Si crees que el amor no debería tener edad ni clase social, suscríbete. Quiero que estemos juntos hasta el final de esta historia. Lo que ella sintió en ese momento, según contaría años más tarde en una entrevista para el programa en compañía de no fue exactamente un flechazo. “Yo no creo que eso haya sido amor a primera vista”, confesó la actriz.
Lo que pasa es que el Señor era impactante. Impactante. Esa palabra impactante es probablemente la que mejor define lo que Sasha Montenegro sintió aquella tarde en Sevilla. No fue atracción física, no fue deseo, fue algo más difícil de explicar. fue la sensación de estar delante de un hombre que había gobernado a un país entero, un hombre que había manejado el poder absoluto, un hombre que a pesar de sus 62 años transmitía una autoridad que ninguno de los actores con los que había trabajado tenía y esa
autoridad era exactamente lo que a Sasha le faltaba en aquel momento. Pero antes de hablar de lo que pasó después de aquella tarde en Sevilla, hay que entender también quién era José López Portillo en 1984. Tenía 62 años y aunque hacía solo 2 años que había salido de la presidencia de México, ya cargaba con un apellido que casi nadie en el país quería pronunciar.
El sexenio de López Portillo, de 1976 a 1982 había sido uno de los más controvertidos de la historia moderna de México. Había empezado con un descubrimiento glorioso, los grandes yacimientos petroleros de Cantarel, una riqueza que parecía infinita, un país que durante unos años creyó que iba a convertirse en una potencia mundial y había terminado con la peor crisis económica desde la revolución.
El peso devaluado tres veces, la deuda externa disparada, la banca nacionalizada en una decisión sorpresa que dejó a miles de empresarios al borde de la quiebra. Y un discurso final en septiembre de 1982, donde el presidente había llorado en cadena nacional jurando defender el peso como un perro.
Esa frase, “Defender el peso como un perro se le quedaría pegada para el resto de su vida”. Cuando salió de la presidencia en diciembre de 1982, el pueblo [carraspeo] mexicano lo despreciaba abiertamente. Le gritaban ladrón por las calles, le tiraban tomates en los aeropuertos, le cantaban canciones burlándose de él y la prensa internacional lo había rebautizado con un apodo cruel.
Jolopo, el acrónimo de su nombre, pero también la onomatopella de algo grasoso, ridículo, vergonzoso. López Portillo durante toda su vida había sido un hombre acostumbrado al poder, hijo de una familia acomodada del Distrito Federal, abogado, profesor universitario, funcionario público desde muy joven y sobre todo un hombre con una vida personal muy poco convencional para la clase política mexicana de los años 70.
Su biografía oficial incluía una infancia entre libros, una juventud entre viajes a Europa y una madurez marcada por las relaciones de poder. Conocía a todos los líderes latinoamericanos de su generación. Había cenado con los presidentes de Estados Unidos. Había gobernado un país con una economía petrolera en expansión brutal.
Pero por dentro, José López Portillo, era también un hombre con una sensibilidad artística que muy pocos políticos mexicanos tenían. Escribía poesía, pintaba, leía filosofía clásica, citaba a los autores grecolatinos en sus discursos presidenciales y vivía rodeado de bibliotecas privadas que algunos visitantes describían como las más impresionantes del país.
Estaba casado oficialmente con Carmen Romano Nolk, conocida popularmente como la reina de las pirámides por el ostentoso estilo con el que había vivido durante el sexenio. Carmen era pianista profesional, mujer culta, religiosa y le había dado al expresidente cuatro hijos legítimos: José Ramón, Carmen Beatriz, Paulina y un cuarto que murió siendo niño.
Pero el matrimonio entre López Portillo y Carmen Romano llevaba años desecho, no formalmente, pero sí emocionalmente. Durante el sexenio, los rumores sobre infidelidades del presidente eran constantes. Modelos, actrices, periodistas, secretarias. Su nombre aparecía vinculado en susurros y revistas de chismes con casi cualquier mujer atractiva con la que se le veía coincidir.
Pero Carmen Romano nunca se divorció, nunca habló, nunca abandonó el papel de primera dama. Aguantó hasta el día en que su marido, ya expresidente, la mandó a vivir a una casa separada en el año 1983. sin papeles oficiales de divorcio, sin escándalo público, pero también sin matrimonio real.
