrama del ascensor.
Carlos asiente lentamente.
Coge el teléfono de nuevo.
Sus dedos pulgares se mueven por la pantalla con una lentitud exagerada.
Abre la pestaña de transferencias.
Selecciona la cuenta de origen: su cuenta personal.
Selecciona la cuenta de destino: la cuenta compartida.
Ese inmenso agujero negro financiero del que el dinero jamás vuelve a salir en forma de ocio o diversión.
Introduce el importe.
Mil.
Seiscientos.
Cuarenta y dos.
Con.
Treinta y cinco.
Se detiene justo antes de pulsar el botón rojo de “Confirmar”.
Levanta la cabeza.
Mira a Elena directamente a los ojos.
Su mirada tiene ahora el brillo desesperado de un rehén negociando sus últimas condiciones de vida.
CARLOS: Aquí tienes la nómina entera de este mes.
CARLOS: Pero, por favor, Elena…
CARLOS: Déjame veinte euros en la cuenta para el tabaco y los cafés.
La petición flota en el aire del comedor.
Veinte euros.
Un mísero, arrugado y triste billete azul.
O un par de billetes rosas y algunas monedas pesadas de cobre.
Es una cantidad insignificante para la economía global, pero vital para la dignidad diaria de Carlos.
Es el peaje mínimo para no parecer un indigente delante de sus compañeros de trabajo durante la pausa del desayuno.
Es la diferencia entre tomarse un descafeinado de máquina con algo de orgullo o tener que pedir que le inviten por tercera vez en la semana.
Elena se cruza de brazos.
Su rostro adopta una expresión de estricta neutralidad suiza.
ELENA: ¿Veinte euros?
CARLOS: Sí.
CARLOS: Veinte.
CARLOS: No te estoy pidiendo financiar la compra de un yate en Marbella, Elena.
CARLOS: Solo quiero poder bajar al bar de abajo a las once de la mañana sin sentirme un paria social.
Elena suspira.
Un suspiro que compite en dramatismo con el que Carlos emitió hace tres minutos.
ELENA: Carlos, cariño…
ELENA: Tú no fumas desde hace tres años.
La frase cae sobre la mesa como un bloque de hormigón armado.
Carlos parpadea rápidamente, acorralado por su propia mentira, expuesto a plena luz del día.
CARLOS: Bueno, vale, no fumo tabaco.
CARLOS: Pero me compro chicles.
CARLOS: Muchos chicles.
CARLOS: Y de los caros, de los que vienen en bote grande para el coche.
ELENA: Veinte euros en chicles te darían una diarrea crónica que nos costaría más cara en papel higiénico.
CARLOS: ¡Es una forma de hablar, Elena, por el amor de Dios!
CARLOS: Para el tabaco, para los cafés, para una triste caña el viernes por la tarde al salir de la oficina.
CARLOS: Para tener algo de liquidez en mi propio bolsillo que no dependa de hacerte una instancia por triplicado con póliza.
Carlos pulsa finalmente el botón de confirmar.
La pantalla cambia a un mensaje de “Transferencia realizada con éxito”.
Su cuenta personal acaba de quedarse en unos ridículos, redondos y absolutos cero euros con cero céntimos.
El sonido de la notificación entrante suena en el móvil de Elena que está en la encimera de la cocina.
Din-don.
El dinero ha cambiado legalmente de jurisdicción.
PARTE 2
Elena se da la vuelta, camina hacia la cocina y coge su teléfono móvil para verificar el ingreso.
Desbloquea la pantalla con su huella dactilar.
Efectivamente, el saldo de la cuenta conjunta ha pasado del rojo alarma al verde esperanza.
Vuelve al comedor esbozando una ligerísima sonrisa de satisfacción administrativa.
ELENA: Perfecto.
ELENA: Ya está el dinero a salvo.
ELENA: Así controlo yo los pagos de la luz, el agua y la puta hipoteca del infierno.
Elena guarda el móvil en el bolsillo trasero de su pantalón vaquero.
Mira a Carlos con la indulgencia de una madre que acaba de quitarle las tijeras de punta afilada a un niño de preescolar.
