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La persiana del salón está bajada a medias.

La persiana del salón está bajada a medias.

Exactamente a la altura necesaria para que el sol de las seis de la tarde no se refleje en la pantalla plana.

En la televisión, un ñu cruza el Serengueti con una lentitud exasperante.

La voz de Jordi Hurtado o de algún narrador de La 2 flota en el ambiente denso del piso.

Es martes.

O quizá miércoles.

Cuando llevas doce meses en el paro, los días de la semana pierden su identidad.

Se fusionan en una masa gelatinosa de mañanas tardías y tardes eternas.

Marcos está tumbado en el sofá de tres plazas.

Ha adoptado la posición fetal inversa.

Una pierna colgando hacia el suelo.

El brazo derecho doblado en un ángulo imposible bajo el cojín de Ikea.

El mando a distancia descansa sobre su pecho, subiendo y bajando al ritmo de su respiración fingida.

Marcos está practicando el noble arte de la siesta falsa.

Una técnica depurada tras un año de inactividad laboral remunerada.

El cerebro no se apaga, pero el cuerpo simula un coma profundo.

¿El objetivo?

Convencerse a sí mismo de que está recargando pilas.

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