Y por eso, en 1984, cuando José López Portillo decidió viajar a España, viajaba como un hombre formalmente casado, pero en la práctica completamente libre. Y en Sevilla, durante una procesión de Semana Santa, vio a una mujer rubia entre la multitud. la reconoció enseguida porque como buena parte de los mexicanos de su generación, José López Portillo había visto al menos una de las películas de Sasha Montenegro, aunque jamás lo habría admitido en público.
Pronunció su nombre desde el otro lado de la procesión y cuando ella se giró, algo cambió para los dos, aunque ninguno de los dos lo sabía todavía. Esa misma tarde, después de la procesión, José López Portillo y Sasha Montenegro caminaron juntos por las calles del barrio de Santa Cruz hasta encontrar un pequeño restaurante.
Pidieron tapas, vino tinto y se quedaron hablando durante más de 3 horas. Él le contó cómo había sido su salida de la presidencia, las traiciones de los que él consideraba sus amigos, la hostilidad del pueblo mexicano, la crisis personal de un hombre que durante 6 años había sido todopoderoso y ahora vivía prácticamente exiliado en una propiedad rural fuera de la Ciudad de México.
Ella le contó lo que había sido su vida, la huida de su madre yugoslava, el cine de ficheras, los papeles que le ofrecían cada vez con menos brillo y la sensación de que a los 38 años México empezaba a olvidarla. Aquella primera cena duró hasta la madrugada, pero ninguno de los dos quiso seguir más allá.
López Portillo le pidió su teléfono en México. Sasha se lo dio y se despidieron en la puerta del restaurante con un beso en la mejilla, como dos viejos conocidos que se habían reencontrado por casualidad, solo que jamás se habían visto antes en su vida.
Si has llegado hasta aquí es porque te importa. Suscríbete antes de continuar. Cuando Sasha Montenegro volvió a México, semanas después encontró un sobre esperándola en su casa de Cuernavaca. Dentro una carta escrita a mano, larga con la caligrafía firme de un hombre acostumbrado a firmar decretos presidenciales.
López Portillo le pedía que se vieran a solas en su casa privada. Sasha aceptó y desde ese momento, durante el siguiente año entero, los dos vivieron una relación que ningún periodista mexicano consiguió documentar. Encuentros en propiedades aisladas, cenas privadas, llamadas telefónicas a las 3 de la madrugada, cartas escritas a mano que ella guardaría hasta el día de su muerte.
Y en 1985 ocurrió lo que ninguno de los dos había planeado. Sasha Montenegro se quedó embarazada. La noticia, según contaría ella misma años más tarde, no fue recibida con alegría inmediata por parte de él. López Portillo seguía estando formalmente casado con Carmen Romano. Sus hijos legítimos eran ya adultos jóvenes que empezaban a tener vida propia y un escándalo público sobre un hijo ilegítimo con una actriz del cine de ficheras.
podía destruir lo poco que le quedaba de prestigio social al expresidente. Pero Sasha tomó una decisión, iba a tenerlo y si López Portillo no quería formar parte de la vida de su hijo, ella lo criaría sola. López Portillo le insistió, le pidió tiempo, le pidió discreción, le pidió sobre todo que no hiciera pública la identidad del padre y Sasha aceptó.
A finales de 1985 nació Nabila López Portillo Achimovic, una niña rubia con los ojos claros de su madre y las facciones marcadas de su padre. Y dos años después, en 1987, llegó el segundo hijo, Alejandro López Portillo Achimovic, dos hijos, dos secretos y una mujer aristocrática que había decidido renunciar a su carrera de actriz para criar sola a dos niños que apenas veían a su padre.
Porque Sasha Montenegro, a partir del nacimiento de Navila, prácticamente dejó de aceptar papeles importantes en el cine mexicano. Las productoras le ofrecían trabajo, los directores la llamaban, pero ella una y otra vez decía que no. Era una decisión consciente. Sabía que si volvía a aparecer en pantalla protagonizando una comedia picante, los hijos que estaba criando sufrirían las burlas en la escuela.
Y sabía también que si crecían viendo a su madre en portadas de revistas masculinas, la relación entre ellos jamás sería la misma. Así que Sasha desapareció. Las películas que protagonizó después de 1985 se pueden contar con los dedos de una mano. La estrella del cine de ficheras, la diva de los carteles, la mujer que había protagonizado Bellas de noche, ya no existía.