ELENA: Que ya nos conocemos, Carlos.
ELENA: Que tú eres un manirroto de manual.
La palabra mágica ha sido pronunciada.
Manirroto.
El insulto financiero más hiriente de la lengua castellana.
La acusación formal de ser una fuga de capitales andante.
Carlos se pone rojo casi al instante.
La indignación le sube por el cuello de la camisa como si le hubieran inyectado tabasco en la yugular.
CARLOS: ¿Perdona?
CARLOS: ¿Me acabas de llamar manirroto en mi propia casa?
CARLOS: ¿A mí?
ELENA: Sí.
ELENA: A ti.
ELENA: Con todas las letras y en mayúsculas.
CARLOS: ¡Pero si soy la persona más austera de toda la maldita comunidad autónoma de Madrid!
CARLOS: Llevo los mismos calzoncillos de Primark desde la pandemia, Elena.
CARLOS: ¡Tienen unos agujeros en la goma que parecen queso gruyer!
Elena suelta una carcajada seca y sin humor.
Se sienta en la silla de enfrente, apoyando los codos sobre el mantel de limones.
ELENA: Ah, claro.
ELENA: La austeridad de Carlos.
ELENA: Vamos a hacer un pequeño repaso a la historia reciente de tus “inversiones”, ¿te parece?
CARLOS: No hay nada que repasar.
CARLOS: Tú te inventas las cosas para justificar tu tiranía fiscal.
ELENA: ¿Me invento las cosas?
ELENA: ¿Me inventé acaso el dron con cámara 4K que compraste hace seis meses?
Carlos desvía la mirada hacia la lámpara del techo súbitamente.
Siente un sudor frío bajando por su espalda.
CARLOS: El dron era una inversión de futuro para hacer vídeos familiares espectaculares.
ELENA: Carlos.
ELENA: Vivimos en un piso interior en Vallecas.
ELENA: El único vídeo espectacular que puedes grabar desde aquí es a la vecina del cuarto tendiendo las bragas en el patio de luces.
ELENA: Además, lo estrellaste contra un pino en la Casa de Campo el primer puto día que lo sacaste de la caja.
CARLOS: ¡Hacía mucho viento!
CARLOS: ¡Hubo una ráfaga traicionera y perdí la cobertura del mando!
ELENA: Doscientos cincuenta euros tirados a la basura por culpa de una ráfaga traicionera.
ELENA: Y seguimos con el repaso histórico.
ELENA: ¿Hablamos del curso online de catador experto de cervezas artesanales belgas?
Carlos se encoge un poco en su silla.
Sabe que esa batalla está completamente perdida de antemano.
CARLOS: El saber no ocupa lugar, Elena.
CARLOS: Quería cultivar mi paladar, expandir mis horizontes gastronómicos.
ELENA: Ciento ochenta euros por unos vídeos en internet de un tipo barbudo bebiendo en una cueva.
ELENA: Y tú te pasaste tres semanas comprando botellas rarísimas que sabían literalmente a tierra mojada con levadura.
ELENA: Para acabar bebiendo latas de Mahou clásica del chino de la esquina como siempre.
CARLOS: Era una fase de exploración personal.
ELENA: Y por último, pero no menos importante, la joya de la corona.
ELENA: El cortador de fiambre profesional con disco de acero inoxidable.
Carlos abre la boca para defenderse, pero no le sale ningún sonido.
Esa herida todavía está demasiado reciente.
ELENA: Un trasto de casi diez kilos que no cabe en ningún puto armario de esta cocina.
ELENA: Que costó trescientos eurazos.
ELENA: Porque el señor no podía soportar que la charcutera del Mercadona le cortara el pavo demasiado grueso.
CARLOS: ¡El grosor del fiambre es fundamental para percibir la textura y el sabor!
CARLOS: ¡Cualquier chef estrella Michelin te lo confirmaría ahora mismo!
ELENA: Carlos.
ELENA: Compramos chopped de pavo rebajado al cincuenta por ciento.
ELENA: No eres Martín Berasategui, eres un contable con ínfulas.
Elena da un golpe suave con la palma de la mano sobre la mesa.
