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La Noche en que Todas las Puertas se Cerraron

La lluvia golpeaba las ventanas del autobús mientras Lucía apretaba el teléfono entre las manos. Granada desaparecía lentamente detrás de la neblina nocturna, y el conductor parecía cada vez más incómodo conforme avanzaban por aquella carretera vacía.

—¿Segura de que alguien vive por aquí? —preguntó el conductor mirando por el espejo.

—Eso decía el anuncio.

—No me gusta esta zona.

Lucía soltó una pequeña risa nerviosa.

—Solo es una mansión antigua. Tengo que cuidar la casa por una noche.

El hombre negó con la cabeza.

—La gente del pueblo evita este lugar.

—¿Por qué?

El conductor dudó unos segundos.

—Porque hace años desapareció una familia entera allí.

Lucía sintió un escalofrío.

—Eso es imposible.

—Tal vez. Pero nadie volvió a comprar la propiedad… hasta hace unos meses.

El autobús finalmente se detuvo frente a un enorme portón negro.

—Llegamos.

Lucía bajó con su mochila y observó la mansión a lo lejos, iluminada apenas por algunos faroles amarillos. El edificio parecía salido de otro siglo: paredes de piedra oscura, balcones enormes y ventanas demasiado altas.

Antes de subir nuevamente al autobús, el conductor habló con voz seria.

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