En su lugar vivía en Cuernavaca una madre soltera con dos hijos rubios y un secreto que apenas podía contar a sus amigas más cercanas. Mientras tanto, en México, Carmen Romano seguía siendo oficialmente la esposa del expresidente. Vivía en una casa separada. Casi no se hablaba con su marido, pero el matrimonio nunca se rompió formalmente.
Y Sasha Montenegro durante casi 10 años vivió en lo que los franceses llaman menaje Cache. Una vida escondida, una vida sin oficialización, una vida en la que cada visita pública de López Portillo a Cuernavaca tenía que justificarse como viaje de trabajo. Pero los periodistas mexicanos lo sabían.
Los empresarios lo sabían, los políticos lo sabían y sobre todo la familia legítima de López Portillo lo sabía, especialmente una persona, Margarita López Portillo, la hermana del expresidente y la mujer que según testimonios de gente cercana a la familia jamás le perdonó a Sasha Montenegro lo que estaba haciendo con su hermano.
Margarita era 5 años mayor que José, funcionaria pública, directora durante años de radio, televisión y cinematografía de México durante el sexenio de su hermano. Una mujer de clase media alta, católica, conservadora, profundamente protectora del apellido familiar. Durante el sexenio de su hermano, Margarita había acumulado un poder paralelo muy considerable.
Manejaba a su antojo la producción cinematográfica nacional. Decidía qué películas se subvencionaban y cuáles no. Controlaba parte importante del aparato cultural del país y, sobre todo, había desarrollado una red de contactos en los medios mexicanos que después le sería extremadamente útil.
Y Sasha Montenegro representaba para Margarita todo lo que el apellido López Portillo no debía mezclarse jamás. una actriz de películas con desnudos, una mujer divorciada, una extranjera, una mujer 24 años más joven que su hermano y sobre todo una mujer que estaba teniendo hijos con un hombre que seguía legalmente casado con Carmen Romano.
Las palabras exactas que Margarita habría dicho sobre Sasha, según fuentes cercanas a la familia citadas por periodistas como Gustavo Adolfo Infante, eran extremadamente duras. Esa mujer no entrará jamás a esta familia. Mi hermano está siendo manipulado. Esos hijos no son hijos del apellido López Portillo.
Frases que Margarita habría repetido durante años a quien quisiera escucharla. En los círculos políticos de Los Pinos, en las cenas familiares, en las llamadas telefónicas con los abogados de la familia y sobre todo en las redacciones de las revistas de espectáculos mexicanos.
donde Margarita tenía amigos personales desde los años 70 y mientras Margarita hacía campaña privada contra Sasha, Carmen Romano hacía exactamente lo contrario. Carmen Romano callaba, aguantaba. Vivía en su casa separada, dedicada a la música clásica y a la fe católica. Y aunque sabía perfectamente todo lo que estaba pasando entre su marido y la actriz, decidió que el silencio era la mejor estrategia.
por orgullo, por dignidad y quizás por una cuestión todavía más práctica. Mientras Carmen Romano siguiera siendo legalmente la esposa de José López Portillo, todos los bienes patrimoniales del expresidente, las propiedades, las cuentas bancarias, las inversiones seguían perteneciendo al matrimonio oficial y por tanto en caso de fallecimiento a sus hijos legítimos.
Sasha Montenegro y sus hijos no tendrían absolutamente nada. Y eso, según gente cercana a Carmen Romano, era exactamente lo que ella quería. Pero entonces, en mayo de 1989, ocurrió algo que cambiaría todo el equilibrio. Carmen Romano murió. Tenía solo 54 años. Llevaba meses enferma de cáncer de pulmón.
Y aunque José López Portillo la visitó en sus últimas semanas, las versiones sobre lo que pasó entre ellos en aquellas visitas son contradictorias. Hay quienes dicen que Carmen le perdonó. Hay quienes dicen que le pidió que jamás se casara con Sasha Montenegro. Hay quienes dicen incluso que Carmen le hizo prometer en su lecho de muerte que los hijos legítimos serían siempre prioritarios sobre cualquier otro hijo natural.