Un gesto que cierra el tribunal de cuentas y dicta sentencia firme.
ELENA: Por todo esto y mucho más, el dinero entra directamente a la cuenta común.
ELENA: Porque si yo no pongo un muro de contención, mañana apareces por la puerta con una máquina de algodón de azúcar para el salón.
ELENA: O con un equipo completo de buceo submarino, a pesar de que no sabes ni flotar en la piscina del polideportivo municipal.
Carlos se recuesta lentamente hacia atrás en su silla.
Se siente física y mentalmente apaleado por el aplastante peso de los argumentos históricos de su mujer.
Pero el orgullo masculino español es una bestia difícil de matar.
Incluso acorralado, incluso sabiendo que ella tiene razón al mil por ciento en todo lo que ha expuesto.
Incluso sabiendo que el puto dron sigue metido en una bolsa del Día debajo de la cama con una hélice partida.
Carlos necesita recuperar algo de terreno moral en esta discusión.
Necesita plantar cara ante la injusticia filosófica de su situación.
CARLOS: Todo eso que dices está muy bien, Elena.
CARLOS: Tienes una memoria prodigiosa para mis errores y una amnesia absoluta para los tuyos.
ELENA: Ilumíname, por favor.
CARLOS: ¿Qué hay de los quinientos euros que te gastaste en la Thermomix que usas exclusivamente para hacer puré de calabacín una vez al mes?
ELENA: La Thermomix es una inversión para la salud de esta familia y ahorra tiempo y energía eléctrica.
CARLOS: ¡Amén!
CARLOS: ¡Claro que sí!
CARLOS: Cuando lo compras tú es una “inversión de salud”, cuando lo compro yo es una “fuga de capitales irresponsable”.
CARLOS: El doble rasero de esta casa es digno de un estudio en la Universidad de Oxford.
Carlos se pone en pie de un salto.
La silla raspa violentamente contra el suelo de tarima flotante, emitiendo un chirrido agudo.
Empieza a caminar en círculos alrededor de la mesa del comedor.
Gesticulando ampliamente con los brazos, como un actor de teatro en medio del monólogo final del último acto.
PARTE 3
Carlos detiene su marcha frenética justo enfrente de la ventana del salón.
Mira a través del cristal hacia los letreros luminosos de la calle, buscando inspiración o consuelo en el frío neón de la farmacia de guardia.
CARLOS: ¿Tú te crees que esto es vida, Elena?
CARLOS: Te lo pregunto completamente en serio, a nivel profundo y existencial.
Elena lo sigue con la mirada, girando ligeramente la cabeza, cruzada de brazos.
ELENA: ¿El qué es vida exactamente, Carlos?
ELENA: ¿Tener un techo, comida caliente y no deberle dinero a los prestamistas rusos?
ELENA: Sí, yo diría que es una vida bastante decente dentro del promedio nacional.
CARLOS: No, no me refiero a eso y lo sabes perfectamente.
CARLOS: Me refiero a esta dinámica asfixiante.
CARLOS: A esta sensación constante de ser un adolescente pidiendo la paga de los sábados a su madre estricta.
Carlos se gira de golpe, señalándose el pecho con el dedo índice repetidas veces.
CARLOS: Tengo treinta y seis años, Elena.
CARLOS: Treinta. Y. Seis. Tacos.
CARLOS: Tengo principios de calvicie, colesterol en el límite superior y una hernia discal incipiente.
CARLOS: Y sobre todo, me dejo la puta vida en la oficina todos y cada uno de los días laborables de este bendito calendario.
ELENA: Nadie dice que no trabajes duro, Carlos.
ELENA: Yo también trabajo ocho horas en la clínica dental aguantando bocas ajenas y no me estoy dando golpes en el pecho como Tarzán.
CARLOS: ¡Pero la gran diferencia es que tú eres dueña y señora de tu sueldo y del mío!
CARLOS: ¡Tú eres la matriarca absoluta que decide el destino de cada céntimo que cruza el umbral de esta maldita puerta blindada!
Carlos vuelve a acercarse a la mesa, apoyando ambas manos sobre la madera, inclinándose hacia ella.
CARLOS: Matarse a currar cuarenta malditas horas semanales.
CARLOS: Cuarenta horas tragando sapos del jefe.
CARLOS: Cuarenta horas aguantando a clientes que no saben ni lo que quieren.
CARLOS: Cuarenta horas de desgaste físico y mental innegociable.
CARLOS: ¿Para qué?
Carlos levanta un calcetín negro que había quedado abandonado sobre la silla más cercana.
Un calcetín triste, descolorido y con un agujero evidente en la zona del dedo gordo del pie.
Lo sostiene en el aire como si fuera la prueba irrefutable de un crimen de lesa humanidad ante el tribunal de La Haya.
CARLOS: ¡Para tener que pedirte un puto permiso por escrito para comprarme unos tristes calcetines en el Carrefour!
CARLOS: ¡Es humillante, Elena!
CARLOS: ¡Es profunda y absolutamente humillante para un hombre de mi edad!
Elena mira el calcetín agujereado que ondea frente a su cara.
Luego mira a los ojos enrojecidos y desesperados de su marido.
Un silencio pesado y denso desciende sobre el comedor de la vivienda.
Solo se escucha el ruido molesto del tráfico lejano que entra por la ventana semiabierta del salón.
Y el constante y machacón tic, tac, tic, tac del reloj de cocina barato.
Elena baja los brazos finalmente.
Su expresión se suaviza un milímetro, aunque su postura sigue siendo firme e inquebrantable.
ELENA: No tienes que pedirme permiso para comprar calcetines, Carlos.
ELENA: No seas tan tremendamente dramático, que te gusta más una tragedia que a Lorca.
ELENA: Sabes perfectamente que si necesitas ropa interior, vas, la compras con la tarjeta de crédito de la cuenta común y punto final.
CARLOS: ¡Pero ese es exactamente el problema psicológico del asunto!
CARLOS: ¡La tarjeta de crédito de la cuenta común es un radar de la DGT en mi propia cartera!
CARLOS: ¡Si pago cinco con noventa y nueve en la sección textil del hipermercado, al segundo y medio te llega una maldita notificación a tu móvil!
CARLOS: Din-don.
CARLOS: “Carlos ha gastado dinero en algo”.
CARLOS: Y entonces empieza el interrogatorio nocturno cuando llego a casa.
Carlos imita la voz aguda de Elena con un falsete bastante deficiente y ridículo.
CARLOS: “¿Qué te has comprado por seis euros en el Carrefour a las siete y media de la tarde, Carlos?”
CARLOS: “¿Eran necesarios esos calcetines de deporte, Carlos?”
CARLOS: “¿No tenías ya suficientes calcetines en el cajón de abajo de la cómoda, Carlos?”
Elena no puede evitar que una media sonrisa traicionera asome por la comisura de sus labios.
Sabe que Carlos está exagerando, pero también sabe que la imitación tiene un fondo verídico innegable.
ELENA: Yo no hablo con esa voz de pito, para empezar.
CARLOS: ¡El tono es irrelevante, el fondo del mensaje es lo que me destruye la moral!
CARLOS: Tengo un supervisor por la mañana en la puta oficina pidiéndome informes de rendimiento.
CARLOS: Y tengo a la ministra de Economía y Hacienda por la noche en mi propio salón pidiéndome facturas proforma de la ropa interior.
CARLOS: No soy un hombre libre, Elena.
CARLOS: Soy un esclavo asalariado del sistema y un peón financiero dentro de mi propio matrimonio.
Elena niega con la cabeza, riendo por lo bajini, intentando mantener la seriedad de la discusión.
ELENA: Eres un llorica profesional, eso es lo que eres.
ELENA: Un llorica que sabe perfectamente que si yo no llevara las riendas de este tren, habríamos descarrilado hace cuatro años.
ELENA: ¿Te acuerdas del mes que te dejé a ti encargado de pagar los recibos del seguro del coche y del gas?
Carlos vuelve a desviar la mirada, tosiendo falsamente contra su puño cerrado.
CARLOS: Aquello fue un malentendido con las fechas de domiciliación bancaria.
CARLOS: Una simple desincronización de los plazos burocráticos.