Lo único que se sabe con certeza es que tras la muerte de Carmen Romano, José López Portillo pasó por uno de los periodos más oscuros de su vida. Tardó casi 6 años en volver a hablar de matrimonio con Sasha. 6 años en los que Margarita López Portillo aprovechó para reforzar su control sobre la familia.
6 años en los que los hijos legítimos de López Portillo empezaron a tomar las riendas del patrimonio familiar. 6 años en los que Sasha Montenegro, en su casa de Cuernavaca, criaba sola a Nabila y a Alejandro, esperando una decisión que tardaba en llegar hasta que finalmente en 1995 ocurrió.
José López Portillo, a los 73 años decidió casarse con Sasha Montenegro. Pero ya era tarde, mucho más tarde de lo que ninguno de los dos había imaginado. La boda fue discreta, casi secreta, una ceremonia civil en una propiedad privada. Pocos invitados, ningún miembro de la prensa y sobre todo ningún hijo legítimo de López Portillo asistió.
Ni José Ramón, ni Carmen Beatriz, ni Paulina. Tampoco asistió Margarita. La hermana del expresidente había mandado un mensaje claro a través de sus abogados. Si su hermano se casaba con esa mujer, ella rompería públicamente con él. Y José López Portillo, por primera vez en su vida, decidió ignorar a su hermana.
se casó con Sasha Montenegro, pero el precio de aquella decisión fue altísimo. Margarita cumplió su amenaza, rompió relaciones con su hermano y empezó junto con los hijos legítimos del expresidente una guerra silenciosa que duraría hasta el último día de la vida de José López Portillo.
Una guerra patrimonial. Porque mientras la familia legítima aceptaba que Sasha era ahora oficialmente la esposa del expresidente, ninguno de ellos estaba dispuesto a perder un solo peso de la herencia que les correspondía y los abogados empezaron a moverse. En los años siguientes a la boda, José López Portillo fue lentamente perdiendo el control de su patrimonio.
Sus hijos legítimos, asesorados por equipos legales pagados con dinero familiar, fueron traspasando propiedades a fide y comisos, vendiendo terrenos, cerrando empresas que llevaban su apellido y dejando al expresidente cada vez más con apenas el control de su vida cotidiana. Las maniobras eran sofisticadas.
Los abogados de la familia legítima conocían perfectamente la legislación patrimonial mexicana. sabían cómo crear estructuras corporativas que protegieran los bienes del expresidente sin que él mismo se diera cuenta de que estaba perdiendo el control. Y sobre todo, sabían cómo justificar legalmente cada movimiento como una decisión libre del propio López Portillo.
Sasha lo veía todo, pero no podía hacer nada. Cualquier intento de su parte por proteger los intereses económicos de su marido era interpretado por la familia legítima como una maniobra para apropiarse de la herencia. Y los medios mexicanos durante esos años alimentaron esa narrativa. Sasha Montenegro fue retratada por la prensa rosa una y otra vez como La Casa Fortunas, la actriz de cine de ficheras que se había metido en la cama del expresidente por interés.
la extranjera que estaba robándole la herencia a los verdaderos hijos. Esa narrativa caló profundo en el imaginario colectivo mexicano y aunque Sasha la negaba en cada entrevista, las pruebas que se iban acumulando parecían reforzarla por la edad, por la diferencia de clase social, por el cine de ficheras, por todo lo que ella representaba para una clase media mexicana profundamente conservadora.
Porque José López Portillo, ya casado oficialmente, decidió hacer algo que sorprendió a propios y a extraños. Reconoció legalmente a Nabila y a Alejandro como sus hijos. Les puso el apellido López Portillo y los incluyó oficialmente en el testamento. Eso para la familia legítima fue una declaración de guerra.
Si Nabila y Alejandro tenían apellido López Portillo, podían reclamar derechos hereditarios al mismo nivel que los hijos legítimos. Es decir, los hijos de Carmen Romano tendrían que compartir la herencia con los dos hijos de Sasha y el patrimonio, ya muy reducido por las maniobras anteriores, se dividiría en seis partes en lugar de cuatro.
A los hijos legítimos no les gustó y a Margarita López Portillo todavía. Pero el expresidente, a esas alturas de su vida, ya no estaba dispuesto a ceder. Llevaba más de 10 años viviendo con Sasha Montenegro. Había criado a Nabila y a Alejandro como propios. Y aunque entendía que la familia legítima nunca aceptaría a su segunda esposa, quería al menos asegurarse de que sus dos hijos naturales tuvieran un futuro digno.