ELENA: Nos cortaron el gas en pleno mes de noviembre, Carlos.
ELENA: Tuvimos que ducharnos con agua helada durante tres putos días seguidos porque al señor se le olvidó mirar el correo electrónico.
ELENA: Y el seguro del coche estuvo sin pagar quince días.
ELENA: Si llegas a tener un roce con la furgoneta de reparto en ese periodo, ahora mismo estaríamos viviendo debajo del puente de Vallecas en una caja de cartón de frigorífico.
CARLOS: ¡Ya pedí perdón por aquello hasta quedar sin voz!
CARLOS: ¡Un error humano le puede pasar a cualquiera que esté sometido a un alto nivel de estrés laboral!
ELENA: Por eso mismo, porque tienes mucho estrés laboral, yo asumo amablemente la tremenda carga de la gestión financiera.
ELENA: Deberías darme las gracias de rodillas y traerme flores en lugar de montarme este numerito teatral cada maldito final de mes.
PARTE 4
Carlos se deja caer pesadamente sobre la silla, derrotado por el aplastante peso de los antecedentes penales financieros.
Se pasa las dos manos por la cara, frotándose los ojos cansados con desesperación y frustración a partes iguales.
CARLOS: No te estoy quitando el mérito, joder.
CARLOS: Sé que eres una máquina de la organización y que si no fuera por tus hojas de Excel, seríamos unos indigentes con buen gusto para las herramientas inútiles.
CARLOS: Pero es que esto no es sano mentalmente para mí.
CARLOS: Me siento emasculado financieramente.
ELENA: ¿Emasculado financieramente?
ELENA: ¿De qué maldito podcast de desarrollo personal para hombres alfa has sacado esa tremenda gilipollez?
CARLOS: ¡De ninguno, me acaba de salir del alma, joder!
CARLOS: Solo digo que quiero un mínimo margen de maniobra, Elena.
CARLOS: Una cantidad mensual, por pequeña que sea, que sea solo mía, invisible a tus radares, exenta de tus auditorías y libre de tus putos juicios de valor.
CARLOS: Dinero negro legal dentro de nuestra propia casa.
CARLOS: Fondos reservados del Ministerio del Interior.
Elena le mira fijamente durante un largo y tenso minuto entero sin decir absolutamente ni una sola palabra de respuesta.
Evalúa la situación con frialdad y cálculo, como un buen general frente al mapa de batalla antes de la ofensiva final.
Sabe perfectamente que ha ganado la guerra principal, el sueldo completo ya está seguro y a salvo en el búnker de la cuenta conjunta.
Pero también es consciente de que apretar demasiado la soga al cuello de los rehenes puede provocar un motín en la prisión en cualquier momento inesperado.
La diplomacia matrimonial requiere concesiones simbólicas para mantener la paz social a largo plazo.
ELENA: Cincuenta euros.
Carlos levanta bruscamente la cabeza de sus manos, mirándola con los ojos muy abiertos y brillantes.
CARLOS: ¿Cómo?
ELENA: Cincuenta euros al mes.
ELENA: Transferidos a tu cuenta personal y secreta.
ELENA: Para tus cañas, tus chicles imaginarios, el tabaco que no fumas o para ahorrar y comprarte otro maldito dron de mierda si te da la real gana.
ELENA: Sin preguntas, sin explicaciones, sin notificaciones en mi móvil.
ELENA: Dinero invisible.
Carlos traga saliva con fuerza, sintiendo que acaba de firmar el Tratado de Versalles pero al menos conserva algo de territorio soberano propio.
CARLOS: Cincuenta es muy poco, Elena, con la inflación galopante y el IPC por las nubes eso no me da ni para diez desayunos en la oficina.
CARLOS: Setenta y cinco y cerramos el trato ahora mismo como personas adultas y civilizadas.
ELENA: Sesenta y no se hable más del puto asunto, que me estás empezando a dar un tremendo dolor de cabeza y todavía tengo que hacer la cena de hoy.
CARLOS: Sesenta.
CARLOS: Trato hecho.
CARLOS: Sesenta euros de pura, absoluta e indiscutible libertad condicional.