O al menos eso es lo que él pensaba en 1995. Porque lo que José López Portillo no sabía era que su salud estaba a punto de deteriorarse de forma irreversible y que su hermana Margarita iba a aprovechar ese deterioro físico para dar el último golpe definitivo contra Sasha Montenegro y sus dos hijos.
Un golpe del que la actriz tardaría años en recuperarse. A principios de los 2000, José López Portillo empezaba a tener problemas serios de salud. Tenía casi 80 años. La memoria empezaba a fallarle. Las piernas no le respondían como antes. Necesitaba ayuda para tareas básicas y, sobre todo, su capacidad de tomar decisiones legales y financieras importantes estaba claramente deteriorada.
Y en ese momento, según gente que vivió de cerca esos años, Margarita López Portillo empezó a maniobrar. Sus abogados convencieron al expresidente ya muy debilitado, de que Sasha Montenegro le estaba robando la herencia, que sus hijos legítimos estaban siendo despojados, que el apellido López Portillo estaba siendo manchado y le pusieron delante un documento, una solicitud de divorcio.
En el año 2003, José López Portillo firmó esa solicitud y los abogados de la familia legítima iniciaron formalmente el proceso de divorcio contra Sasha Montenegro. Sasha quedó destrozada después de casi 20 años a su lado, después de criar sola a sus dos hijos durante la primera década, después de aguantar el desprecio de Margarita, la hostilidad de los hijos legítimos, las narrativas de la prensa rosa que la pintaban como casa fortunas, ahora su propio marido le pedía el divorcio. Sasha
contrató a sus propios abogados y la batalla legal empezó. Los abogados de Sasha argumentaron que José López Portillo no estaba en plena capacidad mental cuando firmó la solicitud de divorcio, que había sido manipulado por su hermana, que el documento debía considerarse nulo.
Presentaron testimonios médicos, informes psiquiátricos, declaraciones de personas que habían visto al expresidente en sus últimas semanas y que coincidían en lo mismo. López Portillo, en el momento de firmar aquel papel, ya no era capaz de tomar decisiones complejas. Confundía nombres. Olvidaba conversaciones recientes.
A veces no reconocía a sus propios hijos. Los abogados de la familia legítima argumentaron exactamente lo contrario. Presentaron médicos que decían que el expresidente estaba perfectamente lúcido. Citaron testigos que aseguraban haberlo visto firmar documentos con plena conciencia de lo que hacía y acusaron a Sasha Montenegro una vez más de querer manipular a un anciano enfermo para quedarse con la fortuna familiar.
Los medios mexicanos durante esos meses no hablaron de otra cosa. La actriz contra la familia presidencial, la extranjera contra la hermana del expresidente, la casa fortuna, según unos, contra la víctima del manipuleo, según otros. Y mientras los jueces se reunían, mientras los expedientes se acumulaban, mientras la prensa mexicana volvía a hablar de la Casa Fortunas Yugoslava, José López Portillo, en su casa de Cuernavaca se moría lentamente hasta que llegó el día 17 de febrero de
- José López Portillo Pacheco, expresidente de México, murió en su casa a los 83 años. oficialmente de complicaciones derivadas de una neumonía, pero el proceso de divorcio seguía abierto y aquí ocurrió algo que casi nadie en México sabe. Los jueces, después de revisar el expediente completo, decidieron que el divorcio era nulo, que José López Portillo no había estado en condiciones mentales para tomar esa decisión y que por lo tanto Sasha Montenegro seguía siendo legalmente su esposa en el
momento de su muerte. Sasha ganó el juicio después de muerto, pero la victoria fue agridulce porque mientras los tribunales le reconocían el estatus de viuda legítima, el patrimonio que su marido había acumulado durante toda su vida ya estaba prácticamente vacío. Las propiedades habían sido traspasadas a fideicomisos controlados por los hijos legítimos.
Las cuentas bancarias importantes habían sido cerradas o repartidas años antes. Las empresas con el apellido López Portillo habían sido vendidas o reorganizadas. Y a Sasha Montenegro, después de 20 años al lado del expresidente le quedó únicamente una propiedad, la colina del perro.
Una mansión rural en las afueras de la ciudad de México. Hermosa, sí. Valiosa, sí. Pero apenas una fracción de lo que un expresidente mexicano normalmente deja al morir. el nombre de la propiedad, la colina del perro se convertiría con los años en una metáfora brutal de toda esta historia, porque José López Portillo había prometido en 1982 defender el peso como un perro y al final de su vida lo único que pudo dejarle a la mujer que lo había amado durante dos décadas fue una colina con el nombre del animal de aquella
promesa rota. Después de la muerte de José López Portillo, Sasha Montenegro vivió otros 20 años. 20 años en silencio relativo, apartada de la prensa, apartada de las cámaras, dedicada únicamente a sus dos hijos, Nabila y Alejandro, que ya eran adultos jóvenes. Sus apariciones públicas durante esos años fueron escasas.
una entrevista aquí, una alfombra roja allá, una visita ocasional a un programa de televisión donde le preguntaban siempre lo mismo. ¿Cómo recuerda usted a José López Portillo? Y Sasha respondía siempre con la misma elegancia. Fue el amor de mi vida y no me arrepiento de ni un solo día. Lo decía sin amargura, sin reproche, sin victimismo, aunque la gente cercana sabía que por dentro Sasha sí cargaba con muchos resentimientos hacia Margarita, sobre todo, hacia los hijos legítimos, hacia los abogados que
habían maniobrado para dejarla sin herencia y hacia la prensa mexicana que durante décadas la había pintado como casa fortunas. Pero Sasha tenía algo que nadie podía quitarle, a sus dos hijos, Nabila y Alejandro López Portillo Achimovic, que crecieron, estudiaron carreras, formaron sus propias vidas y mantuvieron siempre una relación cercanísima con su madre.
Sasha Montenegro siguió viviendo en la colina del perro hasta los últimos años de su vida y aunque la prensa intentó muchas veces sacarla del retiro, ella casi siempre se negaba hasta que en 2023 le diagnosticaron un cáncer de pulmón muy agresivo. Tenía 77 años.
El cáncer avanzó rápido y al cáncer se le sumó en los últimos meses un derrame cerebral que terminó por dejarla casi sin voz. El 14 de febrero de 2024, día de San Valentín en México, Sasha Montenegro murió en una habitación de hospital de la Ciudad de México. Tenía 78 años y a su lado estaban sus dos hijos. La noticia, según contaron periodistas que cubrieron sus últimos días, sorprendió incluso a su propia familia legítima.
Margarita López Portillo había muerto algunos años antes y los hijos legítimos del expresidente, ya entrados en años, no enviaron representación al funeral. Sasha Montenegro fue enterrada con un vestido blanco, sin lápida ostentosa, sin discursos políticos, sin homenajes oficiales. Apenas un puñado de amigos del cine mexicano, sus dos hijos y una pequeña multitud de fans que recordaban bellas de noche, como si todavía fuera 1975.
Y aquí termina la historia, no con respuestas, con preguntas. ¿Qué hace una mujer cuando el amor de su vida es el expresidente más despreciado del país? ¿Qué hace una madre cuando sabe que el apellido que le dio a sus hijos jamás los protegerá del rencor de la familia legítima? ¿Y cuánto vale la dignidad cuando es lo único que queda al final? Alexandra Achimovic Popovic nunca quiso ser actriz.
Quería ser pianista clásica como su madre yugoslava. Quería estudiar idiomas. Quería vivir entre la cultura europea de la que la habían sacado siendo niña, pero la vida la llevó a México y México la convirtió en Sasha Montenegro, la diva del cine de ficheras, la vedet más codiciada de los años 70 y contra todo pronóstico en la viuda del expresidente más controvertido de la historia moderna.
Esta fue la historia de vidas prestadas, la historia de un amor que el poder político mexicano nunca permitió que existiera en paz. Y la historia de una colina con nombre de perro que pasó a ser el último regalo de un presidente a la mujer que lo amó durante 20 años. Si te gustó esta historia, suscríbete al canal, activa la campanita para no perderte el próximo episodio y déjanos en los comentarios, ¿tú crees que Sasha Montenegro fue víctima de la familia López Portillo o fue, como decían sus
detractores, una casa fortunas que se aprovechó de un anciano? Te leemos abajo.