Elena saca su móvil del bolsillo del pantalón vaquero, desbloquea la pantalla y entra ágilmente en la aplicación de su banco.
Hace la transferencia a la velocidad de la luz y el móvil de Carlos pita encima de la mesa del comedor casi al instante con un sonido celestial y liberador.
Din-don.
Carlos coge su teléfono móvil como si fuera el Santo Grial recién descubierto y mira el saldo actual de su cuenta personal.
Sesenta euros con cero céntimos.
Una fortuna incalculable.
Un tesoro pirata escondido en el paraíso fiscal de su propio bolsillo.
Sonríe levemente, sabiendo en el fondo de su alma que ha sido humillado, derrotado y manipulado, pero conformándose miserablemente con las jugosas migajas del gran pastel.
Elena se da la vuelta para regresar a los fogones de la cocina, pero se detiene un segundo bajo el marco de la puerta del salón mirando hacia atrás por encima del hombro.
ELENA: Por cierto, Carlos.
CARLOS: Dime, mi amada y benevolente líder suprema.
ELENA: Mañana por la tarde al salir del trabajo tienes que ir sin falta a la gasolinera de la avenida principal.
CARLOS: ¿Para qué tengo que ir allí?
ELENA: Para llenar el depósito del Seat Ibiza, que está casi en reserva roja parpadeando.
CARLOS: Vale, perfecto, lo llevo y lo lleno.
ELENA: Y por favor, no seas tan imbécil y acuérdate de pagar el combustible con la tarjeta azul de la cuenta común, no me vayas a fundir tu nueva fortuna secreta en gasolina sin plomo noventa y cinco para ir a trabajar por nosotros.
Elena le lanza un guiño cómplice y descarado, y desaparece por el pasillo hacia la cocina, dejando tras de sí el olor a cebolla pochada y una sensación de absoluta derrota táctica.
Carlos se queda completamente solo en el comedor, mirando fijamente la pantalla del teléfono, los sesenta euros que parecen reírse de él desde el cristal digital.
Se recuesta nuevamente en la silla de madera maciza del Ikea, sintiendo todo el peso de los siglos de evolución humana cayendo sobre sus hombros encorvados.
Sus abuelos probablemente gestionaban todo el dinero familiar y daban una pequeña asignación a sus esposas para la compra semanal del mercado de abastos.
Sus padres seguramente tenían cuentas separadas o una cuenta común donde ambos aportaban a partes iguales sin preguntarse mutuamente por los pequeños gastos diarios en ocio.
Y ahora él, un hombre del siglo veintiuno, con estudios universitarios, un trabajo estable y un plan de pensiones privado, está secretamente celebrando haber conseguido recuperar sesenta tristes euros de su propia nómina de mil seiscientos sin tener que justificarlo.
La gran ironía de la modernidad y la igualdad dentro del hogar español le golpea de frente como un tren de mercancías sin frenos bajando por una pendiente resbaladiza.
¿Es este el modelo definitivo del éxito matrimonial a largo plazo en la clase media trabajadora de hoy en día?
¿Ceder el control absoluto y total de las finanzas a la persona más responsable de la pareja para evitar el desastre económico asegurado y la ruina inminente?
¿O es simplemente una infantilización voluntaria y pactada del hombre moderno que prefiere no asumir las cargas mentales de llevar la contabilidad familiar diaria?
Carlos mira el calcetín roto que sigue encima de la mesa, la aplicación del banco en su móvil y escucha a su mujer canturrear una canción de Alejandro Sanz en la cocina mientras prepara unos filetes de pollo a la plancha para la cena.
Se levanta lentamente de la silla, coge los sesenta euros virtuales en su móvil y se guarda el aparato en el bolsillo del pantalón con un suspiro de rendición incondicional y absoluta paz interior temporal.
La duda se queda flotando en el aire del pequeño piso de Vallecas, mezclándose con el espeso olor a aceite frito de la sartén antiadherente, rebotando contra las frías paredes del pasillo y cuestionando los cimientos mismos de la convivencia moderna contemporánea.
¿Es normal que uno de los miembros gestione absolutamente todo el dinero de la casa?